Cuarenta y cinco inviernos y una primavera 8 LLAVES QUE ABREN COSAS
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8 LLAVES QUE ABREN COSAS

Estela

Bajé al portal más por inercia que por necesidad. Mi madre ya estaba bien. Le había subido la tensión, había dramatizado diez minutos, mi padre le había medido dos veces y, como siempre, todo había vuelto a su sitio. Incluido su carácter.

—No me pasa nada —había dicho—. Pero si me pasa, que me pase aquí.

—¿Aquí dónde? —pregunté.

—Aquí, en mi casa.

Mi padre había levantado la vista del libro.

—Carmen, no te mueras hoy, que me he quedado en lo mejor.

—Francisco, no tienes arreglo.

Y así, con normalidad absoluta, decidí bajar a que me diera el aire. O a lo que fuera que se siente cuando una necesita cinco minutos sin opiniones.

Y ahí estaba Susana, como siempre. Apoyada en la pared. Café en una mano, cigarro en otra. Mirada de control total del edificio.

—¿Qué tal la enferma? —se preocupó.

—Viva.

—Eso ya es buena señal.

—Le ha subido la tensión. Y a mí me gustaría fumarme un cigarro. —Me apoyé a su lado.

—Pues fúmatelo. Si vamos a morir de todas formas.

—Mejor no. ¿Qué haces aquí a estas horas?

—Lo mismo que tú. He salido a respirar —acertó—. También espero a que pase algo.

—Eso suena muy triste. ¿Alguna novedad en la comunidad? ¿Se le ha muerto algún perro a Antonella?

—Ayer se le escapó uno. Y resulta que la culpa la tuve yo porque cerré mal la correa. No sé. Eso dice ella. La ayudo y se queja. No se puede ser buena en esta nuestra comunidad —bromeó.

En ese momento, la puerta del portal se abrió y salió Armando tirando de la cuerda de un perro negro con un bozal. Abrigo azul marino y una sonrisa.

—Buenas —saludó.

—Hombre —respondió Susana—. El del ático. —Acarició al perro.

—Ya quisiera yo vivir en un ático con vistas —rio él. El animal vino hasta mí y me olió. Le saludé y le di unos segundos de cariño.

—Pero tienes pinta.

—No sé si eso es bueno.

—Depende del día.

Me miró.

—Hola.

—Hola. —Y en ese mismo segundo, mi móvil empezó a sonar—. Disculpad. Tengo que cogerlo.

—Claro —respondió él.

Me aparté unos pasos, sin mala intención. De verdad.

—¿Sí? —Era Zoa.

—¿Estás ocupada?

—No, no. Dime.

Mientras hablaba, los veía de reojo. Susana gesticulando, Armando riéndose, conversación fácil. Él se apoyó en la pared, relajado, ya uno más del bloque.

—Sí, mándamelo —le decía a Zoa—. No, no, así no. Cambia eso… Sí… luego lo veo. —Asentí, di un par de indicaciones más y colgué.

Cuando volví, Armando ya se estaba yendo.

—Bueno, nos vemos —se despidió.

—Adiós —respondió Susana.

—Hasta luego.

—Chao. —Me devolvió la sonrisa y se fue.

Guardé el teléfono en mi bolso y me abroché la chaqueta, hacía frío a mediados de noviembre.

Susana giró la cabeza muy despacio hacia mí.

—Te lo has perdido.

—¿El qué?

—La información.

—¿Más información?

—Le ha dado una llave a Rebeca —susurró en secreto, sin serlo, claro.

—¿Una llave? ¿Quién da las llaves de su casa?

—Armando, por lo visto.

—Pues ya está. Hay gente para todo.

—Es para el perro. —Se recolocó, encantada—. Le ha dado la llave para que le saque el perro cuando él se va fuera.

—Ah. Es normal. Serán amigos.

—El muchacho es muy práctico. Pero… Lo que ha hecho es peligroso para Rebeca.

—¿Por qué?

—Porque ella no lo ha entendido así.

—¿Cómo lo ha entendido?

—Como le ha dado la gana —Susana sonrió.

—O sea, que…

—Que piensa que han dado un paso.

—Y… de paso nada… —comenté, sin estar segura. Mi amiga y vecina negó—. Pobre chica.

—Pobre él. Esto va a acabar mal —profetizó Susana.

—No tiene por qué.

—Siempre acaba mal.

—No siempre.

—No acaba mal en los cuentos de hadas. Pero esto es la vida real.

—No hace falta que lo jures. Te creo. —A Susana no se le puede llevar la contraria. Negué con la cabeza, sonriendo—. Eres agotadora.

—Es que estoy aburrida.

—La vieja del visillo.

—Orgullosa de ello.

—De verdad, no puedo contigo. —Sonreí de nuevo.

—Ni tú ni nadie.

Me empujé de la pared.

—Me voy. Tengo que subir. Tomar la tensión a mi madre y jurarle que estoy bien como unas diez veces.

—Luego te cuento más.

—No hace falta.

—Que sí. Esto es una telenovela.

—Nunca me han gustado. Demasiado odio e ira.

—Así es el mundo, Estela.

—No me gusta verlo así. El mío no lo es.

—El tuyo es el mismo del de todos, pero no quieres verlo.

—Me niego.

—Vale, vale. —Empecé a caminar hacia la puerta—. Oye, ¿y tú cómo vas de amores? No me cuentas nada.

—Porque no hay nada.

—Algo habrá, Estelita. Una mujer como tú.

No supe a qué se refería con eso.

—Después nos vemos.

—Avísame si Carmen se pone peor. Te acompaño al médico.

—Gracias. —Me colé en el portal y cuando se cerró la puerta, pensé en las llaves. Las llaves abren puertas, y estas nunca se abren solas. Dejas entrar a gente, situaciones, circunstancias… Estas crean historias. Y de vez en cuando son difíciles de cerrar.

O las pierdes y tienes que cambiar la cerradura, pensé, ya subida en el ascensor y recordando mi divorcio.