Capítulo 11
La casa del pantano
La idea fue de Nuria, cómo no. Las ideas que cambiaban la vida de Laura y Marc en aquel proyecto tenían la costumbre de ser de otras personas: primero la cena, ahora esto.
Llegó por el móvil, en el grupo de los cuatro, con el entusiasmo mayúsculo y sin frenos que era la marca de la casa de Nuria: había encontrado una casa rural preciosa, a hora y media de la ciudad, junto a un pantano, con chimenea y todo, y estaba libre el puente que venía.
Además, era una ganga porque era temporada baja, y por qué no se iban los cuatro, un fin de semana, a desconectar, a estar juntos, que hacía siglos, y ella ya casi la había reservado pero quería consultarlo antes, aunque del «casi la había reservado» se deducía que consultarlo era una formalidad.
Marc leyó el mensaje en la cocina y levantó la vista hacia Laura con una ceja arqueada que lo decía todo.
—Un fin de semana —dijo—. Los cuatro. En una casa. Con Nuria. Durmiendo bajo el mismo techo. Cuarenta y ocho horas.
—Lo he leído.
—Estamos en el Día Veintiuno de un proyecto que consiste, entre otras cosas, en cosas que no se pueden hacer con Nuria a tres metros durmiendo en el cuarto de al lado.
—También lo he leído.
—Solo quería asegurarme de que veíamos el mismo mensaje —dijo Marc—. Porque tú tienes esa cara otra vez.
—¿Qué cara?
—La cara. La de la carpeta. La de las buenas y las malas ideas. La que me ha costado dinero y una tubería. —Marc dejó el móvil en la encimera—. La tienes ahora mismo.
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Laura no lo negó, porque era verdad. La tenía. Llevaba teniéndola desde el segundo mensaje de Nuria, y la razón era exactamente la misma que la había hecho decir que sí a la cena tres semanas atrás, pero elevada a una potencia que le aceleraba el pulso.
—Piénsalo —dijo, y Marc reconoció el arranque, porque era el mismo «piénsalo» con el que había empezado todo—.
Una cena fueron cuatro horas. Esto son dos días.
Dos días enteros conviviendo con ellos, compartiendo cocina, sobremesas, desayunos, paseos.
Dos días en los que tú y yo tenemos que sostener lo nuestro delante de ellos sin parar, sin las cuatro señales ensayadas de una noche, improvisando, en una casa que no es la nuestra, con Nuria que ya sospecha que algo hay.
—Se le había encendido la mirada, esa mirada—.
Si la cena fue el ejercicio más difícil del proyecto, esto es el examen final.
Y lo tenemos servido en bandeja. Gratis. Con chimenea.
—O es el examen final o es donde nos pillan y no lo contamos —dijo Marc—. Nuria a tres metros, Laura. Nuria oye crecer la hierba. Nuria en una casa ajena, aburrida, cotilla, en crisis y con todo el tiempo del mundo para observarnos. Es el entorno más hostil imaginable para un secreto.
—Por eso es el examen final.
—Ya. Eso ya lo has dicho. Repetirlo no lo hace menos temerario.
—No lo hace menos temerario —concedió Laura—. Lo hace más apetecible. Que no es lo mismo, pero en este caso van juntos.
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Marc dio su vuelta habitual por la cocina, la coreografía de pensar, y Laura le dejó el tiempo, porque ya había aprendido —lo había aprendido hacía diez años, en realidad, pero lo recordaba mejor desde el Capítulo de Nuria— que a Marc se le ganaba con paciencia y no con prisa.
—Hay una cosa que me preocupa más que lo de que nos pillen —dijo Marc por fin, y su tono había cambiado, se había puesto serio de una manera que hizo que Laura le prestara toda la atención—. Y no es táctica. Es lo otro.
—¿Qué otro?
—Ellos. —Marc se apoyó en la encimera, enfrente de ella—.
Nuria y Gorka están mal. Muy mal. Lo de la cena, lo del mensaje del coche, lo de tu café con Nuria…
están en la cuerda floja, Laura. Y nosotros nos vamos a meter dos días en una casa con ellos a jugar a nuestro juego, a estar estupendos, a tener lo que a ellos se les está muriendo.
En una cena, cuatro horas, se disimula. Pero dos días es mucho tiempo.
Dos días es mucho rato de ver cómo nos miramos nosotros y cómo no se miran ellos.
—Hizo una pausa—. No sé si les vamos a hacer bien o les vamos a restregar por la cara, sin querer, todo lo que han perdido.
Y eso me importa más que si Nuria nos oye o no.
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Laura se quedó callada. Y fue, otra vez, uno de esos momentos en que Marc la sorprendía —a ella, que presumía de ir siempre por delante—, porque le había puesto delante una preocupación que ella, con toda su capacidad de cálculo, no había metido en la ecuación.
Había pensado en el riesgo de que los pillaran.
No había pensado en el riesgo de hacer daño.
—No se me había ocurrido —admitió, y admitirlo le costó, porque a Laura no se le solían no ocurrir las cosas—. Tienes razón. Es un riesgo de verdad. Más que el otro.
—Entonces igual no deberíamos ir.
—O igual —dijo Laura despacio, pensando en voz alta, que era algo que casi nunca hacía porque prefería presentar las conclusiones ya cocinadas— deberíamos ir precisamente por eso.
Pero cambiando el examen. —Levantó la vista—.
Escúchame. ¿Y si el ejercicio del fin de semana no es solo sostener lo nuestro delante de ellos?
¿Y si el ejercicio es más difícil todavía?
