Cuarenta días: Ella decide. Él la sigue. Y todo está a punto de cambiar Capítulo 13
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Capítulo 13

Un día entero

El sábado amaneció despejado, con el pantano echando una niebla baja que se levantó hacia media mañana, y Nuria, fiel a su naturaleza, había planeado el día entero antes de que nadie hubiera desayunado.

Ruta de senderismo por la mañana, comida en la casa, tarde de juegos de mesa junto a la chimenea y cena tranquila.

Lo anunció en el desayuno como quien lee un parte, y nadie protestó, porque llevarle la contraria a Nuria en materia de planificación de ocio grupal era una batalla que no había ganado nadie en quince años.

Para Laura y Marc, el plan de Nuria era, en realidad, el campo de pruebas de su examen.

Un día entero de convivencia continua. Doce horas sin apenas un rato a solas.

Doce horas de sostener lo suyo de puertas para dentro mientras cuidaban lo de ellos de puertas para fuera.

El examen final, extendido de sol a sol.

Y empezó, como empiezan estas cosas, con el desayuno.

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Fue un desayuno de los que a Laura le gustaban para el juego, porque tenía todos los ingredientes: una mesa compartida, cuatro personas, tareas que repartir.

Y Laura, sin levantar la voz, sin un gesto que se saliera de lo normal, empezó a jugar en el único registro que se había permitido para el fin de semana: el mínimo, el invisible, el que cualquiera habría leído como buenos modales.

—Marc, ¿le pones café a Nuria? Y a Gorka.

Y luego el mío. —Y Marc se levantó y sirvió, en el orden exacto que ella había dicho, los demás primero y ella al final, que era una inversión deliberada del orden de casa, donde ella iba siempre primero; una señal que solo Marc entendió, porque significaba: hoy no eres tú el que me sirve a mí delante de todos, hoy servimos a los demás, ese es el juego de hoy.

Nuria, recibiendo su café, no vio nada. Vio a un anfitrión atento.

Gorka, recibiendo el suyo, tampoco. Y Marc, sirviéndole a Laura el último café, notó el peso invisible de la orden invertida y lo disfrutó exactamente igual que disfrutaba las otras, o más, porque tenía la dificultad añadida de significar lo contrario de lo que parecía.

—Qué bien os organizáis —dijo Nuria, y lo dijo sin doble intención, pero cayó en la mesa con un pequeño eco, porque Gorka, a su lado, no se había organizado para servirle a ella nada en toda la mañana, y el contraste flotó un segundo en el aire antes de que Laura lo disolviera cambiando de tema con la eficacia de una barredora.

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La ruta de senderismo fue el escenario del primer momento de tensión pura, y llegó, como llegan los mejores, por sorpresa.

Caminaban los cuatro por un sendero que bordeaba el pantano, Nuria delante marcando el paso y el tema de conversación, Gorka rezagado sacando fotos del agua con el móvil, y Laura y Marc en medio.

Y en un tramo estrecho, donde el sendero se apretaba entre unas rocas y había que pasar de uno en uno, Laura, aprovechando que Nuria iba lanzada diez metros por delante y Gorka quince metros por detrás agachado fotografiando un pato, le dijo a Marc en voz baja, sin girarse, con el tono seco de una orden:

—Dame la mano para pasar las rocas. Y no me la sueltes hasta que yo te lo diga.

Marc le dio la mano. Pasaron las rocas. Y al otro lado, donde el sendero se ensanchaba y ya no hacía ninguna falta ir de la mano, Laura no se la soltó, y Marc entendió que esa era la orden: seguir dándosela, caminar cogidos, cuando ya no había excusa de las rocas, por el puro gusto de Laura de mandarle y de que él obedeciera una orden que a ojos de cualquiera era solo una pareja paseando de la mano junto a un pantano.

Y entonces Nuria se giró.

Se giró para señalar algo del otro lado del agua, un pájaro, una casa, cualquier cosa, y los vio: a Laura y Marc caminando de la mano por un tramo ancho donde ir de la mano era una elección y no una necesidad.

