Capítulo 20
El vuelo cancelado
El Día Treinta y Nueve, que era el de la vuelta, la isla decidió despedirse con una tormenta.
Llegó de madrugada, tropical y furiosa, de esas que en las islas se montan y se deshacen en horas pero que mientras duran parecen el fin del mundo, con el mar transparente convertido de pronto en una cosa gris y revuelta y las palmeras doblándose como si quisieran tumbarse.
Y a media mañana, cuando Laura y Marc ya tenían las maletas hechas y el taxi pedido para el aeropuerto, llegó el mensaje que llega en estos casos: vuelo cancelado.
Reprogramado. Para dentro de veinticuatro horas, en el mejor de los casos, si el tiempo lo permitía.
En el Día Dieciocho, el de la tubería, un imprevisto así habría desatado una pequeña crisis: los audios de «no te asustes pero», los nervios, la logística improvisada a la carrera.
Marc se acordaba perfectamente de aquel día, de él mismo empapado y agobiado buscando la llave de paso.
Y por eso le sorprendió tanto lo que pasó esta vez, que fue, básicamente, nada.
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Laura leyó el mensaje de la cancelación, dejó el móvil en la mesa, y dijo:
—Vuelo cancelado. Un día más aquí. —Se lo pensó dos segundos exactos—. Voy a llamar al hotel a ver si nos quedan la habitación. Tú cancela el taxi y avisa en el trabajo de que llegas un día tarde. Y luego deshacemos otra vez lo imprescindible de la maleta, lo justo para hoy, y ya está.
Y eso fue todo. No hubo drama. No hubo audios angustiados.
No hubo la sensación de catástrofe del Día Dieciocho.
Hubo dos personas que recibieron un imprevisto, se repartieron las tareas en una frase —ella dando las instrucciones, él ejecutándolas, la dinámica funcionando de fondo sin que ninguno de los dos tuviera que pensarla— y resolvieron en diez minutos lo que en otro momento de su vida les habría estropeado el día.
—¿Te has fijado? —dijo Marc, cuando ya estaba todo resuelto y tenían por delante un día extra e inesperado en una isla bajo la lluvia—. Lo que acabamos de hacer.
—¿El qué?
—Esto. El vuelo cancelado. En el Día Dieciocho, con la tubería, casi nos da algo.
Yo te mandé un audio que empezaba con «no te asustes pero».
Nos pasamos la tarde agobiados. —Marc negó con la cabeza, sonriendo—.
Y ahora nos cancelan un vuelo, que es bastante más gordo que una tubería, y lo hemos resuelto en tres frases sin despeinarnos.
Tú has dado las órdenes, yo las he cumplido, y ya está. Ni nos hemos alterado.
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Laura lo pensó, y reconoció que Marc había puesto el dedo en algo.
—Es verdad —dijo—. En el Día Dieciocho me acuerdo de que dijimos que la dinámica servía hasta para el caos.
Que un sistema que solo funciona cuando todo va bien es un adorno.
Lo dijimos con la fregona en la mano, ¿te acuerdas?
—Se sentó en la cama deshecha, mirando la lluvia por el ventanal—.
Pues mira. Han pasado veintiún días desde la tubería.
Y lo que aquel día nos costó un esfuerzo, hoy nos ha salido solo.
Sin pensarlo. Automático. —Se giró hacia Marc—.
Eso es lo que hemos entrenado sin darnos cuenta.
No los ejercicios bonitos. Esto. Que cuando la vida se tuerce, tú y yo nos coordinamos sin fricción.
Yo mando, tú cumples, resolvemos, y no perdemos ni los nervios ni las ganas.
Es lo más útil que nos llevamos de todo el proyecto y ni siquiera venía en la carpeta.
—Lo mejor nunca viene en la carpeta —dijo Marc—. Ya deberías saberlo, con lo que llevamos.
—Empiezo a saberlo. A regañadientes.
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Así que se quedaron. Un día extra, no planeado, regalado por una tormenta, en una isla donde ya habían hecho todo lo que habían ido a hacer. Y ese día robado resultó ser, contra todo pronóstico, uno de los mejores.
Porque no había plan. Los seis días anteriores habían tenido su estructura, aunque fuera la estructura del descanso: la playa, las comidas, el día entero del proyecto.
Este día no tenía nada. Era un día fuera del tiempo, un día que oficialmente no existía en ningún itinerario, con la lluvia impidiendo la playa y el vuelo cancelado impidiendo la vuelta. Un paréntesis puro.
Y lo pasaron dentro, en la habitación y en las zonas comunes del hotel casi vacío, viendo llover sobre el mar gris, sin hacer nada de particular, hablando.
Hablando mucho. De los cuarenta días, que se acababan al día siguiente.
De Nuria y Gorka. De ellos. De lo que se llevaban y de lo que dejaban atrás.
