Cuarenta y cinco inviernos y una primavera 10 FIESTA DE PRIMAVERA Y MALAS IDEAS (MALÍSIMAS)
10%

10 FIESTA DE PRIMAVERA Y MALAS IDEAS (MALÍSIMAS)

Estela

A mí me gusta la cerveza. Nada de champán, cava, vino caro o Martini.

Una cerveza fría y yo soy feliz, más si me las tomo con amigas.

Y allí estaba yo, en La Estrella Polar, una discoteca del barrio de Malasaña, con una diadema con flores luminosas, enredaderas verdes en las barras y más gorros imitando macetas que en un invernadero.

—Una más y nos vamos —advirtió Paula, levantando su cerveza y brindando.

Eso mismo había dicho antes de salir: Una y nos vamos, que mañana tengo que levantarme temprano para llevar a los niños al campeonato.

Ambas sabíamos que eso era mentira. Bueno, tenía cosas que hacer con los niños, pero con total seguridad nos meaban los perros a las seis o siete de la mañana.

—Sí, nos vamos en agosto. —Reímos.

—Eres… mi luz al final del túnel.

—Tú eres el tren que me atropella. —Volvimos a reír.

Paula tenía una sonrisa peligrosa de mujer que ya no se disculpa por ocupar espacio. Llevábamos varias rondas encima. Las suficientes para que la música pareciera mejor de lo que era y para que yo me sintiera ligera. No joven. Ligera. Que es mucho más útil.

Había gente disfrazada de hada bailando reguetón, un árbol besando a una chica con vestido de lentejuelas amarillas y rosas y un señor con margaritas en la barba intentando ligar con todo lo que respiraba. Primavera en estado puro.

—Esto parece una convención de locos con luces y flores —comenté.

—Y aun así estamos aquí —respondió Paula—. Guapas, arregladas y sin culpa.

¿Culpa? ¿Qué era eso? Ya la habíamos superado. No pedíamos permiso para ser quienes éramos.

—Oye, supongo que no es el momento, pero… ¿qué tal con Lele?

—Está de viaje. Como siempre —explicó sin más.

Yo llevaba un vestido rojo sencillo, de cuello cuadrado, largo hasta los tobillos, pero con una abertura en una pierna casi hasta la ingle, tacones que no pensaba aguantar toda la noche y el pelo suelto, ondulado solo lo justo.

Elegante. Sexy. Palabras que no usaba conmigo misma tan a menudo como debería.

Fue entonces cuando lo vi. Armando estaba apoyado cerca de la barra, sombrero de paja ladeado, sonrisa abierta, una cerveza en la mano y la energía de un chico feliz solo por existir. Reía con dos amigos, con el cuerpo relajado y la cabeza un poco hacia atrás.

Y ahí ocurrió.

No pensé, no dudé, no calculé. No me imaginé ni por un segundo lo que vendría después.

—¡Armando! —Lo llamé, yo también feliz e ilusa de la vida.

Él levantó la vista y me vio. Y su cara hizo exactamente lo que hacen los perros cuando reconocen a su persona favorita: se iluminó, dio un pequeño saltito y empezó a avanzar hacia mí danzando y esquivando gente con una habilidad que solo tienen los que no sienten vergüenza.

—¡Estela! —Llegó hasta mí con una sonrisa enorme y me dio dos besos. Me agarró la cintura un segundo más de la cuenta, sin embargo, no me sorprendió tanta confianza entre nosotros de repente—. Tienes cosas raras en la cabeza. ¡Con luces!

—Es la última moda. —Me enorgullecí. Perdí la timidez hacía mucho—. Tú llevas un sombrero de paja, con una flor. —Tiré de él lo justo para moverlo.

—Madre mía… —Se separó un poco para mirarme—. Estás guapísima.

—Gracias.

—No, no… —frunció el ceño, dándose cuenta—. No te había visto nunca así. —Puse cara rara. Muy rara—. Quiero decir… —se rio—. Siempre eres muy guapa. Pero hoy estás… elegante. Sexy. Diferente.

—No intentes arreglarlo.

—Bien diferente —insistió, mirándome sin esconderlo—. No te había reconocido.

—Sigue metiendo la pata y…

—Hola —interrumpió Paula—. Yo también existo.

—Perdón. Armando. —Reaccionó al instante.

—Ya nos conocemos. El técnico gratis —respondió ella, estrechándole la mano—. Continúa. Me gusta cómo va esto —nos arengó.

Nos reímos los tres. La música subió. Un gnomo pasó bailando hacia atrás.

—Oye —comentó Armando—, el bloque al que me he mudado… es un poco disfuncional ¿no?

Casi escupo la cerveza a la que le daba un trago.

—¿Ahora te das cuenta? —Me limpié los labios con la yema de los dedos.

—Es muy… La que se avecina .

— Aquí no hay quien viva es más de mi generación.

—Tu madre podría dirigir la comunidad sin despeinarse.

—Mi madre ya la dirige. Solo que sin actas.

También intenta dirigir mi vida , pensé, pero no lo dije en voz alta, claro.

—Ahora vivo en una serie —sentenció—. Es maravilloso. Me siento como un personaje.

—Lo eres, pero aún no lo sabes.

—¿Y tú?

—Yo he salido ya en varias temporadas.

—Se nota. —Rio.

—Ahora te hace gracia. Verás cuando vaya pasando el tiempo.

—¿Tan malo es?

—Es diferente. Hay que acostumbrarse. Tiene pros y contras.

—El pro es haberte conocido.

—No me eches flores —le advertí.

—No son flores. Son hechos.

—No me conoces.

