Capítulo 17
La vuelta
El domingo por la tarde se recogió la casa entre los cuatro, con esa melancolía suave de los finales de fin de semana, cuando el equipaje que costó tanto deshacer se vuelve a hacer en la mitad de tiempo y las habitaciones quedan otra vez impersonales, listas para los siguientes.
La despedida en la puerta, junto a los dos coches, fue distinta a la llegada.
A la llegada, Nuria había cruzado la puerta con dos botellas y los ojos catalogando.
A la despedida, abrazó a Laura de una manera nueva, más quieta, sin la ansiedad de antes, y le dijo al oído algo breve que Marc, cargando el maletero, no oyó pero cuya naturaleza adivinó por la cara de su mujer.
Gorka le dio la mano a Marc, y luego, en un impulso torpe, lo abrazó, cosa que Gorka no hacía, y le dijo:
—Gracias, tío. De verdad. Por el fin de semana y por… bueno. Por lo de anoche. Por escucharme.
—No hice nada —dijo Marc—. Habló Laura. Yo estaba de decorado.
—Estabas ahí —dijo Gorka—. A veces es lo único que hace falta. Estar ahí.
Y con eso se metieron en su coche, Nuria y Gorka, y Marc notó, al verlos acomodarse, un detalle mínimo que le llenó el pecho de algo cálido: que Nuria, antes de arrancar, alargó la mano y le colocó a Gorka el cuello del abrigo, un gesto pequeño, doméstico, de cuidado sin motivo, de esos que solo hace la gente que ha vuelto a mirarse.
El primer gesto así del fin de semana que no había tenido que dirigir Laura.
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Arrancaron los dos coches, el de ellos detrás, y desandaron el camino de tierra dejando atrás la casa de piedra y el pantano, que a la luz de la tarde había recuperado del todo su superficie de espejo, liso e impenetrable, guardando debajo lo que guardan las aguas embalsadas.
En la carretera, ya en el asfalto, con hora y media por delante y el coche de Nuria y Gorka un par de curvas por delante del suyo, Laura y Marc hicieron lo que se hace a la vuelta de estas cosas: el balance.
—Ha ido bien —dijo Marc—. ¿No? Ha ido muy bien. Con ellos, digo.
—Ha ido mejor de lo que esperaba —admitió Laura—.
Yo venía a que no les hiciéramos daño. Y al final…
no sé si les hemos ayudado nosotros o se han ayudado ellos, pero se van distintos de como vinieron.
Eso está claro. —Miró por la ventanilla el paisaje que se deshacía hacia atrás—.
No están arreglados, ¿eh? Que no se malinterprete.
Una pelea a las siete de la mañana y un abrazo no arreglan dos años de silencio.
Les queda mucho. Pero han empezado. Y hace tres días no habían empezado.
Estaban parados, esperando cada uno a que el otro hiciera algo.
Y ahora se mueven. Eso es todo lo que se puede pedir. Que se muevan.
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—¿Qué te ha dicho Nuria? —preguntó Marc—. En la puerta. Al oído.
Laura tardó un momento en contestar, y cuando lo hizo, lo hizo con una sonrisa rara, contenida.
—Me ha dado las gracias otra vez —dijo—.
Pero distinto. La primera vez, después de la cena, me dio las gracias por hacerles ver lo mal que estaban.
Esta vez me ha dado las gracias por lo contrario.
Por recordarles cómo era estar bien. —Hizo una pausa—.
Y me ha dicho una cosa que me ha dejado tocada.
Me ha dicho: «Vosotros no os dais cuenta de la suerte que tenéis porque os la trabajáis sin saber que la estáis trabajando.
Nosotros creíamos que la suerte era suerte.
Y ahora sé que es curro. Gracias por enseñármelo sin decírmelo».
Marc condujo un rato en silencio, dejando que esa frase se asentara.
—Es lista, Nuria —dijo al fin—. Debajo de todo el ruido, es muy lista.
—Listísima —dijo Laura—. Siempre lo ha sido.
Lo que pasa es que se le había olvidado aplicárselo a sí misma.
Como a todos. —Se quedó pensando—. «Creíamos que la suerte era suerte y ahora sé que es curro.
» Deberías apuntarla, esa. Para tu colección de frases sobre esto. Va con la del agua y las piedras.
—La apunto —dijo Marc—. Mentalmente. Ya está apuntada.
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Pasaron unos kilómetros en silencio, el coche de Nuria y Gorka apareciendo y desapareciendo en las curvas por delante. Y fue Marc quien sacó el tema que los dos estaban rodeando, porque a veces le tocaba a él ser el que miraba hacia dentro y ponía las cosas sobre la mesa.
—¿Y nosotros? —dijo—. Balance de nosotros. No de ellos.
Laura no contestó enseguida. Miró la carretera, las líneas blancas pasando, el coche de sus amigos dos curvas por delante volviendo a casa a intentar salvarse.
—Nosotros hemos cambiado este fin de semana —dijo por fin—.
Y no por lo que yo tenía planeado. Yo planeé un examen de dinámica y lo que ha pasado ha sido otra cosa.
—Se giró hacia él—. Me he bajado del taburete, Marc.
Del todo, ayer, en el sendero. Te he dicho que tengo miedo.
Te he dejado verme sin la coraza. Y llevo desde ayer esperando a sentirme mal por eso, a sentirme débil, a arrepentirme de haberme abierto tanto.
Y no llega. No me siento débil. Me siento…
—buscó la palabra— …más fuerte, en realidad.
Que no me lo esperaba. Creía que bajarme del taburete me haría más pequeña y me ha hecho más grande. No lo entiendo, pero es así.
