26 CUANDO AL DÍA SIGUIENTE NO DA MIEDO (ESO SÍ QUE ES RARO)
Estela
—¿En qué puto momento ha pasado esto? —me pregunté en un susurro, con palabrota incluida, porque no lo entendía.
De repente trabajar ya no era trabajar, sino fingir que curraba mientras me salía una sonrisita de idiota total mirando la pantalla del ordenador como si me estuviera contando un chiste privado.
—¿Qué pasa, te ha tocado la primitiva o qué? —soltó Zoa sin dignarse a levantar los ojos de su pantalla.
—Ojalá.
—No cuela ni de coña. Esa cara no es de pasta. Es de “tengo un marrón”… o de “tengo un tío bueno”.
Giré la silla despacio, con toda la dignidad que me quedaba.
—No es un marrón.
Samuel asomó la cabeza por encima de su monitor.
—Entonces es… un tío.
—Cállate, coño.
—Eso ya lo confirma todo —dijo él, volviendo a teclear como si nada—. Solo dices tacos cuando te enfadas o te frustras.
—O se asusta —anotó Zoa.
Intenté concentrarme. De verdad. Tenía delante una propuesta que ayer me era oro puro y hoy parecía escrita por mí después de tres copas y cero neuronas. Cambié un párrafo. Lo borré. Lo volví a poner. Y otra vez la sonrisita traidora.
El móvil vibró encima de la mesa.
No miré.
Volvió a vibrar, insistente.
Zoa suspiró teatralmente.
—Míralo de una vez, por Dios, que estás creando ambiente de culebrón en la oficina.
—No estoy creando nada.
—Estás creando exactamente lo que dices que no estás creando.
Resoplé, cogí el teléfono y… ahí estaba.
Armando:
Buenos días.
Dos palabras. Como si ayer no hubiéramos… bueno, como si sí hubiéramos.
Se me puso la cara ardiendo. Patético.
Escribí rápido:
Estela:
Buenos días.
Tres puntos. Aparecen. Desaparecen. Vuelven.
Yo ya sonriendo como una lerda otra vez.
Armando:
¿Cómo está mi vecina favorita esta mañana?
Vale. Respira, Estela. Sé normal.
Estela:
No soy tu vecina, listillo.
Armando:
Pero eres mi favorita de todas formas.
El barrio no tiene gracia cuando tú no estás.
Apoyé la barbilla en la mano y me quedé mirando la pantalla.
Zoa murmuró sin mirarme:
—¿Te estás enamorando o te están comiendo la oreja?
—Estoy trabajando, ¿sabes?
—Claro, claro.
Samuel carraspeó fuerte.
—Yo voto por lo segundo. Tiene más salsa.
—Nadie te ha preguntado, Samuel.
Volví al chat.
Estela:
Estoy en la oficina, por si no se nota.
Armando:
Yo también.
Qué responsables, ¿eh?
Estela:
Un ejemplo para la sociedad.
Armando:
Totalmente.
Estoy siendo un ciudadano modelo.
Estela:
No te creo ni un poquito.
Armando:
Deberías.
Ayer te di motivos de sobra.
Me quedé clavada en la silla.
Silencio en la pantalla. Se me aceleró el pulso.
Sonreí.
Estela:
No vayas tan rápido, crack.
Armando:
No voy rápido.
Solo estoy recordando.
—Joder, eso ha sido bueno —susurró Zoa, que claramente estaba espiando mi cara otra vez.
—¿Estás leyendo por encima del hombro o qué?
—Estoy leyendo tu cara, que es mucho más entretenida.
Samuel levantó el pulgar desde su sitio.
—Y yo. La trama está que arde.
Negué con la cabeza, pero ya estaba perdida. Muy perdida.
El móvil vibró otra vez.
Videollamada entrante.
Parpadeé dos veces.
—Ni se te ocurra contestar —avisó Zoa.
—Como lo cojas te mato —añadió Samuel.
Lo cogí. Porque soy así de coherente.
La pantalla se llenó con la cara de Armando: luz blanca, ruido de fondo, gente pasando detrás, camisa remangada y esa sonrisa de “sé perfectamente lo que estoy haciendo”.
—Hola —dijo, y con eso ya bastó.
Ese puto “hola”.
—Hola —contesté, bajando la voz sin querer.
—Estás muy concentrada, se te nota.
—No te metas con mi productividad.
—No me meto. La admiro… desde lejos.
—No la estás admirando, estás jodiéndola.
—Estoy aportando distracción premium. De calidad.
Zoa se levantó como si nada y pasó por detrás, mirando descaradamente la pantalla.
—Holaaa —saludó sin una pizca de vergüenza.
Armando sonrió más amplio.
—Hola.
—Soy Zoa. La amiga que te va a tocar los cojones si tú no lo haces primero.
—Encantado. Creo que ya voy ganando por goleada.
—Eso parece, sí.
—Zoa, vete —susurré entre dientes.
—Ya me voy, ya me voy… pero luego me lo cuentas con todo detalle.
Samuel apareció por el otro lado como un fantasma.
—Y yo soy Samuel. Solo vengo a decir que no me fío ni un pelo de ti.
—Perfecto —respondió Armando—. Así tengo margen para sorprender.
