Cuarenta y cinco inviernos y una primavera 27 SIN DRAMATIZAR O CON DRAMA
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27 SIN DRAMATIZAR O CON DRAMA

Armando

Quedar con David aquel día no fue la mejor decisión de mi vida, por dos cosas: no se toma nada en serio y le gusta meterse conmigo y con mi nueva situación de soltería.

Estábamos en Ochochenta, un pub de barrio con mucha historia y personalidad, sentados alrededor de una mesa alta con música pop de fondo.

Le di un trago largo a la cerveza sin despegar los ojos del móvil. Pantalla negra. Cero notificaciones. Estela me había dejado en leído hacía diez minutos que, joder, parecían cuarenta y cinco inviernos seguidos.

—Te estás rayando vivo —soltó David desde el otro lado de la mesa, con esa sonrisa de hijo de puta que le sale cuando sabe que tiene razón.

—No me estoy rayando.

—Estás mirando el teléfono como si fuera a parir a la tía en cualquier momento.

—No dramatices, cojones.

—Diagnostico. Y el diagnóstico es clarísimo: has follado y ahora no sabes ni cómo sentarte, digo… sentirte.

Lo miré de lado.

—¿Quieres callarte?

—Ni de coña. Estoy en racha. Déjame saborearlo. —Se inclinó hacia delante, apoyando los codos en la mesa—. Venga, al grano. ¿Cómo fue?

—Bien.

—¿Bien? —repitió, casi escandalizado—. ¿Bien? Mi madre dice “bien” cuando le pregunto por la visita al podólogo.

—Pues eso. Bien.

—Eres un puto desastre. Te tiras a la madurita del piso de abajo, la fantasía de medio país, y me vienes con un “bien”.

—No es exactamente mi vecina. Y un poco de respeto.

—Oh, me rompes el corazón. La defiendes. Técnicamente vive debajo de ti, así que cuenta como vecina. No me jodas.

Sonreí sin poder evitarlo.

—No empieces.

—Ya he empezado, colega. No hay freno. ¿Quién dio el primer paso?

—Yo.

—Obvio. —Dio un trago y chasqueó la lengua—. ¿Y ella?

—Ella… —me encogí de hombros—. No se lo pone fácil a nadie.

—Me encanta. Me encanta muchísimo.

—No es un juego para ella.

—Para ti tampoco, por lo que estoy viendo.

No contesté. No me dio la gana.

David me miró un segundo más de la cuenta y luego sonrió, más bajito.

—Te mola de verdad.

—No empieces con el rollo ese.

—Te mola.

—No me montes la película.

—No te la monto yo. Te la estás montando tú solito. —Se echó hacia atrás en la silla—. Vale, cambio de táctica. Cuéntame algo. Un detalle. Lo que sea.

Negué con la cabeza.

—Ni de coña.

—¿Nada?

—Nada.

—¿Ni una migaja?

—Ni una puta miga.

—Eres el peor amigo del planeta.

—Y tú un tocahuevos.

—Pero con curiosidad sana.

—Sana dice. —Volví a mirar el móvil.

—¿Le has escrito ya? —preguntó él, sin levantar la vista de su cerveza.

—No.

—Mientes como el culo.

—Le he contestado.

—Ah, hostia. —Levantó el dedo índice—. Eso ya cambia el partido. ¿Y ahora?

—Ahora nada.

—Ahora estás esperando como un idiota.

—No estoy esperando.

—Estás esperando.

Suspiré.

—Es distinto.

—Ilumíname, por favor, que estoy aquí para formarme.

—No es una tía cualquiera. —David se quedó quieto. Luego sonrió despacio, con esa cara de “ya te pillé”—. Tiene su vida. Un hijo. Su mochila. Su trabajo. Sus amigos. No voy a ir de listo por la vida.

—¿Y entonces qué piensas hacer?

—No tengo ni puta idea.

—Genial. Vamos de maravilla.

—Gracias por el ánimo, eh.

—Para eso estoy, cabrón.

Apoyé el móvil en la mesa, lo giré, lo volví a girar.

—La voy a invitar a mi cumpleaños.

David levantó las cejas hasta el techo.

—¿A tu cumple?

—Sí.

—¿A meterla en medio de tus amigos, tu circo y tu mierda habitual?

—Sí.

—¿Tan pronto?

—¡Sí, tío! No es nada raro. A las fiestas se invita a los amigos.

Se rio por lo bajo.

—Me flipa. Es una idea de mierda. Pero de las que molan.

Cogí el móvil antes de arrepentirme.

—Voy a escribirle.

