Cuarenta días: Ella decide. Él la sigue. Y todo está a punto de cambiar Capítulo 7
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Capítulo 7

Lo que quedó encendido

El abrazo duró lo que duró, y cuando terminó —cuando Laura se separó, recuperó su estatura y su filo, y anunció que no pensaba acostarse con el salón hecho un campo de batalla de copas—, la casa entró en esa fase tardía y tranquila de después de las visitas, la del recogido a dos manos, la del lavavajillas cargándose en silencio, la de los comentarios sueltos sobre lo que se ha dicho y lo que no.

Recogieron juntos, cada uno en su franja habitual del reparto no escrito.

Y mientras recogían, algo fue cambiando en el aire, algo que no tenía que ver con Nuria ni con Gorka ni con la tristeza que habían dejado en el rellano, sino con ellos dos y con lo que la noche les había dejado dentro, corriendo por debajo, sin apagarse.

Porque la verdad —y Marc la fue reconociendo mientras aclaraba copas, con una claridad creciente y algo incómoda— era que llevaba toda la noche encendido.

No por la tristeza de los otros, que le había tocado de verdad, sino por lo otro, por lo de debajo del mantel, por las tres horas de órdenes mínimas cumplidas a la vista de todos, por cada vez que Laura se había tocado el pendiente y él lo había notado como quien nota una mano en la nuca.

Se había pasado la cena entera obedeciendo un idioma que solo ellos hablaban, y ese idioma, ahora que se habían quedado solos, seguía sonando, más alto incluso, sin testigos que obligaran a bajarlo.

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Laura lo notó, claro. Laura notaba esas cosas antes de que él supiera que las estaba emitiendo.

Estaban en la cocina, ella cerrando el lavavajillas, él secándose las manos, y Laura se enderezó, se giró, y lo miró con una atención distinta a la de toda la noche: no la atención vigilante de la anfitriona que administra señales, sino otra, más lenta, más pesada, la que Marc conocía y que le adelantaba el pulso sin remedio.

—Ven aquí —dijo.

Dos palabras. Sin señal, sin código, sin nadie delante para quien disimularlas. Las dos palabras más sencillas del mundo, que a esas horas y después de esa noche no eran sencillas en absoluto.

Marc dejó el paño. Fue.

—Toda la noche —dijo Laura, cuando lo tuvo delante, en voz baja, sin prisa— has hecho exactamente lo que te he pedido.

Sin un fallo. Con dos personas delante. Te has quedado de pie cuando te lo he dicho.

Has bajado el tono cuando te lo he dicho.

Me has servido, me has mirado, has esperado.

Tres horas. —Le puso una mano en el pecho, no con dulzura, con propiedad—.

Y no te he podido decir en toda la noche lo bien que lo estabas haciendo.

Solo el pendiente. Que no es suficiente.

—El pendiente lo he notado —dijo Marc, con la voz un poco tomada—. Cada vez.

—Ya lo sé que lo has notado. Se te ponían las orejas rojas. —Una media sonrisa, brevísima—. Gorka pensaba que era el vino. Yo sabía que era yo.

Y ahí, en esa frase —«yo sabía que era yo»—, estaba condensado todo el poder que Laura había ejercido durante la cena y que ahora, a solas, ya no necesitaba disfrazar de buenos modales.

Marc sintió que la última resistencia, la poca que le quedaba después de una noche entera de obediencia contenida, se le caía sin ruido.

—Se ha acabado el disimulo —dijo Laura, muy cerca—. Ya no hay nadie mirando. Así que ahora vas a hacer lo que te diga sin señales y sin código. En voz alta. Como a mí me gusta.

Apagó la luz de la cocina.

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Mucho después, cuando la casa estaba a oscuras y en silencio y Laura dormía —de verdad dormía, no el silencio de decidir cosas, sino el otro, el hondo, el de después—, Marc se quedó despierto boca arriba, mirando el techo que no veía, con esa lucidez que a veces llega en mitad de la noche y que ordena, sin que uno se lo pida, las cosas del día.

Y lo que la lucidez le ordenó, esa noche, fue una pregunta: por qué. Por qué lo de esa noche había funcionado tan rotundamente. Por qué después de diez años, después de mil noches, esta había sido distinta.

No era el sexo. O no era solo el sexo, que llevaban diez años teniendo y sabiendo tener.

Era todo lo de antes. Eran las tres horas de correa invisible en mitad de una cena.

Era haber obedecido delante de gente que no lo sabía.

Era el secreto rozándole la piel toda la noche, como había dicho Laura en la cocina cinco días atrás, cuando aquello no era más que un plan y ahora era ya un recuerdo compartido.

Marc le dio vueltas con su cabeza de diseñador, que era una cabeza que entendía el mundo mirando cómo estaban montadas las cosas.

