6 CASUALIDADES DE LA (PUTA) VIDA
Estela
Había una norma no escrita en mi vida: si podía posponer el gimnasio, lo hacía. Pero ese día no. Porque una cosa es evitar el sufrimiento físico y otra muy distinta permitir que tu madre te diga: “así te mantienes mejor” mientras te mira como si fueras una croqueta con potencial.
Así que, en lugar de irme directa a casa, giré a la derecha, crucé la calle y caminé hacia el gimnasio que estaba a dos minutos del edificio de mis padres. Esa había sido siempre mi excusa oficial.
—Me pilla de paso —decía. Y era verdad.
Empujé la puerta de cristal y el aire acondicionado me dio en la cara. Toma bofetada. Olía raro también. A humanidad, aunque trataban de taparlo con ambientador.
—¡Estela! —escuché.
—¡Paula!
Mi amiga apareció desde la zona de pesas con una energía que no correspondía con la cantidad de burpees que solía hacer.
Tenía cuarenta y tantos, dos hijos, un marido que iba y venía desde Barcelona por un trabajo que odiaba, pero que no dejaba, y las ganas de vivir de una niña de doce años.
Nos conocimos en el instituto y, desde entonces, jamás nos habíamos separado.
Teníamos una alta capacidad común: la de reírnos de todas nuestras desgracias, da igual lo graves que fueran.
—Pensaba que no venías —comentó.
—Yo también.
—Me encanta tu compromiso.
—Es muy honesto. —Nos dimos un abrazo rápido.
—¿Qué hacemos hoy? —cuestionó.
—Algo que no implique morir.
—Vale, entonces no hacemos nada.
—Perfecto. Vámonos a casa. —Nos reímos.
Dejé la bolsa en una taquilla, me recogí el pelo y salimos hacia la sala principal.
Y ahí. Ahí estaba. Armando.
Cinta de correr. Camiseta gris. Auriculares. Ese punto de concentración relajada que tienen los hombres que saben que están buenos sin necesidad de pensarlo demasiado. Y unos calcetines… muy llamativos y originales.
Lo vi antes de que él me viera. Y durante un segundo, solo un segundo, pensé en darme la vuelta. Pero claro. No. Porque yo no huyo. Yo… evalúo.
—¿Qué miras? —preguntó Paula.
—Nada.
—Nada es alguien.
—No.
—Sí.
—Vale. —Seguí andando. Él levantó la vista. Me vio. Y sonrió. Otra vez esa sonrisa. Otra vez ese gesto de “me alegro de verte” sin filtros.
Se quitó un auricular.
—¡Estela!
—Hola —saludé como si no fuera conmigo.
—Qué casualidad.
—No tanta —me acerqué, como mujer empoderada—. Mis padres viven aquí al lado. Yo aprovecho y vengo.
—Claro —dijo él—. Yo igual.
—¿Igual?
—He alquilado ahí y me he cambiado de gimnasio.
—Eficiente.
—Muy eficiente. —Si lo dijo con segundas, no lo noté, porque mi TDAH lo impedía demasiadas veces.
—Bonitos calcetines.
—Gracias.
Nos quedamos un segundo mirándonos.
Paula carraspeó.
—Perdón —me disculpé—. Paula, él es Armando. Vive encima de mis padres.
—Encima —repitió Paula, con una sonrisa que no me gustó nada—. Qué bien ubicado.
—Hola —saludó Armando, divertido.
—Hola —respondió ella—. Encantada.
Se dieron la mano. Demasiado contacto visual. Demasiada sonrisa.
No me gusta esto, pensé.
—Bueno —corté—, vamos a entrenar.
—Sí —respondió Paula sin apartar la mirada de él—. Vamos.
No se movió.
Yo tampoco.
—¿Qué haces hoy? —le preguntó ella.
—Un poco de cardio y algo de fuerza.
—Qué completo.
—Lo intento.
—Se te da bien.
—Gracias.
—Paula —la llamé.
—¿Qué?
—Que vamos.
—Ah, sí.
Nos alejamos. Dos pasos. Tres.
—Está muy bien —susurró.
—No empieces. Es mono. No soy ciega. Pero ya está.
