Capítulo 10
La pregunta de Nuria
Nuria le pidió a Laura que quedaran las dos solas, y eso, en sí mismo, ya era una noticia.
Nuria no pedía cosas de una en una. Nuria organizaba, convocaba, arrastraba a grupos enteros a planes que nadie había pedido.
Que quisiera un café a solas con Laura, un miércoles, sin Gorka, sin Marc, sin nadie, significaba que había algo que Nuria necesitaba decir o preguntar en un formato que no admitía público.
Quedaron en una cafetería a mitad de camino entre sus dos barrios, un sitio de esos con demasiadas plantas y el café demasiado caro, elegido por Nuria, que elegía siempre.
Laura llegó puntual, porque llegaba puntual a todo, y encontró a Nuria ya sentada, con un té que no se estaba tomando y una expresión que Laura no le veía a menudo: seria.
Nuria en serio era una criatura rara, como el sol en enero.
—Qué susto —dijo Laura, sentándose—. Me citas a solas y con esa cara. ¿Quién se ha muerto?
—Nadie se ha muerto. —Nuria giró la taza sin beber—. Quería hablar contigo. De una cosa. Y no podía con Gorka delante, ni con Marc, ni por el móvil. Tenía que ser así, mirándote.
Laura pidió un café, se acomodó, y se preparó.
Porque conocía a Nuria hacía quince años, y sabía que cuando Nuria se ponía seria y elegía las palabras con cuidado, es que venía a preguntar algo de verdad.
Y las preguntas de verdad de Nuria tenían la costumbre de ir directas al sitio donde uno guardaba lo que no quería enseñar.
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—Vale —dijo Nuria—. Te lo pregunto y ya está, porque si le doy más vueltas no lo pregunto. —Respiró—. ¿Qué tenéis vosotros que nosotros no tenemos?
Laura no contestó enseguida. Removió el café que le acababan de traer, ganando el par de segundos que necesitaba, porque la pregunta era grande y venía sin red.
—No sé a qué te refieres —dijo, aunque lo sabía perfectamente.
—Sí lo sabes. —Nuria se inclinó hacia delante—.
En la cena. Yo os miraba y había… algo. Una cosa entre vosotros.
No sé decirlo. Estabais pendientes el uno del otro de una manera que…
Gorka y yo hace años que no estamos así.
Y no es el cariño, ¿eh?, que cariño nos tenemos.
Es otra cosa. Una tensión. Una… atención.
Como si entre vosotros estuviera pasando algo todo el rato que los demás no vemos.
—Se echó atrás—. Volví a casa esa noche y no podía dormir.
Y pensé: yo quiero eso. Lo que tienen ellos.
Y no sé ni lo que es, así que no sé ni cómo pedirlo.
Por eso te lo pregunto a ti. ¿Qué es? ¿Qué hacéis?
Y ahí estaba. La pregunta que Laura llevaba toda la conversación viendo venir, formulada con una honestidad tan cruda que le quitó las ganas de esquivarla con una broma, que era su primer instinto y su mejor defensa.
Porque Nuria, sin saberlo, había descrito con una precisión escalofriante exactamente lo que estaba pasando en aquella cena.
La tensión. La atención. El algo entre ellos todo el rato que los demás no veían.
Era literal. Era las cuatro señales bajo el mantel, era la correa invisible, era el proyecto entero funcionando delante de sus ojos.
Nuria lo había visto todo sin ver nada, y ahora le pedía a Laura que le explicara el truco de un juego cuya existencia ni sospechaba.
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Laura tenía, en ese momento, varias salidas.
Podía mentir del todo, quitarle importancia, decir «no hacemos nada especial» y cambiar de tema.
Podía contarle una verdad a medias. O podía —y fue lo que hizo, porque la regla número tres se le había metido dentro más de lo que ella misma reconocía, y quince años de amistad merecían algo mejor que un despiste— podía contarle la verdad esencial sin contarle los detalles.
—No hacemos nada que no puedas hacer tú —dijo Laura, midiendo cada palabra—. Eso para empezar. No hay ningún secreto que a nosotros nos hayan dado y a ti no. Que quede claro, porque te conozco y te vas a ir de aquí pensando que hay una fórmula y que tú no la tienes.
