Capítulo 15
La presa
Laura se despertó temprano, como siempre, con la casa todavía en silencio y una luz gris entrando por la rendija de las contraventanas.
Marc dormía. Se levantó sin hacer ruido, se puso una chaqueta encima del pijama, y bajó a hacer café, con la idea de robarle al domingo media hora de calma antes de que Nuria se despertara y el día echara a andar a su ritmo.
Encontró la cocina vacía y el pantano, por la ventana, cubierto de una niebla espesa que borraba la otra orilla. Puso la cafetera. Y mientras esperaba a que subiera el café, oyó las voces.
Venían del porche. Dos voces, bajas al principio, tensas, la de Nuria y la de Gorka, filtrándose por la puerta de cristal que daba al agua.
Laura, que no era de escuchar detrás de las puertas —o que se decía a sí misma que no lo era—, se quedó quieta junto a la cafetera, y comprendió en dos segundos que lo que había empezado la noche anterior como una reconciliación con vino se había convertido, a la luz gris de la mañana, en otra cosa.
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Porque eso era lo que pasaba cuando dos personas que llevaban meses sin hablarse de verdad abrían por fin la boca: que no salía una sola cosa ordenada, sino todo a la vez, todo lo que llevaban conteniendo, meses de silencio saliendo a presión por la grieta que Gorka había abierto a la una y media de la madrugada.
La conversación de la noche había destapado algo, y por la mañana ese algo ya no cabía, y se estaba desbordando en el porche, sobre el pantano, entre dos personas que llevaban demasiado tiempo apretando la presa.
No era una pelea de gritos. Era peor, otra vez. Era una conversación en voz baja, dura, con esa contención terrible de la gente que discute en una casa ajena y no quiere que se les oiga, y que por eso mismo discute con más veneno, en susurros afilados que cortaban más que los gritos.
—…es que siempre es lo mismo contigo —oyó Laura decir a Nuria, con una voz que no le conocía, sin nada de su verborrea habitual, seca, herida—.
Una noche. Te tomas tres copas, te pones sensible, me despiertas a la una y media a decirme que me quieres y que hay que cambiar, y yo me lo creo, otra vez, como una tonta.
Y esta mañana ya se te ha pasado. Ya estás otra vez callado.
Ya vuelves a ser el de siempre. Solo hacía falta que se te fuera el vino.
—No se me ha pasado —dijo Gorka, y su voz también era distinta, sin la placidez ausente de todo el fin de semana, con un fondo de dolor que Laura no le había oído nunca—.
No se me ha pasado nada. Lo dije en serio anoche y lo sigo diciendo en serio ahora.
Lo que pasa es que por la mañana da más miedo.
Es fácil decir «vamos a cambiar» con tres copas.
Por la mañana, en frío, sé todo lo que hay que cambiar y me da pánico no ser capaz.
Por eso me callo. No porque se me haya pasado.
Porque me da miedo prometerte algo que a lo mejor no sé cumplir.
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Laura debería haberse ido. Lo sabía. Coger su café y subir a la habitación y darles la intimidad que aquello pedía a gritos susurrados.
Pero se quedó, clavada junto a la cafetera, no por cotilleo sino por algo más difícil de nombrar: porque lo que estaba oyendo en aquel porche le estaba enseñando, en directo, exactamente lo que ella se había pasado veinticinco días intentando conjurar.
Aquello. Aquel intercambio. Dos personas que se querían —porque se querían, se notaba hasta en la crueldad, era una crueldad de gente que se importa— y que habían dejado pasar tanto tiempo sin molestarse en mirarse que ya no sabían cómo volver a hacerlo sin hacerse daño.
Que lo intentaban, en el porche, a las siete de la mañana, y que cada intento chocaba con años de reproches acumulados, con la desconfianza de quien ya ha oído promesas que no se cumplieron, con el miedo del que ya no se atreve a creer.
Y Laura, oyéndolos, sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la mañana fría.
Porque en cada frase de Nuria oía una versión posible de sí misma.
En cada silencio de Gorka, una versión posible de Marc.
