Cuarenta días: Ella decide. Él la sigue. Y todo está a punto de cambiar Capítulo 12
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Capítulo 12

Llegada

Salieron el viernes a las cinco, en dos coches, porque Nuria había decretado que ir en dos coches daba más libertad, y a las decisiones de Nuria sobre logística de grupo no se les llevaba la contraria por la misma razón por la que no se discute con el tiempo: porque no sirve de nada y encima te mojas.

La hora y media de carretera le sirvió a Laura para lo que le servían siempre los trayectos: pensar demasiado.

Marc conducía —conducía él, salvo que Laura decidiera otra cosa, y aquel día no la decidió— y Laura miraba pasar el paisaje, que fue volviéndose más verde y más solo a medida que la ciudad se quedaba atrás, e iba repasando mentalmente su examen final autoimpuesto como quien repasa un discurso.

—Estás repasando —dijo Marc, sin apartar la vista de la carretera.

—Estoy pensando.

—Estás repasando. Se te mueven los labios un poco. Llevas veinte minutos dando una charla en silencio dentro de tu cabeza.

Laura no se molestó en negarlo, porque llevaba diez años sin conseguir ocultarle a Marc los movimientos de sus propios labios y ya había desistido.

—Estoy montando el fin de semana —admitió—. Cómo lo llevamos. Cuándo jugamos y cuándo no. Dónde están los límites. No pienso improvisar dos días enteros. Improvisar es lo que hace que te pillen.

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—A ver, dímelo —dijo Marc—. La versión corta. Que te conozco y llevas media hora con la versión larga tú sola.

—Tres cosas. —Laura levantó tres dedos, aunque Marc no podía mirar—.

Una: nada delante de ellos que no pueda pasar por normal.

Cero riesgos tontos. Si dudo, no lo hago.

La cena nos salió bien porque lo teníamos ensayado; aquí vamos a ciegas, así que bajamos el nivel, no lo subimos.

—Bajó un dedo—. Dos: tenemos una palabra de emergencia.

Como en la cena. Si alguno de los dos dice «pantano» en una frase donde no pinta nada, es que hay que parar, salir de donde estemos, abortar.

«Qué bonito el pantano» dicho en el momento raro quiere decir sácame de aquí.

—Bajó otro dedo—. Y tres, la importante.

La que me he inventado yo. No vamos a lucirnos.

Vamos a estar bien entre nosotros de puertas para dentro, en nuestra habitación, por la noche, cuando no haya nadie.

Pero delante de ellos, lo primero no somos nosotros.

Son ellos. Vamos a cuidarlos. Ese es el examen de verdad.

Lo nuestro puede esperar a la puerta cerrada.

Marc condujo un rato en silencio, asimilando.

—Es la primera vez —dijo al fin— que me propones un ejercicio en el que la parte más difícil es portarme bien con otra gente.

—Es el ejercicio más difícil que te he propuesto en veintitrés días —dijo Laura—. Y a mí. Sobre todo a mí. Porque yo lo que sé hacer es dirigir para nosotros. Dirigir para otros, sin que se note, sin quedar por encima… eso no lo he hecho nunca. A ver si sé.

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La casa apareció al final de un camino de tierra, y era, hubo que reconocérselo a Nuria, tan bonita como las fotos: piedra vieja, contraventanas de madera, un porche de tablones mirando al agua y, más allá, el pantano, enorme y quieto bajo un cielo de media tarde que empezaba a cargarse de nubes.

El agua estaba tan lisa que devolvía el cielo entero como un espejo sucio, sin una arruga, sin un pliegue, con esa calma de las aguas embalsadas que no es paz sino contención, toneladas de agua quietas por decisión de una presa.

Marc apagó el motor y los dos se quedaron un segundo mirando el pantano por el parabrisas.

—Menudo espejo —dijo Marc.

—Está muy quieto —dijo Laura.

—Demasiado quieto, casi. Da un poco de cosa.

Y no dijeron más, porque el otro coche apareció por el camino de tierra levantando polvo, con Nuria ya saludando por la ventanilla antes de haber frenado, y el fin de semana, con toda su carga de examen, de riesgo y de cuidado, echó a andar oficialmente.

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La primera media hora fue el caos festivo de cualquier llegada: maletas, bolsas de comida, Nuria repartiendo instrucciones sobre quién dormía dónde —la habitación del fondo para Laura y Marc, tal como Laura había leído, lejos de la de ellos, un detalle que Laura archivó con satisfacción—, Gorka buscando el cuadro de la luz, Marc bajando neveras portátiles, todos hablando a la vez.