—¿Entonces?
—Entonces es más simple y difícil de lo que quieres que sea.
—Laura dejó la cuchara—. Lo que viste en la cena es que nos prestamos atención a propósito.
No porque salga solo. Porque hemos decidido, hace poco, prestárnosla.
Con esfuerzo. Todos los días. ¿Te crees que eso sale de fábrica a los diez años?
No sale. A los diez años lo que sale de fábrica es lo tuyo y lo de Gorka.
Dos personas que se quieren y que han dejado de mirarse porque están cansadas y porque mirar cansa.
—Sostuvo la mirada de Nuria sin ablandarla—.
La diferencia entre tú y yo no es que yo tenga algo que tú no tengas.
Es que yo me di cuenta a tiempo de que lo estaba perdiendo, y me puse a hacer algo.
Y tú te has dado cuenta ahora, en mi comedor, mirándonos a nosotros.
Que también es a tiempo, por cierto. Todavía estás a tiempo.
Pero el trabajo es tuyo. Nadie te lo va a hacer.
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Nuria se quedó callada, que en Nuria era casi un fenómeno geológico. Se le llenaron los ojos, no de llorar del todo, sino de esa humedad de cuando alguien te dice una verdad que sabías y necesitabas oír en otra voz.
—Qué borde eres —dijo al fin, con media sonrisa temblona—. Te pido ayuda y me sueltas que el problema es mío.
—El problema es vuestro —corrigió Laura—.
Tuyo y de Gorka. Y la solución también. Yo no puedo dártela.
Nadie puede. Solo puedo decirte que no es magia, que no es suerte, y que no se arregla con una cena en mi casa por buena que sea.
Se arregla en tu casa. Todos los días. Empezando por dejar de mirar el móvil cuando Gorka te habla, por ejemplo, que en la cena lo hiciste tres veces y él puso una cara cada vez que no le viste.
—¿Hice eso?
—Tres veces. Las conté.
Nuria se tapó la cara con las manos un segundo.
—Dios. Soy mi madre. Me he convertido en mi madre.
—Todas nos convertimos en nuestra madre —dijo Laura con una ecuanimidad sombría—.
La cuestión es a qué velocidad y si puedes frenar.
—Y entonces, porque Nuria era su amiga de quince años y porque debajo de todo el filo había cariño de verdad, aunque lo administrara con cuentagotas, Laura hizo una concesión rarísima—: Mira.
Te voy a decir una cosa y no se la repitas a nadie, y menos a Marc, que se viene arriba.
Lo que estamos haciendo Marc y yo, esto de prestarnos atención a propósito…
empezó porque una mañana me di cuenta de que me aburría.
De nosotros. De lo perfecto y lo muerto que era todo.
Y me asusté muchísimo. Más de lo que le dije a nadie.
—Bajó la voz—. Así que si tú estás asustada, bien.
El susto es el principio. El susto es lo que te hace coger la fregona antes de que se inunde la casa entera.
La gente que no se asusta es la que acaba de verdad mal. Tú te has asustado. Vas bien.
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Se despidieron en la puerta de la cafetería con un abrazo que duró más de lo habitual, el segundo abrazo largo de Nuria en pocas semanas, y Laura volvió a casa a pie, aunque tenía el coche cerca, porque necesitaba andar.
Porque le había dicho a Nuria la verdad. Toda la verdad esencial. Y al decírsela en voz alta, por primera vez, fuera de la intimidad de la cama a oscuras con Marc, se había oído a sí misma, y lo que se oyó decir la dejó pensando el resto del día.
«Me di cuenta de que me aburría de nosotros. Y me asusté muchísimo.»
Lo había dicho. Se lo había dicho a Marc, sí, a retazos, en la oscuridad.
Pero decírselo a Nuria, a plena luz, con un café caro delante, lo había vuelto real de otra manera.
Y caminando hacia casa, Laura tropezó por fin con la pregunta que llevaba dieciocho días esquivando con carpetas, reglas y ejercicios: la pregunta de qué le tocaba a ella.
