Cuarenta días: Ella decide. Él la sigue. Y todo está a punto de cambiar Capítulo 8
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Capítulo 8

Los días de en medio

No todos los días de un proyecto pueden ser el día de la cena.

Laura lo sabía —lo sabía por su trabajo, donde por cada reunión decisiva había cuarenta de mantenimiento— y lo había escrito, con esas palabras, en una de las notas al margen de su carpeta: «no todo puede ser un pico; los picos se sostienen sobre la llanura».

Marc, si la hubiera leído, habría comentado que era la frase más sabia y menos romántica jamás escrita sobre una relación.

Pero Marc no leía la carpeta. La carpeta era territorio de Laura.

Así que los días que siguieron a la cena fueron días de llanura. Días del Trece, el Catorce, el Quince, sin fuegos artificiales, en los que el proyecto no consistió en nada espectacular sino en lo contrario: en seguir prestando atención a las cosas pequeñas que llevaban años haciéndose solas.

Y ahí, descubrió Marc, estaba la parte del proyecto que no había previsto que le gustaría.

Porque era fácil sentir la dinámica en una cena con testigos y adrenalina.

Lo difícil, lo verdaderamente difícil, era sentirla un martes por la noche fregando una sartén.

Y sin embargo, con el filtro nuevo que los cuarenta días le habían puesto encima, hasta fregar una sartén había cambiado.

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El reparto de tareas, en aquella casa, llevaba una década resuelto.

No era un reparto negociado ni equitativo en el sentido que Nuria habría aprobado; era un reparto con jerarquía, en el que Laura decidía y Marc ejecutaba buena parte de lo doméstico, y ambos estaban donde querían estar.

Lo que el proyecto añadió no fue trabajo. Fue intención.

Antes, Marc ponía la lavadora. Ahora, Laura le decía «pon la lavadora», y Marc la ponía, y esa palabra de más —la orden que antes se daba por sobreentendida— volvía a cargar de sentido un gesto que se había vaciado.

Antes, Marc preparaba la cena. Ahora, Laura decidía qué se cenaba, y cómo, y a veces se sentaba en el taburete de la cocina a mirar cómo lo hacía, sin ayudar, dando alguna indicación mínima —«menos sal», «espera, todavía no»— que no mejoraba la cena en nada pero que reordenaba, gesto a gesto, quién era quién.

—Es curioso —le dijo Marc una de esas noches, removiendo algo en una sartén mientras Laura lo supervisaba desde el taburete con una copa de vino—. Es exactamente lo mismo que hacía antes. Cocinar. Poner la lavadora. Recoger. Lo llevo haciendo diez años.

—No es lo mismo.

—No, ya sé que no es lo mismo. A eso voy.

Es lo mismo por fuera y es otra cosa por dentro, y no sabría explicar dónde está la diferencia si me pusieras a señalarla en la sartén.

—Probó la salsa, le ofreció la cuchara a Laura por encima del hombro sin girarse, en un gesto que era mitad servicio y mitad intimidad—.

La diferencia no está en la sartén. Está en que ahora sé por qué la estoy removiendo.

Laura probó la salsa. Se tomó su tiempo, porque tomarse su tiempo era parte del asunto.

—Menos sal —dijo, que no le hacía falta menos sal.

Y Marc echó agua a la salsa, sonriendo, porque los dos sabían que no le hacía falta, y ese era exactamente el punto.

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Fue una de esas noches de llanura, precisamente, cuando llegó el mensaje que enfrió la casa.

Estaban en el sofá. Eran las once. Marc leía; Laura repasaba correos del trabajo con la eficiencia con que lo hacía todo.

Y el móvil de Laura vibró con un mensaje de Nuria, de esos largos que Nuria mandaba cuando no se atrevía a llamar porque llamar la habría hecho llorar, y escribir le dejaba al menos la ilusión de tener el control de las palabras.

Laura lo leyó en silencio. Marc, a su lado, notó el cambio antes de saber la causa: la vio quedarse quieta, la vio bajar los hombros un milímetro, la vio poner esa cara sin cara que ponía cuando algo la afectaba y no quería que se le notara.

—Nuria —dijo Marc. No era una pregunta.

—Nuria.

—¿Qué dice?

Laura tardó en contestar. Dejó el móvil boca abajo sobre el muslo, que era su manera de decir que lo que había leído merecía un respeto que no casaba con seguir mirando la pantalla.

—Que gracias por la cena —dijo—. Que hacía mucho que no pasaba una noche así.

Que Gorka y ella, de vuelta a casa, en el coche, tuvieron la primera conversación de verdad en meses.

Sobre ellos. Sobre lo mal que están. —Hizo una pausa—.

Dice que fue una conversación horrible y necesaria, y que no habría pasado si no hubieran salido de casa, si no nos hubieran visto a nosotros.

Dice que ver cómo estábamos nosotros les hizo mirarse y no reconocerse.

—Otra pausa, más larga—. Y me da las gracias por eso.

Por una cosa que ni sabíamos que estábamos haciendo.

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Marc dejó el libro. La ironía era demasiado grande para pasarla por alto y demasiado triste para hacer una broma, que era su reflejo habitual y que esta vez se tragó.

