Cuarenta y cinco inviernos y una primavera 23 SUBIR LA ESCALERA COMO FUGITIVOS
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23 SUBIR LA ESCALERA COMO FUGITIVOS

Armando

No pensé que algo tan simple como subir unas escaleras pudiera convertirse en una especie de operación encubierta.

Y, sin embargo, ahí estábamos, avanzando despacio, midiendo cada paso, conteniendo la risa, el verdadero enemigo, no los vecinos, no el portal, no todo lo que aquello implicaba.

No, nosotros, cómo nos sentíamos cuando estábamos juntos.

Iba un peldaño por detrás de ella, lo justo para verla sin que se notara demasiado, aunque se notaba.

Se notaba en cómo se le escapaban las sonrisas, en cómo intentaba mantener la compostura mientras claramente no lo conseguía, en esa forma suya de hacer ver que todo estaba bajo control cuando en realidad ya no lo estaba del todo.

—Deja de reírte —susurró sin dejar de hacerlo.

—Empieza tú —respondí, igual de bajo.

—Es que esto es absurdo.

—Mucho.

—Nos van a oír.

—Seguro.

Se giró un instante, lo justo para mirarme con una mezcla de advertencia y complicidad que no terminaba de inclinarse hacia ningún lado. Y yo supe, sin necesidad de pensar demasiado, que ese tipo de momento era exactamente el que se te queda. No por lo que pasa, sino por cómo pasa.

Seguimos subiendo, intentando pisar suave, pero el edificio tenía una acústica traicionera que amplifica lo que quieres esconder. Cada paso parecía más alto de lo que era, cada pequeño ruido se expandía.

—Esto se oye en todo el bloque —murmuró.

—Tus padres ya están informados.

—No me hace gracia.

—A mí un poco sí.

—Eres un irresponsable.

—Lo sé, pero te gusta.

—No te creas. Pero yo también lo soy.

—No veo la razón.

—Porque serás miope. Tan joven y ciego ya. Pobrecito.

En el siguiente tramo dejó de fingir que intentaba no reírse y se le escapó una carcajada breve que cortó enseguida llevándose la mano a la boca. Ese gesto. Esa forma de contenerse tarde, siempre un segundo después de lo que debería.

—De verdad, Armando. Como nos vean…

—No nos van a ver.

—Eso no lo sabes.

—Sí lo sé.

—¿Por qué?

—Porque estamos aquí.

—Eso no es un argumento.

—Si nos hubieran visto, alguien hubiera salido. Ya nos hubiera hecho un interrogatorio.

—O matado.

—Exagerada.

—No conoces a mi madre.

Negó con la cabeza, pero no dejó de sonreír. Y ahí estaba el problema. No en lo que decíamos, ni siquiera en lo que hacíamos, sino en lo fácil que resultaba todo mientras lo hacíamos.

Llegamos al rellano. Ese pequeño espacio donde todo se decide sin decirse. Miré hacia abajo por inercia. Silencio. Ninguna puerta entreabierta, ninguna sombra, ningún indicio de que alguien estuviera observando.

—Última oportunidad para salir corriendo —indiqué, con la llave en la mano, y sin ganas ninguna de que se fuera.

—No voy a salir corriendo.

—Bien.

—No significa nada.

—Eso me parece perfecto. Nada de nada. —Los dos sabíamos que algo sí que significaba, por muy poco que fuese.

Me sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario y después la apartó.

Abrí la puerta y le hice una señal para que entrara primero.

Siempre me ha parecido curioso ver a alguien entrar por primera vez en tu casa. No es tanto lo que miran, sino cómo lo hacen. Esa forma de recorrer el espacio y evitando evaluarlo.

Cerré la puerta con cuidado, sin golpe, casi sin sonido. El clic suave de la cerradura tuvo algo de punto final que no correspondía a la situación, pero ahí estaba.

—Vaya… —avanzó unos pasos—. Eres… muy ordenado.

—Gracias.

—No me lo esperaba.

—Eso me ofende un poco.

—Te ofendes muy rápido tú.

Se movió despacio por el salón, sin tocar nada. El piso era sencillo, funcional, sin pretensiones. Salón abierto a la cocina, muebles claros, pocas cosas, lo justo para que todo tuviera sitio y no sobrara nada. No me gustaba acumular. Nunca me había gustado.

—Esto es sospechoso —añadió.

—¿El qué?

—Que alguien viva así de recogido.

—Se llama tener un mínimo de orden.

