Capítulo 16
Lo que hay debajo
La última tarde, mientras Nuria y Gorka echaban una siesta larga —de esas siestas de después de una tormenta, cuando el cuerpo pide apagarse un rato tras haber sentido demasiado—, Laura le propuso a Marc dar un paseo. Solos. Alrededor del pantano.
No era una propuesta habitual. Laura no era de paseos románticos; los consideraba, en general, una pérdida de tiempo con buena prensa.
Que propusiera uno, aquella tarde, fue para Marc la primera señal de que el fin de semana le había movido algo por dentro que todavía no había terminado de asentarse.
Caminaron por el sendero de la víspera, el de las rocas y la garza, ahora vacío y silencioso bajo un cielo que se había limpiado del todo.
El agua estaba otra vez lisa, otra vez espejo, reflejando un cielo de tarde con una fidelidad casi molesta.
Y durante un buen rato no dijeron nada, porque llevaban diez años sabiendo estar callados juntos, que es una de las formas más infravaloradas de la intimidad.
Fue Laura quien rompió el silencio, y lo rompió mirando el agua, no a Marc, porque había cosas que le salían mejor si no tenía que mirar a los ojos mientras las decía.
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—¿Sabes qué es lo que más miedo me ha dado este fin de semana?
—dijo—. No que nos pillaran. Ni oír a Nuria y Gorka pelearse.
Otra cosa. —Se detuvo, con las manos en los bolsillos del abrigo, mirando la otra orilla—.
Que me he dado cuenta de que todo esto que estamos haciendo, los cuarenta días, la carpeta, los ejercicios…
lo hago con miedo. Que el motor de todo esto es el miedo.
Y no me gusta descubrir que hago las cosas por miedo.
Yo creía que las hacía por otras razones.
Más nobles. Por deseo, por ganas de jugar, por reavivar lo nuestro.
Y sí, también. Pero por debajo de todo eso hay miedo, Marc.
Miedo de acabar en ese porche. Y me molesta.
Me molesta hacer las cosas más importantes de mi vida empujada por el miedo en vez de por las ganas.
Marc caminó un rato en silencio a su lado, pensando la respuesta, porque Laura le había dado algo que merecía una respuesta pensada y no un reflejo.
—Yo no creo que el miedo y las ganas sean cosas distintas —dijo al fin—.
Creo que son la misma cosa mirada desde dos sitios.
Tienes miedo de perder algo exactamente en la medida en que lo quieres.
El que no quiere nada no tiene miedo de nada.
Que tú tengas miedo de acabar como Nuria y Gorka no significa que no me quieras.
Significa que me quieres tanto que la idea de perderme, de que nos perdamos, te da pánico.
El miedo no es lo contrario de las ganas. Es las ganas con los ojos abiertos.
Laura se paró. Se giró para mirarlo, y en su cara había algo que Marc no le veía casi nunca: sorpresa. La sorpresa de que le devolvieran, ordenada y clara, una cosa que ella sentía revuelta y no sabía nombrar.
—«Las ganas con los ojos abiertos» —repitió despacio—.
Joder, Marc. Eso es exactamente. —Negó con la cabeza, casi enfadada—.
¿Cómo lo haces? Yo tengo el sentimiento y no le encuentro la forma, y tú vas y me lo dices en una frase.
Llevo veinticinco días dirigiéndote como si yo fuera la lista de los dos, y resulta que tú entiendes cosas que yo no sé ni formular.
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—No soy más listo que tú —dijo Marc—. Ni de lejos.
Es otra cosa. Tú miras hacia fuera. Organizas el mundo, lo diriges, lo pones en orden: la casa, el trabajo, a mí, a Nuria y a Gorka este fin de semana.
Eres la mejor que conozco haciendo eso. Pero mirar hacia dentro, hacia lo tuyo, eso te cuesta, porque te da menos control.
Y yo soy al revés. A mí el mundo de fuera me da un poco igual, me dejo llevar, por eso te dejo dirigir y estoy tan a gusto.
Pero hacia dentro sí que miro. Llevo diez años mirándote a ti hacia dentro, con calma, porque no tengo que estar ocupado dirigiendo nada.
—Se encogió de hombros—. Por eso funcionamos.
Tú miras hacia fuera por los dos y yo miro hacia dentro por los dos. Cada uno cubre el punto ciego del otro.
Laura se quedó mirándolo, y algo se le ablandó en la cara, algo que en cualquier otra persona habría sido normal y que en ella era casi un terremoto.
—Este es el ejercicio —dijo, en voz baja.
—¿Qué ejercicio?
—El de hoy. El del Día Veintiséis. —Una media sonrisa—.
Llevo todo el fin de semana pensando que el ejercicio era el examen, aguantar delante de ellos, cuidarlos sin que se note.
Y no. El ejercicio de verdad es este. Ahora.
Estar aquí contigo diciéndote que tengo miedo.
Bajarme del taburete del todo, por una vez, y dejarte verme sin la coraza.
—Tragó saliva—. Esto me cuesta más que cualquier cosa que te haya mandado hacer a ti en veintiséis días.
Mandarte es fácil. Dejarme ver es lo difícil.
Y llevaba diez años sin hacerlo del todo. Y a lo mejor no lo había hecho nunca.
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Marc no dijo nada. Porque supo, con esa intuición suya para lo de dentro, que aquel era un momento en que cualquier palabra sobraba, incluso las buenas, incluso las que a él se le daban tan bien.
