5 NOTICIAS DEL PORTAL
Estela
Bajé de casa de mis padres con el estómago lleno, la paciencia en modo ahorro y la sensación de que mi madre había intentado casarme mentalmente con alguien al menos tres veces durante la comida.
—No le mires tanto —me había dicho—. Que luego se nota.
—¿A quién?
—Tú sabes a quién.
—No sé nada.
—Pues peor para ti.
Mi padre había intervenido desde su trono, que era la silla de la cocina con el periódico abierto.
—Carmen, deja a la niña.
—No es una niña.
—Pues entonces déjala más. Es una mujer que vive su vida.
—Francisco, tú no ayudas.
—Yo no estoy aquí para ayudar. Estoy para comer. Y para cocinar. Que me tienes a tu servicio —bromeó, por supuesto.
Y así, entre albóndigas y tensión innecesaria, decidí que lo mejor que podía hacer era salir de allí antes de que mi madre me organizara una boda con el panadero.
Cerré la puerta del portal y, justo cuando pensaba en irme directa a casa, la vida hizo lo que mejor se le da: cruzarme con alguien que no tenía filtro.
—¡Estela!
—Hola, Susana.
Susana estaba apoyada en la pared, con gafas de sol enormes, un cigarro en la mano y esa actitud de mujer que lo sabe todo aunque no le hayan contado nada.
Nos conocíamos de toda la vida. Literalmente. Habíamos crecido en ese edificio, jugando en ese mismo portal cuando aún no nos preocupaban ni los hombres ni las hipotecas.
—¿Te ibas ya? —preguntó lo obvio.
—Sí.
—Pues no te vayas todavía.
—¿Cómo que no?
—Que no. Quédate cinco minutos. Fúmate un cigarro.
—Ya no fumo. Y contigo nunca son cinco minutos.
—Bueno, pero son entretenidos.
—Habla. Tengo muchas cosas que hacer.
—Siempre estás con lo mismo. Respira un rato.
Respiré exageradamente y ella sonrió, pero no por mi acción, sino por el chisme que estaba a punto de contarme.
—El nuevo.
—¿Qué nuevo? —Arrugué la nariz.
—No te hagas la tonta.
—No me hago la tonta. Soy selectiva con mis pensamientos y recuerdos. No me cabe todo en la cabeza.
—El del tercero A.
—Ah.
—Ah —repitió ella, imitándome—. Qué natural te ha salido.
—Ha sido natural. Ni idea de quién me hablabas.
—Claro. Venga ya.
—Que sí. Te lo juro. ¿Qué pasa con él?
Susana dio una calada a su cigarro, disfrutando del momento.
—Que ha tonteado con Rebeca.
No me moví.
—Vale.
—Vale dice.
—¿Y?
—¿Y? —abrió los ojos—. Estela, por favor. Rebeca.
—Ya.
—Que no es por criticar…
—Susana…
—Que esa mujer tiene más peligro que un lunes sin café y una madrugada sin tabaco.
—Se te ha olvidado la cerveza.
—Y la cerveza —sumó, y reímos.
—Exageras.
—No exagero. Confirmo.
—¿Y qué ha pasado exactamente?
Se acercó un poco más y bajó la voz. Me importaba poco o nada lo que hubiera pasado, sin embargo, quería irme a casa y no iba a dejar que eso sucediera hasta darme toda la información.
—Se han liado.
—¿Seguro?
—Segurísimo.
—¿Lo has visto?
—No, pero lo sé.
—Eso no es lo mismo.
—Para mí sí.
—Para ti todo es lo mismo.
—Porque todo acaba siendo lo mismo.
—No tienes pruebas.
—Soy perspicaz.
—Eso tampoco vale.
—Vale siempre.
—No en un juicio.
—Esto no es un juicio. Es el portal.
No pude evitar soltar una carcajada.
—¿Y cómo ha sido?
