Cuarenta días: Ella decide. Él la sigue. Y todo está a punto de cambiar Capítulo 14
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Capítulo 14

La noche de las confidencias

La segunda noche fue distinta a la primera, y la diferencia se llamaba vino.

No es que se emborracharan. Eran cuatro adultos de mediana edad, no cuatro universitarios.

Pero después de la cena, con la chimenea encendida y el pantano negro al otro lado de los cristales, se abrió una segunda botella, y después una tercera, y el alcohol fue haciendo su trabajo de siempre, que es aflojar las juntas que la gente lleva todo el día apretando.

Y en aquella casa había dos personas que llevaban meses apretando muchas juntas.

Empezó Nuria, cómo no, pero se fue pronto a la cama, o más bien se la llevó el cansancio de golpe, como les pasa a los que hablan mucho, que gastan más batería.

Se levantó sobre la una, dijo que no podía con los ojos, le dio un beso a Laura, otro a Marc, y a Gorka le dijo «¿tú te quedas?

» con un tono que no era invitación ni reproche, solo constatación, y subió a la habitación dejando a los tres hombres —a los dos hombres y a Laura, que valía por tres— junto a la chimenea con la tercera botella a medias.

Y fue entonces, con Nuria arriba y el fuego bajando, cuando Gorka empezó a hablar de verdad.

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Gorka borracho no era un borracho escandaloso.

Era un borracho triste y lúcido, de esos a los que el alcohol no les nubla sino que les quita los frenos para decir cosas que ven perfectamente sobrios pero que sobrios se callan.

Se quedó mirando el fuego, hizo girar el vino en la copa, y dijo, sin que nadie le hubiera preguntado:

—Os envidio, ¿sabéis?

Laura y Marc se quedaron muy quietos. Era la primera vez en todo el fin de semana que Gorka, el callado, el que iba siempre medio segundo tarde, decía algo que salía de dentro.

—No lo digo mal —siguió Gorka, sin apartar la vista del fuego—.

Lo digo… no sé cómo lo digo. Os miro este fin de semana y veo dos personas que se llevan bien.

Que se hacen caso. Y me acuerdo de cuando Nuria y yo éramos así, que lo fuimos, ¿eh?

, aunque ahora no lo parezca. Y no sé en qué momento dejamos de serlo.

Ese es el problema. Que no hubo un momento.

No hubo una bronca, no hubo un desastre.

Solo… nos fuimos apagando. Un día tras otro.

Sin enterarnos. Como cuando se te va la batería del móvil de fondo y de repente miras y está al cuatro por ciento y no sabes en qué momento ha bajado tanto.

Marc, a quien la metáfora de la batería le tocó una fibra que Gorka no podía saber que existía, no dijo nada.

Laura tampoco. Los dos escuchaban con una atención total, porque aquello ya no era el examen, ya no era la dinámica, ya no era ningún juego.

Era un hombre bueno y triste diciendo la verdad junto a una chimenea.

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—Lo que no entiendo —siguió Gorka, y aquí se giró por fin, y miró a Laura y a Marc con los ojos un poco brillantes del vino y de lo otro— es cómo lo hacéis vosotros.

Porque lleváis los mismos años que nosotros.

Diez, once. Los mismos. Y a vosotros no se os ha apagado.

Y me paso el fin de semana mirándoos a ver si pillo el truco, os lo juro, como un tonto, mirándoos a ver qué hacéis distinto.

—Bebió—. Y hay algo. Hay algo que hacéis.

No sé qué es. Pero hay como… una corriente entre vosotros.

Todo el rato. Os decís cosas sin hablar.

Te pide algo ella —señaló a Laura con la copa— y tú ya estás.

Antes de que acabe la frase, ya estás. Y no es que te mande, no lo digo así, es que hay como un…

un idioma. Un idioma que tenéis vosotros y que Nuria y yo hemos perdido.

O que a lo mejor nunca tuvimos y por eso estamos como estamos.

