Cuarenta y cinco inviernos y una primavera 15 DONDE LO LÓGICO PIERDE (Y TAMPOCO PASA NADA)
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15 DONDE LO LÓGICO PIERDE (Y TAMPOCO PASA NADA)

Estela

Nos separamos. No de golpe ni con vergüenza. No como dos personas que acaban de hacer algo que no debían. Sino… despacio, sabiendo que aquello no se había terminado del todo.

Respiré. Él también.

Nos quedamos mirándonos un segundo más de la cuenta. Y entonces… sonreímos.

—Esto no es buena idea. —No sonó a advertencia ni a reproche ni a límite. Fue un comentario que hice por fin en voz alta.

Él ladeó la cabeza, observándome.

—Yo creo que sí.

—Claro que tú crees que sí. —Solté una pequeña risa.

—Hombre… —se encogió de hombros—. Acabamos de besarnos. Bastante bien, además.

—Bastante bien —repetí, divertida—. Qué precisión.

—Soy ingeniero. Me gustan los datos.

—Eso no es un dato. Eso es una opinión.

—Es una opinión muy fundamentada.

Negué con la cabeza, aun sonriendo.

—Rebeca va a matarme.

—Nos matará a los dos —corrigió él—. Pero iremos juntos al cielo.

—No me hace ilusión ese final.

—A mí tampoco, pero morirías habiendo tomado buenas decisiones.

—Esto no es una buena decisión.

—Eso está por ver.

Lo miré. Ahí. Directo. Sin esconder nada.

—Armando…

—No tengo nada con ella —aseguró, más serio, pero sin perder esa calma suya—. De verdad. Nada.

—Ya.

—Nada.

—Lo sé.

—No, no lo sabes.

—Sí lo sé —le sostuve la mirada—. Pero eso no cambia nada.

Frunció ligeramente el ceño.

—¿Por qué?

—Porque va a molestarle.

—No tiene por qué enterarse.

—Ese bloque es la CIA.

—A nadie le importa lo que pase entre nosotros.

Solté aire por la nariz.

—Eso es lo más ingenuo que has dicho hoy. Y optimista.

—Es cómodo.

—Es peligroso.

Sonrió.

—Te gusta el peligro.

—No me gusta.

—Te encanta.

—Prefiero caminar por la calle sin tener que mirar atrás.

—Jajaja. Qué exagerada.

—Es verdad. —Lo dejé ahí, porque hay discusiones que no se ganan. Se sienten. Y pensé algo muy simple: No voy a vivir con miedo a lo que todavía no ha pasado.

Y eso… lo había aprendido a base de perder cosas por no atreverme.

—Esto es complicado.

—Mucho.

—Innecesario.

—Bueno… —Nos miramos—. Pero te gusto.

—Eso es una afirmación muy arrogante.

—Es una verdad dicha en voz alta.

—No estaría aquí si no fuera así.

—Tú a mí también me gustas.

Las verdades sencillas son las más difíciles de esquivar. Por eso… Tragué saliva. Y eso fue todo lo que hizo falta. No hubo más discurso ni más lógica ni argumentos. Solo… decisión.

Me acerqué. Esta vez yo. Sin pensarlo demasiado. Sin darle vueltas. Sin buscar una excusa. Y lo besé. Otra vez. Pero ya no era igual. No era descubrimiento, sino intención.

Su mano fue directa a mi cintura. La mía a su cuello. Nos acercamos más. Sin cuidado. Sin cálculo. Con esa forma torpe y perfecta de dos personas que ya han cruzado la línea y saben que no hay vuelta atrás.

—Esto sí es una mala idea —murmuré contra su boca.

—La mejor de la noche —respondió él, antes de volver a besarme. Y esta vez… no intentamos hacerlo despacio.

El regreso a casa fue más silencioso sin ser incómodo. Madrid volvía a acercarse poco a poco, las luces más cerca, el ruido entrando por las ventanillas cerradas. Yo miraba hacia fuera. Él conducía. Y de vez en cuando… sonreíamos sin motivo.

Y me dije: Hay momentos que no necesitan explicación. Solo tiempo para entenderlos después.

Aparcó en mi calle y apagó el motor. El silencio seguía, pero ya lo conocíamos.

Me giré hacia él.

—Bueno…

—Bueno —repitió.

—Ha sido… interesante.

—¿Interesante?

—¿Qué quieres que diga?

—Que beso muy bien.

—Sí, eso es lo único que te falta para que te creas un dios.

—Eh… —Me dio un golpecito en la pierna con confianza—. No soy como piensas.

—No pienso nada. Aún.

—Sí lo haces. Y no tienes datos suficientes.

—Ya estamos con los datos. —Reímos—. Me voy. Es tarde. Mañana trabajo.

—Yo también. —Nos quedamos ahí. Sin saber muy bien cómo cerrar algo que no estaba cerrado—. Tenemos que volver a vernos —soltó, sin rodeos.

—¿Ves? —Alcé las cejas y sonreí.

—¿Qué?

—Nada.

—¿Cuándo nos vemos?

—Tengo que pensarlo.

—No lo pienses mucho. Eso nunca es buena señal.

—Para mí sí.

—Para ti todo es buena señal.

—Cuando me interesa, sí.

—Te intereso.

—Un poco.

—Mucho.

—Y eso te encanta.

Rodé los ojos.

—Ya veremos.

—Eso es un sí.

—Eso es un “no sé”.

—Eso es un sí con miedo.

—Eso es un “cállate”. —Se rio—. Vale. —Abrí la puerta.

—Estela.

Giré el cuello.

—¿Qué?

—No tardes mucho en decidir.

Sonreí. Eso provocaba en mí Armando, una sonrisa, simple y compleja.

—Buenas noches, Armando.

—Buenas noches, Estela.

Cerré la puerta. Di dos pasos. Y lo escuché:

—¡Estela!

Me di la vuelta.

—¿Qué?

—`El chiste de hoy era mejor que el de antes!

Solté una carcajada.

—¡Eso tampoco era difícil!

—¡Tengo más!

—¡No lo dudo. Eso es lo preocupante!

—¡Te los contaré!

—¡Vete a dormir!

—¡Eso haré… después de pensar en ti!

Le miré. Un segundo.

—Descansa. Mañana tienes que revisar muchos datos.

—Descansa tú también, y no pienses demasiado. Deja de dar vueltas a las cosas. —Sonreí, pero esta vez porque me había demostrado que me escuchaba cuando hablaba. Puede parecer una tontería, pero para mí es importante que sea así.

Y esta vez sí. Me fui, con la sonrisa grabada en el rostro. Porque hay noches que no cambian tu vida… pero te recuerdan que todavía puedes sentirla.