16 CUANDO UNO NO BUSCA NADA… Y ESO EMPIEZA A SER UN PROBLEMA
Armando
Hay una cosa que nadie te dice cuando te separas: que el silencio no es silencio, sino ruido sin forma. Un zumbido constante que no sabes de dónde viene, pero que está ahí, todo el rato, incluso cuando crees que estás bien.
Yo estaba bien. De verdad.
Salía. Entrenaba. Trabajaba. Dormía mejor de lo que esperaba. No pensaba en Lucía cada cinco minutos. No me dolía como antes. No me levantaba con esa sensación de haber dejado algo a medias.
Estaba… tranquilo.
Y aun así…
—Estás gilipollas —dijo David.
—Buenas tardes a ti también —respondí, ajustando el peso en la barra.
—No, en serio. —Se apoyó en la máquina, mirándome como si acabara de descubrir América—. Estás gilipollas.
—Argumenta.
—No hace falta. Se te nota.
—¿El qué?
—La cara.
—¿Qué cara?
—La de tío que dice que no le importa nada y está pendiente de algo.
—No estoy pendiente de nada.
David sonrió despacio.
—¿Armando Líos ya no folla? —Rio de su propia broma—. Pobrecito.
—Tú qué sabrás.
—¿Cuánto llevas sin verla?
—¿A quién?
—¿Hay más de una? ¡ Wow , esto se pone interesante!
—Tú sí que eres gilipollas. —Le tiré una toalla que pilló al vuelo—. Es… —bufé—. Es Estela.
David achinó los ojos.
—¿Estela?
—Sí. El domingo quedamos. La invité a una cerveza. Nos besamos.
—¿Y?
—Y ya está.
—No habéis vuelto a hablar. —Negué—. Y tú quieres hablar con ella. —Asentí—. Estás jodido.
—Qué voy a estar jodido.
—Estás jodidísimo.
—Qué sabrás tú.
—Yo sé que… últimamente siempre que te llamo estás sacando a pasear a Menina. ¡Eso es! —Dio una palmada—. Sacas a la perra para ver si te cruzas con ella. Una tía que no te hace ni caso.
—Menina necesita ejercicio. Le sobran kilos.
—Menina está más en forma que tú.
—Eso no es verdad.
—Lo que tú digas, hermano.
Seguí con la serie. Una. Dos. Tres.
—¿Cuántas vueltas le has dado hoy? —insistió.
—Las normales.
—¿Normales o “a ver si aparece Estela”?
—A la dichosa perra le cuesta cagar, cojones.
—Llévala al veterinario. Ah, no, que allí no vas a encontrarte con ella.
—Te crees muy gracioso.
—Tanto o más que tú. —Subí el peso y me forcé. Necesitaba dejar de pensar y el dichoso David no ayudaba en nada— ¿Y? —Alzó las cejas—. ¿Ha aparecido?
—No.
—Claro que no.
—Porque no vive allí.
—Pero va.
—No cuando yo estoy.
—Eso es que pasa de ti.
—No hemos coincidido. Ya está.
—Lo que tú digas.
Me senté y cogí la botella de agua.
—No quiero que me siga el rollo.
—Claro.
—Lo digo en serio.
—Si lo entiendo…
—No quiero nada serio.
—Ya.
—Ni nada complicado. Ni historias.
—Lo sé.
—Entonces me da igual.
David me miró un segundo más de lo normal.
—Igual igual… no te da.
—Sí me da igual.
—No te da igual.
—Sí.
—No.
—Sí.
—Eres un puto niño.
—Y tú un mentiroso. ¿Te la has follado ya?
Lo miré.
—¿Te parece una pregunta normal?
—Sí. —Puse los ojos en blanco—. Eso es que no.
—No te lo diría si fuera que sí.
—Vale, no —levantó las manos—. Pero te la quieres follar.
—Eso sí.
—Por fin una verdad.
—¿Quieres escuchar otra verdad?
—Te escucho.
—Más entrenar y menos cotillear.
El trabajo ayudaba. Porque cuando estaba allí, metido en números, informes, informes que llevan a otros informes, perforaciones, mediciones, planos… la cabeza se ordenaba sola.
Bajo tierra todo es más sencillo. O se sostiene… o se cae. No hay medias tintas. No hay dudas largas. No hay “ya veremos”. O es estable… o no lo es. Y eso, curiosamente, me tranquilizaba.
—Armando —me llamó Luis desde el otro lado—. ¿Has visto los datos del sondeo de Vallecas?
—Sí.
—¿Qué te parece?
—Que hay que repetir.
—¿Tan mal?
—No es fiable.
—Vale.
—No podemos construir sobre algo que no sabemos si aguanta.
Luis asintió.
—Eso suena a frase de vida.
No pensé sobre ello. Solo volví a la pantalla. Pero la cabeza… no. Porque hay cosas que no encajan aunque todo lo demás esté en su sitio.
El móvil vibró y traté de ignorarlo, sin embargo, podía ser Estela, aunque lo dudaba mucho, así que lo cogí. Era otro nombre el que leí en la pantalla.
Rebeca.
¿Qué haces?
No respondí de inmediato. No me apetecía hablar con ella.
Rebeca:
¿Cenamos y follamos?
Cerré los ojos un segundo.
Sin rodeos. Nunca los había dado.
Volvió a escribir.
Rebeca:
Venga, Armando. Que lo pasamos bien.
Suspiré.
Escribí.
Yo:
No.
Rebeca:
¿Otra vez no?
Llevas semanas así.
¿Te pasa algo?
Apoyé el móvil en la mesa. No respondí. Volvió a vibrar.
Rebeca:
¿Estás con alguien?
Miré la pantalla.
La pregunta que nunca es casual.
La dejé ahí. Sin abrir. Sin contestar. Sin nada.
—¿Todo bien? —preguntó Luis.
—Sí.
—¿Seguro?
—Sí.
No insistió. Nadie insiste cuando dices que sí. Ese es el truco.
Volví al informe e intenté concentrarme, no obstante, no podía. Así que cogí el móvil otra vez y abrí la conversación. Me gusta tratar bien a la gente y Rebeca quizá se merecía una respuesta más larga.
Yo:
No voy a quedar más.
Rebeca:
¿En serio?
Yo:
Sí.
Rebeca:
¿Por qué?
Borré lo que iba a escribir. Lo volví a escribir. Lo volví a borrar.
No siempre decir la verdad es lo más sencillo.
Al final, puse:
Yo:
Porque no quiero.
Rebeca:
Qué seco eres.
Yo:
Es la verdad.
Rebeca:
Vale.
Silencio.
Y luego:
Rebeca:
Pues te pierdes un polvazo.
Apagué el móvil. Y volví al trabajo. Pero ya no era lo mismo. Porque había algo… que no tenía que ver con Rebeca. Ni con el sexo. Ni con lo fácil. Había algo que no encajaba en lo cómodo. Y eso… eso sí que era un problema.