Y ahí, junto a la chimenea, a la una y media de la madrugada, con la tercera botella casi vacía, Gorka —el despistado, el que no se enteraba de nada— acababa de describir, con la puntería ciega de los borrachos lúcidos, el corazón exacto de lo que Laura y Marc habían pasado todo el fin de semana escondiendo.

El idioma. La corriente. El «ya estás antes de que acabe la frase».

Lo había visto. No sabía lo que había visto, no tenía ni idea de que había un proyecto, una carpeta, cuarenta días, una dinámica con nombre y reglas.

Pero había visto la superficie de todo aquello y la había nombrado con una precisión que heló a Laura por dentro.

El corazón de Marc se puso a ciento sesenta, igual que en la videollamada del azul mojado, pero peor, porque esto no era un mensaje en una pantalla que podía estar fuera de cámara.

Esto era un hombre mirándolos a los ojos y diciéndoles, sin saberlo, «os he calado».

Marc sintió el impulso de mirar a Laura, de buscar la palabra de emergencia, de decir «qué bonito el pantano» y salir de allí.

Pero no lo hizo, porque hacerlo habría sido, precisamente, confirmar que había algo que esconder.

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Fue Laura quien manejó el momento. Porque Laura, bajo presión, no se aceleraba: se enfriaba. Era su superpoder y su condena, y esa noche fue su superpoder.

—No hay ningún truco, Gorka —dijo, con una calma tan sólida que Marc notó cómo su propio pulso empezaba a bajar solo de oírla—.

Y lo que ves no es un idioma secreto. Es tiempo.

Es haber discutido las mismas broncas mil veces hasta aprendérnoslas.

Es saber, después de diez años, qué va a decir el otro.

Vosotros también lo tenéis, lo que pasa es que ahora mismo lo estáis usando para lo malo.

Para adivinaros las pegas antes de que salgan.

Nosotros lo usamos, ahora, para lo bueno.

Pero es el mismo idioma, Gorka. Es el que da el tiempo.

No es nada que nosotros tengamos y vosotros no.

—Pero vosotros os hacéis caso —insistió Gorka—. Eso no es solo tiempo. Eso es ganas. Y las ganas se gastan.

—Las ganas no se gastan —dijo Laura, y aquí bajó la voz, y dijo algo que era verdad para ella de una manera que Gorka no podía medir—.

Las ganas se dejan de tener por vagos. Es más cómodo dejar de mirarse que seguir mirándose.

Mirar cansa, hacer caso cansa, prestar atención cansa.

Y un día estás cansado y dejas de hacerlo un día, y no pasa nada, y al día siguiente otra vez, y como no pasa nada te acostumbras a que no pase nada, y eso —Laura señaló con la barbilla hacia arriba, hacia la habitación donde dormía Nuria— eso es lo que os ha pasado.

No os habéis quedado sin ganas. Habéis dejado de tomaros la molestia.

Que tiene arreglo, por cierto. El cansancio no tiene arreglo, pero la vagancia sí. Solo hay que volver a molestarse.

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Gorka la miró largo rato, procesando aquello con la lentitud del vino, y algo se le movió en la cara. No era iluminación, no era una revelación de película. Era algo más pequeño y real: la cara de un hombre que oye, en boca de otra persona, una cosa que él sabía y no se había atrevido a formular.

—Volver a molestarse —repitió despacio—. Joder. Qué fácil suena.

—No suena fácil. Suena sencillo. No es lo mismo —dijo Laura—.

Sencillo es que se entiende en una frase.

Fácil sería que no costara. Y cuesta muchísimo.

Cuesta todos los días. Pero es que la alternativa es acabar como…

—se detuvo, con una delicadeza que en Laura era rara— …

es acabar peor. Y tú no quieres acabar peor, Gorka, porque si no quisieras no estarías aquí a la una y media preguntándonos el truco.

La gente que ha tirado la toalla no pregunta el truco.

Tú preguntas. Eso quiere decir que todavía te importa.