Y a Nuria se le puso una cara. No de sospecha.

De otra cosa. De nostalgia aguda, de hambre, la cara de quien ve algo que tuvo y perdió.

—Qué monos —dijo, y le salió con una grieta en la voz—.

De la mano y todo. —Y buscó, por puro reflejo, la mano de Gorka, que estaba quince metros atrás fotografiando el pato y no la vio buscarla, y la mano de Nuria se quedó a medio camino, en el aire, sin nadie que la cogiera, antes de volver, disimulada, al bolsillo del abrigo.

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Ese fue el momento en que Laura entendió, del todo y en el cuerpo, lo que era su examen de verdad.

Porque su primer impulso —el viejo, el de antes del proyecto de bajarse del taburete— fue de triunfo.

Habían jugado a plena luz, delante de Nuria, y Nuria no había visto el juego.

Victoria. Pero pisándole los talones al triunfo llegó lo otro, lo nuevo, lo que Marc le había hecho ver en la cocina de su casa tres semanas atrás: que su pequeña victoria secreta había tenido un precio, y que el precio lo había pagado Nuria, en forma de una mano tendida en el aire hacia un marido que no la vio.

Y Laura hizo entonces algo que no estaba en ningún plan, ni en el suyo ni en la carpeta, algo que era la prueba de que el examen que se había inventado lo estaba aprobando: le soltó la mano a Marc.

La soltó ella, sin que él lo pidiera, rompiendo su propia orden, porque de pronto ir de la mano delante de Nuria, con Nuria acabando de quedarse con la suya vacía en el aire, le pareció justo la clase de crueldad involuntaria que había venido a no cometer.

—Gorka —dijo Laura, alzando la voz hacia atrás, hacia el hombre agachado con el móvil—. Deja el pato un momento y ven a ver esto con Nuria, que tú de pájaros sabes. ¿Eso de allí qué es? ¿Una garza?

Y Gorka se levantó, guardó el móvil, se acercó, y sin saber muy bien cómo se encontró de pie junto a Nuria mirando hacia el agua, y Laura, con una naturalidad de cirujana, dio un paso atrás para dejarles el sitio, para colocarlos a los dos juntos frente al pantano señalando una garza que a lo mejor ni era una garza, y se llevó a Marc del codo unos metros, con la excusa de mirar otra cosa, para dejar a Nuria y Gorka un momento a solas, hombro con hombro, mirando juntos la misma cosa por primera vez en todo el fin de semana.

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Marc lo vio hacer. Vio la maniobra completa, la retirada de la mano, la llamada a Gorka, el paso atrás, la colocación de los dos amigos frente al agua. Y lo vio con una admiración que le subió por el pecho y que no tenía nada que ver con la dinámica ni con el deseo, sino con algo más limpio.

—Lo que acabas de hacer —le dijo en voz baja, mientras fingían mirar un árbol— ha sido lo más impresionante que te he visto hacer en todo el proyecto.

—No sé de qué me hablas —dijo Laura, mirando el árbol.

—Sí lo sabes. Les has soltado la mano para no hacerle daño a Nuria y luego los has juntado a ellos. En diez segundos. Sin que se note. —Marc negó con la cabeza, admirado—. Y me decías que no sabías cuidar. Eso de ahí es un máster en cuidar. Un máster con matrícula.

—Eso de ahí —dijo Laura, sin apartar la vista del árbol, con el filo de siempre pero con algo tembloroso debajo— es dirigir.

Solo que dirigir para que ganen otros, para variar.

Y no sé si sabes lo que me cuesta. Me ha costado más soltarte la mano ahí que cualquier cosa que hayamos hecho en veinticuatro días.

Porque la quería. Quería ir de la mano contigo delante de Nuria y que me viera y saber que es mío.

Lo quería con todas mis fuerzas. Y he tenido que no hacerlo, por ella.

—Tragó saliva—. Eso, Marc, es el ejercicio más difícil que he hecho en mi vida.

