7 CERVEZAS CALIENTES Y VERDADES A MEDIAS
Estela
Los jueves cenaba en casa de mis padres.
No por obligación; era más bien un ritual que habíamos creado a lo largo de los años, incluso con Darío.
Mi padre cocinaba como si cada jueves fuera Navidad y mi madre opinaba como si cada jueves hubiera elecciones.
Entre una cosa y otra, yo comía bien y salía con más información de la que necesitaba.
—¿No vas a repetir? —preguntó Carmen, mirándome el plato y segura de que la estaba traicionando.
—No puedo más, mamá. Estos platos los carga el diablo.
—Los carga tu padre. No digas eso. Y luego llegas a tu casa y te haces un sándwich.
—Mamá… —Iba a quejarme cuando mi padre se interpuso.
—¿Y qué tal el trabajo?
—Bien, me encanta hacer lo que hago —contesté.
—Eso está muy bien. Álvaro, estás muy callado. ¿Cómo va el instituto?
—Bien, abuelo. No me gustan las mates.
—Pero las apruebas.
—Saca muy buenas notas —intervine.
Álvaro y su abuelo estuvieron hablando un rato. Me encantaba escucharlos.
—¿Nos vamos? —pregunté a mi hijo, después de recoger la mesa y la cocina, cogiendo mi bolso y colgándomelo en el hombro.
—Cuando quieras.
—Hija mía, quedaos un ratito. Siempre vas con prisas.
—No podemos, mamá. Álvaro se levanta temprano y yo tengo que enviar algún que otro correo.
—Tenéis la agenda más ocupada que el Rey de España —soltó la monárquica. Miré a mi padre, republicano, y sonreímos.
—Casi no te vemos —replicó.
—Nos vemos casi todos los días. Estáis bien. Si necesitáis algo, me lo decís.
—Necesitamos que te relajes y acompañes a tus padres —siguió la matriarca.
—Nos vemos mañana —intenté zanjar.
—Mañana no es hoy.
—Mamá…
—Vale, vale, vete.
Mi padre se acercó y me dio un beso en la frente.
—Trabaja. Y descansa.
—Descansa tú, papá. No te acuestes tarde.
—Yo no. Yo leo.
—Claro. —Salimos al rellano y bajamos en el ascensor.
—Ponte el abrigo, que hoy hace frío —pedí a mi hijo.
—Tú tienes frío mientras el resto del mundo se muere de calor.
—Es marzo. Y va a llover. —Salimos al rellano del portal—. Tu abuela estaba hoy intensa.
—Ella es así. —Encogió los hombros—. Otro nivel de manipulación. —Reímos.
Cruzamos el portal, salimos a la calle y vimos a Susana y a Rebeca. A ellas con dos latas de cerveza y una mirada de “aquí se está mejor que en casa”.
—¡Hombre! —saludó Susana—. No hay quien te vea.
—Hola. ¿Qué hacéis? —pregunté tontamente.
—¿Te vas ya?
—Sí. Es tarde.
—Solo son… —Miró el reloj en su muñeca—. Las nueve y media.
—Álvaro tiene que acostarse.
—El niño se acuesta a hora guiri.
Rebeca dio un trago a la lata y me miró de arriba abajo.
—Siempre vienes arreglada.
—No puedo ir a trabajar en chándal, aunque me gustaría.
Álvaro se quedó a mi lado, observando la escena con interés documental.
—¿Y este? Cada día está más grande. Lo que has crecido en las últimas semanas.
—Eso dicen.
—¿Cuántos años tienes ya?
—Dieciséis —dijo él.
—Uf. Edad peligrosa.
—¿Para mi madre o para mí?
Rebeca soltó una carcajada.
—Me cae bien.
—A mí también —añadió Susana—. Tiene respuesta. ¿Quieres una cerveza? —Se dirigió a mí.
—No, gracias. Tengo mucho trabajo.
—¿Ahora? —Alzó las cejas—. Tienes que relajarte.
—Ya me gustaría.
—Mamá, tengo que terminar unos deberes de literatura —arengó Álvaro.
—Espera, Álvaro, que Rebeca tiene algo que contarle a tu madre. —Susana miró a Rebeca—. Cuéntale.
—Tía, mi vida privada es mía.
—Venga ya. Estás deseando contarlo —la animó.
—Estoy liándome con el vecino nuevo. —Sonrió la susodicha, que largó la información de inmediato.
—Qué bien —comenté, porque me daba exactamente igual, su vida, y la de los demás.