Así que hizo lo único que había que hacer: le cogió la cara con las dos manos, ahí, en el sendero, junto al agua lisa, y la miró.
Sin decir nada. Dejándola verse a sí misma reflejada en cómo la miraba él, que era, comprendió Laura en ese momento, la única superficie donde llevaba diez años pudiendo mirarse de verdad sin miedo.
—Vale —dijo Laura por fin, con la voz un poco rota, recuperando el mando porque necesitaba recuperarlo para no deshacerse del todo, pero un mando distinto, más suave, teñido de todo lo que acababa de confesar—.
Ya está bien de sentimentalismos junto al pantano.
Se me va a helar el bolso de tanta emoción.
—Le soltó la cara, le cogió la mano—. Volvemos a la casa.
Nuria y Gorka estarán a punto de despertarse y no quiero que nos vean con esta cara de tortolitos, que bastante tienen ellos.
Y esta noche, la última aquí… —bajó la voz, y el filo volvió, pero era un filo cálido, el de una promesa— …
esta noche cierras la puerta y mando yo otra vez.
Como siempre. Pero hoy sabiendo lo que sabes.
Que debajo de la que manda hay una que tiene miedo. Y que te deja verlo solo a ti.
—Es un honor —dijo Marc, en serio, sin rastro de broma.
—Lo es —dijo Laura, también en serio—. No te haces una idea de cuánto. No se lo dejo ver a nadie. Ni a Nuria, en quince años. Solo a ti.
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Volvieron a la casa cogidos de la mano por el sendero, y esta vez, con Nuria y Gorka dormidos y nadie a quien cuidar ni ante quien disimular, ir de la mano no era ni una orden ni un ejercicio ni una maniobra.
Era solo lo que era: dos personas que habían decidido, contra el cansancio y contra los años y contra el miedo, seguir cogiéndose de la mano.
Aquella última noche en la casa del pantano, cuando la puerta de la habitación del fondo se cerró, no pasó nada distinto y pasó todo distinto.
Los gestos fueron los de siempre, el reparto de poder fue el de siempre, Laura mandó como mandaba siempre.
Pero por debajo corría ahora la corriente nueva de lo que se habían dicho junto al agua, la conciencia compartida de que debajo de la coraza había miedo, y de que el miedo, lejos de estropear el juego, lo volvía más hondo, porque ya no era solo un juego: era dos personas eligiéndose con los ojos abiertos.
Lo que pasó tras la puerta cerrada, como todo lo que había pasado tras esa puerta durante el fin de semana, se quedó allí, y es de ellos, y no hace falta contarlo para saber que fue, de los veintiséis días que llevaban de proyecto, el más importante.
No el más intenso, ni el más atrevido, ni el que Laura habría marcado en su carpeta con la nota más alta.
El más importante. Que no siempre es lo mismo, y que aquella noche, por primera vez en el proyecto, fue rotundamente distinto.
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Ya de madrugada, con Marc dormido, la casa en silencio y el pantano invisible al otro lado de las contraventanas, Laura se quedó despierta, cosa rara en ella, que dormía siempre a pierna suelta con la conciencia tranquila de quien lo tiene todo bajo control.
Pero esa noche no lo tenía todo bajo control, y por primera vez en mucho tiempo, descubrió que no le importaba.
Se quedó mirando la forma dormida de Marc en la penumbra, el hombre que le hacía de camarero en las cenas y le devolvía sus propios sentimientos ordenados en frases y la miraba de una manera en la que ella podía, por fin, verse sin miedo, y pensó en la Laura de veintiséis días atrás, la del coche, la de la libreta, la que escribió «aburrido» y se asustó.
Aquella Laura habría dado cualquier cosa por saber lo que Laura sabía ahora: que el aburrimiento no era el final de nada, sino una alarma; que la alarma se podía atender; y que atenderla no consistía en inventar juegos cada vez más atrevidos, aunque los juegos ayudaran, sino en algo mucho más simple y mucho más difícil, que era volver a mirarse, y dejarse mirar, y seguir eligiéndose todos los días con los ojos abiertos, sabiendo perfectamente lo que se podía perder.
Cumplió la regla número tres a solas, en silencio, sin despertarlo, formulándose a sí misma la verdad del día, que era la más grande que había formulado en todo el proyecto y que jamás repetiría en voz alta con esas palabras:
Que le daba miedo perderle porque le quería, y que le quería más ahora, a los diez años y a los veintiséis días, que el día que empezó todo esto pensando que lo hacía por aburrimiento.
Y que a lo mejor, solo a lo mejor, ese era el único descubrimiento que de verdad importaba de los cuarenta días.
Todo lo demás —las señales, la correa invisible, los ejercicios, el examen del pantano— no había sido más que el camino largo y necesario para llegar hasta aquí: hasta una casa de piedra, de madrugada, mirando dormir a un hombre y sabiendo, por fin y sin ninguna duda, que no pensaba dejar que el agua volviera a correr lisa nunca más.
Se durmió por fin cuando empezaba a clarear, con una mano sobre el brazo de Marc, en ese gesto posesivo que hacía dormida y que él conocía y que jamás le había dicho que conocía, para no quitarle a Laura la ilusión de que había cosas de ella que ni siquiera Marc sabía.
Aunque las sabía. Casi todas. Y las que no sabía, las estaba aprendiendo, uno de aquellos cuarenta días detrás de otro.