28 DONDE TODO VUELVE A SER FÁCIL
Armando
Le mandé la ubicación sin pensarlo dos veces.
Un gesto tonto, rápido, de esos que haces antes de que el cerebro te ponga freno.
Apoyé el móvil boca abajo en la mesa, le di un trago a la cerveza y fingí que no estaba pendiente de cada segundo.
David seguía dando el espectáculo sobre el escenario, dándolo todo, hasta que resbaló, alguien lo agarró y lo libró de hincar las rodillas en el suelo y lo bajó.
—¿Has visto qué voz tengo?
—La he oído.
—¿Y esa cara? ¡No me digas! —Levantó una mano—. Hablando con Estela.
—Viene hacia aquí. ¿Te importa?
—¿A mí? Esto es mejor que Netflix. Peroooooo… Como tu mejor amigo, he de avisarte: Eres un inconsciente, tío.
—Gracias. —Levanté la cerveza hacia él.
—De nada. Alguien tiene que decírtelo.
—Pues descansa un rato.
—Imposible. Esto es una serie. A ver cuántos capítulos tiene.
—Eres gilipollas.
Cada poco volvía a mirar la pantalla. Nada. Luego nada. Luego… sí. Y otra vez nada. Esa puta espera que se te mete en el cuerpo aunque no quieras admitirlo.
—Está viniendo —advertí, tras leer su último mensaje.
David dejó la cerveza en la barra.
—¿En serio?
—Sí.
Se quedó callado un segundo. Luego sonrió con esa cara de que ya está oliendo la que se va a liar.
—¡CELEbrACIÓNNNN!
—No hagas ninguna gilipollez.
—¿Yo? Jamás.
—David.
—Que no, joder.
—Te conozco demasiado.
—Relájate, hombre.
No me relajé ni un poco.
El bar estaba hasta los topes. Música alta, gente de pie por todas partes, ese caos que a David le encanta y a mí me viene de lujo cuando no quiero pensar. Me apoyé en la barra mirando hacia la puerta sin disimular ya nada.
—Te vas a dejar el cuello —dijo David.
—Cállate.
—Respira. No es un examen final.
—No estoy nervioso.
—Estás nervioso.
—No estoy nervioso.
—Estás muy nervioso.
—No estoy…
—Está entrando —me cortó de golpe.
Y se me olvidó todo lo que iba a decir.
La vi antes de que ella me viera a mí. Vaqueros, camiseta básica, pelo suelto. Se movía sin buscar atención, pero la conseguía igual. Miró alrededor un segundo. Y me encontró. Sonrió. Y algo se me recolocó dentro del pecho.
Levanté la mano. Ella se acercó esquivando cuerpos, con esa media sonrisa que ya empiezo a conocer demasiado bien.
—Hola.
—Hola.
Nos dimos dos besos. Ni rápidos ni eternos. Justo en ese punto en el que el cuerpo se queda un segundo de más.
—Pensaba que esto era una trampa —comentó.
—Pensabas bien. Todavía estás a tiempo de largarte.
—No suelo hacer eso.
—Ya lo sé.
Y los dos nos reímos, cortos, nerviosos, reales.
—Ven. Te llevo con el culpable de todo este circo.
Pero David no estaba donde coño se suponía que tenía que estar.
—No me jodas… —murmuré.
—¿Qué pasa?
—Que ha hecho algo. Lo sé.
Y entonces lo vimos.
Subido a la puta barra. No al escenario. A la barra. Cantando a grito pelado. Sin karaoke. Fatal, por cierto. Como antes pero peor. Eso sí, con una convicción que daba vergüenza ajena y, a la vez, un respeto raro.
—¡Y yo… te quiero… a morir! —berreaba con una copa en la mano, balanceándose.
Estela se quedó mirándolo con los ojos muy abiertos.
—¿Ese es David?
—Ese es David.
—No lo habría reconocido. Me gusta.
—No debería gustarte.
—Me cae bien.
—Aún estás a tiempo de cambiar de opinión.
David nos vio y nos señaló con dramatismo exagerado.
—¡Esa es! —gritó—. ¡La culpable de todo!
—Bájate de ahí —le supliqué.
—¡No!
—¡Bájate, hostia!
—¡Estoy en mi momento estelar!
Estela soltó una carcajada de verdad. Y con eso ya fue suficiente.
