12 DOMINGOS TRANQUILOS QUE SE COMPLICAN SOLOS
Estela
Los domingos, un gran día para descansar, tomar ibuprofeno, arrepentirte del alcohol ingerido la noche anterior, volverle a pedir al universo algo, como que te reprograme el cerebro y olvides el vómito sobre tus stilletos , al borracho meando un árbol delante de ti o a Paula rodando por una escalera sin lamentar víctimas, incluso ella.
Bueno, esto último prefería recordarlo para siempre.
Casi me ahogo de la risa (después de comprobar que mi amiga estaba bien -y su dentadura también-).
En casa reinaba el silencio, al menos entre las paredes, mi cabeza era otra historia; nunca paraba, nunca para. Por eso trabajaba, o lo intentaba, porque a veces el ruido es tan fuerte que debo concentrarme mucho para escuchar solo lo que necesito en ese momento.
—Venga, dame una tregua —me pedí a mí misma, y me mordí el labio inferior.
Yo estaba sentada en el sofá, con el portátil sobre las piernas, una taza de café ya frío a la derecha y el cursor parpadeando en un documento que no pensaba escribirse solo.
—Ni aunque lo mires con más intensidad, va a redactarse solo —comentó Álvaro sin levantar la vista de su libro de literatura.
—Estoy pensando.
—Estás procrastinando con originalidad.
—Eso suena a cumplido.
—No lo es, mamá.
—Pues debería. No todo el mundo sabe hacerlo bien.
Álvaro pasó página con una tranquilidad sospechosa. Tenía el cuaderno abierto, subrayadores por colores, una libreta con esquemas que parecían más propios de alguien de treinta que de dieciséis, y esa concentración suya que me daba orgullo y un poco de envidia.
—¿Qué estudias? —pregunté, aunque ya lo sabía.
—Literatura.
—¿Qué parte?
—La que no me interesa.
—Todas te interesan.
—Eso lo dices tú porque ya has vivido. Yo todavía estoy en fase de cuestionarlo todo.
—Esa fase no se acaba nunca.
—Genial. Me acabas de hundir la adolescencia.
Sonreí y volví a mirar la pantalla. Escribí una frase. La borré. Escribí otra. La volví a borrar.
—¿Tú por qué trabajas en domingo? —cuestionó.
—Porque el lunes no perdona.
—Eso es un sistema defectuoso.
—Es el sistema.
—Pues habría que cambiarlo.
—Cuando lo hagas, me avisas.
—Te aviso —dijo, y por cómo lo dijo, parecía que de verdad tenía intención de hacerlo.
Nos quedamos callados unos minutos.
—Mamá.
—Dime.
—¿Tú eres feliz?
No levanté la vista de la pantalla. No por evitar la pregunta, sino porque necesitaba un segundo para no responder lo primero que se me pasara por la cabeza.
—Sí —contesté al final—. Bastante.
—Eso no es una respuesta completa.
—Es una respuesta honesta. La felicidad es… intensa —continuó—. La tranquilidad es… estable.
—¿Y qué prefieres tú?
—No lo sé. Creo que quiero las dos cosas.
—Pues ya puedes ir practicando —sonreí—. No siempre vienen juntas.
Asintió, pensativo.
—A mí me gustaría verte… más feliz.
—Oye —levanté una ceja—. ¿Esto es una intervención?
—Es una observación.
—Estoy perfectamente.
—Lo sé. Pero podrías estar… más.
Me apoyé en el respaldo del sofá.
—No todo en la vida tiene que ser más, Álvaro.
—No. Pero tampoco menos.
Nos miramos.
Y ahí estaba. Esa conversación que no era incómoda, pero sí importante. De esas que se quedan.
—¿Te has enamorado alguna vez? Digo… de verdad —preguntó de pronto.
Parpadeé.
—¿Perdona?
—Que si te has enamorado después de papá.
—No empieces.
—Es una pregunta normal.
—Y ya sabes la respuesta. —Y justo en ese momento, el móvil vibró sobre la mesa. No iba a mirarlo. De verdad que no.