—Rebe, hija, cuéntale con detalles.
—¿Qué quieres que le diga? Me lo paso muy bien.
—Eso está bien. —Quería irme, enviar esos correos, ducharme, ponerme el pijama y leer en el sofá.
—Es muy… —hizo un gesto con la mano—… activo.
—Rebeca… —regañé.
—¿Qué?
—Que está mi hijo.
—Estoy bien. —Álvaro levantó la mano.
—No ayudes tú tampoco.
—Casi no os escucho, la verdad.
—Ay, por favor. —Susana se rio—. Si hoy en día saben más que nosotros.
—Quizá, pero no creo que le interese escuchar la vida sexual de Rebeca y Armando.
Rebeca volvió al tema, encantada.
—Es que es un tío… —negó con la cabeza—… no sé cómo explicarlo.
—No lo expliques —solicité.
—Que está muy bien, coño.
Álvaro carraspeó.
—Me voy a poner música mental.
—¿Pues no dices que no escuchabas? —Le di una palmada en la barriga.
—Es que gritáis mucho.
—A mí me han dicho una cosa. —Susana intervino, levantando el dedo. Ahí estaba. El momento—. Se acaba de separar. Me lo ha dicho una amiga de una amiga.
—Eso no es una fuente fiable —bromeé.
—Sí, eso me lo dijo. —Apoyó Rebeca.
—¿Y qué te dijo exactamente? —preguntó Susana.
—Que dejó a la mujer.
—Claro. —Susana soltó una risa corta.
—¿Qué pasa? —Rebe arrugó el ceño.
—Que eso dicen todos.
—Algunas veces es verdad —intervine, sin que me tomaran en cuenta.
—Rebeca, por favor. —Susana se cruzó de brazos—. Ningún hombre dice la verdad cuando se acaba de separar.
—A mí me lo ha dicho él.
—A ti te dice lo que tiene que decirte.
—¿Y qué tiene que decirme?
—Que la dejó él, para quedar mejor.
—Pues a mí me parece sincero.
—Claro, porque te interesa que lo sea.
—No me interesa nada.
—Te interesa todo.
—No me interesa nada.
—Te interesa el muchacho.
—Bueno, sí.
—Pues eso.
Me quedé escuchando, como la que ve un partido de tenis al que han invitado y al que ha ido por cortesía, pero a la que no le incumbe en absoluto.
—¿Y tú qué opinas? —me preguntó Susana de pronto.
—¿Yo? Absolutamente nada.
—Algo opinarás.
—No lo conozco. Casi no hemos coincidido. Pero si él dice que lo ha dejado él, ¿por qué no creerle? Además, ¿es importante? De todas formas, lo estará pasando mal.
—Mal no lo pasa con esta —ironizó Susana, y Rebeca soltó una carcajada.
—A mí me da igual quién dejó a quién —Rebeca dio otro trago—. Me lo estoy tirando. No vamos a casarnos.
—Tú eres muy lista.
—Y tú un poco metomentodo.
—Y tú un poco guarra —discutían sin discutir, con una sonrisa en los labios.
—¡Susana! —reñí de nuevo.
—¿Qué?
—¡Está el niño!
—Sigo bien. Pero tengo prisa. —Álvaro levantó la mano otra vez.
—De verdad, no puedo con vosotras. —No pude evitar reírme.
—Pues te ríes. —Susana me señaló con la lata.
—Me entretiene.
—Mamá…
—Sí, nos vamos. Rebeca, a disfrutar. —Me despedí de las dos.
—Hasta mañana —señaló Susana—. Que seguro que hay más novedades.
—En este portal, seguro —terminé.
Anduvimos unos metros en silencio hasta el coche.
—¿Quién es Armando? —soltó Álvaro.
—El vecino de arriba. ¿No lo has visto aún?
—No.
—Es agradable.
—Si tú lo dices. —Llegamos al coche y abrimos las puertas.
—Ahora habrá Armando hasta en la sopa —comenté, más para mí que para él, ya sentados en los asientos, yo tras el volante; él, en el copiloto.
—¿Qué?
—Nada. Me paso un momento a echar gasolina.
—Mamá, es tarde. De verdad.
—Confía en mí.
—Tú el tiempo no lo manejas.
—¿Te estás metiendo con tu madre?
—No. —Sonrió.
Mi hijo era el ser más maravilloso que conocía (y que jamás conoceré). Él hacía que la vida mereciera la pena. Daba igual todo, si estaba él y sonreía, el mundo se convertía en un lugar más amable.