29 EL TDAH Y ARMANDO
Estela
Hacía dos días que no veía a Armando, desde la noche en el bar. Hablábamos a todas horas y me proponía vernos, sin embargo, yo no lo tenía nada claro.
Llegué al portal de mis padres con la cabeza en otro sitio.
¿Dónde? En una canción: Superestrella. Álvaro hablaba a mi lado con la energía de siempre, contándome algo del instituto, de un profesor que no le soportaba o de un examen que le había salido mejor de lo que esperaba, y yo asentía sin terminar de seguirle el hilo, atrapada en la letra de una canción, tarareándola, sin estar del todo presente.
—Mamá —se plantó delante de mí, obligándome a parar—, ¿me estás escuchando?
Le miré, intentando recomponerme.
—Sí.
—Mentira.
Se me escapó una sonrisa pequeña.
—Estoy un poco más despistada de lo normal.
Negó con la cabeza, resignado, pero sin enfadarse.
—Vives en Marte.
—Suelo vivir allí.
—Sueles visitarlo. Ahora te has mudado a ese planeta.
Respiré y hundí los hombros.
—Está bien. Perdona. ¿Quieres contármelo de nuevo?
—Mi profesor de mates. No le caigo bien.
—No se le puede caer bien a todo el mundo.
Vi a Susana y a Rebeca dentro, con cervezas y un paquete de chucherías. Charlaban y reían.
—Vas a quedarte aquí abajo —aseguró mi hijo.
—Un rato.
—Quieres ver a Armando.
—No está.
—Es verdad. Que ahora hablas con él a todas horas.
—Lo dices como si te molestara.
—Me molesta que te hayas mudado a Marte.
—Es por mi TDAH.
—Es por Armando.
—Lo que tú digas. Ve y dile a los abuelos que ahora subo. Por favor, trata de que tu abuela no me llame a gritos.
—No puedo prometerlo. —Me sostuvo la mirada un instante más, como si quisiera añadir algo, pero al final se encogió de hombros y cruzó el portal, dejándome sola con esa decisión que ya había tomado incluso antes de formularla. Saludó a las vecinas antes de subir al ascensor.
Me acerqué a ellas sin prisa, consciente de que podría haber subido directamente, de que lo más sensato habría sido evitar cualquier situación que complicara aún más lo que ya estaba empezando a ser complicado, pero también sabiendo que no lo iba a hacer. No esa noche.
—¡Hombre! —dijo Susana nada más verme—. Dichosos los ojos que te ven. Hoy es martes. ¿Qué haces por aquí a estas horas?
—Frigorífico y despensa vacía. El niño tiene hambre —bromeé.
Rebeca levantó una lata de cerveza hacia mí.
—Ven, una con nosotras.
Asentí.
—Una y me subo. —Me acomodé en un lado de las escaleras y las escuché hablar de lo de siempre.
Vecinos, historias pequeñas, detalles absurdos que en ese contexto se convierten en importantes.
Yo seguía la conversación, me reía, intervenía cuando tocaba, pero había una parte de mí que estaba en otra frecuencia, más atenta a lo que podía pasar que a lo que estaba pasando.
Hasta que escuché su nombre. Comentaban algo de Armando.
—No sé… Hace tiempo que no quedamos —reseñaba Rebeca.
—Ese ha vuelto con la mujer —aventuró Susana—. El otro día estuvo aquí. Salió con un ramo de flores en la mano. Se lo regaló él, seguro.
—¿Cuándo fue eso? —investigó Rebe.
—Déjame que lo piense. Hace tres noches. Sí, eso. Ella subió sobre las nueve y bajaron a las once. Estuvo arriba… más de dos horas. Eran las once y media.
Se me atragantó la cerveza. No supe por qué, si porque había quedado con su exmujer y no me lo había dicho, si porque ahora tenía la respuesta a por qué no me había escrito esa noche, o porque me preguntaba si habría tenido que decírmelo o no. No éramos nada.
—Me molesta. Lo admito —soltó Rebeca, no yo. Yo me cerré el pico—. Hemos estado quedando y ahora desaparece, sin decirme nada.
—Te dijo que no quería quedar más —le indicó, porque se lo habría contado.
—Ya, pero sin explicación. Ninguna.
—¿Debería habértela dado?
—Coño, ¡follábamos! Una mínima explicación… digo yo. —Bebió de su lata.
Ellas discutían como siempre, sin hacerlo, y yo pensaba en por qué Armando había quedado con su mujer, aunque no debería darle importancia. Yo quedaba con Darío cuando tocaba. Ahora ya no tanto, pero recién separados sí.
