11 MENSAJES A LAS TRES DE LA MADRUGADA
Estela
La teoría era irnos a casa. Y casi llegamos, pero, cuando el taxi se detenía en nuestra calle, recordé que nos habían invitado a una fiesta privada, el cumpleaños de un amigo, que nos mataría si no nos pasábamos aunque fuera un rato. Así que dije:
—El cumpleaños de J.D. Se nos ha olvidado.
—¡Es verdad! —gritó demasiado Paula.
—¿Deberíamos ir?
—Yo creo que sí.
—Hemos llegado. Son cuarenta y cinco euros —anunció el taxista.
—¿Qué hacemos? —insistí.
—Lo que tú quieras. —Mi amiga nunca decía que no a nada.
—Señoras, tengo una recogida en El Escorial —intervino el conductor, que quería seguir haciendo su trabajo.
—Llévenos a Princesa. Le pilla de camino.
—Lo que ordenen.
—Nos ha llamado señoras —anotó Paula.
—Lo que somos.
—Lo serás tú. —Me apuntó con el dedo y lo miró bizqueando.
Veinte minutos más tarde y ochenta euros menos estábamos subiendo por una escalera estrecha en Princesa, con un drag queen intentando encender un mechero que no funcionaba.
—Esto no puede acabar bien —conjeturé, no por el chico, que iba perfecto, sino por nosotras.
—Eso es lo mejor —respondió Paula, tropezando con su propio pie. La agarré al vuelo y la puerta se abrió de golpe.
Y aquello… Aquello no era una fiesta. Era una experiencia.
Luces de colores, música demasiado alta, gente que no conocía a nadie, pero se comportaba como si fueran familia, una mesa llena de botellas medio abiertas y una tarta de tres metros de alto que casi tocaba el techo.
Después averigüé que era de cartón. Globos y velas gigantes.
—Vamos a salir ardiendo —comenté.
—Es perfecto —Aplaudió Paula—. Me encanta.
—A mí me preocupa.
—Porque eres una señora —bromeó.
—Tú también tienes edad.
—Pero yo la ignoro.
Nos metimos dentro.
Alguien me dio un vaso.
No pregunté qué era.
Error.
—Esto sabe raro.
—No te lo bebas. Llevará droga. —Me lo quitó y se lo bebió de un trago.
—¡Paula!
—¡Está bueno! ¡Vamos a pasarlo bien!
—Eso está hecho. —Fuimos a buscar J.D para felicitarlo.
—Se nos ha olvidado el regalo —recordé.
—Nosotras somos su mejor regalo —aseguró.
—¿Mejor que ese? —Señalé hacia donde estaba nuestro amigo, besándose con un morenazo de dos metros de alto—. Eso es demasiada lengua.
—Vamos a pedir algo. No vamos a molestarlo ahora. En pleno… auge sexual.
—Raro si no follan. —Reímos.
Me apoyé en la barra mientras el camarero nos servía unas cervezas.
Y entonces vibró el móvil. Lo saqué.
Armando.
Sonreí sin querer.
Abrí el mensaje.
Armando:
¿Dónde estás?
Levanté la vista.
Paula me miraba.
—¿Quién es?
—El vecino.
—Ah.
—Ha escrito.
—Ah.
—No hagas ese “ah”.
—Estoy haciendo un “ah” con información.
Negué con la cabeza y contesté.
Yo:
No vayas tan rápido.
No tardó.
Armando:
¿Rápido? Solo pregunto.
—Claro —dijo Paula—. Solo pregunta.
—Cállate.
Yo:
Eso dices ahora.
Silencio.
Dos segundos.
Tres.
Armando:
Estoy en casa.
Solo.
Con las luces bajas.
Esperando.
No.
No iba a pensar eso.
Armando:
¿Y tú?
Miré alrededor. Un chico acababa de intentar abrir una botella con los dientes. Otro bailaba encima de una silla. El elfo seguía con el mechero.
Yo:
En una fiesta privada.
—Privada mis narices —dijo Paula—. Aquí entra todo el mundo.
—Déjame.
Armando:
Me lo imagino.
Sonreí.
Armando:
Te estoy esperando.
Levanté una ceja.
—¿Qué dice?
—Que me espera.