—Está muy bien. No eres ciega, pero sí idiota.
—Es un niño.
—Es un hombre.
—Es un niño —insistí.
—Es un hombre joven.
—Demasiado joven.
—Eso es relativo.
—No es relativo.
—Para tu madre, sí.
—Mi madre no entra en esta conversación.
—Tu madre está en todas tus conversaciones.
—Paula…
—Vale, vale —alzó las manos.
Empezamos con las máquinas. Intenté concentrarme. No pude. Porque sabía perfectamente dónde estaba. Porque lo notaba. Porque, de alguna forma absurda, mi cuerpo era consciente de su presencia antes que mi cabeza.
—Te está mirando —advirtió Paula.
—Anda ya. No digas estupideces. Y no mires.
—Estoy mirando.
—Paula.
—Vale, dejo de mirar. —Pasó un segundo—Vale, no dejo de mirar.
—Eres insoportable —suspiré.
—Soy necesaria en tu vida.
Seguí con la máquina. Conté repeticiones. Una. Dos. Tres. Me salté dos… Todo correcto.
—Te está mirando otra vez.
—Paula, no seas pesada.
—Ahora sí dejó de mirar. —Seis. Siete. Ocho—. Vale, ahora te está mirando descaradamente.
—¡Paula! —Me giré. Error. Porque estaba. Mirándome. Sin disimular. Y cuando nuestras miradas se cruzaron, sonrió. Otra vez.
—Vas a tener un problema —anunció Paula.
—Problema vas a tener tú como sigas así.
—Ese chico no viene al gimnasio.
—¿Cómo que no?
—Ese chico ha venido hoy. Se acaba de apuntar.
—Porque se acaba de mudar.
—Se acaba de apuntar por ti.
—No todo gira en torno a mí. Armando no sabía que yo entrenaba aquí.
—Se lo ha podido decir Susana. O tu madre.
—Ahí llevas razón. —Asentí con las cejas arqueadas—. Pero no. Seguro que no. Y tú estás fatal. Podías mudarte a ese bloque. Susana sería tu mejor amiga.
—Susana me cae bien. —Cambió el peso de pie—. Vale, Armando está fuera de tu radar. ¿Puedo intentar ligar con él?
—Estás casada.
—Hija, un tonteo no hace daño a nadie.
—Todo tuyo. Bueno, Susana dice que se ha liado con Rebeca.
—Yo no soy celosa.
—Pues ataca. No pierdes nada —bromeé, jamás engañaría a su marido.
—Puede que la dignidad, pero a esta edad, ya poco me importa —soltó con sarcasmo—. Ahora vengo. Voy a ofrecerle… un poco de queratina.
—Creatina, Paula. Creatina.
—Eso he dicho.
—No. Tú quieres ponerle el pelo liso.
—Yo quiero hacerle una mamada. En el baño mismo —soltó sin más, solté una carcajada, y se marchó a hablar con él.
Yo seguí con mis ejercicios y uno de los monitores vino a charlar conmigo. No sé si Armando se quedó o se fue. No volví a verlo. Paula sí se quedó, y se quejó de que Armando había sido amable, pero no le había pedido una cita.
—Normal, Paula. Le llevas veinte años —le dije.
—Eso no lo sabemos. Y la edad no importa. Si pesa más que un pollo, me lo follo.
—Podrías ser hermana de Susana. No te follas a nadie.
—Llevas razón, ni Lele se acuesta conmigo —bromeó—. No conozco a mi padre. Igual tuvo una aventura —encogió los hombros.
—Yo me voy a casa. Estoy deseando meterme en mi burbuja y no saber nada del mundo.
—Tú y tus rarezas. Vamos a tomar una cerveza.
—Hoy no puedo. —Le di un beso en la mejilla—. Adiós, mujer bella, nos vemos el jueves.
—Y el sábado, no lo olvides.
—Cómo olvidarlo. Me lo recuerdas todos los días.
—Porque olvidas cosas, Estela.
—Porque no son importantes.
—¿Salir con tus amigos no es importante? No le diré a Juandi que has dicho eso. Montaría un drama.
—Haría un espectáculo digno de un Óscar. Adiós.
—Adiós. Estela de Carmen —bufoneó.