—Léemelo en voz alta, anda. Esto es oro.

—Ni de puta coña.

—Egoísta.

Empecé a teclear.

Yo:

Oye.

David puso cara de asco.

—¿Oye? ¿En serio? ¿Eso es todo lo que tienes en el cargador?

Lo ignoré.

Tres puntitos aparecieron. Sonreí sin querer.

Estela:

Qué formal.

—Ha contestado rápido —susurró David—. Le gustas, colega.

Le solté una patada por debajo de la mesa.

Yo:

Estoy intentando ser serio.

Estela:

No lo consigas. Te queda fatal.

Se me escapó una risa tonta.

—Ya estás jodido —dijo David, bebiendo.

Yo:

Tengo una propuesta indecente.

Estela:

Me estás asustando.

Yo:

Es mi cumpleaños el sábado.

Estela:

Eso no asusta. Eso da pereza. ¿Cuántos cumples?

Yo:

Los suficientes para invitarte.

Estela:

Respuesta vaga. Muy sospechoso.

—Qué crack —murmuró David—. Ya me cae bien.

Yo:

Ven.

Estela:

¿Así, sin más?

Yo:

Ya te invité con antelación.

Pausa.

Miré la pantalla. David me miró a mí.

—Se lo está pensando —susurró.

Estela:

¿Quién va?

Yo:

Gente normal. Más o menos.

—Mentira cochina —susurró David—. Voy yo.

Yo:

Vendrá David.

Estela:

¿El que quiere los detalles guarrillos?

Miré a David, alucinado.

—¿Cómo coño sabe eso?

David se partió de risa.

—Porque tienes cara de contarlo todo y luego no contar una mierda.

Negué con la cabeza.

Yo:

Ese mismo.

Estela:

Entonces voy solo para juzgaros a todos.

Yo:

Perfecto. Te damos material de sobra.

Estela:

No prometo portarme bien.

Yo:

No quiero que lo hagas.

Otra pausa.

Respiré hondo.

Estela:

Vale.

Levanté la vista.

—¿Qué ha dicho? —preguntó David.

—Que sí.

Dio un golpe seco en la mesa.

—¡Vamos, hostia!

—Baja la voz, animal.

—Esto hay que celebrarlo como Dios manda.

—Ya estamos celebrando.

—Esto es otro puto nivel.

Volví a mirar el móvil.

Yo:

Entonces vienes.

Estela:

Entonces voy.

Yo:

Me gusta cómo suena eso.

Estela:

No te emociones tanto.

Yo:

Me alegra que vengas.

Será divertido.

Dejé el móvil en la mesa y sonreí.

David me miró un rato más serio esta vez.

—Te mola de verdad.

Esta vez no le llevé la contraria.

—Sí. —Y no sonó a problema. Sonó a algo que, joder, igual merecía la pena.

Estela:

Tengo una pregunta.

No quiero sonar a caradura.

Yo:

Dale.

Estela:

¿Puedo llevar a una amiga?

Por estar más acompañada.

Yo:

Y a dos.

Pero yo te acompañaré de todas formas.

Estela:

Tú estarás atendiendo a tus amigos.

Y lo entiendo.

Yo:

Mis amigos se atienden solos.

Estela:

Ya se verá…

¿Tengo que llevar algo?

Yo:

Tu sonrisa.

—Oh, míralo. Si al final se enamora —apuntó David—. Estoy por pedir una botella de champán y celebrarlo.

¿Celebrarlo? ¿Qué estaba pasando? No quería enamorarme. No lo buscaba ni lo deseaba. En absoluto. No, no, no. Bueno, sí. ¡No!

Estela:

Eres idiota.

Pero me encanta.

Yo:

Te encanto.

Estela:

Me caes bien.

Me encanta tu forma de ser.

Yo:

Te he engañado.

No soy así realmente.

Lo fuerzo.

Estela:

No me lo creo.

Esto es imposible.

Seguimos hablando durante un rato largo, tanto que cuando levanté la cabeza David estaba cantando con un micrófono que no sé de dónde había salido y subido a un pequeño escenario. Se me ocurrió una idea.

Yo:

¿Qué haces ahora?

Estela:

Estoy trabajando.

Yo:

Vente, estoy cerca de tu barrio.

Tomando una cerveza con David.

Estela:

No quiero molestaros.

Yo:

No molestas.

Él se alegrará de verte.

Igual ni te ve.

Lleva unas quince cervezas.

Estela:

¿Estás seguro?

Me apetece una cerveza.

Yo:

Y a mí me apetece verte.

Te envío ubicación.