De cómo iba a ser volver a la vida normal, a la casa, al trabajo, a las tuberías y a las llamadas de las ocho y diez.
—Me da un poco de miedo volver —confesó Laura en algún momento de la tarde lluviosa, y que Laura confesara un miedo, a esas alturas, ya no era el terremoto que habría sido cuarenta días atrás, sino simplemente algo que se decía—.
No mucho. Pero un poco. Aquí ha sido fácil.
Aquí no hay nada que estorbe. Tengo miedo de que en casa, con todo lo que estorba, se nos vuelva a escapar.
De volver a la versión corta de la canción y que se nos olvide que existe la larga.
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—No se nos va a olvidar —dijo Marc—. Y te voy a decir por qué estoy seguro.
—Se sentó frente a ella, con la lluvia de fondo—.
Porque hoy, con el vuelo cancelado, has visto una cosa: que lo que aprendimos ya no es un esfuerzo.
Es un automatismo. Ya no tenemos que acordarnos de coordinarnos cuando algo se tuerce.
Nos sale solo. Y lo que sale solo no se olvida, Laura.
Se olvida lo que hay que recordar a propósito.
Los ejercicios de la carpeta, esos a lo mejor se nos olvidan, y da igual.
Pero lo de debajo, lo de mirarnos, lo de coordinarnos, lo de que tú mandas y yo cumplo y funcionamos…
eso ya no está en la cabeza. Está en el cuerpo.
Y el cuerpo no se olvida. Se lo puede uno cargar por vago, como decías tú, pero olvidársele no se le olvida.
—«Está en el cuerpo, no en la cabeza» —repitió Laura—. Otra para tu colección.
—Se me está haciendo una colección de las buenas. Voy a tener que publicarla.
—Ni se te ocurra. Es material clasificado.
—Pero lo dijo sonriendo, y se acercó, y se acurrucó contra él viendo llover, y añadió, más bajo—: Aunque tienes razón.
Como casi siempre, que es una cosa que me tiene bastante harta a estas alturas, para qué te voy a mentir.
Pero tienes razón. Está en el cuerpo. Hoy lo he notado.
Ni he pensado. He dado las órdenes y tú ya estabas, y todo ha fluido, y ni me he dado cuenta hasta que lo has dicho tú.
—Miró la lluvia—. Vale. Me quedo tranquila.
Si aguanta un vuelo cancelado, aguanta una tubería.
Y si aguanta una tubería, aguanta la vida normal. Volvemos sin miedo.
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La tormenta amainó al anochecer, tan de repente como había llegado, y dejó el cielo lavado y una puesta de sol espectacular sobre el mar que volvía despacio a su quietud transparente.
Salieron a la playa mojada, los dos, a ver cómo se ponía el sol en el que era, ahora sí, su último atardecer en la isla, con el vuelo reprogramado para la mañana siguiente y el Día Cuarenta esperándolos ya casi a la vuelta de la esquina.
—Mañana es el día cuarenta —dijo Marc, con los pies en la arena húmeda—. El último. Se acaba el proyecto.
—Se acaba el proyecto —dijo Laura.
—¿Cómo te sientes?
Laura miró el sol hundiéndose en el agua, tomándose su tiempo para contestar, porque era una pregunta grande y merecía una respuesta a su altura.
—Rara —dijo—. Contenta y rara. Empecé esto hace cuarenta días en un coche, sola, asustada, pensando que se me estaba muriendo algo.
Y lo termino mañana en una isla, contigo, sabiendo que no solo no se ha muerto, sino que está más vivo que en años.
—Le buscó la mano sin mirarlo, con los ojos en el sol—.
Y rara porque me da no sé qué que se acabe.
Aunque sé que lo importante no se acaba.
Aunque tú mismo lo has dicho: está en el cuerpo, no se olvida.
Pero el proyecto, la carpeta, los cuarenta días con su cuenta atrás…
eso sí se acaba mañana. Y le he cogido cariño.
A la cuenta atrás. A despertarme sabiendo que era el Día Tal y que tocaba algo.
—Una pausa—. Voy a echar de menos tener un número.
—Pues nos inventamos otra cosa —dijo Marc—. Cuando volvamos. No una cuenta atrás, que las cuentas atrás se acaban. Otra cosa que no se acabe. Ya se nos ocurrirá.
—Ya se nos ocurrirá —repitió Laura, y en su voz no había ni rastro del miedo del Día Uno, solo la certeza tranquila de dos personas que habían aprendido, en cuarenta días, que lo que se querían no dependía de ningún proyecto para seguir vivo—.
Se nos da bien que se nos ocurran cosas.
Mira todo lo que se nos ha ocurrido este mes.
Y se quedaron los dos en la arena mojada, cogidos de la mano, viendo ponerse el sol sobre el último día de la isla, con el proyecto a punto de cumplirse y la vida entera, la de después, la sin número, esperándolos al otro lado del mar.