—Pues cómo va a ser. Él recién llegado, ella con ganas de inaugurar temporada… blanco y en botella.
—Susana.
—¿Qué?
—Que tienes una imaginación…
—No es imaginación. Es experiencia.
—¿Tuya?
—De la vida.
Apoyó la espalda en la pared y cruzó las piernas.
—Además, yo creo que han ido más allá.
—¿Más allá de qué?
Me miró con una sonrisa lenta.
—Tú ya me entiendes.
Negué con la cabeza, sonriendo.
—Eres terrible.
—Soy realista.
—Eres un peligro.
—Y tú eres demasiado buena, Estela —se acercó un poco más—, ¿a ti te gusta? —La pregunta cayó directa. Sin rodeos. Muy Susana.
—¿Quién?
—Tía, pareces tonta. En serio. Armando. ¿Quién va a ser?
—Pero si no lo conozco.
—Habéis coincidido en el rellano. Y está bueno.
—Y porque esté bueno, tiene que gustarme. ¿Y cómo sabes que hemos coincidido? Ha sido en el ascensor. Mi madre casi lo obliga a comer en casa.
—Os he escuchado. Tu padre ha hecho albóndigas.
—Este portal es surrealista.
—¿Te gusta o no?
—Cómo va a gustarme, si no lo conozco.
—Mientes fatal.
—No miento.
—Mientes regular.
—No me gusta.
—Te llama la atención.
—Es mono.
—Y simpático.
—Repito: no lo conozco. Ha sido agradable y amable. Ha aguantado estoicamente a mi madre.
—Y vive encima de tus padres. Entonces, ¿no te gusta?
—Que noooo. —Estaba deseando irme. Aquello no me interesaba nada. Armando menos.
Nos quedamos mirándonos.
Ella sonrió primero.
—Vale —habló—. Pues nada. Si no te gusta, mejor. Así no sufres cuando te enteres de que se la está tirando.
—¡Susana!
—¿Qué?
—¡Habla bien!
—Estoy hablando bien.
—No estás hablando bien.
—No he dicho fornicar, ni follar, ni joder.
—Joder, Susana. —Nos reímos a boca abierta.
—¿Cuánto haces que tú no jodes?
—No me acuerdo. Y no pienso contártelo. —Me pasé la mano por la cara, riendo—. No puedo contigo.
—Ni tú ni nadie.
—¿Y tú qué haces aquí plantada?
—Esperando a que salga Antonella con los perros.
—¿Para qué?
—Para ver si se entera de lo de Rebeca.
—Eres mala persona.
—Soy entretenimiento gratuito.
En ese momento, la puerta del portal se abrió y las dos giramos la cabeza. Y ahí estaba él. Armando. Gorro en la mano, sonrisa fácil y mirada limpia.
—Hola, vecinas. Pasad buena tarde —saludó y se marchó. Siguió andando. Las dos nos quedamos mirándole el culo.
Susana clavó a continuación sus pupilas en mí.
—Le estabas mirando el culo —me acusó.
—¿Yo? Estaba mirando a ver si al final llueve.
—Sí, a un metro del suelo.
—Está lloviznando ya… —Nos reímos otra vez—. Me voy. Me has entretenido. A ver cómo recupero estos minutos.
—Duerme, Estela, tus padres están preocupados.
—Mi madre se preocupa por todo. Adiós.
—¿Vienes mañana?
—Qué remedio. —Me despedí alzando la mano y me fui a casa.
Deseaba llegar, darme una ducha, ponerme el pijama y…
Recordé que tenía que entrenar, de ahí la bolsa del gimnasio.
Así que cambié de rumbo, giré la esquina y me dirigí a lo que llamábamos El lugar donde los vivos mueren.
Llevaba dos meses haciendo deporte en serio porque quería seguir estando en forma y sabía que debía moverme.
Debía haberme movido hacia Australia. Ya os lo digo.