Nos acercamos hacia el artista. David bajó por fin, intentando mantener algo de dignidad (que no tenía).
—Hola —dijo, extendiéndole la mano a Estela como si fuera un caballero del siglo XIX—. Soy David. El amigo que definitivamente no deberías tener.
—Estela. Pero… ya nos conocemos. Del… gimnasio.
—Oh, sí, pero así me gustas más. Eres muy guapa.
—Gracias.
¿Tonteaba con ella delante de mí? ¿Buscaba darme celos? Le hubiera dado una hostia.
—No le hagas ni puto caso —intervine.
—No pensaba hacérselo —contestó ella. Y se miraron un segundo. Cómplices. Como si ya se conocieran de toda la vida. Eso no lo había visto venir.
Pedimos otra ronda. Nos quedamos apoyados en la barra, hablando de todo y de nada, saltando de un tema a otro sin esfuerzo. David exagerando sus historias como siempre, Estela siguiéndole el rollo sin cortarse, y yo en medio, más callado de lo normal.
Porque estaba cómodo.
Y eso me descolocaba un huevo.
—¿Siempre es así? —preguntó Estela señalando a David, que ya iba por su tercera anécdota absurda.
—No —respondí—. Hoy está bastante flojo.
—Menos mal.
—Podría ser peor.
—No me lo imagino.
—Yo sí. Demasiado bien. Te va a arrastrar al lado oscuro.
—No me dejo arrastrar.
—Eso dices ahora.
—Eso digo siempre. —Me miró. Y en ese instante todo volvió a ese sitio que solo compartimos nosotros dos. Ese en el que no hace falta llenar nada.
Salimos un rato a la calle a que nos diera el aire. David se quedó dentro, cantando otra vez, porque claro, no había aprendido una mierda.
Caminamos despacio, sin rumbo, con el ruido del bar quedándose atrás.
—Tu amigo está fatal —sonrió.
—No tienes ni idea. No te ha contado ni la mitad.
—¿Tiene más historias rocambolescas?
—Para escribir cien libros.
—Jajaja. Es muy… simpático.
—Buena forma de describirlo.
Se calló un segundo.
—Me alegro de haber venido —aseguró.
—Yo también.
La miré.
—Bien.
—Bien.
—¿Quieres… volver? El artista habrá terminado el pase.
—¿Tú crees?
—En realidad no. Estará ahí arriba hasta que lo echen.
—Es temprano todavía para el cierre.
—Podemos sacarlo a rastras.
—Pobre. Deja que cumpla su sueño.
—Su sueño es que no le cobren el bote de proteínas.
Soltó una carcajada que me llegó al pecho y eso… me desestabilizó. ¿Qué hice? Ponerme serio, sin pretenderlo, ella me imitó, porque notó el cambio y… ahí estaba otra vez. Esa facilidad absurda. Esa conexión que fluye sola.
Me acerqué un poco más. Ella también. Y nos besamos ahí, en mitad de la calle, sin prisa, sin nada más alrededor. Y durante un rato todo volvió a ser simple. El mundo podía esperar y… esperó; al menos, esa noche.
Volvimos a entrar al bar todavía con el sabor del beso en los labios y esa tontería tonta en la cara que no se puede disimular.
David nos vio desde la barra y levantó los brazos como si hubiera ganado la Champions.
—¡Por fin! ¡Pensaba que os habíais fugado a Portugal!
Estela se rio y se pasó una mano por el pelo, todavía un poco colorada.
—Solo fuimos a respirar —explicó.
—Claro, claro… “respirar”. Yo también respiro así a veces.
Le di un codazo.
—Cállate ya, pesado.
Pedimos otra ronda y nos quedamos los tres apoyados en la barra.
La noche siguió fluyendo fácil: David contando batallitas cada vez más exageradas, Estela pinchándolo sin piedad y yo riéndome más de lo que recordaba haber reído en mucho tiempo.
De vez en cuando nuestras miradas se cruzaban y se quedaban un segundo de más.
Nada grandioso. Solo esa electricidad baja que ya empezaba a resultarme familiar.
En un momento dado, David se puso a discutir con el camarero sobre si el vermut de grifo era una aberración o una obra de arte. Estela se inclinó hacia mí y me habló bajito, casi al oído.
—Tu amigo es… Un personaje.
—Te lo dije.
—Me cae bien de verdad.
