Cuarenta días: Ella decide. Él la sigue. Y todo está a punto de cambiar Capítulo 21
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Capítulo 21

Día cuarenta

El Día Cuarenta los pilló volando.

Literalmente. El vuelo reprogramado despegó por fin la mañana, y así fue como el último día del proyecto transcurrió, en su mayor parte, a diez mil metros de altura, en dos asientos de clase turista con una bandeja de comida de avión entre ellos y el mar que habían dejado atrás convirtiéndose, por la ventanilla, primero en una mancha azul y luego en nada, en nubes, en el mapa abstracto de un mundo al que volvían distintos de como lo habían dejado.

Laura, que odiaba volar casi tanto como odiaba las playas, iba con la mano agarrada al reposabrazos en los momentos de turbulencia, y Marc, que lo sabía, le había cedido el asiento del pasillo y le ponía la mano encima de la suya cada vez que el avión temblaba, sin decir nada, un gesto de él, no ordenado, de los que a esas alturas del proyecto ya formaban parte del idioma común.

—Día cuarenta —dijo Marc, en algún punto sobre el océano—. Es hoy. Se acaba hoy.

—Se acaba hoy —confirmó Laura.

—¿Balance? Es tradición. El último día toca balance. Lo pusiste tú en las reglas.

—Lo puse yo en las reglas —admitió Laura—. Aunque no me acordaba de haberlo puesto. Pero seguro que lo puse. Tengo el documento.

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Laura se quedó callada un rato largo, mirando por la ventanilla las nubes, ordenando lo que quería decir, porque un balance de cuarenta días merecía decirse bien y Laura no improvisaba las cosas que importaban. Marc esperó, como había aprendido a esperar, sin meterle prisa.

—Empecé esto —dijo Laura por fin— porque una mañana, en el coche, me di cuenta de que me aburría.

De nosotros. Y me asusté. Y ya sabes que a mí el miedo me da por organizar, así que hice lo que hago: una carpeta, un plan, cuarenta días, unas reglas.

Convertí el miedo en un proyecto porque era la única manera que tenía de no quedarme paralizada mirándolo.

—Hizo una pausa—. Y ahora, te voy a decir lo que he descubierto.

Que es distinto de lo que iba a buscar. Casi todo lo importante que he descubierto es distinto de lo que iba a buscar.

—Dime.

—Iba a buscar cosas nuevas que hacer. Trucos.

Maneras de que no fuera todo tan previsible.

Y sí, las hemos hecho, y algunas han estado muy bien.

Pero eso no era lo importante. Lo importante no eran las cosas nuevas.

—Se giró hacia él—. Lo importante era volver a prestar atención.

Las cosas nuevas solo servían para obligarnos a mirar.

Podríamos haber hecho las de siempre, exactamente las mismas de siempre, y si las hubiéramos hecho prestando atención, habría funcionado igual.

Lo he entendido tarde, casi al final. La novedad no era el remedio.

La atención era el remedio. La novedad solo era la excusa para volver a prestarla.

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Marc asintió despacio, porque aquello encajaba con todo lo que había ido pensando él por su cuenta a lo largo del mes.

—Lo del agua y las piedras —dijo—. Que me dijiste al principio sin decírmelo, y que fui entendiendo. Que el deseo no se había perdido, solo se había quedado sin obstáculos, sin nada que lo hiciera sonar. Y que tú te pusiste a tirar piedras.

—Eso. Pero fíjate que la piedra podía ser cualquiera —dijo Laura—.

Ese es el segundo descubrimiento. Al principio yo creía que había que buscar piedras especiales, raras, atrevidas.

Y no. Sirve cualquier piedra, con tal de que rompa la superficie lisa.

Un «ya puedes» en el desayuno. Una camisa elegida.

Una mano que no te suelto en un sendero.

Cosas mínimas. La piedra más tonta hace sonar el agua igual que la más grande, si la tiras a propósito y con atención.

—Negó con la cabeza—. Cuarenta días para aprender que no hacía falta complicarse tanto.

Que lo tenía delante todo el rato. Que estaba en el desayuno de cada mañana esperando a que le prestara atención.

—¿Y entonces para qué han servido todos estos días, si lo tenías delante todo el rato?

—Para aprender a verlo —dijo Laura, sin dudarlo—.

Eso es para lo que han servido. No para inventar nada.

Para volver a ver lo que ya estaba. A veces hace falta un proyecto entero, y una carpeta, y una isla, y un fin de semana horroroso junto a un pantano, para aprender a ver lo que tienes delante desde hace diez años.

No es eficiente. Pero es lo que hay. La gente somos así de torpes. Y yo la primera.

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El avión atravesó una zona de turbulencias, y Laura se agarró al reposabrazos, y Marc le puso la mano encima, y esperaron a que pasara. Cuando pasó, Laura siguió, porque todavía no había llegado al final de su balance y Laura terminaba las cosas.

—Y hay un tercer descubrimiento —dijo, y bajó un poco la voz, porque este era el que le costaba—.

El de mí. El que no iba buscando y es el que más me importa.

—Miró sus propias manos —. Yo monté esto como si fuera sobre ti.

Sobre dirigirte a ti, sobre reactivarte a ti.

Yo era la que mandaba, la que estaba bien, la que arreglaba.

Y era mentira. La que estaba mal era yo.

