9 EL PROBLEMA DE QUE ALGUIEN NO TE HAGA CASO
Armando
Yo al gimnasio iba a entrenar y a no pensar demasiado. Ese día no ocurrieron ninguna de las dos cosas.
—Te echo de menos —dijo David mientras ajustaba el peso.
—No te creo. —Yo estaba de pie, frente a él.
—Un poco sí.
—No me has echado de menos nada. Deseabas que me fuera de tu casa.
—Algo sí te extraño.
—Cero.
—Bueno, echo de menos que alguien se acuerde de tirar la basura todos los días. Eres extremadamente ordenado.
—Eso sí me lo creo. —Sonreí.
David soltó la barra y me miró con esa cara de amigo de toda la vida que sabe cuándo apretar y cuándo no.
—Oye, fuera bromas…¿Cómo estás?
—Bien —solté demasiado rápido.
—Ya.
—De verdad.
—Ya.
Le sostuve la mirada.
—Estoy… tranquilo.
—Eso sí te lo compro. —Me senté en el banco y cogí la botella de agua— ¿Y el piso? ¿Qué tal en tu nueva vida de hombre independiente y solitario?
—¿Solitario? ¿En el bloque al que me he mudado?
—Descríbemelo.
—Los vecinos son… peculiares. —Me reí.
—¿Peculiares?
—Mucho. Es como vivir en una serie.
—¿En cuál?
—La que se avecina. Literal. Igual.
David soltó una carcajada.
—No jodas.
—Te lo juro.
—Eso es oro.
—Es agotador. Se enteran de todo. De cuando entro. De cuando salgo.
—¿De cuando follas?
—Eso también.
Se apoyó en la máquina, interesado.
—¿Follas?
—¡¿Qué?!
—Que si hay alguien.
—¿Alguien qué?
—Alguien interesante.
—No.
—No te creo.
—Pues créeme.
—¿Llevas tantos meses sin follar? Eso se lo cuentas a tu madre.
—Eres muy fino.
—Soy muy directo.
—No tienes filtro.
—No lo necesito contigo.
—No lo tienes con nadie. —Bebí agua—. Estoy quedando con una vecina.
—Ya me extrañaba a mí. —Alzó las cejas—. Eso es alguien.
—Lo es, pero… —Levanté la barra y él se posicionó detrás por si necesitaba ayuda para no morir aplastado—. No quiero sonar cruel.
—A mí puedes decirme lo que quieras.
Solté la barra.
—Es cómodo. Cero complicaciones. Nada de responsabilidades. Follamos y ya.
—Eso suena a que no te importa.
—Es que no me importa.
David asintió despacio.
—Vale. —Volvimos a cambiar posiciones—. ¿Y Lucía?
—Está bien.
—¿Bien de verdad?
—Supongo.
—¿Habláis?
—A veces.
—¿Y?
Miré al suelo un momento.
—Sigue pensando que a lo mejor vuelvo. —David no dijo nada. Solo esperó—. Y yo no sé cómo decirle que eso no va a pasar.
—Diciéndoselo.
—Ya se lo he dicho.
—Entonces no lo has dicho lo suficientemente claro.
—No quiero hacerle más daño.
—Ya le has hecho daño.
—Eso dice mi madre.
—Pues no lo alargues.
—Eso dice también.
—Inma siempre ha sido muy sabia.
Suspiré.
—Es más fácil decirlo desde fuera. Pero cuando la tienes delante… No quiero romperla más.
David negó con la cabeza, suave.
—No puedes proteger a alguien de una verdad que ya conoce. —Me quedé callado— ¿La quieres?
—Tío, sí. Pero… —Me revolví el pelo—. Déjame en paz. ¿Ahora eres psiquiatra?
—Podría haberlo sido. Uno muy bueno.
—Ni de coña. —Nos levantamos y cambiamos de máquina.
—Se nota que estás mejor, en serio.
—Y quiero seguir así.
—Pues sigue.
—Sin líos. —Nos miramos.
—Me parece perfecto. Pero… ¿puedo decir una última cosa?
—No. —Me negué, sabiendo que era para nada.
—Te falta alegría.
—¿Alegría? ¿De qué hablas? ¿Así habla un psiquiatra?
—Un psiquiatra te diría que no quedes con Lucía, aunque ella insista.
—¿Cómo sabes que lo hace?
—Porque es lo normal. Me pasó cuando dejé a Laura, pero le creas una expectativa que no existe.
—¿Esperanza?
—Eso mismo. —Y justo en ese momento, la puerta del gimnasio se abrió. Y entró ella.
—Hostia —solté sin remediarlo.
—¿Qué?
—Eso. —Apunté con el dedo hacia la puerta y él lo siguió con la mirada.
Eso era Estela.
Entró como entra la gente que tiene su vida ordenada.
Sin mirar alrededor. Sin buscar aprobación.
Directa a lo suyo. Saludo rápido en recepción con sonrisa amigable, paso firme, pelo recogido, ropa de deporte sencilla y ese algo que no sabía explicar, pero que hacía que todo lo demás pareciera menos interesante.
