Cuarenta y cinco inviernos y una primavera 4 EL HOMBRE DEL RELLANO
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4 EL HOMBRE DEL RELLANO

Estela

La puerta del portal se me atragantó en la mano porque alguien decidió que el muelle tenía que cerrar con la violencia de un puñetazo. Yo ese día ya llevaba varios (laboralmente hablando). No recuerdo si era lunes, martes o miércoles, o cualquiera. No era importante.

—Mamá, he venido en son de paz —anuncié al interfono, por si el edificio escuchaba y me abría solo.

—¿Traes pan? —preguntó Carmen, mi santa madre, desde el otro lado, con la urgencia de quien espera una operación a corazón abierto y no una barra de masa.

—Traigo tuppers . Cuatro. Dejad de quejaros de que me los llevo todos y no los devuelvo —expliqué.

—Pues baja al chino y me compras pan, la panadería estará ya cerrada, que tu padre luego se enfada si no hay pan y no quiero que me dé la tarde.

—Mamá, papá se enfada porque le da la gana. El pan solo hace de excusa.

—No faltes a tu padre. Sube.

El timbre del ascensor me salvó de la escalera, que a esa hora olía a colonia de señora mayor y a aceite quemado.

Un milagro que no estuviera estropeado. Subí con la bolsa colgando del brazo, el bolso resbalando del hombro y una lista mental de tareas: revisar pastillas, preguntar por la tensión, discutir con mamá, comer, prometer que vendré mañana, volver a discutir con mamá.

El ascensor no se detuvo en el segundo, sino que subió hasta el tercero, y el universo, con su malicia habitual, eligió ese segundo exacto para regalarme un encuentro.

La puerta se abrió y apareció un hombre alto, con barba de dos días, sudadera gris y una planta de interior abrazada contra el pecho. Llevaba una caja de cartón bajo el brazo y una sonrisa de verdad.

—Perdona… ¿bajas? —preguntó.

Miré la planta, la caja, la forma en la que su hombro ocupaba medio ascensor, y después lo miré a él. Ojos muy oscuros. Negros y rasgados. Cara amable. Treinta… ¿y pocos? Y una manera de hablar que sonaba a educación de casa.

—Sí, claro, no voy a la terraza. No es hora.

—¿Hay terraza? —Alzó las cejas.

—Sí, puedes utilizarla y… poner tus plantas. —Miré la que llevaba encima.

—Está bien saberlo.

Este chico es el famoso, del que todos hablan, pensé.

Entró con cuidado, giró la maceta para que no se aplastara, y me dedicó otra sonrisa, esta de: hola, vecina, no muerdo.

Una pena. A veces un mordisco arregla semanas.

—¿Te importa si…? —señaló la planta, sin saber dónde colocarla para no invadir mi espacio personal. El ascensor era muy pequeño. Dos personas justas.

—Ponla donde quieras. Yo no tengo derechos en este ascensor. Solo recuerdo que hay que pagar la comunidad.

Soltó una risa breve, natural.

—Soy Armando —dijo, como si eso explicara la planta.

—Estela.

—Encantado, Estela.

—Encantada, Armando.

La frase me salió con un tono que no reconocí. Mi cabeza, en cambio, sí: no flirtees, que vienes a comer, dejar tuppers, recoger más tuppers y paz, puestos a pedir.

El ascensor avanzó un tramo corto, era extremadamente lento, y noté su reflejo en el espejo. Sonrisa tranquila. Manos grandes. Uñas limpias. Detalles absurdos en los que una se fija cuando no debería.

—¿Te acabas de mudar? —pregunté, porque Carmen me habría expulsado del árbol genealógico si no sacaba información.

—Hace unas semanas. Todavía no encuentro el azúcar.

—¿Y la planta?

—Dicen que purifica el ambiente.

—¿Quién dice eso?

—El de la floristería. Y mi madre. Cuando se ponen de acuerdo, obedezco.

—Tu madre y el de la floristería. Buen comité de expertos.