—O sea —dijo despacio— que mientras nosotros jugábamos a nuestro juego secreto en la cena, encantados con lo bien que se nos daba, en realidad les estábamos enseñando a ellos, sin querer, todo lo que han perdido.

—Eso parece.

—Y les ha servido.

—Les ha hecho hablar. Que a lo mejor es lo mismo o a lo mejor es lo contrario, según cómo salga la conversación.

—Laura miró el móvil boca abajo sobre su muslo como si pudiera morderla—.

No sé si les hemos hecho un favor o les hemos empujado al borde.

A veces una conversación de verdad, cuando llevas dos años sin tenerla, no arregla nada.

Solo te confirma lo que ya sabías y no querías mirar.

Se quedaron los dos en silencio, en el sofá, con la lámpara encendida y el peso nuevo de aquel mensaje instalado en el salón.

Y Marc pensó, no por primera vez pero sí con más fuerza que nunca, en lo extraña que era la cosa esta de las parejas: que dos personas pudieran estar sentadas a la misma mesa, la misma noche, comiendo la misma comida, y que para unas fuera el principio de algo y para otras la prueba del final.

La misma cena. Piedras distintas en el agua.

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—¿Le has contestado? —preguntó Marc.

—Todavía no. No sé qué se contesta a eso.

—Laura, que tenía respuesta para todo, que redactaba correos ejecutivos que zanjaban debates de una frase, se había quedado sin palabras ante el agradecimiento de su amiga, y esa falta de palabras decía más que cualquier cosa que hubiera podido escribir—.

¿Qué le pongo? ¿«De nada, nos alegra haberos hecho ver que os estáis rompiendo»?

¿«Cuando queráis os hacemos otra cena y acabamos de hundiros»?

—Ponle la verdad —dijo Marc.

—¿Cuál de todas?

—Que estás con ella. Que no hace falta que sepas qué decir. Que a veces basta con estar. —Marc se encogió de hombros—. Es lo que me dirías tú a mí si yo estuviera hecho polvo. Con menos palabras y más seca, pero eso.

Laura lo miró. Y en la mirada hubo algo que a Marc le gustó recibir: el reconocimiento breve, casi molesto, de que su marido, el que le hacía de camarero en las cenas y obedecía sus señales bajo el mantel, acababa de decirle a ella, la que mandaba, exactamente lo que había que hacer.

Porque la dinámica era la dinámica, pero por debajo de la dinámica había dos personas, y las dos personas se sostenían por turnos sin llevar la cuenta.

—A veces no eres tan tonto —dijo Laura, que era, en su idioma, una declaración de amor considerable.

—Lo apunto en tu carpeta —dijo Marc—. «Día quince: Marc dijo algo sensato. Documentado para la posteridad.»

—No te vengas arriba.

—Jamás.

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Laura escribió a Nuria. No le enseñó a Marc lo que le puso, y Marc no se lo pidió, porque había cosas entre Laura y Nuria que tenían quince años y no le pertenecían.

Pero fuera lo que fuese, era corto —Marc vio la brevedad del texto por encima del hombro sin leerlo— y a Laura le costó escribirlo más que cualquier correo de trabajo de tres párrafos, lo cual, tratándose de Laura, era la medida exacta de lo que le importaba.

Esa noche, ya en la cama, cumplieron la regla número tres, pero la cumplieron distinto.

No hubo confesión de deseos ni valoración de ejercicios.

Hubo, en cambio, una conversación en voz baja, a oscuras, sobre el miedo.

Sobre lo fácil que era acabar como Nuria y Gorka.

Sobre lo poco que hacía falta —solo dejar de mirarse, solo dejar que el agua corriera lisa unos años— para pasar del lado bueno de aquella cena al lado malo.

—Por eso hago esto —dijo Laura en la oscuridad, y era lo más cerca que había estado, en quince días de proyecto, de decir en voz alta lo que de verdad lo movía todo—.

La carpeta. Los cuarenta días. No es por las cosas.

Ya lo sabes que no es por las cosas. Es porque vi el agua lisa y me acordé de cómo suena cuando hay piedras, y no pienso terminar como termina la gente que se olvida del sonido.

—Una pausa—. No lo voy a repetir, así que espero que lo hayas oído bien.

—Lo he oído —dijo Marc.

—Bien.

—Laura.

—Qué.

—Yo tampoco pienso terminar así.

Hubo un silencio en la oscuridad. Y luego la mano de Laura, la que dormida le agarraba el brazo, lo agarró despierta esta vez, un segundo, fuerte, antes de soltarlo y darse la vuelta para dormir, porque hasta las declaraciones tenían un límite y el de Laura acababa siempre un poco antes de lo que a Marc le habría gustado, y estaba bien así, porque conocer ese límite y respetarlo era también una de las formas del amor que se tenían.

Faltaban veinticinco días. Y en algún lugar de la ciudad, en un coche, después de una cena, dos personas habían empezado por fin a hablar.

Para bien o para mal, la cena de Laura y Marc había puesto una piedra en un río que no era el suyo.

Y ninguno de los dos, todavía, sabía qué iba a arrastrar la corriente.