Samuel soltó una risita.
—Hostia, eso ha estado bien. Te dejo hablar, hermano.
Desaparecieron los dos.
Silencio otra vez.
Armando apoyó el móvil en algo y se inclinó un poco hacia la cámara.
—¿Siempre son así de pesados?
—Peor. Mucho peor.
—Me caen bien.
—Dice mucho de ti.
—Te gusta cómo soy.
—No te flipes.
Se me quedó mirando un segundo de más.
—¿Estás bien?
Y ahí cambió el rollo. Poco. Pero lo justo.
—Sí.
—¿Seguro?
—Seguro.
—Te voy a contar un chiste.
—¿Para eso me has llamado?
—Te he llamado para verte.
Qué sincero. Casi me pongo colorada.
—Venga, cuéntamelo.
Se aclaró la garganta todo serio, como si fuera a dar una conferencia.
—Va: Mira, le lanzo el palo al perro, me lo trae y le doy una galleta. ¿Quieres probar tú? Y dice el otro… Vale, pero no me lo lances muy lejos.
Lo miré. Él aguantando la risa. Yo también.
Dos segundos.
Tres.
—Eres gilipollas —dije, riéndome ya sin control.
—Pero te has reído. —Armando también se parte de la risa.
—Porque me ha dado pena, nada más.
—Mentira cochina.
—Un poquito de mentira, sí.
Se inclinó más hacia la cámara.
—Te gusta que te haga reír.
—No te subas a la parra.
—Ya estoy arriba del todo.
Negué con la cabeza, pero sin poder borrar la sonrisa.
Otra vez.
Demasiadas veces ya.
—Tengo que currar —indiqué, porque tenía que hacerlo, pero sobre todo… Porque Armando me hacía sentir cosas que no esperaba y, aunque me encantaba, me dio un poco de miedo.
—Yo también.
Ninguno de los dos colgó.
—Cuelga tú —insistí.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no me da la gana.
Silencio calentito.
—Luego hablamos —murmuré.
—Luego hablamos.
Colgué.
Dejé el móvil boca abajo en la mesa.
Miré la pantalla del ordenador.
No veía una mierda.
Zoa habló desde su sitio sin girarse:
—Esto ya no es ligoteo, eh.
—¿Ah, no?
—No.
—¿Y qué es?
Samuel contestó sin levantar la vista del teclado:
—Esto es de liarse fuerte, nena.
No dije nada. Pero sonreí otra vez. Y esa sonrisa… ya era la respuesta.
Al final del día, cerré el portátil sin haber avanzado gran cosa y me quedé un segundo mirando mi reflejo en la pantalla negra, con la media sonrisa, que no terminaba de irse.
No sabía muy bien qué estaba pasando. Tampoco sabía ponerle nombre.
Y no me importaba demasiado no saberlo. Él me hacía reír.
Así de simple. Me hacía reír en mitad de un martes cualquiera, en una oficina cualquiera, con una vida que ya tenía bastante ordenada como para no necesitar sobresaltos…
y aun así, ahí estaba, sonriendo sola como una adolescente tardía.
Me gustaba. Mucho. Su forma de entrar en las conversaciones, su espontaneidad, esa manera de no complicarlo todo, su sonrisa (que no veía ahora, pero recordaba perfectamente) y su olor. Sobre todo su olor. Ese detalle mínimo que se queda más tiempo del que debería.
Pensé en las últimas veces que había creído que algo iba a funcionar.
Dos, tres intentos en cinco años. Buenos hombres, en realidad.
Correctos, amables, con vidas ordenadas, con intenciones claras.
Empezábamos bien. Siempre empezábamos bien.
Yo me ilusionaba lo justo para creer que esta vez sí, que a lo mejor era cuestión de insistir un poco más, de dar margen, de no salir corriendo a la primera señal de aburrimiento.
Y luego… se apagaba. Sin drama. Sin pelea.
Sin nada que justificar. Solo una sensación muy clara de que no me apetecía seguir.
Y yo, que no sé fingir lo que no siento, terminaba marchándome antes de que aquello se convirtiera en una historia que contar por compromiso.
El amor (o lo que fuera aquello) nunca me ha parecido lógico.
No entiende de currículums, ni de edades, ni de momentos adecuados.
No se organiza. No se programa. El cerebro intenta ordenar, clasificar, proteger; el corazón, en cambio, se asoma cuando quiere y se queda el tiempo que le da la gana.
Y ahí está el problema. O la gracia. No lo tengo claro.
Porque, si me paro a pensarlo, todo en Armando invitaba a la prudencia.
Quince años menos. Una separación reciente.
Una forma de vivir ligera, casi despreocupada, que encajaba muy bien con el ahora, pero que no prometía nada más allá de ese ahora.
Y yo lo sabía. Lo veía. No soy ingenua, ni lo era.
No necesitaba que nadie me lo explicara.
Y, aun así, había algo.
Algo que no tenía argumento, que no respondía a ninguna lógica, que no pasaba por el filtro de lo que conviene o no conviene. Algo que simplemente… estaba. Y que, de momento, me hacía feliz.
Sin más.
Sin menos.
Y eso, después de tanto tiempo entendiendo cómo funcionan las cosas, aún sin entender nada, no pensaba dejarlo.