Porque el proyecto, se dijo siempre, era sobre Marc. Sobre reactivarlo a él, sobre volver a dirigirlo con atención, sobre él cumpliendo, obedeciendo y sirviendo. Laura era la que mandaba, la que diseñaba y la que evaluaba. Laura estaba, cómodamente, al mando y por tanto a salvo.
Pero no era verdad, y caminando lo supo.
El aburrimiento no había sido de Marc. Había sido de ella.
El susto no había sido de Marc. Había sido de ella.
La que se había mirado en el agua lisa y no se había reconocido era ella.
Y todos aquellos ejercicios que dirigía con mano firme, todas aquellas órdenes que daba desde arriba, eran también —sobre todo— la manera que Laura había encontrado de no quedarse quieta, de no ser Nuria, de no dejar que el río se le secara sin verlo bajar.
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Llegó a casa con esa idea incómoda dándole vueltas, y Marc, que la conocía, notó nada más verla entrar que traía algo dentro.
—¿Qué tal con Nuria? —preguntó—. ¿Muy dramático?
—Bastante. —Laura dejó el bolso, se quitó los zapatos, se sentó en el sofá con una lentitud que no era la suya—. Me ha preguntado qué tenemos nosotros que no tengan ellos.
—Uf. ¿Y qué le has dicho?
—La verdad. Que no es magia, que es trabajo, y que se ha dado cuenta a tiempo pero que el trabajo lo tiene que hacer ella. —Laura se quedó mirando un punto de la pared—. Y luego, viniendo para casa, me he dado cuenta de una cosa que no me gusta.
Marc se sentó a su lado, sin tocarla, dándole el espacio que sabía que necesitaba para decir lo que fuera que le costaba tanto.
—Todo esto —dijo Laura, y por una vez no había filo en su voz, solo una honestidad desnuda y algo asustada— lo he montado como si fuera sobre ti.
La carpeta, los ejercicios, las órdenes.
Yo mandando, tú cumpliendo. Muy cómodo para mí.
Muy a salvo. —Se giró para mirarlo—. Pero la que se aburría era yo, Marc.
La que se asustó era yo. Llevo dieciocho días dirigiéndote a ti para no tener que mirarme a mí.
Y hoy Nuria, sin enterarse de nada, me ha puesto delante de eso.
—Hizo una pausa—. Así que a lo mejor los ejercicios que quedan no van a ir solo sobre lo que haces tú.
A lo mejor me toca a mí también. Bajarme del taburete. No sé. No me gusta. Pero es verdad.
Marc la escuchó hasta el final. Y cuando ella terminó, no hizo ninguna broma, aunque tenía tres preparadas, porque supo que era uno de esos momentos raros en que a Laura había que recibirla en serio.
—Ya lo sabía —dijo en voz baja.
—¿Qué sabías?
—Que iba sobre ti. Lo supe el primer día, cuando sacaste la carpeta.
—Marc se encogió de hombros con cuidado—.
Nadie hace un plan de proyecto de cuarenta días para arreglar a otra persona.
Se hace para arreglarse uno. Lo que pasa es que tú necesitabas dieciocho días y una charla con Nuria para verlo, y yo te iba a esperar el tiempo que hiciera falta, porque a ti estas cosas hay que dejarte que las descubras sola.
Si te las digo yo antes de tiempo, no valen.
Laura lo miró, y en la mirada hubo algo nuevo, algo que Marc no le había visto nunca dirigido a él en diez años: no la mirada de la que manda hacia el que cumple, sino la de alguien que acaba de darse cuenta de que la persona que tiene al lado la conoce mejor de lo que ella se conoce a sí misma, y que ha tenido la delicadeza de esperar en silencio a que se pusiera al día.
—A veces —dijo Laura, muy despacio, como quien hace una concesión que le cuesta la vida— no eres tan tonto.
—Lo has dicho dos veces ya en este proyecto. Voy a empezar a creérmelo.
—No te acostumbres —dijo ella. Pero le cogió la mano. Y esta vez no la soltó enseguida.