13 DONDE MADRID SE VE MEJOR DESDE ARRIBA (Y TODO SE COMPLICA DESDE DENTRO)
Estela
Cuando bajé al portal ya estaba allí. Apoyado en el coche, con las manos en los bolsillos y la cabeza ligeramente inclinada hacia el móvil. Levantó la vista en cuanto escuchó la puerta.
Y sonrió.
No grande ni exagerado. Pero suficiente para que un gusanillo se revolviera en mi estómago.
—Hola —saludó.
—Hola.
Me acerqué despacio. No por nervios, que también, sino porque había algo en el ambiente que no estaba cuando lo veía en el ascensor o en el portal. Algo más… consciente.
—¿Lista para una cerveza muy poco peligrosa?
—preguntó, retirándose de un Audi A6 azul oscuro, casi negro a la luz de las farolas, pero con un brillo profundo y metálico cuando le rozaba la luna.
Le daba un aire de elegancia contenida, como un traje a medida bien cortado.
No era un coche que llamara la atención a gritos; más bien invitaba a mirarlo dos veces, apreciando sus líneas limpias.
Refinado sin ser llamativo, el tipo de vehículo que encajaba a la perfección con alguien que valora la calidad por encima del espectáculo.
—Estoy empezando a sospechar que tú y “poco peligroso” no sois compatibles.
—Eso es porque todavía no me conoces.
—Eso es justo lo que me preocupa.
Abrió la puerta del copiloto.
—Sube.
Entré. Olía a coche limpio y a colonia que no intentaba impresionar. Cerró la puerta y rodeó el vehículo mientras yo miraba el interior. Asientos de cuero beige, suaves y perfectamente cosidos. El salpicadero tenía pantallas discretas y no había cromados exagerados ni detalles ostentosos. Me gustó.
Cuando se sentó, me miró un segundo.
—¿A dónde vamos? —pregunté, cruzándome de brazos.
—A mi casa. —Arrancó.
—¿Tú eres gilipollas? —Negué con la cabeza.
—Sí. Mucho. —Asintió, muy serio. Hubo una pausa—. Pero aún no sabes cuánto.
Y no pude evitarlo. Me reí.
—Eres imbécil.
—También.
—Esto empieza bien.
—Esto empieza honesto. Lo mejor es decir la verdad. No vamos a fingir ser lo que no somos.
Salimos del barrio y apoyé el codo en la ventana.
—No voy a ir a tu casa.
—Imaginaba que no te gustaría la idea.
—¿Y tienes otro plan?
—Yo siempre tengo plan b.
—No sé por qué no me extraña. Tendrás todo el abecedario.
Sonrió leve y asintió.
—Pero lo has considerado.
—¿Qué?
—Ir a mi casa.
—Ni de coña.
—Un poco sí.
—Un poco no.
—Un poco sí. Di la verdad. No mientas.
—Yo no miento.
—Eso me gusta. Yo tampoco.
—Mira tú, tenemos algo en común.
—Seguro que no es lo único.
—Somos humanos. Eso también.
—Pero tú muy normal no eres.
—¿Me llamas anormal? —Alcé las cejas sin perder la sonrisa.
—Especial.
—Me lo tomaré como un cumplido.
Torció aún más la sonrisa.
Madrid empezó a abrirse poco a poco delante de nosotros, luces encendiéndose, ese tono dorado que tiene la ciudad cuando decide ponerse guapa sin avisar.
Giró por una calle que no reconocí de inmediato y subió. Y subió. Y subió. Hasta que lo entendí.
Aparcó y apagó el motor.
—¿Te gusta? —Se giró un poco hacia mí.
Miré al frente. Madrid desplegada. Las luces, los edificios, la vida latiendo abajo como si nada de lo que pasa arriba importara demasiado.
—Mucho —dije, sin disimular.
Él asintió, satisfecho.
—Bien.
Se inclinó hacia atrás y abrió una pequeña nevera que había detrás del asiento.
—¿Y esto? —Arrugué la nariz.
Sacó dos cervezas.
—Aquí estamos más tranquilos.
Me pasó una.
—Tú quieres violarme —solté, completamente seria.
Se volteó hacia mí.
—¿Y vas a dejarte?
—¡Por supuesto que no! Jajaja.
—Entonces estamos a salvo.
Chocamos las botellas. Y bebimos.
Al principio fue fácil. Demasiado fácil.
—¿Qué tal llevas el bloque?
—Estoy fascinado.
—Eso se pasa.
—Tu madre es intensa. Me cae bien.
—Claro. No es tu madre.
Se rio.
—¿Vas a casa de tus padres todos los días?
—Casi todos.
—¿Por obligación?
—Por costumbre.
—No es lo mismo.
—No. Pero se parece.
Silencio corto. Cómodo.
—¿Y Rebeca? —pregunté sin mirarlo.
—No hay mucho que contar. —Encogió levemente los hombros.
—No me interesa demasiado.
—Pero lo tienes en cuenta. Has preguntado.
—Soy humana. Una humana especial —lo parafraseé—, pero humana al fin y al cabo.
—Bien. —Sonrió y bebió—. Hemos estado quedando.
—Lleváis quedando varios meses.
—¿Los has contado?
—Me lo cuentan.
—Vale, quizá un mes. No lo he contado. Seguro que tú sabes más que yo sobre mi vida. Hay folletos sobre ella todos los días.
—No te creas único ni especial por ello. Allí se habla de todos por igual. Según la época y el rumor, el protagonista del titular cambia. Tú eres la novedad.
—¿Se cansarán y dejarán de hablar de mí?