—¿Vives aquí?

—No. Mis padres, sí. Justo debajo de ti, por lo que parece. —Hice un gesto—. Segundo A. Yo vengo a supervisar que no se conviertan en adolescentes sin control.

—¿Adolescentes?

—Se creen inmortales. Y discuten por tonterías.

Armando ladeó la cabeza, divertido.

—Eso suena a entrenamiento duro.

—Mi padre cocina demasiado bien. Ese es el problema real. Subo a ver qué tal están y bajo rodando.

—Entonces… tu padre me interesa.

—A ver, Armando, controla tus ambiciones en el primer minuto.

Rio otra vez, más abierto, y el ascensor se detuvo en el segundo. Las puertas se abrieron y Carmen apareció justo delante, con el pelo arreglado de “casualidad” y una bolsa de tela en la mano, lista para ir a por el pan que me acababa de encargar.

Miró primero la planta, luego a Armando, luego mis tuppers , luego la planta otra vez. Después me clavó los ojos con una expresión de ya lo sabía.

—¡Ay! —exclamó, con un entusiasmo que no le pertenecía—. ¡Buenas tardes!

Armando se apartó un poco, educado.

—Hola. Soy Armando. Vivo arriba.

—¡Arriba! —repitió, como si “arriba” fuera un país exótico—. Encantada. Yo soy Carmen, la madre de Estela. Y ese de ahí dentro, el del delantal, Francisco. —Se giró hacia mí sin bajar el volumen—. ¿Traes el pan?

—Me has dicho que suba. Aún no me multiplico —ironicé. A todo esto, Armando seguía la conversación sin intervenir más, esperando a ver qué hacíamos.

—Qué rancia eres, hija. Armando, ¿tú bajas? —se dirigió a él.

—Sí, Carmen.

—¿Vas a tirar esa planta? Pobrecita. Yo puedo revivirla. —Mi madre reviviría todas las cosas y seres de este mundo si pudiera —apunté.

Armando me miró, conteniendo la risa. Yo le devolví una mirada de auxilio.

—Yo… iba a bajar a por… bueno, a por cosas —soltó él.

—Mamá, esa maceta aguanta todavía. Va a sacarla a pasear. ¿Verdad, Armando? —Alcé las cejas levemente.

—Sí, claro. —Me siguió el juego.

—Aquí todo aguanta —sentenció Carmen—. Menos una tubería del tercero, tu piso, que me tiene con el corazón en un puño desde hace años. Pero no pasa nada. Somos buena gente.

Apreté la bolsa de tuppers.

—Mamá, deja al hombre respirar.

—Si no lo dejo respirar, luego dirás que por qué no lo saludo. Yo cumplo.

Armando carraspeó.

—Encantado, Carmen.

—Igualmente, Armando. ¿Armando qué? —preguntó, agenda mental abierta.

—López.

—López. Bien. —Lo archivó—. ¿Y vienes solo?

—Mamá —la amonesté.

—Pregunto por educación. Para saber a quién saludar.

—Vengo solo —respondió él, con una paciencia digna de una mención especial y un premio internacional.

Carmen me miró alarmada.

—¿Solo? ¿Y con esa planta?

—Mamá, por favor.

—Bueno, bueno. —Se apartó—. Bienvenido al edificio. Y Estela, entra, que tu padre ha hecho albóndigas y luego se enfrían y se ofende.

Entré con la sensación de que alguien había abierto una ventana donde no tocaba. Carmen se quedó un segundo más en el rellano, despidiéndolo con la sonrisa que usa cuando ya imagina bodas, bautizos o, en su defecto, una desgracia que comentar.

—¿Qué ha sido eso? —le solté en cuanto cerré la puerta.

—Un saludo. Educación.

—Eso era un interrogatorio.

—No exageres. —Alzó la voz—. ¡Francisco! ¡Tu hija ha venido y arriba se ha mudado un chico!

—¿Con hambre o con historia? —respondió mi padre desde la cocina.

