Cuarenta y cinco inviernos y una primavera 24 CUANDO NO HAY VUELTA ATRÁS (AUNQUE NADIE LO DIGA)
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24 CUANDO NO HAY VUELTA ATRÁS (AUNQUE NADIE LO DIGA)

Estela

El café no duró cinco minutos. Ni siquiera diez.

Se evaporó entre risas que empezaban serias y terminaban traviesas, entre silencios cargados y miradas que se demoraban un segundo de más.

Yo pasé de estar apoyada en la encimera a sentarme en el borde del sofá sin darme cuenta de en qué momento había cruzado la habitación.

El espacio entre nosotros se había ido acortando solo, como si obedeciera a una voluntad propia.

—Esto ya no son cinco minutos —murmuré, todavía con la taza tibia entre las manos.

—No —respondió él, con esa media sonrisa que siempre parecía saber más que sus palabras—. Hace rato que dejó de serlo.

—Debería irme. —No me moví ni un centímetro.

—Podrías —dijo suavemente, sin apartar los ojos de los míos.

Tampoco él se movió.

Lo miré.

Y ahí estaba otra vez: esa corriente que lo simplificaba todo… hasta que lo complicaba de forma deliciosa.

—No somos ni amigos —solté, casi sin pensarlo.

Lo dije con naturalidad, como quien constata un hecho evidente. Pero ya no lo era. Ya no.

Él dejó la taza en la mesa baja sin romper el contacto visual.

—Pero podemos serlo. Hablo más contigo que con cualquier otra persona.

—Yo también…

—¿Entonces?

—Empezamos a ser amigos…

El silencio que siguió no fue incómodo. Fue denso, eléctrico.

—Me gusta que seamos amigos —añadí en voz baja.

—Es fácil serlo contigo.

—Eso es cosa de dos.

Asentí lentamente, sintiendo cómo el aire entre nosotros se volvía más denso.

—Claro.

Nos quedamos así, a menos de medio metro, con todo dicho y nada resuelto.

Y… pasó. Sin anuncio. Sin transición grandilocuente. Él acortó la distancia que quedaba con una lentitud deliberada, hasta que ya no hubo espacio respetable entre nuestros cuerpos. No invadió. Solo eliminó la barrera. Y yo no retrocedí.

El beso llegó como una consecuencia inevitable.

Al principio fue lento, exploratorio, casi una pregunta.

Sus labios rozaron los míos con una suavidad que contrastaba con la tensión que vibraba bajo la superficie.

Luego se volvió más profundo, más urgente.

Mi mano se aferró a su camiseta sin pedir permiso, tirando de él hacia mí.

Él respondió con la misma naturalidad, deslizando una mano por mi cintura con firmeza posesiva, atrayéndome contra su cuerpo mientras la otra subía hasta mi nuca.

Ya no había margen para dudas.

Ni para pensar.

Ni para fingir que podíamos parar.

Nos reímos entre beso y beso, un sonido bajo y ronco que quitaba algo de solemnidad al momento, aunque no lograba disimular lo que realmente estaba ocurriendo.

—Esto tampoco es un café —susurré contra su boca.

—No.

—Ni cinco minutos.

—No.

—Calla. Van a escucharnos.

—Estás hablando tú.

Reímos y volví a besarlo con más fuerza, porque las palabras ya habían dejado de servir.

Nos movimos hacia el sofá sin separarnos, torpes y ansiosos, chocando suavemente con la mesa baja.

—No hagas ruido —le pedí.

—Ha sido sin querer.

Las risas volvieron, breves y entrecortadas, mientras caíamos sobre los cojines. Me dejé hundir primero y él vino sobre mí, apoyando su peso con control, sin perder nunca esa ligereza que hacía que todo pareciera un juego… aunque los dos sabíamos que ya había dejado de serlo.

—Deberíamos parar —anoté, sin la menor intención de hacerlo, mientras mis dedos se enredaban en su pelo.

—Sí —respondió él, pero sus labios ya bajaban por mi cuello, dejando un rastro caliente que me hizo arquearme ligeramente contra él.

No paramos.

Hubo un instante brevísimo en el que aún podría haber cambiado todo: levantarme, recoger mi bolso, bajar las escaleras con el mismo vértigo con el que había subido. Pero no lo hice.

