Cuarenta días: Ella decide. Él la sigue. Y todo está a punto de cambiar Capítulo 6
29%

Capítulo 6

Gente mirando

Nuria cruzó la puerta a las nueve y cuarto con una botella de vino en cada mano y los ojos ya en movimiento.

Marc lo notó desde el recibidor. Los ojos de Nuria entraban en una casa antes que el resto de Nuria, y hacían un barrido rápido, catalogador, casi policial, que registraba el estado del piso, el humor de los anfitriones y cualquier cosa que se saliera de lo esperado.

Esa noche, Marc sabía, había mucho que se salía de lo esperado, salvo que estaba todo escondido a plena vista, y confiar en que siguiera escondido dependía de que él y Laura hicieran bien un trabajo para el que llevaban cinco días ensayando en la cocina.

—¡Qué bien huele! —anunció Nuria, entregando las botellas y quitándose el abrigo en un solo movimiento coreografiado—. Gorka, deja las llaves donde sea. Ay, qué gusto salir de casa. Laura, estás guapísima, ¿te has hecho algo?

—Me he peinado —dijo Laura.

—Pues te queda genial. A mí ya ni me da tiempo a peinarme. Gorka, ¿ves cómo va la gente peinada? Esto es lo que hay que hacer.

Gorka, que entraba detrás con la placidez de un hombre que ha aprendido a habitar los silencios que su mujer le deja, sonrió, dio dos besos, palmeó a Marc en el hombro y dijo lo que decía Gorka siempre al llegar a cualquier sitio:

—¿Dónde está la cerveza?

Y con eso, más o menos, quedaron distribuidos los cuatro roles de la velada antes incluso de sentarse: Nuria hablando, Gorka bebiendo, Laura observando y Marc sirviendo. Lo que Nuria y Gorka no sabían era que dos de esos cuatro roles, esa noche, venían con letra pequeña.

❦

La cena empezó bien. Empezó, de hecho, engañosamente bien, con esa facilidad de las reuniones entre gente que se conoce hace años y no tiene que fingir interés porque el interés, gastado y cómodo, ya está ahí.

Nuria llevó el peso de la conversación, como siempre, con un monólogo ramificado que iba del colegio de no se sabía qué sobrino a una serie que tenían que ver sí o sí a una anécdota del trabajo de Gorka que Gorka escuchó contar como si fuera de otro.

Y por debajo de todo aquello, en un canal que solo Laura y Marc podían sintonizar, transcurría la otra cena. La de verdad.

Empezó pronto. Empezó cuando Laura, sirviéndose ella misma agua, dijo con toda naturalidad, sin mirar a Marc:

—Marc, ¿nos abres otra botella? La de la cocina.

Y Marc, que sabía —porque lo habían acordado el miércoles, apoyados en la encimera— que «la de la cocina» no era una botella cualquiera sino la señal de que a partir de ese momento no podía volver a sentarse sin que Laura se lo indicara, se levantó, fue a la cocina, abrió la botella, y al volver no se sentó.

Se quedó de pie, sirviendo, rellenando copas, atento, con la excusa perfecta de estar haciendo de anfitrión, mientras por dentro sentía el peso concreto y delicioso de una orden que nadie en aquella mesa, salvo la mujer que la había dado, sabía que existía.

—Siéntate, hombre, que no paras —le dijo Nuria—. Pareces un camarero.

—Es que si no lo hago yo, esto no funciona —dijo Marc, y era una frase perfectamente inocente, y era también la verdad más exacta que se dijo en toda la noche, y Laura, al otro lado de la mesa, bebió un sorbo de vino para esconder lo que le hizo esa frase.

❦

El sistema era sencillo y por eso funcionaba.

Lo habían diseñado a prueba de Nuria, que era el estándar de seguridad más exigente que conocían.

Cuatro señales, no más. «La de la cocina», que ataba a Marc de pie.

Que Laura se tocara el pendiente, que significaba «me estás gustando, sigue así», un premio invisible que a Marc le calentaba las orejas cada vez.

«¿Me acercas el pan?», que no significaba el pan, sino «recuerda quién manda aquí, no te vengas arriba con Gorka».

Y una cuarta, la más peligrosa, que habían acordado no usar salvo emergencia: que Laura dijera su nombre completo, «Marc», seco, sin nada detrás, que quería decir «para, algo va mal, abortamos».

No hizo falta la cuarta. Pero las otras tres entraron en danza a lo largo de la cena con una fluidez que a los dos les pareció, en secreto, casi milagrosa.