Pero… Lo miré.
Armando.
—¿Quién es? —preguntó Álvaro sin levantar la vista.
—Nadie.
—Nadie escribe en domingo.
—La gente escribe cuando quiere.
—La gente que importa escribe cuando puede.
—No empieces.
—Tengo experiencia limitada…, pero eficaz.
Cogí el móvil.
Armando:
¿Estás viva?
—Ya empezamos —murmuré.
—¿Quién es? —insistió Álvaro.
—El vecino.
—¿El de arriba?
—Sí.
—¿El de Rebeca?
—Sí.
—¿El que te invitó anoche a subir a su casa en una discoteca? —Ya le había contado lo que había ocurrido la noche anterior. Le dije mientras desayunábamos algo así como… No vas a creerte quién me tiró la caña anoche. Y… el adolescente repelente acertó. Tiene un sexto sentido.
—Sí.
—Ya la vas a liar… —Fue directo.
—No la voy a liar.
—Mamá, no sería la primera vez.
Suspiré y respondí.
Yo:
Estoy viva. Milagrosamente.
No tardó.
Armando:
¿Cómo fue la noche?
¿Sobreviviste al apocalipsis primaveral?
Sonreí sin querer.
—Estás sonriendo —apuntó Álvaro.
—No estoy sonriendo.
—Estás sonriendo.
—Estoy respirando.
—Estás sonriendo mientras respiras.
—Cállate, pesado.
Yo:
Hubo vómitos.
No digo más.
Tres puntos. Escribiendo.
Armando:
¿Tu amiga vomitó al final?
¿Le aguantaste el pelo?
Yo:
Peor. Fue un desconocido. En los pies.
Un asco profundo.
Armando:
Eso suena a una noche perfecta.
No contesté.
Armando:
Pero… ¿Estás bien?
Y ahí… bajé un poco la guardia.
Yo:
Sí. Todo en orden.
Armando:
Me alegro.
—Mamá, ¿qué haces?
Ignoré a mi hijo.
Armando:
¿Te apetece una cerveza?
Levanté las cejas.
—¿Qué? —preguntó Álvaro.
—Nada.
—Nada tiene cara de problema.
—No es un problema.
—Es un problema.
—No lo es.
—Es el principio de un problema.
Miré el móvil.
Yo:
No puedo. Estoy trabajando.
Armando:
Es domingo.
Yo:
Precisamente.
Armando:
Entonces necesitas una cerveza más que nunca.
Yo:
No es buena idea.
Armando:
¿Por qué?
Yo:
Porque no.
Armando:
Dame una razón mejor.
Yo:
Estoy de resaca.
Armando:
La cerveza es buena para la resaca.
Yo:
Eso es una mentira que nos contamos.
Armando:
Vamos a comprobarlo.
Tardó dos segundos.
Armando:
Vale. No quieres. Lo entiendo.
Silencio.
Tres segundos.
Cuatro.
Cinco.
Seis.
Armando:
Pero si quieres, te cuento un chiste.
Hay que reír todos los días.
Yo:
¿Quién te dice que no he reído ya hoy?
Armando:
Con lo poco que sé de ti… Doy por hecho que has reído ya hoy, pero… no gracias a mí.
Me hizo sonreír otra vez.
Mal vamos, pensé.
Resoplé.
—Está intentando caerme bien —murmuré.
—Lo está consiguiendo —aseguró Álvaro.
Yo:
No me gustan los chistes.
Armando:
Este sí.
Armando:
¿Qué hace una abeja en el gimnasio?
Cerré los ojos.
—No. No quiero saberlo —murmuré para mí.
Armando:
Zumba.
Me tapé la cara con la mano y solté una carcajada.
—Madre mía… —Álvaro me miró de reojo.
—¿Qué? —Yo seguía riendo con el chiste más malo de la historia de la humanidad cómica.
—Nada, nada.
El móvil volvió a vibrar:
Un meme.
Un gato con cara de desprecio y/o enfado: Cuando te sientes rechazado.