Y en medio de aquel bullicio, Laura empezó su examen sin que nadie lo supiera: observando.

Observó a Nuria, que hablaba incluso más de lo habitual, con esa verborrea que en ella no era alegría sino nervio, la manera que tenía de llenar los silencios antes de que se formaran porque los silencios, en su casa, se habían vuelto peligrosos.

Observó a Gorka, que se movía por la casa con una lentitud apagada, servicial y ausente, haciendo lo que se le pedía sin proponer nada, con la docilidad triste del que ha dejado de opinar porque opinar ya solo trae discusiones.

Y observó, sobre todo, el espacio entre los dos: cómo no se rozaban al cruzarse en la cocina estrecha, cómo Nuria le hablaba a Gorka en un tono un grado más seco que a los demás, cómo Gorka respondía siempre medio segundo tarde, ese medio segundo que Marc había detectado en la cena y que ahora, en la convivencia, se veía por todas partes.

No estaban peleados. Era peor. Estaban educados.

Se trataban con la cortesía distante de dos compañeros de piso que ya no esperan nada el uno del otro.

Y Laura, que había venido con un plan de examen y de cuidado, sintió por primera vez el peso real de lo que Marc le había advertido en la cocina: que aquello no era un juego, que había dolor de verdad en aquella casa, y que su fin de semana de dinámica iba a transcurrir a tres metros de una pareja que se apagaba en silencio, como el pantano, conteniendo detrás de la presa quién sabía cuánta agua.

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Deshicieron las maletas en la habitación del fondo, una estancia de techo bajo con vigas y una cama de matrimonio con edredón de cuadros, y por primera vez desde que salieron de casa estuvieron solos, con la puerta cerrada, en voz baja.

—Bueno —dijo Marc, sentándose en el borde de la cama—. Ya estamos dentro. ¿Cómo lo ves?

—Peor de lo que pensaba —dijo Laura, y lo dijo en serio, sin filo—.

Están fatal, Marc. No fatal de gritos. Fatal de silencio.

Se hablan como en una oficina. ¿Te has fijado en que no se han tocado ni una vez?

Ni al pasar. Nada. —Se sentó a su lado—.

Tenías razón tú. Esto no va de que no nos pillen.

Esto va de no hacerles más daño. Y va a ser difícil, porque cada vez que tú y yo nos miremos como nos miramos, ellos lo van a ver, y cada vez que ellos no se miren, lo vamos a ver nosotros. Va a ser un fin de semana muy largo.

Marc le puso una mano en la rodilla, un gesto de él, no ordenado, que a esas alturas del proyecto Laura ya no corregía.

—Lo vamos a hacer bien —dijo—. Tú lo vas a hacer bien.

Se te da mejor cuidar de lo que crees. Lo que pasa es que lo llamas de otras maneras.

Lo llamas dirigir, organizar, mandar. Pero cuando me dejas la ropa preparada un martes, eso es cuidar.

Cuando le has dicho a Nuria la verdad en aquel café, eso era cuidar.

Sabes hacerlo. Solo que no te gusta la palabra.

—No me gusta la palabra —confirmó Laura.

—Pues no la usemos. La hacemos y ya está.

—Marc se levantó, le tendió la mano para ayudarla a levantarse, un gesto pequeño y cotidiano—.

Venga. Nuestros amigos nos esperan. Vamos a cuidarlos sin decírselo y a jugar a lo nuestro con la puerta cerrada.

Las dos cosas. Como todo este mes. Difícil y bueno a la vez.

Laura le cogió la mano y se levantó. Y antes de abrir la puerta, antes de volver al bullicio de Nuria y al silencio de Gorka, se detuvo un segundo, le sujetó a Marc la cara con una mano —un gesto suyo, este sí, de los que hacía ella, de propiedad y de ternura mezcladas—, y le dijo en voz muy baja:

—Esta noche, cuando se acuesten, la puerta de esta habitación se cierra y mando yo. Que quede claro. Todo el día cuidando a los demás, pero la noche es nuestra.

—Clarísimo —dijo Marc.

—Bien. —Le soltó la cara, recuperó su compostura, abrió la puerta—. Ahora ven, que hay que encender esa chimenea y Gorka no tiene pinta de saber hacerlo.

Y salieron los dos de la habitación del fondo, cogidos aún de la mano por un segundo más antes de soltarse en el pasillo, a empezar el fin de semana más difícil de sus cuarenta días: el de tenerlo todo y administrarlo con cuidado, delante de dos personas que lo estaban perdiendo, en una casa de piedra junto a un agua demasiado quieta.