Nuria pidió el pan, en un momento dado, para ella, para mojar en el plato. Y Laura, viéndolo, aprovechó el hueco con un instinto de francotiradora:

—Marc, ¿le acercas el pan a Nuria? Y a mí también, ya que estás.

«Y a mí también.» Ahí estaba. El pan de Nuria era pan.

El de Laura era la señal. Y Marc, alcanzando la cesta, poniéndola primero delante de Nuria con una sonrisa de buen anfitrión y después delante de Laura, recibió el segundo mensaje alto y claro —no te vengas arriba, recuerda quién manda— justo cuando estaba, en efecto, empezando a venirse un poco arriba en una discusión amistosa con Gorka sobre fútbol.

Bajó el tono. Cedió el punto. Y Laura, sin levantar la vista de su plato, se tocó el pendiente.

El premio y el correctivo en el margen de un minuto, administrados en mitad de una conversación sobre el once inicial, sin que ninguno de los otros dos comensales sospechara que acababan de presenciar, sin verlo, un intercambio completo de poder.

Marc pensó que jamás en su vida había disfrutado tanto de una cena en la que apenas había podido comer sentado.

❦

El problema con Nuria no era que oyera. Nuria oía lo mismo que cualquiera.

El problema con Nuria era que sentía las temperaturas.

Y hacia la mitad de la cena, en algún punto entre el segundo plato y el postre, Nuria empezó a notar que la temperatura de aquella mesa tenía una corriente que no localizaba.

No habría sabido decir qué. Todo era normal.

Laura estaba como siempre, seca y elegante.

Marc estaba como siempre, atento y bromista.

Y sin embargo había algo, un cable tenso corriendo por debajo del mantel, una electricidad de fondo que Nuria, que llevaba dos años viviendo en una casa donde no quedaba electricidad de ninguna clase, detectaba con la sensibilidad dolorida de quien echa de menos exactamente eso.

—Vosotros dos estáis muy… —dijo Nuria de pronto, entrecerrando los ojos, buscando la palabra— …raros esta noche.

Se hizo, durante una fracción de segundo, un silencio del grosor de un pelo. Marc, de pie junto a la mesa con la botella en la mano, sintió que el corazón le daba un golpe. Laura, en cambio, ni pestañeó.

—¿Raros cómo? —dijo, con un aburrimiento tan perfectamente fabricado que Marc habría aplaudido si no hubiera estado ocupado fingiendo que servía vino.

—No sé. Raros bien. Estáis… —Nuria movió la mano en el aire, como si la palabra fuera una mosca que pudiera atrapar— …

majos. Estáis muy majos el uno con el otro.

Muy pendientes. —Se giró hacia Gorka con una punta de reproche que él no había hecho nada concreto para merecer esa noche pero que llevaba meses acumulando en general—.

¿Ves? Así. Así estábamos nosotros. ¿Te acuerdas de cuando estábamos así?

Gorka, que estaba a mitad de un trago de cerveza y a quien la pregunta pilló completamente desprevenido, hizo lo peor que podía hacer, que fue tardar dos segundos en contestar.

—Nosotros seguimos estando bien —dijo al fin, sin convicción, del modo en que se dice una cosa que uno quisiera que fuese verdad.

Y esos dos segundos de retraso, ese «seguimos estando bien» a destiempo y sin fuelle, cayeron sobre la mesa con un peso que apagó de golpe la comedia.

Porque de pronto ya no era una noche de códigos secretos y risas por dentro.

De pronto había, sentada en la mesa, una pareja de verdad rompiéndose despacio, delante de otra pareja que llevaba toda la cena celebrando en secreto lo bien que estaba.

❦

Laura fue la primera en reaccionar, y reaccionó como reaccionaba Laura ante el dolor ajeno: no con dulzura, que no era lo suyo, sino desviando el golpe con eficacia.

—Estáis bien y estáis cansados, que no es lo mismo —dijo, recogiendo platos, cambiando el aire de la mesa por la fuerza—. Lleváis dos años sin dormir por culpa del trabajo de Gorka y las mil cosas que te metes tú, Nuria, que te conozco. Cualquiera está majo con esa agenda. Marc, el postre.

«El postre» no era una señal. Era solo el postre.

Pero Marc, yendo a la cocina, agradeció el respiro, porque necesitaba un minuto lejos de aquella mesa para recolocar lo que acababa de sentir, que era una mezcla incómoda de dos cosas que no casaban bien: la euforia secreta del juego con Laura, y una punzada de algo parecido a la culpa, o al miedo, al ver en Nuria y Gorka una versión posible de un futuro que él y Laura, esa misma noche, se estaban esforzando por no tener.

