3 DONDE TODO ENCAJA (MENOS YO)
Estela
En mi trabajo no había término medio. O no llegaba… o me quedaba a vivir. Ese día, me quedé a vivir.
—No me toquéis nada —avisé al entrar en la sala de reuniones con el portátil abierto y el café en la mano—. Ni una coma. Ni una idea. Ni una silla.
—Buenos días a ti también —respondió Zoa sin levantar la vista de su móvil. Morena, de piel y de pelo, alta, con unos ojos enormes color avellana. Guapa, muy guapa.
—Buenos días ya he dicho. Esto es otra cosa.
—Esto es intensidad —apuntó Samuel desde la esquina—. Nivel: Estela en modo creativo.
—Exacto —contesté—. Y no sabéis lo que cuesta llegar hasta aquí, así que respetad el momento.
Zoa alzó la vista por fin y me miró con esa media sonrisa suya de “te conozco demasiado”.
—¿Cuántas horas llevas despierta?
—Las necesarias.
—Eso no es una respuesta.
—He dormido dos horas.
—Son muchas para ti —ironizó.
—Suficientes.
—Estela… Tienes que dormir más y bien. Después te quejas de que se te cae el pelo.
Nos quedamos mirándonos un segundo. Ella suspiró. Yo abrí el portátil.
—Vale —dijo—. ¿Qué tenemos?
Giré la pantalla hacia ellos.
—Campaña de invierno. No quiero algo bonito. No quiero algo correcto. Quiero algo que se sienta. Que la gente lo vea y diga: “quiero estar ahí”.
—Eso lo decimos siempre —comentó Samuel.
—Sí, pero hoy lo digo en serio.
—Siempre lo dices en serio.
—Hoy más.
Zoa se levantó, se acercó y miró la pantalla.
—Vale… —murmuró—. Esto está bien.
—Está mejor que bien.
—Está mejor que bien —corrigió ella—. Pero le falta algo.
—No le falta nada.
—Le falta alma.
—Tiene alma.
—Tiene estructura. Que no es lo mismo.
Me apoyé en la mesa.
—Vale. Habla.
Zoa empezó a señalar cosas, a mover ideas, a desmontar lo que yo había construido en cinco horas nocturnas de hiperfoco absoluto. Y no me molestó. Porque tenía razón.
—Aquí —señaló—. Esto es perfecto. Demasiado perfecto. No conecta.
—¿Qué propones?
—Bajar.
—¿Bajar?
—Sí. Menos control. Más verdad.
Samuel levantó la mano como si estuviera en clase.
—Yo solo quiero decir que me encanta veros discutir. Es como tenis, pero con ideas. Ah, sí, y mujeres tenistas con minifaldas. Estoy cachondo.
—¡Cállate! —chillamos las dos a la vez.
Nos miramos y nos reímos. Y ahí pasó. Ese momento en el que todo encaja. En el que las piezas dejan de ser piezas y se convierten en algo vivo. Me senté, empecé a escribir, a borrar, a cambiar, a reconstruir.
El mundo desapareció. El ruido se fue. Las voces se alejaron. Y solo quedó eso. La idea. La sensación. La certeza (no, mejor), la intuición de que estaba haciendo algo bien.
—Vale —hablé diez minutos después—. Ahora sí.
Lancé la pantalla al proyector. Hubo un silencio absoluto. Zoa se cruzó de brazos. Samuel dejó el móvil.
—Vale —repitió ella, más despacio—. Ahora sí.
—Te lo he dicho.
—No, ahora sí te lo compro.
—Siempre me compras.
—No siempre.
—Casi siempre.
—No te vengas arriba.
—Ya estoy arriba.
Samuel aplaudió despacio.
—Yo solo quiero decir que si algún día montáis una secta, me apunto.
—No es una secta —respondí—. Es talento.
—Eso suena peor. Pero aun así me uno.
Zoa negó con la cabeza, sonriendo.
