22 LOS DÍAS SE DESLIZAN Y EL PELIGRO EMPIEZA A PARECER BUENA IDEA
Estela
Los días siguientes no tuvieron forma concreta.
No hubo nada que pudiera señalar como decisivo, ningún momento exacto en el que todo cambiara, y sin embargo cambió.
Se instalaron con naturalidad, como esas cosas que no haces a propósito pero acabas esperando.
Armando y yo hablábamos. A cualquier hora, en medio de cualquier cosa, en medio de la vida.
Al principio eran mensajes y videollamadas sueltas, casi de cortesía, una continuidad lógica de lo que ya habíamos empezado.
Después dejaron de serlo. Se convirtieron en un hábito.
En una pequeña rutina, una muy bonita. Me preguntaba qué hacía, yo le respondía con ironía, él devolvía la pelota sin esfuerzo, y en ese intercambio constante se fue construyendo algo que no tenía definición pero sí ritmo y…
muchos stickers, casi todos nuevos para mí.
Tenía una forma de escribir que se antojaba improvisada, pero no lo era. Había intención en cómo dejaba las frases a medias, en cómo evitaba cerrar del todo lo que decía, dejando una puerta abierta para seguir. Y yo entraba. Sin planteármelo demasiado. Sin ponerle nombre.
—¿Qué haces?
—Sobrevivir.
—Ambicioso.
—¿Y tú?
—Pensando en hacerme rica.
—Tarde.
—Todavía puedo casarme bien.
—Llegas tarde también.
—Siempre llego tarde a todo.
—No a todo.
—¿Ah, no?
—No.
Y yo me quedaba mirando el móvil un segundo más de lo normal. Sonriendo. Como una idiota.
Un día, en medio de una conversación absurda sobre comida y horarios imposibles, le escribí un chiste.
Malo. Tan malo que incluso dudé antes de enviarlo, pero lo hice igual, quizá porque con él no tenía la sensación de tener que medir nada.
Armando me contaba chistes malos, pues chistes malos iba a tener.
—Tengo uno —le escribí—, pero aviso: es terrible.
Tardó unos segundos en responder.
—Perfecto. Me gustan las malas decisiones.
Sonreí antes de contestar, lo entendía a la perfección.
—¿Tienes pastillas para el cansancio? Sí, pero están agotadas.
Hubo un silencio digital que duró lo suficiente como para imaginar su cara.
—Bloqueada. Te lo has buscado. Esto es motivo de denuncia.
—Es brillante.
—Es muy preocupante que creas eso. Pero más preocupante es que me haya hecho gracia.
Y me reí. Sola. Apoyada en la encimera de la cocina, con el móvil en la mano y una sonrisa que no tenía nada que ver con el chiste. Era otra cosa. Algo más liviano, más tonto, más comprometido. Como si el día tuviera un pequeño punto de fuga que antes no estaba.
Hablábamos de todo y, al mismo tiempo, evitábamos lo único que importaba. No había preguntas directas, no había definiciones, no había ninguna conversación que obligara a detenerse. Y precisamente por eso seguíamos. Porque nada exigía nada. Porque todo se antojaba fácil.
Pasaron varios días así, encadenándose sin esfuerzo, sin resistencia.
El sábado fui a casa de mis padres. Nada fuera de lo habitual.
La misma calle, el mismo portal, la misma sensación de rutina.
Y sin embargo, en cuanto bajé del coche, supe que no era lo mismo.
No porque hubiera cambiado el lugar, sino porque yo ya no lo atravesaba igual.
Ahora había algo más. Una expectativa que no estaba antes, una conciencia constante de que él estaba ahí, encima, en ese mismo edificio que durante años había sido solo el de mis padres.
Lo vi en cuanto eché a andar.
Estaba en la puerta, con Menina, sujetando la correa con una mano y mirándome.
—Mira quién llega —dijo, con esa media sonrisa que no terminaba de ser inocente.
—Mira quién está aquí —respondí, acercándome.