Porque no quería.

Porque hacía mucho tiempo que no deseaba tanto equivocarme.

—Estoy loca.

—Ya me he dado cuenta.

—¿Eres tonto?

—Sí, pero tú también. ¿Nos vamos a la cama?

—Ni siquiera sé dónde está.

—¿Los pisos no son todos iguales?

—Pero qué sé yo cuál es tu habitación.

—La grande. —No paramos de besarnos.

Nos levantamos del sofá con un movimiento fluido, casi instintivo. Caminamos hacia el dormitorio besándonos por el pasillo, deteniéndonos contra las paredes, sus manos recorriendo mi espalda, mis caderas, apretándome contra su cuerpo para que pudiera sentir cuánto me deseaba.

Al llegar a la cama la urgencia se volvió tangible, aunque ninguno de los dos quería precipitarse del todo.

Nos desvestimos con manos ansiosas pero sin torpezas absurdas.

Mis dedos temblaron ligeramente al subirle la camiseta, rozando la piel caliente de su abdomen y sintiendo cómo sus músculos se contraían bajo mi toque.

Él levantó los brazos para ayudarme y, en cuanto la prenda cayó al suelo, me permití devorar con la mirada la línea firme de su pecho, sus abdominales definidos y la erección que ya tensaba sus pantalones.

Sus manos fueron más seguras. Deslizó mi vestido por mis hombros con deliberada lentitud, dejando que la tela se deslizara por mi cuerpo como una caricia hasta caer al suelo. Me quedé solo con las bragas y el sujetador de encaje negro. Sus ojos recorrieron cada curva con hambre descarada.

—Joder, Estela… mírate —murmuró, la voz más ronca de lo normal.

No le di tiempo a decir más. Me acerqué y lo besé con fuerza, mientras mis manos bajaban hasta el botón de su pantalón.

Lo desabroché con dedos impacientes y tiré de la cremallera.

Él se deshizo del resto de la ropa en un movimiento fluido, quedando completamente desnudo frente a mí.

Su polla estaba dura, gruesa y pesada, con la punta ya brillando.

El simple hecho de verla me provocó un latido caliente entre las piernas.

Cuando por fin estuvimos piel contra piel, el contacto fue brutalmente bueno.

El calor de su cuerpo contra el mío, el roce de su pecho contra mis pechos, su miembro duro presionando insistentemente contra mi vientre…

todo me encendió por dentro. Su boca volvió a la mía, profunda y exigente, mientras sus manos exploraban mi cuerpo con reverencia y posesión.

Acarició la curva llena de mis pechos, pellizcando los pezones entre sus dedos hasta que se endurecieron y me arrancaron un jadeo.

Bajó por mi cintura, por mis caderas, y finalmente deslizó una mano entre mis muslos, apartando el encaje de las bragas.

—Estás empapada —gruñó contra mis labios, deslizando dos dedos por mi humedad con facilidad—. Joder, qué caliente estás.

Yo respondí con igual intensidad, recorriendo los músculos de su espalda y bajando hasta su culo firme, apretándolo contra mí.

Mis uñas arañaron suavemente su piel cuando sus dedos encontraron mi clítoris y empezaron a trazar círculos lentos y precisos, haciendo que mis caderas se movieran por instinto contra su mano.

Se colocó sobre mí con cuidado, pero sin vacilación, abriéndome las piernas con las suyas. Su peso sobre mi cuerpo era delicioso, dominante. Su polla rozaba mi entrada, caliente y pesada.

—¿Tienes condones? —pregunté, con la voz entrecortada por el deseo.

—¿Qué? —respondió él, claramente distraído, frotando la cabeza de su polla contra mi coño.

—Condones, Armando. No me jodas.

Él soltó una risa ronca y oscura.

—Pienso joderte hasta que no puedas andar, pero tienes razón.

Se incorporó ligeramente y abrió el cajón de la mesita. Rebuscó un segundo y sacó la caja.

—El último. —Levantó el paquetito con una ceja arqueada y una sonrisa lobuna.

—Tienes que comprar más —respondí, casi sin aliento.

—¿Vamos a follar más? Esto promete —Rompió el envoltorio con los dientes y sopló el condón antes de colocárselo con maestría, sin apartar los ojos de los míos—. Espero que sea contigo. Muchas veces.

