Cuarenta y cinco inviernos y una primavera 2 MI CASA, SUS REGLAS (Y VICEVERSA)
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2 MI CASA, SUS REGLAS (Y VICEVERSA)

Estela

En mi casa el despertador no sonaba. Hablaba. Mucho. Demasiado.

—Mamá, si no te levantas en tres minutos, me como la última tostada y no me hago responsable de tus decisiones. —Álvaro se asomó a mi habitación. Maldito hijo adolescente demasiado avispado y listo.

Abrí un ojo.

—Eso es chantaje emocional.

—Es supervivencia. —Desapareció como había llegado.

—¡Tengo cuarenta y cinco años, Álvaro! ¡He sobrevivido a cosas peores que perder una tostada! —grité con voz adormilada.

—¡Pero no con aguacate del bueno! —respondió ya desde la cocina.

Suspiré.

Ese niño sabía dónde atacar.

Me incorporé en la cama, diría que con elegancia, pero en realidad hice la croqueta.

Miré el móvil. Las siete y cuarenta y dos de la mañana.

—¡Voy!

—¡Te di margen por cariño! ¡Pero el cariño se agota!

Me levanté, me puse la bata y caminé hasta la cocina de nuestro piso en Prosperidad, un barrio que no sale en las guías, pero donde la vida pasa de verdad. Bares con nombre de persona, fruterías que te fían sin preguntar y vecinos que saben a qué hora llegas sin necesidad de espiarte.

Álvaro estaba apoyado en la encimera, con una camiseta blanca, el pelo despeinado pero peinado (no sé si me explico) y esa cara de sueño bonito que aún no se le había ido del todo. Tenía dos tostadas preparadas. Dos. No una.

—Te odio —le dije.

—Lo sé. Por eso te he hecho dos.

—Eres un manipulador.

—He aprendido de la mejor.

Sonreí.

—¿Has dormido bien?

—He soñado que aprobaba todo sin estudiar.

—Eso ya es ciencia ficción.

—Déjame vivir. —Me senté frente a él y le quité una tostada—. Oye, esa era mía.

—Ya no.

—Dámela.

—No.

—Qué pesada.

—Pero tú más.

Nos quedamos en silencio unos segundos, masticando, mirándonos con una complicidad que no se explica. La de dos personas que no necesitan decirse todo porque ya lo saben.

—¿Qué tienes hoy? —me interesé.

—Examen de mates. Entreno. Y he quedado luego.

—¿Con quién?

—Con gente.

—Gente no me vale.

—Con gente concreta —bromeó.

—Ja, ja.

—Ja —zanjó.

—Álvaro —repliqué.

—Mamá —me imitó.

—Álvaro.

—Con Marcos y con Carla.

—Carla… —repetí, y suspiré.

—No empieces.

—No he empezado.

—Tu cara ha empezado.

—Mi cara no ha hecho nada.

—Tu cara ha hecho una película entera.

—Mi cara se preocupa.

—Tu cara juzga.

—Mi cara observa.

—Tu cara dramatiza.

—Mi cara te ha traído al mundo.

—Eso sí que es un argumento fuerte.

Reímos.

—¿Te gusta Carla?

—Es guay. —Se encogió de hombros.

—Eso no es una respuesta.

—No todo tiene que tener nombre, mamá.

Me quedé mirándolo con los ojos achinados.

—Eso lo has aprendido de mí.

—Claro.

—Pues no me gusta.

—A mí sí.

Nos reímos otra vez.

Álvaro tenía eso. Esa capacidad de darle la vuelta a todo sin perder el fondo. Era maduro, sí. Mucho. Más de lo que le correspondía a su edad. Pero no había perdido la luz. La risa. La manera de mirar la vida cuando se tiene muchas primeras veces por delante.

—Oye —dijo de pronto—, ¿tú estás bien?

La pregunta me pilló sin defensa.

—Sí. ¿Por qué?

—Ya…

—¿Qué pasa?

—Nada. Te noto… no sé.

—¿Cómo?

—Tranquila. Pero no del todo.

Apoyé los codos en la mesa.

—Estoy bien, Álvaro. De verdad.

—Vale.

—¿Por qué lo preguntas?

—Porque eres mi madre. Y porque te conozco.

Eso también lo había heredado. La intuición.

—Estoy bien —redundé—. Solo… estoy en un momento tranquilo.

—¿Y eso es bueno?

—¿Tú qué crees? Claro que sí.

Asintió, entendiéndolo perfectamente.

—A lo mejor necesitas liarte un poco la vida.

Casi me atraganto y tosí.

—¿Perdona?

—No en plan desastre. En plan emoción…. Sentimientos.

—Tienes dieciséis años y me estás recomendando que me lie la vida.

—Con criterio.

—No sé si reírme o pedir ayuda. ¿Un psiquiatra?

—Ríete. Sale más barato. —Me miró con media sonrisa—. Además, llevas mucho tiempo siendo muy sensata. No te pega.

—Pero es bueno.

—Sí. Y un poco aburrido. Tú no eres así.

—¿Me estás llamando insensata? —Le lancé una servilleta.

—Te estoy llamando divertida a… destiempo.

—¡Fuera de mi casa!

—Es mi casa también.

—Error. Es mi casa donde tú vives.

—Eso es discutible legalmente.

—No abras ese melón.

—Vale, no lo abro. —Se levantó, dejó el plato en el fregadero y cogió la mochila—Oye… si algún día te gusta alguien…

—No empieces.

—Déjame hablar.

—Vas a hablar de todas formas.

—No te rayes por nada. Disfruta. Tú ya has hecho todo lo que tenías que hacer bien. Ahora te toca vivir un poco peor.

—Eso no tiene ningún sentido. —Alcé la palma de la mano.

—Sí lo tiene. —Se acercó y me dio un beso en la cabeza—. Confía en mí. Soy joven.

—Eso es justo lo que me preocupa.

—A mí me tranquiliza. —Abrió la puerta.

—¡Álvaro! —lo llamé y se detuvo.

—¿Qué?

—Eres increíble.

—Lo sé.

—Vete ya.

—Ya me voy. —Salió y la casa se quedó en silencio.

Un silencio cómodo pero que no me gustaba cuando él se ausentaba.

Pocas veces se iba con su padre, no porque no se llevaran bien, sino porque se había mudado fuera de la ciudad y Álvaro ya era mayor para decidir si quería alejarse según qué día de su vida y de sus amigos.

Su padre lo entendía y venía a visitarlo al menos una vez al mes.

Recogí la cocina despacio, sin prisa. Miré por la ventana.

Prosperidad empezaba a moverse. Gente con café en la mano, persianas subiendo, vida en marcha.

Y pensé que tenía razón. Que llevaba demasiado tiempo sin que nada me descolocara, sin sentir algo que no pudiera controlar.

Y sonreí. Porque había creado un espacio seguro para Álvaro y para mí, después de varios años tratando de sobrevivir a una tormenta que aparecía de vez en cuando, sin avisar.

Porque todos lo pasamos mal, fatal. Su padre, él, nuestras familias, yo…

Ahora todo estaba bien, en su sitio. Y yo no estaba sola, como decía e insistía mi madre.

Estaba soltera, eso sí, pero había trabajado tanto en mí y en mi lugar seguro que no estaba dispuesta a dejar entrar a nadie que no se lo mereciera.

Nada ni nadie abriría el suelo que pisaba, hasta que llega alguien…

hace una zanja y el abismo se abre a tus pies.