Y si todavía te importa, todavía hay partido.

Se hizo un silencio junto a la chimenea. El fuego chascó. Fuera, el pantano seguía negro y quieto.

—Sois buena gente —dijo Gorka al fin, con la voz espesa—.

Los dos. Gracias por esto. Por el fin de semana.

Por… esto. —Levantó la copa vacía, la miró, decidió que ya estaba bien—.

Me voy a la cama. A ver si me atrevo a despertar a Nuria y le digo algo.

Algo de esto. Antes de que se me pase con la resaca y me acobarde.

—Se levantó, tambaleándose un poco—. Volver a molestarse. Vale. Empiezo esta noche.

Y subió las escaleras, agarrándose a la barandilla, dejando a Laura y Marc solos junto al fuego con la tercera botella vacía y el corazón todavía recuperándose del susto.

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Se quedaron callados un rato largo, mirando las brasas, hasta que oyeron arriba, amortiguado por el techo de vigas, el murmullo de dos voces: la de Gorka, grave, y la de Nuria, primero sorprendida de que la despertara, después más suave, después las dos entrelazándose en una conversación que no se entendía pero cuyo tono —bajo, íntimo, sin las aristas de la cortesía diurna— lo decía todo.

—Se está atreviendo —murmuró Marc—. Está hablando con ella. Ahora.

—Lo está haciendo —dijo Laura, y en su voz había una satisfacción distinta a todas las del fin de semana, más honda, casi maternal, aunque habría matado a quien usara esa palabra.

—Casi nos pilla —dijo Marc en voz muy baja, cuando estuvo seguro de que las voces de arriba seguían a lo suyo—. ¿Te has dado cuenta? Lo ha descrito todo. El idioma, la corriente, lo de que estoy antes de que acabes la frase. Lo ha visto todo, Laura. Todo. Si llega a saber lo que estaba viendo…

—Pero no lo sabía —dijo Laura—. Esa es la cosa.

Ha visto la superficie y no sabe que hay fondo.

Como el pantano. —Señaló los cristales negros—.

Lo miras y ves un espejo liso y crees que ahí no hay nada.

Y debajo hay quién sabe cuánta agua, cuánta profundidad, cuántas cosas hundidas.

Gorka ha visto nuestro espejo liso. No ha visto lo que hay debajo.

Y no lo va a ver, porque no está buscando eso.

Está buscando cómo salvar lo suyo. Y para eso, sin querer, le hemos servido.

Marc la miró en la penumbra rojiza de las brasas.

—¿Sabes lo que me da vueltas? —dijo—. Que hemos venido con un plan.

Tú lo llamabas examen. No lucirnos, cuidarlos sin que se note, arrimar el hombro.

Y lo hemos cumplido a rajatabla dos días.

Pero al final lo que les ha llegado de verdad, lo que a lo mejor los salva, no ha sido ninguna maniobra tuya de las buenas.

Ha sido el vino y que te preguntara el truco y que tú le dijeras la verdad a la cara. Sin estrategia. La verdad, a secas.

Laura se quedó pensando en eso, mirando las brasas.

—A lo mejor —dijo despacio— ese era el examen de verdad.

Y no lo sabía ni yo. No cuidarlos con maniobras.

Decirles la verdad cuando la piden. —Se levantó, le tendió la mano a Marc para subir a dormir, un gesto que a esas alturas del fin de semana ya no distinguía entre orden y ternura—.

Vamos a la cama. Han sido demasiadas emociones para un solo día.

Y arriba hay dos personas hablando por primera vez en meses.

Dejémoslos. Es de mala educación escuchar cómo alguien vuelve a molestarse.

Subieron. Y al pasar por delante de la puerta de Nuria y Gorka, de la que salía todavía el murmullo bajo de dos voces reencontrándose, Laura le apretó la mano a Marc, una vez, fuerte, y no dijo nada, porque algunas cosas no necesitaban ni siquiera su idioma secreto para entenderse.