Estaba escuchando, en aquel porche, la grabación de un futuro que ella había visto venir hacía veinticinco días en un coche, cuando escribió «aburrido» en una libreta, y que había decidido combatir con una carpeta y cuarenta días de ejercicios.
Estaba escuchando adónde llevaba el camino que ella no había cogido. Y daba más miedo oírlo que imaginarlo.
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—¿Y entonces qué hacemos? —oyó decir a Nuria, y ahora en su voz ya no había veneno, solo cansancio, un cansancio de fondo de pozo—.
Dime. Porque yo ya no sé. Llevo dos años esperando a que vuelvas, Gorka.
A que vuelvas de donde sea que te has ido.
Y no vuelves. Y yo me he ido cansanda de esperar, y me he ido yo también, a mi manera, y ahora somos dos personas que viven en la misma casa y ya está.
Y no sé si eso se arregla o si solo… se acaba de una vez y por lo menos dejamos de fingir.
Hubo un silencio en el porche. Un silencio largo, de esos que pueden ir hacia cualquier sitio. Laura contuvo la respiración junto a la cafetera.
—No quiero que se acabe —dijo Gorka al fin, y lo dijo con una voz pequeña, desnuda, la voz de un hombre diciendo la cosa más verdadera que había dicho en meses—.
Eso lo tengo clarísimo. De todo lo que no sé, eso lo sé.
No quiero que se acabe. Quiero volver. Lo que pasa es que no me acuerdo del camino.
Llevo tanto tiempo fuera que no me acuerdo de cómo se vuelve.
Pero no quiero que se acabe, Nuria. Por favor. No quiero.
Y Laura oyó, a través del cristal, el sonido inconfundible de alguien que empieza a llorar, y luego el ruido de una silla, y luego el silencio distinto de dos personas que se abrazan, y supo que era el momento, ahora sí, de coger su café y desaparecer escaleras arriba, porque hay cosas que uno no tiene derecho a seguir escuchando, y una pareja recomponiéndose al borde de un pantano a las siete de la mañana era, sin ninguna duda, una de ellas.
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Subió con dos cafés y encontró a Marc despertándose, revuelto, buscándola en la cama vacía. Le tendió una taza, se sentó en el borde del colchón, y se quedó un momento callada, con las dos manos alrededor de la suya, mirando la niebla por la rendija de la contraventana.
—¿Qué pasa? —preguntó Marc, que la conocía—. Traes una cara.
—He oído a Nuria y Gorka. En el porche. Sin querer.
—Laura bebió un sorbo—. Estaban… no sé cómo llamarlo.
Peleándose y arreglándose a la vez. Las dos cosas.
Se han dicho cosas horribles y al final se estaban abrazando.
Llevaban meses sin decirse nada de verdad y esta mañana se lo han dicho todo de golpe.
—¿Y eso es bueno o malo?
—No lo sé. —Laura se quedó pensando—. Creo que es bueno.
Creo que una pelea así, después de dos años de silencio educado, es lo mejor que les podía pasar.
Es horrible de oír, pero es… vida. Es gente que todavía se importa lo suficiente como para hacerse daño.
Los que ya no se importan no se pelean. Se tratan con buenos modales y esperan a que el otro se muera o se vaya.
—Miró a Marc—. Nuria y Gorka se estaban tratando con buenos modales todo el fin de semana.
Y esta mañana han dejado de hacerlo. Se han peleado.
Se han molestado el uno al otro, por fin.
Y ¿sabes qué? Me he alegrado. En mitad del susto de oírlos, me he alegrado, porque he pensado: han vuelto a molestarse. Están vivos.
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Marc bebió su café, asimilando, y luego dijo lo que Laura sabía que iba a decir, porque era lo que ella misma estaba pensando y no se atrevía a poner en palabras.
—Te has visto —dijo, con suavidad—. Ahí abajo. Escuchándolos. Te has visto a ti y me has visto a mí.
Laura no contestó enseguida. Fuera, la niebla empezaba a levantarse sobre el pantano, descubriendo poco a poco la otra orilla, el agua volviendo a ser un espejo a medida que el sol ganaba.
—Cada frase de Nuria podría haberla dicho yo —dijo por fin, en voz muy baja—.