—No, si no dejas de crear noticia.
—No sé por qué mi vida debería importarle a nadie.
—Pienso lo mismo. Pero les importa. —Di un trago—. Para ser honesta… A veces es para bien. Se preocupan unos por otros.
—Claro, les preocupa mi vida sexual. Debería agradecérselo. Voy a repartir bombones o… yo qué sé… flores entre los vecinos.
—Eres bastante idiota.
—Más. —La sonrisa de los dos crecía por momentos—. Lo de Rebeca…
—No quiero saberlo.
—Sí quieres.
—¿Por qué piensas eso?
—Eres hija de Carmen. Has crecido en ese bloque. Tienes que llevar el cotilleo en las venas.
—No me parezco en nada a mi madre. Y la vida de la gente no me importa en absoluto. Bueno, espero que les vaya bien, pero bastante tengo ya con mis problemas.
—¿Tienes muchos problemas? —Le brillaban los ojos.
—Alguno que otro. No demasiados. Los típicos.
Tú, pensé, pero no se lo dije.
—Ya casi no quedo con Rebeca. Hace tiempo que no nos vemos.
—¿Por qué me lo cuentas?
—Porque quiero.
—Vale, voy a suponer que ya somos amigos.
—Sería un honor.
—Deja de hacer el imbécil.
—Eso es imposible.
—¿Y por qué no quedáis?
—Creo que… Se estaba pillando.
—Eres un creído —bromeé.
—¡Eh! ¡Hablo en serio!
—Vale, vale. ¿Y tú no?
—No. —Directo. Sin rodeos—. No busco nada serio —añadió—. Me acabo de separar. He estado toda mi vida con la misma persona. No quiero… nada que implique responsabilidad ahora mismo.
Asentí despacio y recordé que ya lo había comentado.
—Honesto.
—Es lo único que tengo claro.
—Eso está bien.
—Sí. —Nos miramos un segundo más de lo necesario— ¿Y tú? ¿Eres de las que se complican?
—Soy de las que viven.
—Eso suena a complicarse.
—Eso es vivir con ganas.
—¿Y qué haces? Digo… A qué te dedicas. A parte de vivir con ganas.
—Soy directora de comunicación en una cadena hotelera.
Levantó las cejas.
—Eso suena a cerebro en constante movimiento.
—Mi mente no para.
—Se te nota.
—Eso no es bueno. No siempre.
—Lo dudo.
—Tengo ideas todo el tiempo. No todas son buenas.
—Seguro que sí.
—No lo creas.
—Algo me dice que sí.
—Eres pesado.
Se rio. Y volvió a beber.
—¿Eso son tus cumplidos?
—Acostúmbrate.
—Vaya… ¿Eso significa que volveremos a vernos?
—No tenemos más remedio. Vives arriba de mis padres.
—Es verdad. Suerte que has tenido. —Me guiñó un ojo.
—¡Oh, sí, eres un creído!
—No es eso.
—¿Entonces qué es?
—Hemos tenido suerte los dos.
—Cállate ya. Anda, dime a qué te dedicas tú. Espera, no me lo digas… Voy a adivinarlo.
—¿De eso no se ha hablado?
—No les parecerá relevante.
—Ah, ¿no?
—No. No es… jugoso.
—Podría serlo. Yo qué sé… Podría dedicarme a…
—¿Eres gigoló?
—¡¿Qué?! ¡¡No!! Jajaja.
—Pues ya está.
—Trabajo en una empresa de ingeniería geotécnica —explicó.
—Eso suena muy serio.
—Lo es. Hacemos estudios del terreno, sondeos… muchas veces para proyectos de túneles, infraestructuras… trabajamos bajo tierra más de lo que me gustaría admitir.
—¿Minas?
—Algo así. No minas tradicionales, pero sí perforaciones, estudios del subsuelo… Madrid está más hueco de lo que parece.
—Eso es fascinante. —Lo miré con interés real.
—Es más aburrido de lo que suena.
—No lo creo.
—Te llevaría un día, pero no es muy romántico.
—¿Quién ha hablado de romance?
—Nadie. —Sonrió. Después… hubo un silencio extraño. No malo.
—¿Cuántos años tienes? —pregunté.
—Veintinueve. En un mes treinta.
—Se te acaba la juventud.
—Estoy en negación.
—Se te nota.
—Voy a hacer una fiesta.
—¿Sí?
—Te invito.
—¿Ya somos amigos para invitarme? —Arrugué el ceño.
—Me caes bien.
—Eso no es suficiente.
—Para mí sí.
—No sé si podré.
—No te he dicho qué día.
—Suelo estar ocupada.
—¿Trabajo?
—Sobre todo.
—Pero tendrás fines de semana libres.
—No me tomo demasiados.
—Espero que puedas.
—No prometo nada.
—No te estoy pidiendo promesas. —De fondo se escuchaba una canción de Perfect de Ed Sheeran y todo… se hizo más pequeño, o más grande, no lo supe—. Vale —dijo de pronto—. Te cuento otro chiste.
—No, por favor.
—¿Por qué? ¿No te ha hecho gracia el de la abeja?
—No. —Hice un nudo con los labios.
—Sí te ha hecho.
—De verdad, no.
—¿Qué le dice una roca a otra roca?
—No quiero saberlo. —Cerré los ojos.
—La vida es dura.
Los abrí, lo miré y… reí.
—¿De dónde los sacas?
—Un compañero del trabajo. Pasa demasiadas horas bajo tierra.
—Eso explica muchas cosas.
—Muchas. —Nos miramos. Y esta vez… no aparté la mirada primero.