—Se llama tener una psicopatía. —Solté una carcajada—. Calla… —pidió en voz baja.

—¿Qué?

—Que van a escucharte.

—¿No puedo reírme en mi propia casa?

Rio ella también pero en silencio.

—Llevas razón. La que no puede reírse soy yo.

—Te estás riendo también.

—Pero sin sonido. —No perdía la sonrisa y… Me dieron ganas de besarla. Aunque me contuve, al menos… por el momento.

Se detuvo frente a la encimera.

—¿Cuántas botellas de agua necesitas para sobrevivir?

—Las suficientes.

—¿Y toda esta fruta?

—También es necesaria.

—¿Y esto? —señaló uno de los botes—. Creatina. —Leyó.

—Sí.

—¿Y proteína?

—También.

—¿Y esto es una cocina o un laboratorio?

—Es una cocina funcional.

—Es un gimnasio con cafetera.

Sonreí.

—Podría ser peor.

—¿Cómo?

—Podría no tener cafetera.

—Eso sí sería motivo de salir corriendo.

—Lo tendré en cuenta.

Se agachó un poco para mirar las zapatillas junto a la pared.

—Y estas… —dijo—. Están alineadas.

—Claro.

—Armando… Esto no es normal.

—Es eficiente.

—Es obsesivo.

—Un poco.

Se incorporó, apoyándose en la encimera, cruzándose de brazos mientras seguía mirando alrededor.

—Me gusta.

—¿Sí?

—Sí. Es claro.

—¿Claro?

—Sí. Es… agradable.

La miré.

—Podría decir lo mismo de ti.

—¿Soy agradable? —Asentí—. Tú también.

Puse la cafetera en marcha y el sonido empezó a llenar el espacio.

—¿Cómo lo quieres? —pregunté.

—Descafeinado. ¿Tienes?

—Yo tengo de todo.

—¿Para las visitas?

—¿Cómo sabes que no lo tomo descafeinado?

—Porque…

—No me pega, ya… —Nos reímos—. ¿Con leche?

—Un poco. Sí, por favor.

Mientras el café salía, bajamos la voz casi sin darnos cuenta.

—Estamos hablando bajito —susurró.

—Sí.

—Esto es absurdo.

—Y surrealista.

—¿Y si nos oyen?

—¿Quién?

—Mis padres.

—Tu padre pensará que estoy fregando.

—Mi padre casi no escucha en realidad. El problema es mi madre. Ella lo escucha todo.

Volvimos a reír.

—Me he dado cuenta, sí.

Se tapó la boca otra vez para no reírse en alto, inclinándose ligeramente hacia delante.

Y ahí estaba otra vez. Esa risa. Incontrolable.

Le tendí la taza. Nuestros dedos se rozaron apenas un segundo. Casi nada. Y aun así, suficiente.

—Gracias.

—De nada.

Sostuvo la taza con ambas manos, dando un sorbo pequeño.

—Está caliente.

—Es café.

—No esperaba menos de ti.

—Siempre cumplo.

Se rio de nuevo a voz en grito y se tapó la boca de repente. Me gustaba verla reír así.

—¿He contado un chiste?

—No, no. No es nada. Esto… me hace gracia. —Le brillaban los ojos, claros como el cielo cuando se refleja en un mar limpio.

—Te hago gracia.

—Tú no. La situación. Bueno, tú también, eres… gracioso.

—Tú también.

—Tontos…

—De remate…

Nos quedamos en silencio un instante que no incomodaba, pero que tampoco era neutro. Un silencio lleno de cosas que no estábamos diciendo, pero que estaban ahí.

—Cinco minutos —necesitó recordar.

—Claro.

—Cinco. —Dibujó el número con los dedos de las manos.

—Los que tú digas.

Levantó la mirada.

—No juegues con eso.

—Jugar no es malo.

—Supongo que no…

La observé un momento más. La forma en que se movía en un espacio que no era suyo como si lo fuera un poco, la manera en que intentaba mantener una línea que ya estaba cruzando sin admitirlo, ese equilibrio raro entre control y abandono.

Me gustaba. Demasiado. Y no solo por lo evidente. También por lo complicado.

—¿Qué? —preguntó al notar mi mirada.

Negué despacio.

—Nada.

—Algo sí.

—Ya. —Sonrió. Y en ese instante entendí algo con bastante claridad. Que lo difícil no había sido subir las escaleras sin que nos vieran. Lo difícil iba a ser todo lo que venía después. Y que, aun sabiéndolo, no tenía ninguna intención de frenarlo.