La que se aburría, la que se asustaba, la que necesitaba que cambiara algo, era yo.

Y me pasé media aventura fingiendo que el problema era la dinámica y no yo, porque mirarme a mí me daba más miedo que cualquier ejercicio.

—Levantó la vista—. Lo que de verdad he hecho estos cuarenta días no ha sido dirigirte mejor.

Ha sido bajarme del taburete. Dejarte verme.

Reconocer que tengo miedo, que me aburría, que no lo tengo todo bajo control, que te necesito de una manera que no me gusta necesitar a nadie.

Eso es lo que he aprendido. Y no venía en ninguna carpeta.

Y es lo único que de verdad importa de todos estos días.

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Marc la escuchó hasta el final, sobre el océano, con el ruido de fondo de los motores, y cuando ella terminó tardó un momento en contestar, porque quería contestar a la altura de lo que ella acababa de darle.

—¿Quieres saber mi balance? —dijo—. El mío es más corto. Es una sola cosa.

—Dime.

—Que llevo diez años queriéndote y que hasta estos días no sabía del todo a quién quería.

—Marc se encogió de hombros—. Quería a la Laura de la coraza.

A la que manda, a la que tiene respuesta para todo, a la que nunca se raja.

Y la quería de verdad, ¿eh?, que no es poco, es muchísimo.

Pero resulta que esa era media Laura. Y estos cuarenta días he conocido a la otra media.

A la que tiene miedo, a la que se aburre, a la que necesita y no le gusta necesitar.

Y esa media me gusta tanto como la otra.

Más, a lo mejor, porque me la he ganado.

La otra la tenía desde el principio. Esta me la he tenido que ganar a pulso, día a día.

—Le cogió la mano—. Así que mi balance es que ahora te quiero entera.

Antes te quería a medias y no lo sabía. Ahora entera.

Y entera es mucho más que el doble de a medias. No sé por qué, pero lo es.

Laura no dijo nada durante un rato. Miró por la ventanilla las nubes, y Marc, que la conocía, le dio el tiempo, y no señaló que se había emocionado, porque a esas alturas ya sabía cuándo el silencio de Laura era la forma más alta de sus respuestas.

—Ese ha sido tu mejor balance —dijo ella por fin, con la voz un poco ronca, sin apartar la vista de las nubes—. De todo el mes. De los diez años, a lo mejor. No lo estropees añadiendo nada.

—No añado nada.

—Bien.

—Solo una cosa.

—Marc.

—Es pequeña. —Sonrió—. Que te quiero. Enterita. Ya está. Ya no añado más.

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El avión empezó a descender sobre la ciudad al atardecer, y por la ventanilla apareció, primero difusa y luego nítida, la vida a la que volvían: la ciudad, los tejados, en algún punto de todo aquello su casa, su cocina con la tubería arreglada, su cama, su rutina esperándolos con las tuberías y el trabajo y las llamadas de Nuria a las ocho y diez.

Y Laura, mirando la ciudad crecer bajo el avión, hizo su último balance, el que no dijo en voz alta, el que se guardó para ella como se guardaba las cosas más suyas.

Pensó en la mujer del Día Uno, la del coche, la que escribió «aburrido» en una libreta y se asustó.

Y le habló, mentalmente, a aquella mujer de cuarenta días atrás, y le dijo: tenías razón en asustarte, pero no en lo que creías.

No se estaba muriendo lo vuestro. Se estaba durmiendo.

Y era fácil despertarlo. Solo hacía falta querer molestarse.

Solo hacía falta volver a mirar. Deja de tener miedo.

Vas a estar bien. Vais a estar bien. Mejor que bien.

—¿En qué piensas? —preguntó Marc, notándola lejos.

—En nada —mintió Laura, que no mentía casi nunca pero que aquello se lo quedaba—. En que ya casi estamos. En que hay que volver a la vida normal.

—¿Tienes miedo?

—No —dijo Laura, y era verdad, y se sorprendió de que fuera verdad—. No tengo miedo. Por primera vez en cuarenta días, sin nada de miedo. —Le apretó la mano mientras el avión tocaba tierra con una sacudida—. Vamos a casa, Marc. Se acabó el proyecto. Empieza lo otro.

—¿Qué otro?

—Lo de después. Lo que no tiene número ni carpeta ni fecha de fin.

Lo de querernos a propósito el resto de la vida, sin proyecto, porque nos sale y porque nos da la gana.

—El avión frenaba en la pista—. Eso. Lo otro.

Que es lo que estábamos entrenando desde el principio, aunque yo creyera que entrenaba otra cosa.

Y mientras el avión rodaba hacia la terminal, en el Día Cuarenta, el último, con el proyecto oficialmente cumplido y la vida entera esperándolos al otro lado de la puerta de embarque, Laura hizo algo que no había hecho en todo el vuelo, algo pequeño, algo de tres segundos: se llevó la mano de Marc a los labios y le dio un beso en los nudillos, rápido, casi brusco, y se la soltó enseguida, antes de que a él le diera tiempo a hacer una escena.

—Esto no cuenta como que mandas tú —dijo, mirando al frente.

—Jamás se me ocurriría —dijo Marc.

—Que conste.

—Consta.

Y así, con un beso robado en los nudillos y un «que conste», se cerró el proyecto de los cuarenta días, exactamente igual que había empezado: con un beso que se salía del protocolo y que, por una vez, lo significaba todo.