Cuarenta días: Ella decide. Él la sigue. Y todo está a punto de cambiar Capítulo 18
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Capítulo 18

Por fin solos

Laura le reveló el destino de las vacaciones el Día Treinta y Cuatro, en el aeropuerto, no antes.

Lo había reservado todo en secreto semanas atrás, con la misma minuciosidad con que hacía todo, y había guardado el secreto con un placer evidente, dejando caer solo pistas mínimas para torturar a Marc: que hiciera la maleta para clima cálido, que llevara el pasaporte, que se despejara seis días.

Marc, que había aprendido a lo largo de cuarenta días que la incertidumbre dirigida por Laura era una de las mejores formas de la incertidumbre, no había preguntado demasiado.

Se había dejado llevar. Se le daba bien dejarse llevar; era, en cierto modo, su especialidad.

En el mostrador de facturación, cuando la mujer del check-in dijo en voz alta el nombre del destino, Marc lo oyó a la vez que lo confirmaba: una isla, pequeña, lejos, de las de agua turquesa y poca cosa que hacer salvo estar. Se giró hacia Laura con una ceja levantada.

—¿En serio?

—En serio.

—Tú odias las playas. Lo dices siempre. «Sentarse a que te dé el sol es de gente sin proyectos.» Palabras textuales tuyas. Te las he oído mil veces.

—Y lo mantengo —dijo Laura, cogiendo las tarjetas de embarque—.

Para el resto del año. Pero hemos pasado cuarenta días trabajando muchísimo en algo, y al trabajo, cuando se hace bien, le sigue el descanso.

Nos hemos ganado seis días de no hacer nada.

Seis días de sol de gente sin proyectos.

Porque por una vez, Marc, el proyecto está a punto de terminarse, y quiero terminarlo sin hacer nada, contigo, en una playa.

—Le tendió su tarjeta de embarque—. Y no se hable más.

Anda, coge las maletas, que para eso estás.

—Para eso estoy —dijo Marc, cogiendo las maletas, sonriendo, embarcándose hacia una isla cuyo nombre acababa de aprender, con su mujer, en el Día Treinta y Cuatro de los cuarenta.

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La isla era pequeña y el hotel estaba apartado, al final de un camino de palmeras, con las habitaciones dando directamente a una playa de arena pálida y un mar tan quieto y claro que desde la terraza se veía el fondo.

Era, comprendió Marc al llegar, exactamente lo contrario del pantano: si el pantano era agua oscura, contenida, guardando secretos bajo un espejo impenetrable, este mar era agua transparente, abierta, sin nada que esconder, enseñando el fondo a quien quisiera mirar.

Se lo dijo a Laura, en la terraza, la primera tarde.

—Es lo contrario del pantano —dijo—. El agua. Allí no se veía nada debajo. Aquí se ve todo.

Laura miró el mar un rato largo, con esa concentración que ponía hasta para descansar.

—A lo mejor por eso lo elegí —dijo—. Sin darme cuenta.

Después de un fin de semana mirando agua que no dejaba ver el fondo, me apetecía agua que lo enseñara todo.

—Se giró hacia él—. Como nosotros ahora.

Después del pantano. Ya no hay nada debajo que no te haya enseñado.

Se acabaron los fondos oscuros. Aquí se ve todo.

Y Marc entendió que aquellas vacaciones, que Laura había vendido como «no hacer nada», eran en realidad el último ejercicio del proyecto, aunque ella no lo hubiera puesto en ninguna carpeta: seis días de transparencia total, sin testigos ante los que disimular, sin amigos a los que cuidar, sin coraza que mantener.

Seis días de ser, simplemente, ellos dos, a la vista el uno del otro, como el fondo de aquel mar.

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Y sin embargo —porque una cosa era bajar la coraza y otra dejar de ser quien se era— la dinámica no desapareció en la isla.

Al contrario. Liberada por fin de la necesidad de esconderse, se desplegó con una amplitud que en la vida cotidiana, entre prisas y testigos y tuberías, nunca había tenido espacio para alcanzar.

Porque en casa, la dinámica vivía en los márgenes: tres segundos por la mañana, un mensaje a media tarde, una orden susurrada mientras se recogía la mesa.

Todo robado al tiempo, comprimido, encajado en los huecos de una vida ocupada.

Aquí, en la isla, no había huecos porque no había nada más.

Había el día entero, vacío y luminoso, para llenarlo de lo que quisieran.

Y lo que Laura quiso llenarlo fue de lo que en casa nunca cabía: de tiempo.

Porque resultó que la diferencia entre la dinámica de casa y la de la isla no era de intensidad, sino de duración.

En casa, Laura le daba una orden y la orden se cumplía en un minuto porque en un minuto empezaba otra cosa.

Aquí, Laura le daba una orden y podían quedarse en ella una hora, dos, toda la mañana, sin prisa, dejando que cada gesto respirara, que cada espera se alargara, que cada cosa ocupara todo el tiempo que necesitara para ser del todo lo que era.

El lujo de las vacaciones no era la playa ni el mar ni el hotel.

Era el tiempo. El tiempo para hacer despacio lo que en casa se hacía deprisa.

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—Es raro —dijo Marc la segunda mañana, tumbados los dos en la playa, él trayéndole a Laura las cosas que ella iba pidiendo sin levantarse, en un despliegue lento y placentero de servicio sin ninguna prisa—.

