Cuarenta días: Ella decide. Él la sigue. Y todo está a punto de cambiar Capítulo 5
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Capítulo 5

La llamada de Nuria

El teléfono de Laura sonó un jueves a las ocho y diez de la tarde, y Laura supo que era Nuria antes de mirar la pantalla, porque Nuria era la única persona de su vida que llamaba en lugar de escribir, y llamaba siempre a las ocho y diez, que era la hora a la que Nuria terminaba de acostar cualquier cosa que tuviera que acostar y se sentaba en el sofá con una copa de vino y la necesidad imperiosa de hablar con alguien que no viviera en su casa.

Laura miró el nombre parpadear en la pantalla y consideró, durante un segundo entero, no cogerlo. Estaban en el Día Once. Estaban en mitad de algo. Y Nuria tenía una capacidad casi sobrenatural para colarse por las rendijas de las vidas ajenas y quedarse a vivir en ellas.

Pero no cogerle el teléfono a Nuria un jueves a las ocho y diez habría sido, en el idioma no escrito de su amistad de quince años, una declaración de que algo pasaba.

Y lo último que Laura quería era que Nuria sospechara que algo pasaba.

Así que hizo lo que llevaba quince años haciendo: descolgó, se preparó para una hora larga, y dijo, con su sequedad de costumbre:

—Dime.

—Ay, gracias a Dios que lo coges. —La voz de Nuria llegó ya lanzada, sin preámbulos, como una ola que rompe antes de que te dé tiempo a ponerte de pie—. Necesito hablar con un ser humano racional. Llevo todo el día con gente que no lo es. ¿Tienes un minuto?

Laura, que sabía perfectamente que «un minuto» de Nuria era una unidad de tiempo que oscilaba entre los cuarenta minutos y la hora y media, se sentó en el sofá.

—Tengo un minuto —mintió con soltura.

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Marc, desde la cocina, oyó el «tengo un minuto» y supo que la velada acababa de cambiar de forma.

Reconocía el tono. Era el tono de Laura-con-Nuria, un tono que no usaba con nadie más: un punto más blando, un punto más paciente, con suspiros que en cualquier otra conversación habrían sido cortes pero que con Nuria eran solo puntuación.

Marc le tenía cariño a Nuria. Le tenía el cariño cómodo y ligeramente exasperado que se le tiene a la gente que es agotadora pero buena, que las hay, y que son un regalo difícil de administrar.

Puso la cabeza asomada por el marco de la puerta y articuló, sin voz, «¿todo bien?

». Laura le respondió con un gesto de la mano que significaba a la vez «sí», «es Nuria» y «prepárate porque esto va para largo», los tres mensajes comprimidos en un solo movimiento de muñeca, con la economía gestual de una década de matrimonio.

Marc volvió a la cocina y siguió con lo suyo, que esa noche consistía en dejar preparada la cena del día siguiente, porque era jueves y los jueves adelantaba trabajo.

Pero dejó la puerta abierta, y fue oyendo la conversación a retazos, del modo en que se oye la lluvia: sin escuchar, pero enterándose.

Se enteró, así, de que Nuria y Gorka estaban mal.

No mal de catástrofe; mal de erosión. Mal del modo lento y sordo en que se estropean las parejas que llevan mucho tiempo juntas y han dejado de mirarse.

Nuria lo contaba con su estilo, medio en broma medio en llanto, quejándose de que Gorka no la escuchaba, de que ya no hacían nada juntos, de que se habían convertido en dos personas que compartían una hipoteca y un router.

—Es que os veo a vosotros —le dijo Nuria a Laura, y Marc, en la cocina, aguzó el oído sin querer— y me da una envidia sana, ¿eh?, sana, pero envidia. Que lleváis los mismos años que nosotros y seguís… no sé. Bien. Se os ve bien. Se os ve que os hacéis caso.

Hubo un silencio breve al otro lado del sofá. Marc, desde la cocina, se quedó quieto con un táper en la mano, esperando a ver qué contestaba su mujer a eso, precisamente a eso, once días después de haber declarado que lo suyo ya no le valía.

—Nos hacemos caso —dijo Laura, por fin. Y no dijo más, y Marc notó, en la brevedad, todo lo que no estaba diciendo.

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—Oye, y por eso te llamaba también —siguió Nuria, saltando de la melancolía a la logística con la agilidad de una ardilla, que era otra de sus especialidades—.

Gorka y yo hemos pensado que igual nos vendría bien salir un poco de la rutina, ¿sabes?

Ver gente. Y he pensado: ¿por qué no nos vemos los cuatro?

Una cena. En vuestra casa o en la nuestra, me da igual.

Hace siglos que no cenamos juntos como Dios manda. ¿Qué me dices?

Y ahí estaba. La invitación. Cayó en mitad del salón como cae una moneda en un pozo: con un tintineo pequeño y una larga espera hasta el fondo.

