Cuarenta días: Ella decide. Él la sigue. Y todo está a punto de cambiar Capítulo 19
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Capítulo 19

La canción entera

El Día Treinta y Siete, Laura decidió que iban a hacer, por una vez, un día entero. No un ejercicio. No un rato robado. Un día completo, de la mañana a la noche, bajo la dinámica, sin interrupciones, sin testigos, sin prisa. La canción entera, como había dicho Marc, con todos los minutos que tenía.

Se lo anunció la noche anterior, en la cama, con la formalidad de las cosas importantes:

—Mañana eres mío todo el día. Desde que abras los ojos hasta cuando los cierres.

No hay huecos. No hay descanso. Un día entero haciendo lo que yo diga, como yo lo diga y cuando yo lo diga.

—Se apoyó en un codo para mirarlo en la penumbra—.

En casa esto no se puede. En casa hay trabajo, hay tuberías, hay Nuria llamando a las ocho y diez.

Aquí no hay nada. Aquí, por una vez, te puedo tener el día entero. Y lo voy a hacer. ¿Algún problema?

—Ninguno —dijo Marc, con el pulso ya cambiado solo de oírla.

—Bien. Pues duérmete, que mañana madrugas. Y no porque haya nada que hacer temprano, sino porque lo digo yo.

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Y el día entero fue, en efecto, la canción entera.

Lo que en casa duraba tres segundos, aquí duró lo que quiso durar.

El despertar, que en casa era una orden susurrada antes de la alarma, aquí fue una mañana larga y lenta en la que Laura despertó a Marc a su manera y a su ritmo, sin ningún reloj que respetar, dejando que cada instrucción respirara antes de dar la siguiente.

El desayuno, que en casa era un «ya puedes» de tres palabras, aquí fue un ritual pausado en la terraza, con Marc atendiéndola sin prisa, esperando su venia para cada cosa, mientras el mar transparente enseñaba el fondo a pocos metros.

No hubo, en todo el día, un solo gesto que no hubieran hecho ya alguna vez en aquellas semanas.

La novedad no estaba en qué hacían, sino en cuánto podían demorarse en hacerlo.

En casa, la dinámica era un idioma hablado a toda prisa, entre obligaciones.

Aquí era el mismo idioma, pero conversado despacio, saboreando cada palabra, con todo el tiempo del mundo para las pausas, que en cualquier idioma son la mitad del sentido.

—Es esto —dijo Marc en algún momento de la mañana, tumbado donde Laura le había dicho que se tumbara, esperando lo que ella quisiera pedirle a continuación, sin ninguna prisa por que lo pidiera—.

Esto es lo que no cabía en casa. No los gestos.

El tiempo entre los gestos. En casa vamos de gesto en gesto corriendo.

Aquí hay… espacio. Hay aire entre las cosas.

—El aire entre las cosas —repitió Laura, tumbada a su lado bajo una sombrilla, sin abrir los ojos—. A la colección. Aunque esa igual es la mejor de todas, no sé si merece ir mezclada con lo del fontanero.

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A mediodía, Laura lo llevó a comer a un chiringuito al otro lado de la isla, y por el camino, andando por la orilla, jugó con él como jugaba en casa por el pasillo, pero estirado: instrucciones sobre cómo caminar, a qué distancia, cuándo hablar y cuándo callar, todo lo que en casa se resolvía en el trayecto de tres metros de la cocina al salón, aquí desplegado a lo largo de un paseo de media hora por una playa desierta.

Y hubo un momento, a mitad del paseo, en que Laura se detuvo, lo miró, y dijo una cosa que no era una orden ni un ejercicio ni parte de ningún juego:

—¿Te das cuenta de que en casa nunca hemos tenido esto?

Diez años. Y nunca un día entero así, sin nada que nos interrumpiera.

Siempre a ratos. Siempre robado. —Miró el mar—.

Me da pena, un poco. Pensar en todos los días enteros que no nos hemos dado en diez años porque siempre había algo.

Siempre había una razón para que fuera a ratos.

—No te dé pena —dijo Marc—. Los ratos también valían.

Los ratos nos han traído hasta aquí. Si en casa no hubiéramos aprendido a hacerlo en tres segundos, no sabríamos hacerlo en un día entero.

El día entero es el premio de los tres segundos.

No al revés. —Le cogió la mano—. Y ahora sabemos que existe.

Ya no se nos va a olvidar. Cuando volvamos a los tres segundos, sabremos que de vez en cuando hay que buscarse un día entero.

Aunque no haya isla. Un domingo. Lo que sea. Ahora lo sabemos.

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Comieron en el chiringuito, con los pies casi en el agua, pescado y vino blanco, y Laura, entre bocado y bocado, siguió teniéndolo suyo con esa sutileza que había perfeccionado a lo largo de cuarenta días: la venia para empezar, el ritmo marcado por ella, las pequeñas atenciones que Marc le rendía y que a ojos del camarero no eran más que un marido enamorado, pero que entre ellos eran el idioma de siempre, hablado ahora sin ninguna necesidad de esconderlo, por el puro gusto de hablarlo.

