25 CUANDO BAJAR UNAS ESCALERAS CUESTA MÁS QUE SUBIRLAS
Estela
La despedida no fue una despedida, sino un remate lento, casi perezoso; ninguno de los dos tenía la menor prisa por devolverle la seriedad al mundo.
Seguíamos de pie en el salón, demasiado cerca para fingir que lo que acababa de ocurrir había sido un simple desliz.
Armando estaba apoyado contra el respaldo del sofá, descalzo, con el pelo deliciosamente revuelto de quien acaba de tener sexo bueno y el bóxer como única concesión a la decencia.
Yo, frente a él, intentaba recomponer mi aspecto con más éxito que mi pulso interior.
—Tengo que bajar —anuncié, aunque mis pies se habían declarado en huelga.
—Ya —respondió él, sin moverse ni un milímetro.
Nos miramos un segundo de más. Ese tipo de segundo que delata todo.
—Definitivamente han sido más de cinco segundos —dije con media sonrisa.
—Un poco más. Y bastante rico.
—Muy rico. —La sonrisa se me escapó sin permiso. Y eso fue lo que más me descolocó: lo ridículamente fácil que resultaba sonreírle después de todo.
Fui yo quien acortó la distancia esta vez.
No para besarlo con urgencia, sino para cerrar ese último espacio que ya no tenía sentido mantener.
Él me recibió como si llevara años haciéndolo.
Una mano grande y cálida se posó en la parte baja de mi espalda, atrayéndome contra su cuerpo con naturalidad. El otro brazo me rodeó sin esfuerzo.
Apoyé la frente en su hombro un instante, respirando el olor de su piel mezclado con el mío.
—Esto es raro —murmuré.
—No lo es.
—Por eso mismo lo digo. Porque no lo es.
—Es raro precisamente porque no lo es —dijo él, riendo bajito—. Eres rara.
—Es mejor que lo sepas ya —contesté, y los dos nos reímos, esa risa suave y cómplice que no debería existir tan pronto.
Nos besamos otra vez. Más corto esta vez. Más consciente. Un beso que sabía a punto y seguido, no a punto final. Sus labios se demoraron un segundo de más, como si quisieran recordarme lo que acababa de pasar.
—Abre. —Me separé despacio, aunque mis dedos aún se resistían a soltar su cintura.
—Con cuidado, ¿no? —preguntó él con un brillo travieso en los ojos—. No vaya a ser que te encuentres con algún vecino cotilla y tengas que explicar por qué sales de mi piso con esa cara de “acabo de echar el polvo de mi vida”.
—No exageres. El polvo de…
—¿El mes? ¿La semana? —Asentí—. Está bien. Soy el polvo de la semana.
Solté una carcajada baja y le di un empujoncito en el pecho.
—Eres un imbécil.
—Un imbécil muy útil —Me guiñó un ojo—. Te escribo.
—No hace falta.
—Lo haré igual.
—Ya lo sé —contesté, levantando una ceja—.
Eres de los insistentes y de los que no aceptan un no por respuesta.
—Él sonrió de medio lado, apoyado en el marco de la puerta con una postura en la que se le señalaba la musculatura—.
Tápate —le pedí con una ceja arqueada—. Vas a llamar la atención de alguna vecina.
—Pensé lo que acababa de decir—. De otra más, quiero decir.
Ya van dos —me referí a Rebeca y a mí—. A ver quién es la tercera.
—Vete ya.
—¿Me echas? Qué poco caballero.
Me agarró de nuevo por la cintura y me atrajo hasta él. Me besó y … (ah, qué rico estaba) se despidió.
—Hasta luego, Estela. Intenta no pensar en mí cuando estés cenando con tus padres.
—Cero promesas —repliqué, imitándolo—. Y tú intenta no ponerte melancólico mirando el lado de la cama vacío.
—Imposible. Esa cama ahora tiene recuerdos inolvidables. —Se mordió el labio inferior con los dientes.
—Eres incorregible.
Salí al rellano todavía riendo por lo bajo.
En cuanto la puerta se cerró a mi espalda con un clic suave, el edificio recuperó su vieja personalidad: silencioso, vigilante y lleno de oídos invisibles.
Bajé el primer escalón pegada a la pared, midiendo cada paso. El segundo, con el corazón todavía latiendo un poco más rápido de lo recomendable. El tercero… casi con normalidad.
Hasta que pisé el cuarto… Y entonces ocurrió el desastre.
Mi pie derecho pisó algo blando y traicionero: un calcetín gris, abandonado en medio del escalón como mina antipersona.
Resbalé con estilo. El tacón se torció, mi mano voló hacia la barandilla con un golpe seco y mi bolso salió volando dos escalones más abajo, abriéndose en pleno vuelo.
El pintalabios rodó hasta el descansillo, las llaves tintinearon como campanas y un paquete de pañuelos aterrizó dramáticamente contra la puerta del vecino.
—Mierda, mierda, mierda —susurré, intentando recuperar el equilibrio mientras el bolso vomitaba su contenido.
Desde el piso de abajo llegó inmediatamente la voz alarmada de mi madre:
—¡Estela! ¿Eres tú? ¿Qué ha sido ese escándalo? ¿Te has caído?
¡Perfecto! Justo lo que necesitaba.
Recuperé el bolso a toda prisa, metí el pintalabios y las llaves como pude y bajé los últimos escalones fingiendo una dignidad que no sentía en absoluto.
—Nada, mamá —respondí con la voz más natural que pude fabricar, mientras intentaba disimular que todavía tenía el pulso acelerado. Ella me esperaba bajo el arco de la puerta—. Se me ha caído el bolso. Ya sabes… torpeza pura.
Entré en casa intentando que nada en mi expresión me delatara. Ella cerró la puerta detrás de mí.
—¿Dónde te habías metido? Has tardado una eternidad.
Me giré hacia ella con la mejor cara de inocencia que pude fabricar. Y sentí cómo el calor subía traicioneramente desde el pecho hasta las mejillas.
—Estaba con Susana abajo —improvisé con soltura—. Se puso a contarme no sé qué historia larguísima y ya sabes cómo se enrolla. No había manera humana de escaparse.
—Venías de arriba —alzó las cejas.
—Ah, sí. Me he pasado a comprobar si los tulipanes necesitaban agua. —Me atusé el pelo—. Todo en orden.
Una mierda en orden, pensé.
Mi madre me miró de arriba abajo e… hizo un gesto con la mano, restándole importancia al asunto.
—Las plantas están bien. Las regué esta mañana. Y Susana habla por los codos, sí. A mí me tuvo anoche una hora en la puerta, con el frío que hacía. A su tía, la hermana de su madre, la han ingresado de nuevo en el hospital. Me conto todo. Pero todo. ¿Te lo ha contado? —Negué—. Raro me parece.
Hoy todo es raro.
—Paciencia, mamá. Paciencia divina.
—¿Quieres un café?
Sonreí, esta vez de verdad.
—No, gracias. Estoy bien.
Y mientras dejaba el bolso en la silla y me apoyaba en la encimera como si aquella tarde hubiera sido de lo más corriente, lo entendí con una claridad inquietante.
Que había sido demasiado fácil. Mentir. Resbalar con un calcetín traicionero.
Escapar. Regresar a la normalidad. Y que esa facilidad…
era precisamente lo más peligroso de todo.
Bueno, eso y… Armando en sí mismo. Mentía, sí, pero no iba a mentirme a mí.