En casa, todo esto lo hacíamos en los ratos muertos.

Aquí no hay ratos muertos. Aquí es todo el rato.

—Y te está gustando —dijo Laura, que no lo preguntaba, lo constataba, desde detrás de las gafas de sol.

—Me gusta muchísimo. Es como… —Marc buscó la manera de decirlo— …como si en casa tocáramos la misma canción pero siempre en versión corta, la de la radio, y aquí por fin la tocamos entera, con todos los minutos que tiene. La misma canción. Pero completa.

—Buena esa —dijo Laura—. Va a tu colección de frases. Con la del agua, la de las piedras y la del curro de Nuria.

—Se me está haciendo larga la colección.

—Es lo que tiene estar con una mujer interesante cuarenta días seguidos.

Que se te llena la colección. —Laura se bajó las gafas un dedo para mirarlo por encima—.

Tráeme agua. Y no la de la nevera, la fresquita de la sombra.

Y cuando vuelvas, quiero que me cuentes por qué llevas dos días mirándome como si me hubieras conocido esta semana.

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Marc trajo el agua. La de la sombra, no la de la nevera. Y cuando volvió, se tumbó otra vez a su lado y contestó la pregunta de verdad, porque a esas alturas del proyecto las preguntas de Laura ya no se esquivaban con una broma.

—Porque es verdad —dijo—. Es como si te hubiera conocido esta semana.

Llevo diez años contigo y estos cuarenta días te he conocido más que en los diez años juntos.

No porque los diez años no valieran. Sino porque en diez años nos habíamos acostumbrado a una versión de nosotros.

La cómoda. La de la radio. Y en cuarenta días hemos ido a buscar el resto.

Y hay muchísimo resto, Laura. Esa es la cosa que me tiene mirándote así.

Que después de una década pensaba que ya te sabía entera, y resulta que me faltaba un montón.

Y me va a faltar siempre. Nunca voy a acabar de conocerte.

Y eso, que a lo mejor a otro le daría rabia, a mí me parece la mejor noticia que me han dado nunca.

Que me queda mujer para rato. Mujer de sobra.

Mujer para toda la vida y me va a faltar tiempo.

Laura se quedó callada detrás de las gafas de sol, y Marc, que la conocía, supo que se había emocionado y que las gafas eran, en ese momento, lo más parecido a la coraza que le quedaba, y tuvo la delicadeza de no señalarlo.

—Cállate y dame la mano —dijo Laura por fin, con la voz un pelín tomada—. Y no digas nada más, que has llegado al cupo de cosas bonitas del día y como sigas se me estropea la reputación.

Marc le dio la mano. No dijo nada más. Y se quedaron los dos así, tumbados en la arena pálida frente a un mar que enseñaba el fondo, cogidos de la mano, en silencio, dejando que el gesto ocupara todo el tiempo que quisiera ocupar, que era mucho, porque por primera vez en cuarenta días —en diez años— tenían todo el tiempo del mundo y ningún sitio mejor donde estar.

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Esa noche, la segunda en la isla, cenaron en la terraza del hotel con el mar sonando en la oscuridad, y Laura, entre plato y plato, sacó el móvil y le enseñó a Marc una foto que le acababa de llegar.

Era de Nuria. Una foto de ella y Gorka, en un restaurante, sonriendo los dos, con una copa de vino y una vela.

El texto debajo decía: «Primera cena solos en no sé cuánto.

Idea suya. Se está molestando otra vez. Gracias por todo, de verdad.

Besos a los dos. Disfrutad esa isla que os la habéis ganado más que nadie».

—«Se está molestando otra vez» —leyó Marc en voz alta, y sonrió—. Le has pegado tu vocabulario. Ya usa lo de molestarse.

—Se lo expliqué en el café aquel —dijo Laura, mirando la foto con una satisfacción callada—.

Lo de que molestarse es bueno. Se ve que se le quedó.

—Guardó el móvil—. Van a estar bien, ¿sabes?

No hoy. No del todo. Pero van a estar bien.

Se están molestando. Han vuelto al gimnasio, como nosotros.

Les queda músculo por hacer, pero han vuelto.

—Gracias a nosotros.

—Gracias a ellos —corrigió Laura, fiel a lo que había entendido en el pantano—.

Nosotros solo tiramos la piedra. El agua la movieron ellos.

—Levantó su copa—. Pero brindo por haber tirado la piedra.

Eso sí me lo apunto. Por una vez, algo que salió de mi carpeta y le sirvió a alguien más que a nosotros.

Brindaron, en la terraza, con el mar de fondo.

Y Marc pensó, mirando a su mujer a la luz de la vela, que los cuarenta días habían empezado con Laura escribiendo «aburrido» en una libreta, sola, asustada, en un coche, y que iban a terminar así: los dos en una isla, con los amigos rescatados mandando fotos de su primera cena juntos, y Laura brindando por una piedra bien tirada.

No estaba mal, para cuarenta días. No estaba nada mal.

Quedaban seis días de isla y, con ellos, el final del proyecto.

Y por primera vez en mucho tiempo, ninguno de los dos tenía prisa por que llegara ningún sitio.

Estaban, exactamente, donde querían estar.

Que era, si uno lo pensaba, todo lo que Laura había querido conseguir desde el principio, aunque hubiera hecho falta una carpeta, cuarenta días y una isla al otro lado del mundo para llegar a algo tan simple como esto: no querer estar en ningún otro sitio.