Porque esa era la diferencia última de la isla, la que ni el pantano ni la cena ni la casa habían tenido: aquí no escondían nada porque no había de quién esconderse, pero seguían jugando igual.

Y eso les enseñó algo que ninguno de los dos había formulado hasta entonces: que la dinámica no era solo para el peligro de que los pillaran, no era solo la adrenalina del secreto que Laura había descubierto en la videollamada del azul mojado.

La dinámica valía también sin secreto, sin riesgo, sin testigos.

Valía por sí misma. Era, simplemente, su forma de quererse.

Y esa forma no necesitaba público para ser verdad.

—¿Sabes qué me gusta de aquí? —dijo Laura, mirando el mar desde el chiringuito—.

Que no jugamos para que no nos vean. Ni para que nos vean.

Jugamos para nosotros. Por primera vez, esto no va de esconderlo ni de arriesgarnos a que se note.

Va solo de que nos gusta. —Bebió un sorbo de vino—.

En casa siempre había un poco de emoción del secreto.

En la cena, en el pantano, muchísima. Y estaba bien.

Pero esto de ahora, sin secreto, es más limpio.

Es lo de debajo del secreto. Lo que queda cuando le quitas el peligro.

Y resulta que lo que queda cuando le quitas el peligro sigue siendo bueno. Igual de bueno. A lo mejor mejor.

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La tarde la pasaron en la playa del hotel, y el día entero siguió su curso lento y pleno, la dinámica corriendo por debajo de todo como una corriente cálida, hasta que el sol empezó a bajar sobre el agua transparente y lo tiñó todo de naranja.

Y cuando cayó la noche, y volvieron a la habitación que daba a la playa, y se cerró la puerta —aunque esta vez no había nadie de quien cerrarla, se cerró igual, por costumbre y por gusto—, el día entero encontró por fin su noche entera, y todo lo que se había ido demorando y estirando y saboreando a lo largo de las horas llegó a donde tenía que llegar, sin prisa, con todo el tiempo del mundo, la canción entera tocada por fin de principio a fin.

Lo que pasó tras la puerta cerrada, como siempre, es de ellos.

Solo importa saber que fue, de los treinta y siete días que llevaban de proyecto, el más pleno.

No el más importante —el más importante seguía siendo la noche del pantano, la de la coraza bajada—.

Pero sí el más pleno, el más entero, el que mejor había usado todo el tiempo que tenía.

La recompensa, por fin, de cuarenta días de aprender a mirarse: un día completo, de sol a sol, sin un solo minuto robado a nada, dedicado enteramente a lo que llevaban una década haciendo a ratos.

❦

Ya de madrugada, en la terraza, envueltos en una sábana frente al mar oscuro que seguía sonando aunque no se viera, Laura cumplió la regla número tres sin que Marc tuviera que preguntar, porque la regla, a esas alturas, ya no era una regla: era simplemente cómo hablaban.

—Hoy he entendido una cosa —dijo—. Todo este mes lo he montado creyendo que la gracia estaba en la dificultad.

En robarle tiempo a la vida. En esconderlo de Nuria.

En el riesgo. Y sí, la dificultad tiene su punto, no lo voy a negar, la cena fue de lo mejor del proyecto justo por lo difícil.

—Se ajustó la sábana—. Pero hoy, sin dificultad ninguna, sin nada que robar ni esconder ni arriesgar, ha sido igual de bueno.

Y eso quiere decir que esto no se sostiene sobre la dificultad.

Se sostiene solo. Se aguanta de pie sin muletas.

—Se giró hacia él en la oscuridad—. Y eso me deja tranquila para cuando volvamos.

Porque en casa vuelve la dificultad, vuelven las prisas y las tuberías y Nuria a las ocho y diez.

Y yo tenía miedo de que lo nuestro solo funcionara con el subidón del proyecto, con lo nuevo, con lo intenso.

Y hoy he visto que no. Que funciona también en calma.

Que aguanta lo aburrido. —Una pausa—. Que es justo de lo que huía hace treinta y siete días.

De lo aburrido. Y resulta que lo aburrido, contigo, hecho a propósito, mirándonos…

ya no es aburrido. Es lo otro. Es de las mejores cosas que hay.

Marc la escuchó hasta el final, en la oscuridad, con el mar de fondo, y cuando ella terminó no dijo ninguna de las frases bonitas que se le ocurrían, porque supo que Laura acababa de decir la suya, la de verdad, la que resumía cuarenta días enteros, y que cualquier cosa que él añadiera solo la taparía.

Así que dijo lo justo.

—Ya no huyes de lo aburrido —dijo—. Lo has convertido en tu sitio preferido.

—No te pongas poeta a las tres de la mañana.

—Es la hora de ponerse poeta. La única. A las tres de la mañana o no vale.

—Anda, calla y mira el mar conmigo —dijo Laura, y se apoyó en él.

Se callaron los dos, y miraron el mar que no se veía, envueltos en una sábana, en el Día Treinta y Siete, con tres días por delante y la certeza nueva y tranquila de que lo que habían construido en cuarenta días no se iba a deshacer al volver a casa, porque ya no era un proyecto.

Era, sencillamente, cómo se querían. Y eso, a diferencia de los proyectos, no tenía fecha de fin.