Cuarenta y cinco inviernos y una primavera 17 UNA MADRE CONFIESA Y UN HIJO NO SE SORPRENDE
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17 UNA MADRE CONFIESA Y UN HIJO NO SE SORPRENDE

Estela

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—Esa. La de “me estás decepcionando como figura materna”.

Álvaro levantó la vista del portátil despacio, muy despacio, como si le costara asumir lo que acababa de escuchar.

—No es decepción —dijo—. Es que… Eres muy fácil de leer. Solo me has confirmado.

—Qué hablas, niño.

—Que esto iba a pasar.

Me crucé de brazos.

—No iba a pasar.

—Ha pasado.

—Pero no iba a pasar.

—Mamá… —cerró el portátil despacio—. Te besaste con él en un coche bajo las estrellas. Eso no es un “uy, ha surgido”. Eso es una cadena de decisiones.

—En serio. ¿Dónde has aprendido a hablar así?

—En esta casa. Y, por cierto, eres muy optimista.

—No soy optimista. Bueno, sí, pero no tiene nada que ver.

—Te subiste a su coche.

—Para tomar una cerveza.

—Subiste una cuesta.

—Porque Madrid tiene cuestas.

—Te llevó a un mirador.

—Porque es bonito.

—Sacó cervezas de una nevera.

—Eso fue todo un detalle.

—Le miraste.

—Eso no es delito.

—Te acercaste.

—Eso no lo sabes.

—Te besó.

—Nos besamos.

Álvaro me miró con los ojos entrecerrados.

—Peor.

No pude evitar reírme.

—No es peor.

—¡Es mucho peor!

—¡Eres un exagerado!

—¡Soy un visionario!

Me dejé caer en el sofá.

—No estaba tan claro.

—Estaba clarísimo. No te engañes.

—No lo estaba.

—Mamá —se inclinó hacia delante—. Estaba más claro que el agua.

—Eso no es verdad. No tienes pruebas.

—Tengo ojos.

—No estabas allí.

—Pero te conozco. No quedas con un tío de esa manera si no te gusta mucho.

—No me gusta mucho.

—Si eso fuera verdad, me decepcionarías.

—¡Eres un viejoven!

—¿Cómo se miente así? —añadió de pronto.

—¿Perdona? —Fruncí el ceño.

—Cómo me dices “no va a pasar nada” y luego… pasa todo.

—Ya ves… Tú eres el futurólogo. Yo solo me dejo llevar. No lo sé todo.

—Yo de pequeño creía que sí. ¿Besa bien?

Le lancé un cojín.

—¡No tienes vergüenza!

—Tengo curiosidad científica.

—No te lo voy a contar.

—Eso es un sí.

—Eso es un “no te metas”.

—Eso es un sí.

—Eres insoportable.

—Y tú misteriosa. Te haces la interesante. Si no quieres dar detalles, no empieces a contar la historia.

—Es mi historia. Puedo contar la parte que quiera.

—Eso es como ver una peli a medias.

—Te tengo dicho que no te quedes dormido en el sofá.

—Eres muy idiota, mamá.

Encogí los hombros y reímos.

Hay conversaciones que no deberían existir entre madre e hijo… pero hacen que todo tenga más sentido.

—¿Y ahora qué? —Apoyó los codos en las rodillas.

—Nada. No va a ir a más.

—Eso no lo sabes.

—Vale, no lo sé. Pero no va a ir a más.

—Eso es lo que dicen siempre.

—No todo el mundo. Pero… me gusta.

—Pues ya está.

—¿Ya está?

—Sí.

—No es tan sencillo.

—Mamá —sonrió—. Si te gusta, te gusta. Lo demás es decoración.

Negué con la cabeza.

—¡Es un lío!

—Es muy tú —corrigió.

Y justo en ese momento, el móvil vibró sobre la mesa. Lo miré.

Armando.

—¿Quién es? —preguntó Álvaro sin disimular.

—El de las malas decisiones.

—Vaya novedad.

Cogí el móvil y abrí el mensaje.

Armando:

¿Qué tal?

Sonreí. Sin querer.

—Estaba claro que iba a escribirte.

—No tiene por qué.

—Tiene todos los porqués.

—Cállate o te castillo.

—¿Qué vas a hacer?

Lo miré. Luego miré el móvil. Y volví a él.

—Responder.

—Claro.

—Soy educada.

—Y te gusta.

—Y me gusta.

—Ahí está. El problema. Yo no quiero saber nada.

Escribí. Sin pensarlo demasiado.

Yo:

Bien. ¿Y tú?

—Esto es muy mala idea.

—¿No has dicho que no quieres saber nada?

—Soy tu hijo, y tu mejor amigo. No debería ser así, pero lo es.

Suspiré.

—A mí me parece genial que lo seas.

—A mí de vez en cuando.

—Escúchame —me incorporé un poco—. Tienes razón en una cosa.

—Siempre la tengo. —Sonrió.

—Las decisiones y actos tienen consecuencias —continué—.

Y está bien pensar en ellas. Está bien medir.

Está bien protegerse. Pero… —Se quedó quieto.

Esperando—. Pero cuando has vivido lo suficiente…

Cuando te has equivocado. Cuando te has caído.

Cuando te has vuelto a levantar. Cuando has tenido miedo y aun así has seguido…

—Lo miré con conciencia—. Aprendes otra cosa.

—¿Qué?

—Que no puedes vivir pensando siempre en lo que puede salir mal. —Se quedó en silencio—. Porque si lo haces… te pierdes lo que puede salir bien. —No respondió—. La vida no se controla. Se vive, se disfruta, se aprende, se pasa a otra cosa.

—Eres muy sabia —soltó, medio en serio, medio en broma.

El móvil vibró otra vez.

Armando:

Mejor ahora.

Sonreí.

—Te ha contestado —advirtió Álvaro.

—Sí.

—Claro.

—¿Qué claro?

—Que esto ya ha empezado.

Lo miré.

—Eres agotador.

—Y tú una kamikaze. —Sonrió. Y yo también. Porque, en el fondo, sabía una cosa: No iba a parar esto. Porque no quería hacerlo. Aunque supiera que no era lo más sensato. Pero es que la vida… no siempre es sensata cuando merece la pena.