Cuando volvió con el postre, la conversación ya había virado, rescatada por Laura hacia aguas más seguras. Nuria volvía a hablar de la serie que había que ver. Gorka volvía a beber. La comedia podía, en teoría, reanudarse.

Pero algo había cambiado, y los dos anfitriones lo sabían aunque ninguno lo dijo.

El juego seguía. Laura, ya con el postre servido, encontró la manera de deslizar una última señal —se tocó el pendiente, mirando a Marc por encima de la tarta, un «lo has hecho bien, sigues siendo mío» que a esas alturas de la noche Marc recibió con una intensidad que le sorprendió— y Marc la recibió y la guardó.

Pero por debajo del juego corría ahora otra cosa, más honda, que ninguno de los dos había previsto al diseñar las cuatro señales en la cocina: la conciencia de que lo que ellos tenían, y estaban jugando a intensificar, era exactamente lo que se le estaba muriendo a la gente sentada enfrente.

❦

Nuria y Gorka se fueron pasada la una. Nuria abrazó a Laura en la puerta un poco más fuerte y un poco más largo de lo que abrazaba normalmente, y le dijo al oído, en voz baja, algo que Marc no oyó pero cuyo efecto vio en la cara de su mujer:

—Qué suerte tenéis. De verdad. No la perdáis.

Y se fue, arrastrando a Gorka escaleras abajo con una instrucción sobre las llaves, dejando en el rellano el eco de una vida que se apagaba.

Laura cerró la puerta. Se apoyó en ella un segundo, con los ojos cerrados. Marc, en mitad del salón lleno de copas vacías, la miró y esperó, porque sabía que después de una frase como esa Laura necesitaba un momento para volver a ser Laura.

—Bueno —dijo ella al fin, abriendo los ojos, recuperando el filo—. Lo hemos hecho perfecto. Cuatro señales, cero fallos, y Nuria no se ha enterado de nada.

—Nuria se ha enterado de algo —dijo Marc en voz baja.

—Nuria no se ha enterado de las señales.

—No. De las señales no. —Marc empezó a recoger copas, despacio—. Pero se ha enterado de que nosotros tenemos algo que ellos ya no tienen. Eso lo ha visto perfectamente. Eso lo ha visto una legua.

Laura no contestó enseguida. Se acercó a la mesa, cogió su copa, la de verdad, la suya, y bebió el último dedo de vino que quedaba.

—¿Sabes qué es lo peor? —dijo, y por una vez la voz le salió sin filo, casi desnuda, en esa forma que solo usaba a solas con él y solo muy de vez en cuando—.

Que lo he disfrutado. Toda la noche. Cada señal, cada vez que te levantabas, cada vez que Nuria no se enteraba.

Lo he disfrutado como no disfrutaba una cena en años.

Y luego Nuria me abraza en la puerta y me dice que no lo pierda, y me doy cuenta de que lo que yo estaba celebrando toda la noche, a ella se le está muriendo en las manos.

—Dejó la copa—. Y no sé qué hacer con las dos cosas a la vez.

Marc dejó las copas que llevaba. Se acercó.

Y por una vez —porque el juego había terminado, porque no había nadie mirando, porque había cosas que ni siquiera cuarenta días de ejercicios podían protocolizar— hizo algo que no estaba en ninguna señal ni en ningún folio: la abrazó, sin más, sin que ella lo hubiera ordenado, rompiendo la única regla no escrita de su dinámica, la de que era ella quien decidía cuándo.

Y Laura, que podría haberlo apartado, que en otra noche cualquiera lo habría apartado con un comentario seco sobre quién mandaba allí, no lo apartó. Se dejó abrazar en mitad del salón lleno de copas vacías, un minuto entero, en silencio.

—Esto no cuenta como que mandas tú —dijo por fin, contra su hombro, recuperando el filo lo justo para no deshacerse del todo.

—No se me ocurriría —dijo Marc.

—Que conste.

—Consta.

Esa noche, la confesión de la regla número tres se la hicieron los dos a la vez, casi sin palabras, y trató por primera vez no de lo que habían hecho, sino de lo que habían visto: que la felicidad, incluso la suya, incluso la que tanto trabajo daba sostener, era una cosa frágil, y que verla morir en la mesa de al lado la hacía, de golpe, mucho más valiosa y mucho más urgente de cuidar.