—Me alegro. Es buena gente.
—Tú también lo eres.
—Vaya… un piropo de verdad.
Encogió los hombros y sonrió de nuevo de esa manera que me desarmaba.
Pasaron las horas sin que nos diéramos cuenta. El bar empezó a vaciarse poco a poco. David, ya bastante contento, se despidió con un abrazo exagerado a Estela y un “cuídame a este idiota” dirigido a mí.
Cuando salimos a la calle, el aire de la noche nos dio de lleno. Hacía fresco, pero se estaba de maravilla.
—Bueno… —Se metió las manos en los bolsillos del vaquero—. Creo que es hora de ir tirando.
—Yo te llevo —solté sin pensarlo.
Estela me miró, divertida.
—No hace falta, de verdad. Vivo aquí al lado.
—Precisamente. Mi coche está aquí al lado también. No me cuesta nada.
Se quedó mirándome un segundo, sopesando si merecía la pena discutir. Al final se encogió de hombros.
—Vale. Pero solo porque me da pereza caminar.
—Esa es mi chica.
—No te emociones.
Le abrí la puerta del copiloto y ella puso los ojos en blanco, pero se sentó con una sonrisa.
—Qué caballero.
—Intento.
Arrancamos. Las calles estaban casi vacías a esa hora. La radio sonaba bajito, una de esas canciones que no molestan. Ella miraba por la ventanilla, relajada.
—¿Sabes? Hacía mucho que no me reía tanto. Ha sido… fácil.
—¿Fácil?
—Sí. Sin tener que pensar demasiado. Sin forzar nada. Solo… estar.
La miré un segundo antes de volver la vista a la carretera.
—A mí me pasa lo mismo contigo.
La melodía de la canción es lo único que escuchamos durante unos segundos.
—Aunque tu amigo casi lo estropea tirando la bandeja con las cervezas.
—Casi. Pero al final salvó la noche.
—La ha salvado el señor de la chaqueta de pana negra.
—¡Pana negra! —Nos reímos recordando el momento.
Llegamos a su portal demasiado rápido. Aparqué en doble fila y apagué el motor. Ninguno de los dos hizo amago de bajar todavía.
—Gracias por invitarme. —Se giró hacia mí.
—Gracias por venir.
—Ha sido… inesperadamente bueno.
—Para mí también.
Nos miramos. Esa vez el silencio valía más.
Me acerqué despacio. Ella no se apartó. Nos besamos otra vez, más lento que en la calle, más consciente. Cuando nos separamos, apoyó su frente contra la mía un segundo.
—Buenas noches, Armando.
—Buenas noches, Estela.
Abrió la puerta, pero antes de salir se volvió.
—Oye… quiero stickers nuevos.
Sonreí.
—Todos los que quieras.
—Estupendo. —Dio un paso atrás. Y antes de que cerrara, fui yo quien la llamó.
—Estela. —Agachó la cabeza y me miró—. Me gusta estar contigo.
—Y a mí contigo. Eres muy divertido.
—Llevas razón, contigo todo es fácil.
—¿Ahora es cuando me dices que te has enamorado de mí?
—Todavía no. —Reímos.
—Adiós, Armando Líos. Eso ha estado bien. —Se lo había contado David—. Lo utilizaré contra ti.
—No esperaba menos.
Cerró la puerta con cuidado.
La vi caminar hasta el portal, sacar las llaves y girarse una última vez para levantar la mano en un gesto pequeño.
Arranqué el motor cuando ella ya había entrado.
Conduje de vuelta a casa con una sonrisa idiota que no se me quitaba de la cara. Porque todo se antojaba sencillo; respiraba sin tener que empujar el aire.
Antes de acostarme había estado escuchando música. Iba a cerrar Spotify cuando sonó Superestrella, de Aitana, y me recordó a Estela, no sé por qué. No lo dudé. Se la envié a WhatsApp y se lo dije. Así, sin más.
Yo:
Me recuerda a ti.
Contestó enseguida.
Estela:
¿Soy una superestrella?
Yo:
Brillas tanto o más que el sol.
Estela:
Espera que voy a llorar un ratito.
Yo:
Oh, no llores.
Me gusta cuando ríes.
Estela:
Es que dices cosas bonitas.
No te enamores de mí.
Yo:
No lo haré.
Estela:
Ya veremos.