—Veremos si te portas bien —repliqué, provocándolo.

Cuando entró en mí, fue despacio, centímetro a centímetro, abriéndome con una lentitud tortuosa que me hizo arquear la espalda y soltar un gemido largo y profundo.

Sentí cada pulgada de su grosor estirándome, llenándome por completo, hasta que sus caderas se pegaron a las mías y los dos soltamos un suspiro entrecortado.

—Joder, Estela… estás tan apretada —gruñó contra mi cuello, quedándose quieto un momento para que me acostumbrara a él—. Me estás matando.

—Sí… muévete —jadeé, clavando las uñas en sus hombros—. Quiero sentirte entero.

El ritmo empezó lento y profundo, como si quisiéramos saborear cada sensación: el calor de su piel contra la mía, el peso delicioso de su cuerpo, el roce constante de su polla dentro de mí que hacía que todo mi coño se contrajera alrededor de él.

Mis uñas se clavaron más fuerte en sus hombros mientras él aceleraba poco a poco, sus embestidas volviéndose más firmes, más precisas, golpeando ese punto profundo que me hacía jadear su nombre una y otra vez.

—Ahh… Armando… así…

—Así, ¿eh? —susurró, mordiendo suavemente la piel de mi cuello—. Me encanta cómo suenas cuando te follo.

Mis piernas se enredaron alrededor de sus caderas, atrayéndolo más profundo con cada embestida.

El ritmo se volvió más intenso, más urgente.

El sonido húmedo de nuestra piel chocando, nuestros gemidos entrecortados y la respiración agitada llenaban la habitación.

Sentí el placer creciendo en oleadas calientes, tensándose en mi vientre, hasta que finalmente estalló con fuerza.

Mi coño se contrajo alrededor de su polla en espasmos intensos, y grité su nombre mientras el orgasmo me recorría en ondas largas y profundas.

—Armando… Armando…

Él no tardó mucho más. Con un gruñido ronco y animal, aceleró unas cuantas veces más, enterrando el rostro en mi cuello, y se corrió dentro de mí con fuerza, temblando entre mis brazos mientras su cuerpo se tensaba y luego se relajaba por completo.

Nos quedamos así un largo rato, con las respiraciones agitadas, la piel sudorosa y sin ganas de separarnos todavía.

Después, tumbada a su lado con la respiración aún agitada, el pelo revuelto sobre la almohada y la piel brillante de un ligero sudor, giré la cabeza hacia él.

—Estaba bueno el café —solté.

—¿Mejor que esto?

—Casi. —Rio—. Has hecho mucho ruido. El cabecero se ha quejado como si lo estuvieras matando.

—Tú también —bromeó.

Cogí una de las almohadas y se la tiré a la cabeza.

—¡Eh! ¿Me atacas?

—Es lo menos que puedo hacer. Has intentado matarme.

—Pero de placer… ¿Lo he conseguido?

—Bueno… Ha estado bien —me hice la interesante.

—¿Solo bien? —Alzó las cejas. Yo asentí—. Es cierto, no ha estado mal —me la devolvió.

—¿No ha estado mal? ¿Eres subnormal?

Soltamos unas carcajadas liberadoras. Pero caí en la cuenta de dónde estábamos y me subí sobre él a horcajadas y le tapé la boca.

—No grites.

—Tarrr… deee —balbuceó, porque mis dedos le impedían vocalizar. Los retiré—. Tú has gritado, Estela. Y mucho. —Me agarró los muslos.

—No tanto.

—¿Repetimos?

—Tengo que irme.

—¿Por qué?

—Mis padres me están esperando. Se preguntarán dónde estoy.

—Ya lo saben. Te han escuchado gritar.

—No tiene gracia.

—No te vayas.

—A ver cómo salgo ahora de aquí —lo ignoré y me levanté—. ¿Puedo ir al baño?

Sonreí más ampliamente frente al espejo, porque no había estado mal, llevaba razón. No había sido profundo ni importante, no era nada de lo que una debería analizar demasiado. Y, aun así…me había gustado mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Armando era… un lugar donde me sentía feliz, una felicidad simple, sin dobleces, sin disimulo, sin forzarla. Como cuando llegas a un lugar en el que has estado mil veces y encuentras tu sitio al instante porque… está hecho a ti.