Y no lo va a saber nadie. Ni ella. Nadie.

—Lo sé yo —dijo Marc.

—Lo sabes tú.

—Y con eso te basta. ¿A que sí?

Laura no contestó, pero apartó por fin la vista del árbol y lo miró, y en la mirada estaba la respuesta, que era que sí, que con que lo supiera él le bastaba, y que esa era, aunque jamás la formularía en esos términos, una de las definiciones del amor que se tenían: hacer las cosas más difíciles a la vista de todos y necesitar que las supiera una sola persona.

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El resto del día transcurrió sobre esa cuerda tensa, y fue, contra todo pronóstico, uno de los mejores días del fin de semana, precisamente porque Laura lo dirigió entero como había dirigido el momento de la garza: por lo bajo, sin que se notara, colocando a Nuria y Gorka en situaciones donde tuvieran que mirarse.

En la comida, sentó a Gorka al lado de Nuria «porque así cabíamos mejor», que era mentira.

En la tarde de juegos junto a la chimenea, propuso un juego por parejas «los de casa contra los de casa», que obligó a Nuria y Gorka a jugar juntos, a conspirar, a chocar los cinco cuando ganaban una ronda, cosas pequeñas que sus cuerpos habían olvidado y que la mecánica de un juego de mesa les devolvió sin que se dieran cuenta.

Y por debajo de todo, en el canal privado que solo Marc sintonizaba, Laura seguía teniéndolo a él: una mirada que decía «sigues siendo mío aunque hoy juguemos para ellos», un roce del pie bajo la mesa, una orden mínima susurrada al pasar por el pasillo camino de la cocina.

Porque esa era la maestría del día, y Marc la fue viendo desplegarse hora a hora con un asombro creciente: Laura estaba jugando dos partidas a la vez.

La de ellos, la secreta, la de la dinámica, mantenida a fuego lento de puertas para dentro.

Y la de ellos, la de Nuria y Gorka, la del rescate, dirigida con la misma mano firme pero puesta, por una vez, al servicio de otros. Y las estaba ganando las dos.

Al final de la tarde, cuando Nuria y Gorka discutían —de broma, de broma de verdad, riéndose— sobre una jugada del parchís, chocando los hombros, Nuria le dio a Gorka un empujón cariñoso que era el primer contacto físico espontáneo que Laura les había visto en todo el fin de semana.

Un empujón tonto por una ficha comida. Nada.

Y Laura, desde el otro lado de la mesa, lo registró como un general registra que ha caído una posición: sin sonreír por fuera, con una satisfacción feroz por dentro.

—Uno a cero —le murmuró a Marc, cuando nadie escuchaba.

—¿Para quién?

—Para ellos —dijo Laura—. Hoy jugamos para ellos. Y acaban de marcar.

Esa noche, cuando por fin se cerró la puerta de la habitación del fondo y empezó la otra partida, la de los dos, la que llevaba todo el día esperando a fuego lento, Laura cumplió la regla número tres antes incluso de que Marc preguntara.

—¿Que qué he sentido hoy? —dijo, en la penumbra, quitándose los pendientes con esa parsimonia suya que a Marc le adelantaba el pulso—.

He sentido que soy mucho más de lo que creía.

Que sé mandar para mí y sé mandar para otros.

Que puedo teneros a ti en un canal y a ellos en otro y no soltar ninguno.

—Dejó los pendientes en la mesita—. Me he sentido buena, Marc.

En los dos sentidos de la palabra. Buena de hábil y buena de la otra.

Y no sabía que se podían tener las dos a la vez.

—Se giró hacia él, y en la penumbra recuperó del todo el filo, el de verdad, el que a esas horas ya no era una orden de trabajo sino una promesa—.

Y ahora cierra el pico y ven aquí, que llevo todo el día jugando para los demás y me toca jugar para mí.

Marc fue. Y la puerta de la habitación del fondo guardó, como guarda una casa de piedra junto a un pantano, lo que pasó después, que no le pertenece a nadie más que a ellos dos.