Dentro de cinco años. Si no hubiera hecho nada.
Si aquella mañana en el coche hubiera decidido que el aburrimiento era normal, que a los diez años esto es lo que hay, que ya se nos pasará.
Esa Laura, la que no cogió la carpeta, está ahora mismo en ese porche, con tu cara enfrente, diciéndote que se ha cansado de esperar a que vuelvas.
—Le apretó la mano, fuerte—. Por eso hago todo esto, Marc.
La carpeta, los ejercicios, el ponerme pesada.
No es por jugar. Es porque he oído esta mañana, con mis propios oídos, cómo suena el otro camino.
Y no pienso cogerlo. Nunca. Antes te ato a una silla y te obligo a mirarme todos los días que dejar que lleguemos a hablarnos así.
—No hará falta atarme a ninguna silla —dijo Marc.
—Ya lo sé. Es una manera de hablar. —Una pausa—. Aunque conste que la silla sigue sobre la mesa como opción. No la descarto.
Y Marc se rió, bajito, para no romper del todo la gravedad del momento, y Laura dejó que se riera, y por debajo de la broma los dos entendieron lo que acababa de pasar: que el fin de semana, que había empezado como el examen final de un juego, se había convertido en otra cosa.
En una advertencia. En un espejo puesto delante de sus narices que les mostraba, con toda crudeza, lo que estaba en juego de verdad detrás de las carpetas y los pendientes y las señales bajo el mantel.
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Bajaron a desayunar media hora después, cuando la casa ya se había puesto en marcha, y encontraron a Nuria y Gorka en la cocina, con los ojos hinchados los dos, moviéndose el uno alrededor del otro con una torpeza nueva, una torpeza de gente que está volviendo a aprender a estar en la misma habitación.
No estaban bien. Estaban lejos de estar bien.
Pero había algo distinto entre ellos, una corriente que el día anterior no estaba: Gorka le acercó a Nuria la taza sin que se la pidiera, y Nuria lo miró al hacerlo, lo miró de verdad, un segundo, y algo pasó entre los dos que Laura registró desde la puerta con la satisfacción callada del que ve germinar una semilla que creía perdida.
—Buenos días —dijo Nuria, con la voz tomada—. Perdonad la cara. Gorka y yo hemos… hemos hablado. Esta mañana. Mucho.
—No hay nada que perdonar —dijo Laura, y lo dijo con una calidez que no solía gastar, la que reservaba para las poquísimas ocasiones que la merecían de verdad—. Hablar está bien. Aunque duela. Sobre todo cuando duele.
Nuria la miró, y en su mirada hinchada había un agradecimiento que no cabía en ninguna frase, así que no lo dijo, solo asintió, y se giró hacia la cafetera, y Gorka le puso una mano en la espalda al pasar, un gesto mínimo, torpe, tentativo, el primer gesto físico voluntario que Laura les veía en tres días que no fuera provocado por un empujón de parchís.
Y Laura, desayunando en aquella cocina de piedra junto a un pantano cuya niebla ya se había levantado del todo, pensó que el examen final que se había inventado no lo había aprobado con sus maniobras ni con su idioma secreto ni con su capacidad de dirigir dos partidas a la vez.
Lo había aprobado el vino, y una conversación a la una y media, y una pelea a las siete de la mañana, y dos personas que todavía se importaban lo suficiente como para volver a molestarse.
Ellos, Laura y Marc, solo habían estado ahí.
Habían puesto una piedra en un río ajeno y se habían apartado a ver qué arrastraba la corriente.
Y la corriente, contra todo pronóstico, parecía estar arrastrando a Nuria y Gorka de vuelta el uno hacia el otro, despacio, a trompicones, con los ojos hinchados y las manos torpes, pero de vuelta.
Quedaba medio domingo por delante, y luego la vuelta a casa.
Y después, lo que quedara del proyecto. Pero Laura ya sabía, desayunando, que aquel fin de semana junto al pantano iba a ser uno de esos que dividen un antes y un después, y no por lo que había pasado en la habitación del fondo con la puerta cerrada, sino por lo que había aprendido oyendo, a través de un cristal, a dos personas queridas peleándose por no perderse.