—Con tuppers —grité—. Y con historias, porque mamá no sabe vivir de otra forma.

Papá apareció con delantal y cuchara de madera. Ojos alegres. Pelo cano.

—Hola, hija.

—Hola, papá.

Me besó la frente. Ajo, casa. El mundo aflojó un poco.

—¿Qué tal mi nieto?

—Hoy piensa estudiar, entrenar y hacerme una tortilla francesa.

—Un hombre de valor.

Carmen se apoyó en una silla.

—¿Y el de arriba?

—Mamá…

—El ascensor es íntimo. Ahí se ve todo.

—Se ve que tienes demasiado tiempo.

—Tengo ojos.

Papá me miró divertido.

—¿Es guapo?

—Papá…

—Yo ya estoy casado —señaló a Carmen—. Ella también, aunque a veces se le olvida.

—A mí no se me olvida nada —replicó—. Y ese chico tiene buena cara. De los que saludan.

—No necesito un hombre que salude. Necesito que tú no le organices la vida a un desconocido.

—El destino tiene gracia —susurró ella.

—El destino no paga la hipoteca.

—La hipoteca la pagas tú y el destino pone las albóndigas —dijo papá.

—No me manipules con comida.

—Yo te cuido. —Y esa frase se me quedó dentro. Yo cuidaba a todos. A ellos, a mi hijo, a mi exmarido, a mi hermano, a mis amigos.

—Por cierto —advirtió Carmen—, Darío ha llamado.

—¿Para qué?

—Para comentarnos la fecha.

—¿De qué?

—De la boda —aclaró papá, encantado.

—¿Qué boda?

—La de tu ex con Isolda. ¿Cuál va a ser?

Respiré.

—Que sea feliz.

—Te van a invitar —canturreó Carmen.

—Me da igual.

—Hasta que te llegue.

—No proyectes.

—Tu madre exagera —dictó papá—, pero a veces acierta.

—Qué apoyo tan útil.

—Para eso están los padres.

El timbre sonó.

—Es el de arriba —anunció Carmen.

—¿Por qué?

—Lo he sentido.

—Mamá, no eres bruja.

—Sí, lo es, Estela. Te lo llevo diciendo años —intervino mi padre.

—Eso se llama ganas. Tiene ganas de emparejarme, como si fuera un animal. Con el vecino de arriba mismo. Que, por cierto, igual puede ser mi hijo.

Fui a abrir. Armando estaba allí, con mi bolsa del gimnasio.

—Creo que es tuya.

Mi dignidad deportiva.

—¿Cómo lo sabes?

—Lleva tu nombre bordado.

—Gracias —fingí una sonrisa.

—No quería que se quedara abandonada.

—¿Tú eres el de arriba? —Papá salió de la nada.

—Papá…

—Armando, señor.

—Francisco. El del delantal.

—Eso me ha dicho Carmen.

—Carmen habla demasiado.

—Pasa, te damos un plato —invitó mi padre.

—No invites a desconocidos —protesté—. Eso lo hacen las señoras de pueblo y los asesinos en serie.

—Ni señora de pueblo ni asesino serial.

Armando rio.

—Huele increíble.

—Albóndigas. Las mejores de Chamartín —presumió papá.

—Y Estela tiene cuarenta y dos años, está divorciada y tiene un hijo precioso —añadió Carmen.

—Mamá… No le interesan esos datos. Y, por cierto, tengo cuarenta y cinco.

—Calla, Estela —susurró mamá, y tuve que reírme.

—Encantado de conocer tu currículum —anotó Armando, divertido.

—Lo siento.

—No lo sientas. Mi madre hace lo mismo.

Carmen aplaudió.

—¿Ves? Buen chico.

Y ahí, con mi madre montando una feria, mi padre oliendo a albóndigas y un hombre muy joven sosteniéndome la bolsa del gimnasio como si me sostuviera un día nuevo, lo tuve claro: A veces la vida no avisa. Solo llama al timbre.