—Eres insoportable cuando entras en este modo —me indicó—. Y muy buena. —Encogí los hombros—. Y lo sabes.
—Claro.
Se apoyó en la mesa, más cerca, y bajó la voz.
—¿Por qué te cuesta tanto aceptar que eres buena en todo lo demás?
Fruncí el ceño.
—¿Cómo que en todo lo demás?
—En todo, Estela.
—No digas tonterías.
—No son tonterías.
—Son tonterías.
—Eres inteligente, tienes criterio, eres divertida, tienes presencia…
—Zoa.
—…y además eres una mujer muy atractiva y segura de ti misma.
—Vale, ya.
—No, no ya. Escúchame.
—Te estoy escuchando.
—Pues créetelo.
—No necesito creerme nada. —Negué con la cabeza.
—Claro que sí.
—No.
—Sí.
—No.
Samuel intervino:
—Yo no quiero meterme, pero Zoa tiene razón. Estás bien buena.
—Tú no te metas. Eso es asqueroso.
—Yo me meto. Si lo dice Zoa, que es una mujer, te está adulando. Si lo digo yo, un hombre, es soez.
—No te metas y ya está —inquirí.
—Me voy a meter igual.
Zoa sonrió, victoriosa.
—A muchos hombres les asusta eso.
—¿El qué?
—Tú.
Me reí.
—Otra tontería.
—No lo es.
—Zoa, por favor.
—Es verdad. Eres independiente, tienes las cosas claras, no necesitas a nadie para estar bien…
—Eso es bueno.
—Claro que es bueno.
—Entonces no asusta. ¿Cómo va a asustar eso a nadie?
—Asusta a quien no está a la altura.
Me quedé en silencio un segundo.
—Pues problema suyo. No voy a hacerme más pequeña para encajar con nadie.
—Ni se te ocurra.
—Ni loca.
Samuel levantó el dedo.
—Yo, como hombre medio, quiero decir que no todos nos asustamos.
—Tú te asustas de todo —le dijo Zoa.
—De las cucarachas, sí. De mujeres así, no.
—Porque no te han hecho caso nunca. —Reí.
—Eso también es verdad. —Nos reímos los tres.
—Además —me dejé caer en la silla—, tampoco es que tenga una fila de hombres esperando en mi puerta.
—Porque eliges mal —apuntó Samuel.
—Porque no elijo.
—¡Eso es peor! —chilló Zoa.
—Estoy bien así.
—Estás cómoda —comentó mi amiga.
—Estoy muy tranquila.
—No es lo mismo.
—Para mí sí.
—No siempre. —Zoa me miró de verdad.
Samuel volvió a salvarnos.
—Bueno, entonces… ¿lanzamos esto o seguimos con la terapia?
—Lanzamos —ordené.
—La terapia después. En el desayuno. ¿Os parece bien? —siguió Zoa.
—¿Podemos incluir cerveza a la terapia? —Samuel alzó la mano otra vez.
—Si no te duermes después, sí.
—No puedo prometerlo.
—Entonces no. —Cerré el portátil y respiré hondo.
Me gustaba mi trabajo. Me gustaba cómo pensaba cuando estaba ahí. Me gustaba sentir que dominaba algo. Que había un espacio donde todo tenía sentido. Donde yo tenía sentido. Porque fuera de allí…
—Oye —dijo Zoa mientras salíamos—. ¿Hoy qué haces?
—Voy a casa de mis padres.
—Eso no es nada especial. Vas casi todos los días. Algún día te pasará algo interesante.
Sonreí.
—Ya me ha pasado todo lo interesante que tenía que pasarme.
—Eso es lo más triste que te he oído decir en años.
—No es triste. Es real.
—Zoa…
—Estela… —Nos miramos y… nos reímos. Así era siempre. Zoa se había convertido en una de mis mejores amigas y había sido una de mis tiritas cuando las heridas más sangraban.