Laura miró hacia la cocina. Marc, que había vuelto a asomarse por puro instinto, la miró a ella.

Y durante un segundo los dos sostuvieron una conversación completa sin decir una palabra, la clase de conversación que solo pueden tener dos personas que llevan una década traduciéndose mutuamente.

Marc puso una cara que decía: «Estamos en el Día Once.

Estamos en mitad del proyecto. ¿De verdad quieres meter a Nuria en esto?

». Y Laura le sostuvo la mirada con una expresión que Marc tardó un segundo largo en descifrar, porque no era la que esperaba. No era fastidio. No era resignación.

Era cálculo. Era la cara de Laura cuando a Laura se le acababa de ocurrir algo.

—Me parece muy bien —dijo Laura al teléfono, sin dejar de mirar a Marc—. Aquí. En nuestra casa. Ponle día.

—¿En serio? ¡Ay, qué bien! ¿El sábado? ¿El sábado que viene?

—El sábado que viene —confirmó Laura—. A las nueve. Traéis el vino y ya está.

Colgó al cabo de otros veinte minutos, porque con Nuria no se colgaba, se negociaba una salida gradual. Y cuando por fin dejó el móvil en la mesa, Marc ya estaba de pie en el marco de la puerta de la cocina, con el paño de secar los platos al hombro y una expresión entre la alarma y la curiosidad.

—Has dicho que sí —dijo.

—He dicho que sí.

—Laura. Es Nuria. Nuria ve cosas. Nuria entra en una casa y a los diez minutos sabe si has discutido, qué has comido y cuánto te ha costado el sofá. Y tú quieres meterla aquí, a cenar, en mitad de… —bajó la voz, aunque no había nadie— …de esto.

—Exactamente por eso —dijo Laura.

Y sonrió. La sonrisa. La de las mejores y las peores ideas.

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Marc dejó el paño en la encimera, se sentó enfrente de ella, y adoptó la postura del que se prepara para escuchar algo que va a cambiarle el fin de semana.

—Explícate —dijo—. Despacio. Y con detalle, que te conozco esa cara y esa cara me ha costado dinero otras veces.

Laura se tomó su tiempo. Cogió la copa de Marc, que estaba a medias, bebió un sorbo sin pedir permiso —porque no pedía permiso, ese era el punto de partida de todo—, y la dejó exactamente donde estaba.

—Piénsalo —dijo—. Llevamos once días haciendo cosas.

Y las mejores, las que de verdad han funcionado, ¿cuáles han sido?

No las de la cama. Las de fuera. El móvil en tu reunión.

El casi-nos-pillan. Lo que te desmontó no fue estar solos y cómodos.

Fue el riesgo. Fue saber que había gente delante que no podía enterarse.

—Se inclinó hacia delante, y ahora hablaba con la concentración de quien expone una tesis que lleva días fraguando—.

El otro día me dijiste que casi te da algo en la videollamada.

Y yo te dije que a mí me había gustado. Pues esto es lo mismo, pero en persona.

Una noche entera. Nuria y Gorka sentados a esta mesa, a un metro de nosotros, sin enterarse de nada, mientras tú y yo seguimos jugando delante de sus narices.

Marc procesó aquello. Lo procesó como procesaba las ideas de Laura: primero el vértigo, después la objeción, y por debajo de las dos, casi siempre, una corriente de atracción que le costaba admitir tan rápido como ella habría querido.

—Es una locura —dijo, empezando por el vértigo.

—Es un ejercicio de control —corrigió Laura—.

El más difícil que te he propuesto. Mantener la dinámica activa, entre nosotros, con testigos delante, durante horas, sin un solo fallo.

Sin caras raras como la del fontanero. Sin que Nuria, que lo ve todo, vea nada.

Si lo hacemos bien, es lo más intenso que vamos a haber hecho en todo el proyecto.

—Hizo una pausa—. Y si lo hacemos mal, Nuria lo cuenta en el grupo de las madres del colegio y no salimos de casa en un año. Así que no lo vamos a hacer mal.

—Ah, o sea que no hay presión.

—Ninguna. —Laura sonrió otra vez—. Solo tu dignidad social y la mía en juego. Una tontería.

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Marc se levantó, dio una vuelta por la cocina, volvió a sentarse. Era su coreografía de pensar, y Laura lo dejó pensar, porque una de las pocas cortesías que Laura concedía sin regatear era el tiempo de Marc para llegar por su cuenta adonde ella ya había llegado.

—Vale —dijo Marc al fin—. Vamos a suponer que digo que sí. Que no lo he dicho todavía. Pero suponiendo. ¿Cómo lo haríamos? Porque una cosa es un mensaje en el móvil y otra es… ¿qué? ¿Qué se supone que voy a hacer yo durante una cena con dos personas delante?

