18 CUANDO UNO ESCRIBE PORQUE QUIERE (Y YA ESTÁ)
Armando
Lo bueno de estar bien es que no tienes que pensarlo demasiado.
Te levantas, haces lo que tienes que hacer, te ríes cuando toca, te tomas una cerveza si apetece y, si no, pues no.
Sin drama. Sin vueltas. Sin esa sensación de estar todo el rato pendiente de algo que no sabes ni qué es.
Es lo que había buscado cuando me separé.
Lucía era muy buena persona, pero me asfixiaba a veces.
Me casé muy joven, demasiado, me dejé llevar y no me arrepiento, pero quizá debería haber tomado mis propias decisiones y no dejarlas todas a ella.
Quería verla feliz. Y yo lo era, de alguna manera, una bonita, hasta que dejé de serlo.
Yo estaba ahí.
En ese punto.
No perfecto, porque la vida no es perfecta nunca, pero sí lo suficientemente bien como para no complicarme sin necesidad.
Habían pasado un par de días desde lo del coche. Dos, tres… no lo tenía muy claro. Tampoco me importaba tanto.
No había vuelto a ver a Estela. Ni en el portal. Ni en el ascensor. Ni sacando a Menina, que últimamente salía más de lo habitual. No por nada en concreto, claro. Porque la perra necesitaba ejercicio. Porque me venía bien a mí. Porque sí.
—Claro, claro —me había dicho David, otra vez—. Menina está encantada. Y tú más.
—La perra está en forma —respondí, agarrando la barra—. Eso es lo importante.
—Sí, sí. La perra. Tú no esperas encontrarte con nadie.
—Así es.
—Estás paseando más que un jubilado con tiempo libre. —Me hizo sonreír— ¿Y esa sonrisa?
—Me ha hecho gracia.
—Reconoces que soy gracioso. ¡Esto es épico!
—Y muy subnormal. —Respiré—. Estela me gusta.
Se quedó callado un segundo.
—Me sorprende que lo digas tan fácil.
—¿Por qué no voy a decirlo?
—Porque tú eres de “me da igual todo”. —Me encogí de hombros—. Te la quieres follar.
—Sí.
—Bien. —Asintió—. Vamos avanzando.
—Eres básico.
Nos reímos.
Y ya está. No había más. No todo tiene que ser profundo para ser real.
El día siguió normal. Trabajo, llamadas, informes, ese tipo de cosas que haces sin pensar demasiado porque forman parte de lo que haces todos los días.
Casi al final de la jornada, me decidí y envié un mensaje a Estela.
Sin más, me apetecía hablar con ella. Hay gente que te cae bien y punto.
Gente con la que ríes, hablas y vuelves a reír, y Estela era una de ellas.
¿Por qué negarme a disfrutar de lo que me hacía sentir?
¿Qué me hacía sentir? Aún no estaba seguro, sin embargo, una cosa estaba clara: Estela me gustaba, mucho, y me sentía bien cerca de ella.
Saqué a Menina a dar una vuelta en cuanto llegué a casa. Por aire. Por moverme un poco. Una rottweiler que lo único que sabía hacer era dormir, comer, lamer a personas y poner cara de pena para que la acariciaras. Ah, sí, y ponerse en medio de mí y meterse entre mis piernas.
La perra iba feliz oliendo absolutamente todo lo que se le ponía por delante.
—Eres muy pesada —le dije, y me miró.
Movió el rabo y siguió a lo suyo.
—Vida simple —musité.
—¿No caga? —Escuché una voz a mi lado.
—Hola, Rebeca. Parece que no.
—Cuando yo la saco, caga muy rápido. Bueno, cuando la sacaba. Ya no cuentas conmigo para nada.
—No empieces.
—¿Quedamos o no?
—Ya te he dicho que no. —Me sonó raro que me fuera tan fácil decir que no; me había costado aprender a decir que no a propuestas, peticiones y preguntas difíciles en las que se esperaba un sí. Estaba orgulloso de mí.
—Eres… Mejor no lo digo. —Se cruzó de brazos.
—Sí, no lo digas. —Menina tiró de mí hacia ella y tuve que acercarme unos pasos.
—Eres un estúpido. Pasas de mis mensajes y ni siquiera me das una razón.
—Rebeca, no tenemos nada. No sé qué tendría que decirte.
—Me parece genial —casi escupió.
—No quiero discutir contigo. —No me gustaba en general, con ella, mucho menos, porque no había razones, ninguna.
Se mordió el labio para no seguir y se largó. La vi entrar en el portal.
Bufé y le pedí a Menina que se diera prisa.
—Venga, bonita, hoy no está el horno para bollos. —La perra me miró con ojos caídos—. No me mires así. Si te portas bien, te doy pollo.
Juraría que me entendió, porque por fin terminó y pude subir a casa.
Cuando pasé por la puerta de los padres de Estela me acordé de ella.
No es que la hubiera olvidado de todas formas.
Tenía que ser sincero conmigo mismo. Pero recordé su cara cuando reía, su amplia sonrisa, su forma de mirar, de cantar una canción cualquiera, a pesar de que no sabía, de cómo había dicho lo de “esto es una mala idea” sin querer dejar de hacerlo. Y sonreí. Sin más. Sin darle vueltas.
Entré en casa, solté las llaves y dejé la correa colgada de la chincheta de la pared. Menina se fue directa a su cama como si hubiera trabajado doce horas en una mina.
Yo fui a la cocina, abrí una cerveza y me apoyé en la encimera. Saqué el móvil y miré la pantalla. Estela me había contestado al mensaje.