Cuarenta y cinco inviernos y una primavera 14 EL AIRE CAMBIA Y NO HAY MARCHA ATRÁS
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14 EL AIRE CAMBIA Y NO HAY MARCHA ATRÁS

Estela

El silencio llegó sin avisar. No fue incómodo ni forzado. Fue… distinto a los demás. De esos que no piden conversación, pero la cargan de sentido.

—Pon música —pedí, más por mover algo que por necesidad.

—Elige tú. —Señaló el móvil conectado al coche.

Me incliné hacia la pantalla. Y ahí pasó. Nada. Y todo.

Mi brazo rozó el suyo. Mi cara demasiado cerca de la suya. Su respiración un poco más lenta. La mía… un poco menos estable.

Busqué una canción. Cualquiera. No la primera. No la segunda. Algo que justificara quedarme ahí un segundo más.

Y cuando levanté la vista… su boca estaba demasiado cerca. Demasiado.

No nos movimos. No nos apartamos. No hicimos nada. Pero el aire… tembló.

Tragué saliva.

Él se puso serio. Y eso fue lo que más me descolocó. Porque hasta ese momento todo había sido ligero. Fácil. Juego. Risa. Y de pronto… no.

—Ya está. —Volví a mi sitio y fingí que no había pasado nada.

No pasó nada. Claro que no.

La música empezó. Una canción antigua. De esas que no sabes que recuerdas hasta que suenan.

—Esta es buena —murmuré.

—No la conozco.

—Normal.

—¿Por qué?

—Porque eres demasiado joven para conocerla.

—¿Eso es un ataque a mi edad?

—Es un hecho.

—No me gusta.

—A mí tampoco me gusta tener cuarenta y cinco. Pero… los tengo.

—No los aparentas.

—No tienes que quedar bien.

—No lo digo por quedar bien. Lo digo porque es verdad.

No respondí. Porque no era eso. Nunca es eso. La edad no pesa por fuera. Pesa en lo que ya has vivido.

Me acomodé en el asiento.

—¿Te molesta? —preguntó de pronto.

—¿El qué?

—La diferencia de edad entre nosotros.

—Tengo amigos de muchas edades.

—Amigos. Eso es perfecto.

—Es lo que vamos a ser. O ni eso. Aún no lo he decidido.

—¿Tienes que pensártelo?

—Tienes que ganártelo.

—Vaya… Un reto.

Silencio otra vez. Más denso. Más cerca.

Él lo rompió con un sonido, el de su lata de cerveza vacía posándose en un hueco redondo entre los dos.

—¿No bebes más?

—Oh, no hay más. Nevera vacía. —Señaló detrás.

—¿Quieres? —le ofrecí la mía, levantándola un poco—. Compartimos lo que queda.

—No, no. Disfrútala tú.

—Venga, en realidad, estoy llena. —Me toqué la barriga—. Con las de anoche tuve bastante.

—¿Seguro?

—Sí, sí.

La cogió y bebió. Despacio. Me quedé mirándolo.

Y yo, que algunas veces no mido lo que suelto por esta boca, o vocalizo lo que pienso, dije lo que no tenía que decir:

—Eso es como si nos diéramos un beso.

Armando soltó una carcajada que resonó por dentro y por fuera.

Casi se le cae la lata. Yo comencé a reír también.

¿Qué iba a hacer? Me salió solo y… Después me miró, nos callamos.

¿Fue un error? ¿Empezó ahí? Yo creo que no, que hubiera pasado de todas formas, antes o después.

Sin mi comentario, aunque lo hubiera evitado, porque cuando hay conexión, los cuerpos se atraen irremediablemente, las cosas pasan, hasta las más inauditas.

Presumí que iba a hacer alguna broma de las suyas, sin embargo, no fue así. La tensión no bajó y él la sostuvo, no la rompió.

—¿Tú quieres que te bese?

No supe qué contestar. Porque si decía que no… mentía. Y si decía que sí… dejaba de ser un juego.

El aire volvió a cambiar. Más. Más de lo que debería. Se acercó un poco. Nada exagerado. Solo lo justo. Lo suficiente.

—Estela… —musitó, pero no terminó la frase, porque no hacía falta.

Yo tampoco me moví. Ni hacia delante. Ni hacia atrás. Hay momentos en los que no decides. Solo dejas de resistirte.

Y pasó lo que tenía que pasar. O eso suelo decirme.

El primer roce. Su boca sobre la mía. Suave.

Casi una pregunta. Un segundo. Dos. Tres.

Podría haber parado ahí. Debería haber parado ahí.

Pero no. Porque cuando separé un milímetro los labios…

él lo entendió. Y volvió. Y esta vez no preguntó.

Me sujetó la cara con una mano. Y me besó.

De verdad. Húmedo. Lento. Profundo. Como si llevara más tiempo queriendo hacerlo del que estaba dispuesto a admitir.

Mi mano se apoyó en su pecho. Noté su respiración. Su calor. Su cuerpo tenso… y contenido.

Nos acercamos más. Más de lo necesario. Más de lo prudente. Más de lo recomendable.

Hay besos que no empiezan. Te empujan.

Respiramos.

Nos separamos apenas.

Volvimos. Otra vez. Y otra. Sin prisa. Sin lógica. Sin futuro. Solo presente. Solo eso.

Mis dedos se deslizaron por su cuello. Los suyos por mi mandíbula.

Nos probamos. Nos saboreamos. Nos descubrimos.

Como si ya nos conociéramos. Como si no.

Como si importara. Como si no importara nada.

Y en medio de todo… una idea brutal se dibujó en mi mente: Esto no es buena idea.

Y aun así… no paramos. Porque hay cosas que no se piensan.

Se viven. Se atraviesan. Se sienten. Aunque después duelan.

Aunque después quemen. Aunque después… no haya forma de explicarlas.

Su respiración contra la mía. Mi pulso acelerado.

Su boca buscándome otra vez. Y yo… dejándome encontrar.

Sin excusas. Sin preguntas. Sin mañana. Solo ese instante.

Solo ese coche. Solo Madrid abajo. Y nosotros arriba.

Perdiendo el control. Sabiendo que lo estamos perdiendo.

Y sin hacer nada por evitarlo. Porque a veces no es que quieras que pase.

Es que no quieres que no pase. Y ahí… terminó todo. O… empezó.