—¿Quién es? —preguntó David.
—Una vecina.
—¡¿La vecina que te follas?! —Abrió los ojos.
—¡No!
—¿No es la que te estás tirando? —insistió.
—Te he dicho que no.
—Pues vaya error.
—David…
—Está muy bien.
—Ya.
—Y es mayor que tú.
—Sí.
—Como a ti te gustan.
—No es eso. —Negué con la cabeza, sonriendo.
—¿Cómo que no es ella?
—Se llama Estela.
—Y pasa de ti.
—Un poco.
David se giró hacia mí despacio con una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Qué? —Alcé el mentón.
—¿Cómo que pasa de ti?
—Pues eso.
—No estoy entendiendo esta conversación.
—No vive allí. Sus padres sí. Ella llega, charla con las vecinas, sube, baja y se va.
—¿Y?
—Me saluda.
—¿Y?
—Y ya.
—¿Y tú?
—Yo hablo.
—¿Y?
—Y ella… no mucho.
—No puede ser. —Mi amigo empezó a reírse con fuerza.
—Puede.
—No te ha pasado nunca. ¡Esto es histórico!
—No exageres.
—Estoy emocionado.
—Eres imbécil.
—Un poco. —Miró otra vez hacia ella—. Pues está muy bien.
—Ya lo has dicho.
—Y no te hace caso.
—Ni me mira a veces.
—Eso es lo que más te gusta. —Se cruzó de brazos— ¿Cómo es?
—Normal.
—Eso no es una descripción.
—Educada. Tiene su vida.
—Eso suena a que te ignora con clase.
—Es… —busqué las palabras—… independiente.
—Traducción: no te hace ni puto caso.
Negué con la cabeza, pero no pude evitar sonreír.
—Es un poco creída.
—Eso también te gusta.
—No me gusta.
—Te encanta.
—Eres lo peor.
—Soy tu mejor amigo.
—Eso explica muchas cosas.
Y de pronto… Un golpe seco. Un ruido metálico. Y una voz:
—¡Me cago en la puta vestida de Prada!
Nos giramos. Una pesa había caído al suelo al lado de… Pensé el nombre, esa mujer se me había presentado hacía unas semanas. Paula se llamaba y era amiga de Estela.
—Vamos —instó David. Y ya estábamos caminando hacia ellas.
—¿Todo bien? —me interesé.
—Sí, sí… —Estela levantó la vista—. Se me ha resbalado.
—No, no. —Paula, a su lado, negaba con la cabeza—. Se te ha resbalado porque yo te he distraído.
—No me has distraído.
David cogió la pesa y la colocó en su sitio.
—Listo.
—Gracias —dijo Estela.
—Nada.
Ella me miró un segundo a mí
—¿Estás bien? ¿Te has hecho daño? —Aproveché para charlar con ella.
—No, no. Ha sido ruidoso. Solo eso. Esto es como la sangre… Escandalosa…
¿De qué me hablaba? Tuve que aguantarme la risa.
—¿Estás segura? —insistí, porque soy así y porque deseaba entablar conversación. Estuve a punto de preguntarle qué tipo de sangre tenía.
—Eh… Sí. Claro.
Paula me miró a mí. Luego a David y después a su amiga.
—Bueno —comentó Paula—. Esto es muy cómodo.
—¿Qué? —preguntó Estela.
—Que ahora tenemos servicio técnico.
Se giró hacia David.
—Yo soy Paula.
—David.
—Encantada.
—Igualmente.
—Muy bien ubicado todo.
—Paula… —masculló Estela.
—¿Qué? Estoy haciendo amigos. Por eso me apunté al gimnasio. A mí no me gusta hacer deporte. —Nos hizo reír.
—Cierra el pico… —le sugirió su amiga—. De verdad, gracias.
—No tienes que darlas —respondí. Nos quedamos un segundo más. Ese segundo raro en el que nadie sabe muy bien si seguir o irse.
—Bueno. Lo mejor es que sigamos entrenando. Tengo prisa —anotó Estela, agarró a Paula de la mano y se marcharon a las cintas de correr.
David me miró con una ceja arqueada y cruzando los brazos.
—Sí que pasa de ti.
—Nada nuevo.
—Estás jodido.
—Qué va. Una tía más. Hay miles. —Me di la vuelta y sonreí como hacía meses que no lo hacía. Una risa tonta que se quedó el resto de la tarde.
—Esa Paula está buena —anotó David—. ¿Crees que estará casada?
—Supongo que no. Me tiró la caña un día.
—Interesante… Te negaste un polvo con ella por no perder la oportunidad de tirarte a Estela algún día.
—Déjame tranquilo. Y déjala tranquila a ella. —Le di un codazo.
—Eh. Sería el plan perfecto. Me ligo a la amiga de Estela y quedamos los cuatro. De nada, amigo.
Puse los ojos en blanco y seguí a lo mío, sin embargo, no podía dejar de mirarla.