Sostener lo nuestro sin restregarlo. Tener lo que tenemos y, a la vez, arrimar el hombro con ellos.
No ir a exhibirnos. Ir a… —buscó la palabra, y la que encontró no era una palabra de Laura, era más bien una palabra de Marc, y a él no se le escapó que la hubiera elegido— …
a cuidarlos. Un poco. Sin que se note. Como cuidamos lo nuestro.
Marc la miró con algo parecido al asombro.
—¿Me estás proponiendo un ejercicio de dominación que consiste en ser buena persona con nuestros amigos?
—Te estoy proponiendo —dijo Laura, recuperando el filo para no reblandecerse del todo— que el autocontrol de verdad no es aguantarse las ganas de que te pillen.
Eso es fácil. El autocontrol de verdad es tenerlo todo y no echárselo en cara a quien no lo tiene.
Eso sí que es difícil. Y si soy capaz de dirigir esto —te dirijo a ti, dirijo la casa, dirijo hasta las tuberías—, a ver si soy capaz de dirigir un fin de semana entero para que los cuatro salgamos mejor de como entramos. Ellos incluidos.
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Y ahí, en esa frase, Marc vio a Laura bajarse del taburete por primera vez desde la conversación con Nuria.
No del todo. Laura no se bajaba del todo de ningún taburete.
Pero un peldaño sí. Porque el proyecto, que había empezado siendo sobre dirigir a Marc, se estaba convirtiendo delante de sus ojos en algo más grande y generoso: en Laura aprendiendo a usar su capacidad de mando no solo para el juego de los dos, sino para algo que se parecía mucho, aunque ella jamás lo llamaría así, al cuidado.
—Vale —dijo Marc—. Así sí. Así voy.
—¿Sí?
—Sí. Si el plan es ir a pasarlo bien y de paso echarles un cable sin que se note, cuento. Si el plan era ir a lucirnos, no contaba. —Cogió el móvil de la encimera—. Pero conste una cosa.
—Deja que adivine. Quieres un párrafo en la carpeta.
—Quiero un párrafo en la carpeta. «Día veintiuno: Marc advirtió que un fin de semana con Nuria era temerario. Se procedió igual.» Junto al de la cena. Van a hacer buena pareja.
—Concedido. —Laura ya estaba escribiendo en el grupo—. Voy a decirle a Nuria que sí. Prepárate, que como le diga que sí, en tres minutos ha mandado el enlace de la casa, la lista de lo que tenemos que llevar y una propuesta de reparto de habitaciones.
El móvil de Laura, en efecto, empezó a vibrar sin tregua doce segundos después de que enviara el «nos apuntamos».
Nuria había estado esperando el sí con el dedo sobre la pantalla, y la casa del pantano, con su chimenea y su temporada baja, quedó reservada para el puente siguiente antes de que a Marc le diera tiempo a arrepentirse.
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Esa noche, ya en la cama, Laura repasaba en el móvil las fotos de la casa rural —piedra, vigas de madera, una chimenea de verdad, un porche con vistas al agua— con la concentración de quien planifica una campaña militar.
—Hay tres habitaciones —informó—. Nos toca la del fondo. Lejos de la de ellos. Eso está bien.
—Eso está muy bien —dijo Marc, con una intención que no se molestó en disimular.
—Céntrate. Estoy hablando de logística.
—Yo también.
—Marc.
—Perdón.
Laura apagó el móvil, lo dejó en la mesita, y se quedó un momento mirando el techo en la oscuridad, con esa quietud suya de antes de decir algo que le importaba.
—Va a ser raro —dijo—. Dos días con ellos.
Va a ser difícil, y a ratos triste, y vamos a tener que andarnos con cuidado por mil razones a la vez.
—Una pausa—. Pero ¿sabes qué? Hace tres semanas me aburría de mi propia vida.
Y ahora tengo por delante un fin de semana que me da un poco de miedo y muchísimas ganas, con un examen final que me he inventado yo, en una casa junto a un pantano, con mi marido de cómplice y dos amigos a los que quiero rescatar sin que se enteren.
—Se giró hacia él en la oscuridad—. Eso no es aburrirse. Sea lo que sea esto, no es aburrirse.
—No —dijo Marc—. Desde luego que no.
—La regla número tres, ya que estamos: ¿qué has sentido hoy?
Marc lo pensó de verdad, porque a esas alturas del proyecto la pregunta ya no era un trámite.
—Que empezamos esto para no acabar como Nuria y Gorka —dijo—.
Y que vamos a pasar un fin de semana entero con Nuria y Gorka.
Y que en lugar de darme pánico, me parece lo más lógico del mundo.
Como si todo el proyecto hubiera estado llevándonos hacia ahí sin que lo supiéramos.
—Buscó su mano en la oscuridad y la encontró—.
He sentido que tengo ganas de que llegue.
Eso he sentido. Ganas de que llegue el viernes.
—Bien —dijo Laura, y le apretó la mano una vez, fuerte, antes de soltarla para dormir—. Yo también. Pero eso no lo apuntes en ningún lado.
Faltaban dos días para el viernes. Y el viernes, con las maletas en el coche y hora y media de carretera por delante, empezaría la parte del proyecto que ni la carpeta más detallada de Laura podía prever del todo: dos días bajo un mismo techo, con una pareja rompiéndose y otra reconstruyéndose, junto a un pantano de agua quieta que, como el matrimonio de Nuria y Gorka, parecía en calma en la superficie y escondía debajo mucho más de lo que dejaba ver.