—Ay, me muero.
—No te mueras.
—Tengo ganas de vomitar.
—No me vomites en los zapatos.
Y contesté.
Yo:
Estoy en tu puerta. Abre.
Paula me miró.
—Eres mala.
Encogí los hombros.
Armando:
No es verdad.
Sonreí.
Armando:
Pero me encantaría que lo fuera.
—¿Qué ha dicho? —Paula se bebió la cerveza de un trago—. ¿Qué pasa? Tengo sed.
—Pues bebe agua.
—¿Qué te ha dicho Armando?
—Que le encantaría que estuviera allí.
—¡Ay! —Unió las palmas de las manos.
—No empieces.
—Es que me encanta.
—A ti te encanta todo.
—Porque todo me parece bien.
—Ese es el problema. —Me apoyé en la pared y respiré.
Escribí.
Yo:
No vamos a tener nada. No insistas.
No tardó.
Armando:
No estoy insistiendo.
—Sí está insistiendo —comentó Paula, que no perdía hilo.
—Déjale. Es divertido.
Yo:
Lo estás haciendo.
Armando:
Estoy hablando contigo.
—Eso es insistir bonito —siguió Paula.
—Vomita ya y cállate.
—Qué mala amiga.
—Déjame. Es solo un tonteo insignificante.
Yo:
Me caes muy bien.
Armando:
Tú a mí también.
Yo:
Pero no quiero líos.
La música subió. Alguien gritó:
— ¡SE HA CAÍDO!
No miré.
Yo:
Vives encima de mi madre.
Armando:
Eso no es un problema.
Yo:
Lo es.
Armando:
Depende.
—Depende —repitió Paula—. Me gusta.
—Deja de meterte en mi conversación.
Yo:
Y te estás liando con Rebeca.
Tardó un poco más.
Armando:
Eso no es lo que parece.
—Siempre dicen lo mismo —Paula hizo ademán de pedir otra cerveza.
—Ponle mejor una botella de agua. Fría. O… mejor, un vaso, con mucho hielo —sugerí al camarero.
Yo:
Claro.
Armando:
De verdad.
Yo:
No importa.
—¿Qué pasa? —preguntó Paula.
—Nada.
—Pasa algo. ¿Y esa cara?
En ese momento, alguien pasó corriendo hacia el baño.
—¡Aparta, aparta!
Y segundos después… Una persona desconocida me vomitó en los pies.
—Esto es maravilloso —me quejé.
—Y no he sido yo —rio Paula.
Fuimos hasta el baño para limpiarme. Yo iba en línea recta. Paula… no tanto.
—Necesito replantearme la vida —musité—. O… Universo, ¿puedes ponerme delante la solución a la guerra y no vómitos?
Volvió a vibrar el móvil.
Armando:
¿Estás bien?
Miré la pantalla.
Yo:
Sí. Fiesta normal.
Armando:
Eso suena a desastre.
Yo:
Un poco.
Armando:
Pero… ¿estás bien?
Yo:
Sí. Solo ha habido un pequeño percance. Lo normal.
Armando:
¿Qué es lo normal?
Yo:
Más normal que el vecino que se acuesta con una vecina te invite a la primera de cambio a que vayas a su casa.
Armando:
No es a la primera. Llevo semanas intentado hablar contigo.
No supe a qué se refería
En ese momento, alguien abrió la puerta del baño. Y salieron. Dos. Recolocándose la ropa.
—Estos dos sí que saben —comentó mi amiga.
—Estos sí han follado esta noche.
—Y tú no vas a hacerlo porque no quieres.
—No quiero. Y no debo. Necesito otra cerveza.
—Yo también.
Miré el móvil otra vez. Y escribí.
Yo:
Estoy bien. En serio.
Armando:
Vale.
Cuando quieras verme… me dices.
—¿Qué ha puesto?
—Nada.
Guardé el móvil y miré alrededor. La música.
La gente. La risa. Y pensé algo muy simple: voy a pasarlo bien.
Esa noche. No con Armando. Ese chico era mono y simpático, sin embargo, era joven y…
tenía un millón de complicaciones, aunque ninguna estaba relacionada con el amor.
¿Amor? Ojalá me enamorara. Echaba de menos ese sentimiento.