—Poca cosa —dijo Laura, y era evidente que esta parte ya la tenía pensada, porque las respuestas le salieron sin buscarlas—.

Nada que se vea. Esa es la gracia. Cosas mínimas.

Yo te pido algo con una palabra que para ellos no significa nada y para ti lo significa todo.

Tú me sirves, me atiendes, estás pendiente, pero de una manera que parezca solo que eres un buen anfitrión.

Un gesto. Una mirada. Que sepas que en cualquier momento te puedo decir una palabra tonta, «¿me acercas el pan?

», y que esa palabra, esa noche, no significa el pan.

—Significa el pan y otra cosa.

—Significa lo que yo haya decidido que signifique antes de la cena.

—Laura cogió otra vez su copa, ahora sí la suya—.

Lo preparamos. Como un idioma. Tres o cuatro señales, no más, que acordamos tú y yo esta semana.

Y el sábado las usamos delante de ellos.

Y cada vez que yo diga una y tú la cumplas, y Nuria esté ahí sirviéndose ensalada sin enterarse, va a ser…

—buscó la palabra, y por una vez la buscó de verdad, y la que encontró la dijo más bajo— …

nuestro. Va a ser una cosa nuestra en mitad de una habitación llena de gente.

Como tener un secreto que te roza la piel toda la noche.

Y ahí, en esa última frase, Laura dejó caer por un instante la coraza de la exposición ejecutiva y asomó lo que había debajo, que era deseo, deseo puro y bien escondido, el motor real de los cuarenta días disfrazado de plan de proyecto.

Marc lo vio. Marc siempre lo veía, cuando ella se descuidaba lo justo.

Y fue eso, más que ningún argumento, lo que le hizo decidirse.

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—Está bien —dijo—. Lo hacemos.

—¿Sí?

—Sí. Pero conste en acta una cosa. —Marc levantó un dedo, con la solemnidad burlona que era su manera de tener la última palabra sin quitarle a ella el mando—.

Si Nuria se entera, si esto sale mal, si acabamos siendo el chisme del barrio, quiero que quede documentado en tu preciosa carpeta que yo dije que era una locura.

Quiero un párrafo. Con fecha. «Marc advirtió que esto era una locura y aun así procedimos. » Para la posteridad.

—Concedido —dijo Laura—. Lo escribo mañana. Con tu nombre y todo.

—Gracias.

—De nada. Y ahora, ya que estás tan cooperativo —Laura se puso de pie, recogió las dos copas, y desde el fregadero, sin volverse, con esa voz seca que a esas alturas de la noche y del proyecto ya no sonaba solo a orden sino a algo bastante más cargado—, vamos a empezar a preparar las señales.

Ahora. Que quedan cinco días y no pienso improvisar delante de Nuria.

Marc la siguió a la cocina. Y durante la hora siguiente, apoyados en la encimera, con la cena del día siguiente enfriándose olvidada en su táper, Laura y Marc diseñaron un pequeño idioma secreto, palabra a palabra, señal a señal: qué significaba «¿me acercas el pan?

», qué significaba que ella se tocara el pendiente, qué significaba que le pidiera que abriera otra botella.

Un vocabulario mínimo y privado, construido para ser hablado en voz alta delante de dos personas que no iban a entender ni una sílaba.

Fue, pensaría Marc mucho después, cuando todo lo que vino después ya había venido, una de las noches más felices de aquellos cuarenta días.

No pasó nada. No hubo cama, no hubo fundido a negro, no hubo más que dos personas de mediana edad inventando un código secreto en una cocina a medianoche, riéndose, discutiendo si tocarse la oreja izquierda o la derecha, tachando señales demasiado complicadas, con la complicidad intacta y afilada de quien vuelve a tener, después de mucho tiempo, un plan compartido y un poco peligroso.

Cuando por fin se fueron a la cama, Marc cumplió con la regla número tres, la de la verdad del final del día, aunque esa noche apenas hizo falta.

—¿Qué has sentido hoy? —preguntó Laura, ya a oscuras, con la fórmula de siempre.

—Miedo —dijo Marc—. Un miedo estupendo. El sábado va a ser un desastre o va a ser lo mejor del proyecto, y no tengo ni idea de cuál de las dos cosas.

—Las dos —dijo Laura en la oscuridad—. Va a ser las dos. Esa es la gracia.

Y por una vez, Marc no tuvo nada que añadir, porque sabía que tenía razón. La tenía casi siempre. Era, después de diez años, una de las cosas que más le gustaban de ella y que jamás pensaba reconocer en voz alta.

Faltaban cinco días para la cena. Y ninguno de los dos, ni siquiera Laura con toda su capacidad de cálculo, podía prever del todo lo que iba a pasar cuando Nuria cruzara esa puerta con una botella de vino en la mano y esos ojos suyos que lo veían todo.