Y lo que fue viendo, pieza a pieza, fue esto: que el deseo, el de verdad, el que se creía perdido debajo de diez años de logística, no se había perdido en ninguna parte.

Solo se había quedado sin obstáculos. Y sin obstáculos, se había vuelto invisible, como se vuelve invisible el agua cuando no hay una piedra que la haga sonar.

Lo que Laura había hecho con su carpeta y sus cuarenta días y sus cuatro señales no era inventar nada nuevo.

Era volver a poner piedras en el agua. La espera era una piedra.

El disimulo delante de Nuria era una piedra.

La orden que había que cumplir sin que se notara era una piedra.

Y el agua, que llevaba años corriendo lisa y muda, había vuelto a sonar contra cada una de ellas.

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Pensó también, porque era honesto y porque la noche invitaba a serlo, en la parte que le incomodaba.

En Nuria abrazando a Laura en la puerta.

En Gorka diciendo «seguimos estando bien» dos segundos tarde.

En que él y Laura habían pasado la velada extrayendo placer, en secreto, de una intimidad que a un metro de distancia se estaba apagando.

Había algo casi indecente en el contraste, y Marc no quería fingir que no lo había sentido.

Pero cuanto más lo pensaba, menos indecente le parecía y más otra cosa: aleccionador.

Porque Nuria y Gorka no estaban mal por falta de amor.

Marc habría jurado que se querían, a su manera cansada.

Estaban mal por falta de piedras. Habían dejado que el agua corriera lisa durante tanto tiempo que ya ni la oían, y habían confundido el silencio con la paz, y la comodidad con estar bien, hasta que un día el río se había secado sin que ninguno de los dos lo hubiera visto bajar.

Que era, comprendió Marc con un pequeño escalofrío, exactamente lo que le había pasado a Laura once días atrás en el coche, cuando escribió «aburrido» en una libreta.

Con la diferencia —la única, pero decisiva— de que Laura lo había visto a tiempo.

Laura había mirado el agua lisa y muda de su matrimonio y, en lugar de confundirla con la paz, se había asustado, y había cogido una carpeta, y había empezado a tirar piedras.

Nuria no había tirado la piedra. O la había tirado esa noche, sin saberlo, al abrazar a Laura en la puerta y pedirle que no lo perdiera.

Ojalá, pensó Marc, ojalá esa fuera su primera piedra.

Ojalá volviera a casa y mirara a Gorka y se acordara de la temperatura que había sentido en aquella mesa, esa corriente que no supo nombrar, y entendiera que no era envidia de lo que ellos tenían, sino nostalgia de lo que ella había tenido y podía volver a tener si se atrevía a incomodar un poco su río.

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A su lado, Laura se removió en sueños, buscó sin despertarse la zona de calor que era Marc, y se quedó otra vez quieta, con una mano sobre el brazo de él, en un gesto posesivo que hacía dormida y que jamás habría reconocido despierta.

Marc miró en la oscuridad la forma de su mujer, la línea de su hombro, la mano que lo agarraba en sueños como agarraba todo lo suyo, y sintió algo que no era el deseo de antes ni la lucidez fría del análisis, sino una tercera cosa, más simple y grande, para la que su cabeza de diseñador no tenía diagrama.

Diez años. Diez años y todavía era capaz de mantenerlo despierto a las tres de la mañana pensando en ella.

Diez años y todavía se le ocurrían maneras de sorprenderlo.

Diez años y esa mujer seca, exigente, imposible, que le hacía la nana sin querer y le mandaba mensajes que le costaban contratos de fontanería, o le ordenaba servir el pan que no era pan, seguía siendo, sin la menor duda, lo más interesante que le había pasado en la vida.

«Qué suerte tenéis», había dicho Nuria. «No la perdáis.»

No pensaba perderla. Esa era, si había que resumir en una línea lo que Marc entendió aquella noche mirando el techo, la conclusión: que la suerte de Nuria les había atribuido no era suerte.

Era trabajo. Era una carpeta y cuarenta días y la voluntad terca de no dejar que el agua corriera lisa.

La suerte no daba esto. Esto se elegía, cada día, como él elegía cada mañana meter en el microondas un café que no estaba frío.

Cumplió la regla número tres a su manera, en silencio, sin despertarla, prometiéndose contárselo por la mañana aunque le diera vergüenza la parte cursi: que esa noche, la de la cena de Nuria, había sido la mejor de los cuarenta días no por lo que habían hecho en la cocina a oscuras, sino por lo que había entendido después, despierto, mirándola dormir.

Y con esa promesa a medias, y la mano de Laura todavía agarrándole el brazo en sueños, Marc se durmió por fin, ya de madrugada, con la sensación rara y buena de estar exactamente donde quería estar y de haber tardado diez años y once días en darse cuenta del todo.