Duele.
Yo:
¿Un sentimiento nuevo?
Armando:
Otro meme. Un perro mirando fijamente a la puerta: Yo esperando a que me digas que sí.
Y ahí sí.
Me reí.
—Vale, eso es gracioso.
—Te está ganando —sentenció Álvaro.
—No me está ganando.
—Te está ganando. No quieres verlo.
—Es simpático.
Armando:
Prometo que en persona soy peor.
Yo:
Eso no ayuda.
Armando:
Una cerveza.
Lugar público.
Sin secuestros.
Sin propuestas indecentes (de momento).
Suspiré. (MALO).
—¿Qué quiere? —preguntó Álvaro.
—Quedar.
Mi hijo arqueó una ceja.
—Mamá, no.
—¿No qué?
—No quedes.
—No voy a quedar.
—Mejor.
—Es solo una cerveza.
—Nunca es solo una cerveza.
—Estás exagerando.
—Estoy siendo realista.
—Eres demasiado dramático para la edad que tienes.
—Soy nieto de tu madre.
—Eso es un golpe bajo.
Se giró hacia mí por fin.
—Mamá, escucha. Vecino. Bloque. Rebeca. Abuela Carmen.
—No metas a la abuela.
—La abuela está siempre. ¿Sabes lo que puede pasar?
—Nada.
—Todo.
—Es una cerveza.
—Es abrir una puerta.
—No es abrir nada.
—Es abrir, mamá. Es abrir.
Me quedé en silencio.
Y entonces lo dijo:
—A la abuela le da un ictus.
—¡Álvaro!
—A Rebeca le da un brote.
—¡Por favor!
—El bloque entero habla de ti.
—El bloque ya habla de mí.
—Pero ahora con contenido.
No pude evitar reírme.
—Eres terrible. Y exagerado.
—Soy prudente.
—Eres un abuelo.
—Soy tu hijo. Tú me has enseñado en realidad.
—¿Qué te he enseñado cocretamente ?
—A eso, a hacer la croqueta cuando las cosas se ponen feas, pero a intentar que no se pongan.
—Una cerveza no es fea. Está buena.
—No entiendo cómo bebéis cerveza. Y no es la cerveza. Es lo que conlleva.
—Un nuevo amigo.
—Tienes amigos, muchos. Esto no es un amigo.
—¿Por qué?
—Porque sé cómo has sonreído.
—Crees que lo sabes todo. Y no es así. Eres joven.
—Pero conozco a mi madre como si la hubiera parido.
—Te parí yo a ti.
—Y a veces parece que yo soy el adulto de esta casa.
—Tú lo que eres es imbécil. —Nos miramos y reímos.
Volvió a vibrar el móvil.
Armando:
Vale, retiro lo de la cerveza.
Armando:
Mejor dos.
Negué con la cabeza, sonriendo.
—Te gusta —soltó Álvaro.
—No me gusta.
—Te gusta.
—No me gusta. Solo es gracioso.
—Dilo otra vez —ironizó.
Bajé la mirada al móvil. Y pensé algo muy simple: La vida no espera a que todo sea perfecto para empezar a pasar.
Y eso… lo había aprendido tarde. Pero lo había aprendido.
Escribí.
Yo:
Una.
Armando:
Sabía que eras lista.
Yo:
A mí me parece que no.
Levanté la vista.
Álvaro me miraba.
—¿Qué has hecho? —Me conocía a la perfección.
—Nada.
—¿Qué has hecho?
—He aceptado una cerveza.
Cerró el libro. Despacio.
—Se avecinan curvas.
—¿Qué dices?
—Eso.
—Una cerveza no hace daño a nadie.
—Ya me contarás.
—No te lo voy a contar.
—Me lo cuentas todo, mamá. Podías guardarte detalles para ti. Estoy creciendo traumado.
—Exagerado. —Reímos de nuevo. Y por primera vez en mucho tiempo… no supe si tenía razón. Y eso, más que miedo… me dio vida.