—Vivo aquí.
La perra se acercó moviendo la cola con una familiaridad que no le correspondía.
—Hola, Menina —Me agaché y la acaricié—. Tú pareces más sensata.
—Menina es una pelota. —Se tumbó para que mis dedos fueran hasta su barriga.
—Es encantadora.
—De serpientes. El otro día quiso comerse una que había en el jardín.
—Qué bonita eres —susurré a la perra.
—¿Qué tal la semana? —preguntó.
—Bien.
Me miró un segundo.
—Mentira.
—Un poco.
—Ya decía yo.
—¿Y tú?
—De puta madre.
—Mentiroso —lo imité.
—Me inspiras.
—Me alegra saber que soy la inspiración de un niño.
—Eres tonta —sonrió.
Abrí los ojos y dibujé una sonrisa.
—¿Entrenando insultos?
—Es con cariño.
—Puedes mejorarlos.
—Es que no me salen contigo.
—Pues se te dan genial. —Negué con la cabeza, sonriendo, consciente de que ese tipo de intercambio se estaba volviendo demasiado natural. Demasiado rápido.
Casi sin darme cuenta, miré hacia arriba. Las ventanas. Los balcones. Las terrazas. La geografía completa del juicio ajeno.
—¿Qué haces? —curioseó.
—Calcular probabilidades.
—¿De qué?
—De que alguien nos esté viendo ahora mismo.
—Eso te preocupa.
—Eso me ocupa.
Él dio un paso más cerca, lo justo para reducir la distancia sin invadirla del todo.
—Es un portal. No un plató de televisión.
—En este edificio hay más cámaras invisibles que en cualquier reality .
—Me gustan los riesgos.
—Eres joven. No ves el riesgo.
—No soy tan joven. Deja de decir eso.
—Lo eres para algunas cosas.
—¿Para qué? —Se hizo un silencio breve, contenido, de esos que no necesitan llenarse—. Sube a tomar un café —soltó entonces, sin cambiar el tono.
No lo era.
Miré la escalera. Miré la puerta. Miré el reflejo de los cristales del portal como si fueran a devolverme la imagen de alguien observando desde fuera.
—¿Ahora? —pregunté, aunque la pregunta ya contenía la respuesta.
—Ahora.
—Tú quieres otro beso.
—¿Solo un beso? —Alzó las cejas.
—Eres gilipollas.
—Y tú también si lo rechazas.
—Sería lista si lo hiciera.
—Pero no vas a hacerlo.
—Ya está presente Armando el subidito.
—Venga, un café. Nada de besos. Nada de… nada.
Suspiré, cruzándome de brazos más por inercia que por convicción.
Pensé en Rebeca. En lo fácil que era que algo así se convirtiera en conversación de escalera en menos de una hora.
Pensé en mi madre, en su capacidad casi sobrenatural para enterarse de lo que no se decía en voz alta.
Pensé en Susana, en mi hijo, en la vida compartida que convertía cualquier gesto en algo visible.
Pensé en todo lo que podía pasar.
Y luego pensé en lo que ya estaba pasando.
—Cinco minutos —acepté.
Él sonrió, sin prisa.
—Me sombran cuatro.
—¿Para qué?
—Para convencerte de que te desnudes.
—Más tonto y no naces, en serio. —Se encogió de hombros—. No voy a acostarme contigo. Y menos encima de casa de mis padres.
—Pero te lo planteas. ¿Nos vamos a un hotel?
—Ni en tus mejores sueños.
—A mí me vale con follar en el coche.
—Pues suerte con eso.
—Lo que tú digas.
—No, lo que digas tú —nos retamos, siempre con una sonrisa.
No añadimos nada más.
Entramos en el portal. Y en cuanto crucé la puerta, con la sensación absurda de estar haciendo algo que no debía y aun así querer hacerlo, entendí que no era una decisión puntual. No era un café. No era un impulso. Era el principio de algo que ya no iba a ser fácil fingir que no estaba ocurriendo.