—Es verdad, pero porque no me dejas conocerte. ¿Una cena?

—¿Romántico?

—Nada de nada. En realidad quiero llevarte a la cama, pero no queda bien ser tan directo. —No sé si bromeó. Después supe que no.

—No te cortas.

—¿Para qué?

Lo pensé.

—También es verdad.

Me miraba de cerca. Demasiado. Sin invadir, pero sin retirarse.

—¿Y tú tienes novio?

—Ese que tienes detrás es mi último ex. No preguntes.

Giró el cuello y volvió a mí con la frente arrugada.

—¿Ese? ¿En serio? ¿Dónde lo encontraste?

—En una churrería.

—¡¿Te invitó a churros?!

—Él los hacía. —Soltamos unas carcajadas.

—¿Un mal final?

—Para él sí.

—¿Tomas algo? —Miró mi mano, con una cerveza casi vacía.

—Estoy tomado cerveza. Es mi deber esta noche vigilar a Paula. Ya sabes… Ha descontrolado con la ginebra y… —La señalé a unos metros, bailaba y se movía como una lagartija.

—Yo la veo estupendamente.

—Pero después tendré que aguantar su cabeza para que no se ensucie el pelo con su propio vómito.

—Jajaja. Eso es asqueroso.

—Real como la vida misma —me encogí de hombros.

—Puedo invitarte a un refresco.

—Demasiado gas.

—¿Agua?

—No tengo sed.

Y entonces fue directo. Muy directo.

—¿Nos vamos a mi casa?

Parpadeé.

—¿Qué? —No salía de mi asombro.

—Que si nos vamos a mi casa. —A pesar de tirarme los tejos a saco, no era imprudente. No sé, ese chico tenía algo, eso con lo que se nace, que te hace brillar. Sí, brillaba, aunque él creía que no lo hacía.

—¿A la tuya? —alcé las cejas—. Vives encima de mi madre.

No iba a irme de todas formas, pero el muchacho era agradable y simpático. Lo estábamos pasando bien.

Se echó a reír, encantado.

—Exactamente encima.

—Eso no mejora nada.

—Para mí sí.

—Eres morboso.

—Me gusta la adrenalina.

—Tú no conoces a mi madre. Podría matarte. Podría matarnos a los dos.

—Podemos probar.

—Mejor no. Pero, oye, gracias por la invitación.

—Vale, pero… —sacó su teléfono móvil—. Tienes que darme tu teléfono.

—¿Para qué? Si necesitas algo, baja y se lo pides a mi madre.

—Tu madre no va a darme lo que quiero. Tú sí.

Ahora sí, escupí sobre su pecho el culo de la cerveza que acababa de intentar tragar.

—¡Oh, lo siento! Lo siento. —Traté de limpiarle con una servilleta. Error número dos (después del uno: saludarle): tocarle, Armando estaba bueno, fuerte, duro.

—No pasa nada, pero puedes seguir… manoseándome. —Rio.

Le di un puñetazo en el estómago. Él hizo un gesto de dolor.

Armando tiene abdominales, pensé. Nada importante, solo un dato más (ejem, ejem).

—No te ha dolido.

—Un poco sí. Dame tu teléfono y te perdono. —Lo sacó del bolsillo y lo alzó entre los dos.

—Eres insistente.

—Si algo me gusta, sí. —Me guiñó un ojo.

No preguntadme por qué, pero a mí Armando me cayó en gracia, así que cogí su teléfono y marqué mi número.

—A ti también te gusta vivir al límite —bromeó.

—Igual me muero mañana. —Se lo devolví. Tecleó sobre él, mi móvil vibró en el bolso (con total seguridad con un mensaje suyo) y lo guardó.

La conversación fluía sin presionarla.

De pronto, sacó algo del bolsillo.

—¿Qué es eso? —pregunté con algo brillante delante de mi nariz.

—Las llaves de mi casa. Por si quieres subir… cuando te apetezca. —Se encogió de hombros y amplió la sonrisa. Era guapo y… algo llamó mi atención. Uno de sus colmillos sobresalía de la línea de sus dientes. Era… original, sexy, le daba personalidad (y de eso iba sobrado).

La cogí y la miré de cerca, más si cabía. Luego se la devolví.

—¿Vas repartiendo llaves a las vecinas?

Fue la primera vez que la sonrisa se le achicó. Supo al instante de lo que le hablaba.

—Técnicamente no eres mi vecina.

—Ahí llevas razón.

—Me haría muy feliz que te vinieras.

—¿Estás loco? No.

—¿Por qué no?

—Porque nuestro amor es imposible —solté, teatral—. Te has liado con Rebeca.

—Yo no quiero líos amorosos. —Frunció el ceño sin perder la sonrisa.

Y… ahí estaba: primera red flag , bandera roja, luces de neón sobre un stop gigantesco. Señorita, la salida por ahí. Gracias por su visita.

Pero yo… soy una kamikaze de manual que no piensa demasiado en el mañana. Vale, lo admito, y un polvo no me hacía mal.

—Ajá.

—En serio. No busco nada complicado.

—Traducción: no quieres responsabilidades.

—Traducción correcta. —Asintió.

Uno de sus amigos lo llamó y se apartó un par de metros.

Paula se inclinó hacia mí y susurró:

—Armando quiere tema.

—El muchacho cree que va a follar esta noche.

Paula sonrió. De esas sonrisas que anuncian problemas.

—¿Y tú qué crees?

Miré a Armando. Seguía sonriendo. Seguro. Valiente. A saco, pero con respeto. Y pensé… Lo tenía muy claro: está bueno, pero… ¿conmigo? Ni de coña.