—Yo sí lo entiendo —dijo Marc—. Es más fácil mandar con coraza que sin ella.
Cualquiera manda con coraza. Mandas escondida, no arriesgas nada.
Lo que has hecho este fin de semana es mandar sin coraza.
Dejarme verte y seguir siendo tú, seguir al mando, pero de verdad, con todo a la vista.
Eso no es más pequeño. Eso es la versión difícil.
Por eso te sientes más fuerte. Porque lo es.
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Laura se quedó mirándolo conducir, su perfil concentrado en la carretera, las manos en el volante en la posición de siempre, y sintió algo que la recorrió entera y que decidió, por una vez, no disfrazar de ironía ni cortar con una broma.
—Te quiero —dijo.
Así, seco, sin adorno, del modo en que Laura decía las poquísimas veces que lo decía las cosas que de verdad sentía. Y Marc, que llevaba diez años coleccionando esas poquísimas veces como quien colecciona algo raro y valioso, sonrió a la carretera sin apartar la vista.
—Ya lo sé —dijo—. Me lo dices como una vez al año. Y siempre me pillas conduciendo, para no tener que mirarme a la cara.
—Es el mejor momento. No puedes ponerte pesado ni hacer una escena. Lo digo y sigues conduciendo.
—Muy calculado.
—Todo lo mío es calculado. Ya deberías saberlo. —Pero le puso la mano en la pierna, y se la dejó ahí, y añadió, en voz más baja—: Y aun así lo he dicho. Que conste el esfuerzo.
—Consta —dijo Marc—. Consta clarísimo.
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Llegaron a casa al anochecer. Y la casa, su casa, la de la cocina con la tubería ya arreglada y el sofá de siempre y las copas de la cena de Nuria todavía fantasmalmente presentes en la memoria de la habitación, los recibió con esa quietud tibia de los hogares a los que se vuelve.
Deshicieron las maletas, pusieron una lavadora —la puso Marc, cuando Laura le dijo «pon la lavadora», y los dos notaron, por un segundo, cómo esa minúscula frase había recuperado del todo su peso a lo largo de aquellas semanas—, y cenaron cualquier cosa, cansados, con el cansancio bueno de los fines de semana que han valido la pena.
—Quedan catorce días —dijo Marc, mientras recogía la mesa, que seguía siendo cosa suya—. De los cuarenta. Se está acabando el proyecto.
—Se está acabando el proyecto —confirmó Laura, desde el sofá.
—¿Y luego qué? Cuando lleguemos al cuarenta. ¿Se acaba y ya está? ¿Volvemos a como estábamos?
Laura se quedó pensando, y era una buena pregunta, una de esas que Marc soltaba de vez en cuando fingiendo que recogía platos y que en realidad iban al centro de todo.
—No —dijo—. No volvemos a como estábamos.
A como estábamos no se vuelve, ese era el problema de como estábamos.
—Se levantó, se acercó, le quitó a Marc un plato de las manos para obligarlo a parar y mirarla—.
Pero tampoco vamos a estar cuarenta días eternos con carpetas y ejercicios.
Eso agota. Lo que quiero es que se nos quede lo de debajo.
No las señales ni los juegos, que son la parte de fuera.
Lo de debajo. El mirarnos a propósito. El no dejar que el agua corra lisa.
Eso no se acaba el día cuarenta. Eso me lo quedo para siempre.
—Le devolvió el plato—. Los ejercicios se acaban.
La costumbre de mirarnos, no. Esa es la que de verdad estábamos entrenando.
Los cuarenta días eran el gimnasio. Lo que se queda es el músculo.
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Esa noche, la primera de vuelta en su propia cama, cumplieron la regla número tres con la tranquilidad de los que ya no necesitan que la regla les obligue a hablar, porque hablar se les había vuelto costumbre.
—¿Qué te llevas del fin de semana? —preguntó Laura, en la oscuridad conocida de su propia habitación, que después de la casa del pantano se sentía más suya que nunca—. Una cosa. La que más.
Marc lo pensó de verdad.
—Que te vi bajarte del taburete —dijo— y que en vez de perder autoridad, la ganaste.
Que resultó que la mujer que manda y la mujer que tiene miedo son la misma, y que verlas juntas, las dos a la vez, es lo más…
—buscó, y encontró— …lo más tú que he visto en diez años.
Eso me llevo. Que te conozco entera desde hace una década y este fin de semana todavía te he conocido un poco más.
Y que me da vértigo pensar cuánto me queda por conocerte. Del bueno. Vértigo del bueno.
Laura se quedó callada en la oscuridad. Y luego, en vez de contestar con palabras, hizo una cosa: buscó la mano de Marc, la encontró, y se la apretó, una vez, fuerte, y no la soltó.
La dejó ahí toda la noche, cogida, cosa que no hacía, porque la que hacía el gesto posesivo dormida era ella y siempre se lo negaba a sí misma despierta.
Pero esa noche lo hizo despierta. A propósito. Con los ojos abiertos.
Y afuera, lejos, a hora y media de allí, un pantano guardaba bajo su superficie lisa toda su agua contenida, y en algún lugar de la ciudad dos personas que habían empezado a volver el uno hacia el otro dormían por primera vez en meses un poco menos lejos en la misma cama.
Quedaban catorce días de proyecto. Y por delante, aunque ninguno de los dos lo sabía todavía con detalle, quedaban las vacaciones que Laura llevaba semanas reservando en secreto: los últimos días de los cuarenta, ellos dos solos, sin exámenes, sin testigos, sin nadie a quien cuidar más que a sí mismos.
La recompensa, por fin, de todo el camino.