No le vi llegar de inmediato. Fue más bien una sensación, una especie de cambio leve en el ambiente que hizo que levantara la vista casi sin darme cuenta.
Armando venía hacia el portal sin prisa.
Nos vio enseguida, y durante un segundo, apenas perceptible, su mirada se cruzó con la mía antes de continuar hacia las otras dos.
Ese segundo fue suficiente.
—Buenas —saludó al llegar.
—¡Hombre! —sonrió Rebeca—. Ven, siéntate.
Él hizo el amago de negarse.
—No, iba a…
—Venga, una —insistió ella, señalando un hueco a su lado en el escalón más abajo del mío.
Dudó apenas un instante, pero lo vi. Y ese instante me dijo más que cualquier palabra.
—Vale.
Se sentó junto a ella.
—¿Vienes de trabajar? —le interrogó Susana.
—Sí, un día largo.
—Quizá te venga bien desestresarte un poco —se le insinuó Rebeca.
—Necesito dormir. —Miró hacia arriba—. ¿Y tú qué tal?
—Cansada también. —Me rasqué la frente. No nos miramos más, y fue deliberado y exagerado.
Nos rehuíamos. Evitábamos cualquier contacto visual que pudiera delatarnos, cualquier gesto que rompiera esa apariencia de normalidad que intentábamos mantener delante de ellas.
Y, sin embargo, la tensión estaba ahí, clara, constante, imposible de ignorar.
—Y Antonella se enfadó conmigo, ¿te lo puedes crees? —Susana le contaba la escapada de los perros—. ¡De verdad! ¡En este bloque no hay ni una persona normal!
—¡Empezando por nosotras, Susana! —rebatió Rebeca, y todos reímos.
Bueno, yo lo intenté, pero hacía unos minutos que Rebeca y Armando se habían acercado demasiado, sus piernas se apretaban unas con las otras y yo…
Yo me convertí durante un rato en un ser celoso y odioso.
No, nunca había sido celosa y esa sensación no me gustó.
Entendí más tarde qué me pasaba. Los celos aparecieron porque no sabía qué tenía con Armando ni hasta dónde podía llegar él o no llegar con otra mujer.
Pero una cosa tenía clara: yo no tenía que aguantar aquello.
—Me subo ya. Mi madre estará de los nervios —intervine.
—De eso nada. Tómate otra —Susana me puso delante otra cerveza.
—No, de verdad…
—Así dormirás mejor —terció Armando.
Ahora sí, lo miré, nos miramos, y claro, no fue una mirada de personas que casi no se conocen, sino de esas en las que hasta se mantiene una conversación en silencio y en un segundo.
—Ha sido un día largo —anoté.
—Y una noche corta —añadió Rebeca con una sonrisa que me hizo tensarme.
—Estuve trabajando de madrugada.
—Trabajando… Ya… —Rebeca saltó de mí a Armando, que agachó la mirada.
Empezó a observarnos de una forma más sutil, pero también más insistente. No sabía exactamente qué estaba viendo, pero intuía que algo no le cuadraba.
—Oye —dijo de repente—, ¿vosotros os conocíais de antes?
Armando respondió antes de que yo pudiera hacerlo.
—Del bloque. —Sin titubeos. Sin sobreexplicarse.
—Claro —no soné del todo convencida—. Esto es pequeño. Al final nos conocemos todos.
—Ya… —murmuró, dando otro trago a la cerveza.
Lo que pasó a partir de ahí fue raro e… incómodo, al menos para mí.
Rebeca hizo su jugada, no creo que fuera inconsciente.
Buscaba acostarse con Armando o desquiciarme a mí, o las dos cosas.
Probarme, a ver si reaccionaba de alguna manera al tontear demasiado con el vecino del tercero y comprobar si teníamos algo.
No dije una palabra, por supuesto. Pero sí me tomé la cerveza de un trago y me levanté.
—Vecinos, hasta aquí la noche de hoy. Ha sido un placer echar el rato con vosotros, pero he de irme —dije un poco mareada, porque dos cervezas para mí (y sin cenar) eran bastantes.
—¡Qué pesada eres! ¡Es temprano! —chilló Susana.
—Díselo a mi madre.
—Lo raro es que no haya salido ya a llamarte —reseñó Rebeca.
—Lo dicho. Hasta mañana. Tengo hambre. —Me di la vuelta y subí las escaleras.
No miré a Armando al despedirme.
Entré en casa de mis padres sintiendo que aquello no me gustaba, no, nada en absoluto.
Porque mientras solo éramos nosotros, todo era manejable.
Pero en el momento en que empezaba a filtrarse fuera, aunque fuera de forma mínima, dejaba de ser algo privado.
Y lo privado, cuando deja de serlo, deja de ser sencillo.