Cuarenta días: Ella decide. Él la sigue. Y todo está a punto de cambiar Capítulo 4
19%

Capítulo 4

La correa invisible

Para el Día Seis, Laura había aprendido la lección del Día Uno y la había incorporado a su metodología con la eficiencia de quien no comete dos veces el mismo error si puede evitarlo.

Nada de ejercicios pasivos. Nada de dejar a Marc con tiempo libre para que la naturaleza siguiera su curso.

La nueva estrategia era mantenerlo ocupado, atento, con la cabeza en ella a lo largo del día, y para eso Laura había descubierto una herramienta que llevaba diez años en el bolsillo de ambos sin que se les hubiera ocurrido usarla para esto.

El móvil.

La primera vez fue un martes, a media mañana.

Marc trabajaba en su mesa, enfrascado en el rediseño del logo de una empresa de fontanería que insistía, contra todo criterio profesional, en que el azul de la gota de agua fuese «un azul más mojado».

Marc trataba de averiguar qué era un azul mojado cuando le vibró el teléfono.

Era Laura. Un mensaje de tres palabras.

«Piensa en mí.»

Marc miró el mensaje. Esperó. No llegó nada más.

Ni instrucciones, ni contexto, ni un segundo mensaje que aclarase qué se suponía que debía hacer con esa orden.

Solo eso: piensa en mí. Tres palabras que no le pedían ninguna acción concreta y que, precisamente por eso, se le instalaron en la cabeza y no se movieron de allí en toda la mañana, saboteando su búsqueda del azul mojado con una eficacia que a Laura le habría encantado conocer.

Escribió una respuesta. La borró. Escribió otra.

La borró. Cualquier cosa que contestara le parecía o demasiado o demasiado poco, y comprendió —con una mezcla de fastidio y admiración profesional hacia la crueldad del diseño— que ese era exactamente el efecto buscado.

Laura no quería una respuesta. Quería que él se pasara la mañana redactando respuestas que no iba a mandar.

Al final mandó un simple: «Hecho.»

Y Laura, a doce kilómetros de allí, en mitad de una reunión de presupuestos, notó vibrar el móvil bajo la mesa, leyó «Hecho», y no sonrió porque estaba en una reunión de presupuestos, pero por dentro anotó, con satisfacción, que el Día Seis iba considerablemente mejor que el Día Uno.

❦

La cosa escaló, como escalaban las cosas cuando Laura le encontraba el gusto a un método.

Al día siguiente fueron instrucciones: «A las doce te bebes un vaso de agua y piensas por qué te lo he mandado yo y no lo has decidido tú».

Al otro, una foto sin texto: sus zapatos de tacón junto a la puerta, colocados de una forma concreta, que Marc entendió y que le ocupó, otra vez, media tarde.

Al otro, el juego de esperar: un «luego hablamos de una cosa» a las diez de la mañana, sin más, y catorce horas de Marc preguntándose de qué cosa, hasta que por la noche resultó que no había ninguna cosa, que la cosa era haberle hecho pensar que había una cosa.

—Eres un poco malvada —le dijo Marc esa noche, con auténtica admiración.

—Soy extremadamente malvada —corrigió Laura—. No te confundas con la dosis.

Lo que ninguno de los dos había medido del todo era el riesgo de trasladar el juego al horario laboral. Y el horario laboral, que llevaba años siendo un territorio neutral y aburrido, eligió el Día Nueve para cobrarse su peaje.

❦

Fue durante una videollamada. Marc tenía reunión con el cliente de la fontanería y dos personas más del estudio con el que colaboraba: una presentación formal, cámaras encendidas, el azul mojado por fin resuelto y esperando su momento de gloria en la pantalla compartida.

Marc estaba explicando, con su tono más profesional, las bondades cromáticas de la gota de agua, cuando le entró un mensaje de Laura en el móvil, que tenía apoyado en el teclado, a la vista, con las notificaciones en pantalla porque nunca se había molestado en quitarlas porque nunca le había hecho falta quitarlas.

El mensaje decía —y apareció, enorme, en mitad de la pantalla, durante los tres segundos reglamentarios antes de desvanecerse—: «Buen chico. Cuando acabes la reunión ya sabes lo que tienes que hacer.»

Marc dejó de hablar.

Fue solo un instante, medio segundo, el tiempo que tardó su cerebro en registrar que el mensaje estaba en pantalla pero que la pantalla que él veía era la suya, no la compartida, y que por tanto —hizo el cálculo geométrico más rápido y angustiado de su vida— el cliente de la fontanería no había podido verlo.

No podía haberlo visto. El móvil estaba fuera del encuadre de la cámara y la pantalla compartida solo mostraba la gota de agua.

Estaba a salvo. Estaba, técnicamente, completamente a salvo.

Pero durante ese medio segundo, Marc había perdido el hilo, había cambiado de color, y había mirado al móvil con una cara — lo comprobaría después, porque la reunión se estaba grabando, y Marc tendría el dudoso privilegio de estudiar su propia expresión a cámara lenta— con una cara que un observador atento habría descrito, sin temor a equivocarse, como la de un hombre que acaba de recibir una noticia importante de naturaleza indeterminada.

—¿Marc? —dijo el cliente—. Te has quedado congelado. ¿Se te ha ido la imagen?

—No, no —dijo Marc, agarrándose al salvavidas que el propio cliente le tendía sin saberlo—. Se me ha ido la imagen un momento. Cosas de la conexión. Perdona. Te decía, el azul. El azul mojado.

Y volvió al azul mojado, con el corazón a ciento sesenta y el móvil boca abajo, mientras en algún lugar de la ciudad su mujer no tenía la menor idea de que su mensaje de tres líneas casi hace descarrilar una reunión sobre fontanería.

❦

Se lo contó esa noche, porque la regla número tres era la regla número tres, y porque además necesitaba contárselo a alguien o iba a estallar.

—Casi me matas —dijo—. Hoy. Me has escrito «buen chico» en mitad de una reunión con un cliente y dos compañeros. En pantalla. Gigante.

Laura levantó la vista del plato con un interés súbito y nada arrepentido.

—¿Lo han visto?

—No. No lo han visto. Por pura geometría no lo han visto. Estaba fuera de cámara. Pero yo he puesto una cara, Laura. He puesto una cara. La reunión se grababa. He visto la grabación. Parezco un hombre al que le acaban de comunicar que va a ser padre y no sabe si alegrarse.

Y Laura —Marc lo vio venir y no pudo hacer nada por evitarlo— se rió. La risa fea. Otra vez.

—No tiene gracia —dijo Marc, que se estaba riendo también.

—Tiene toda la gracia. Te has puesto colorado delante del fontanero.

—Me he jugado el contrato del azul mojado por tu culpa.

—Por mi culpa no. Por dejar las notificaciones en pantalla.

—Laura, incluso riéndose, incluso con la risa fea, encontró el hueco para tener razón, porque siempre lo encontraba—.

Fallo tuyo de seguridad operativa. Mañana te quitas la vista previa de los mensajes y no vuelve a pasar.

Regla nueva del proyecto: el que juega con el móvil en el trabajo, protege el móvil en el trabajo.

—¿Lo vas a documentar?

—Ya lo estoy documentando mentalmente. «Día nueve: casi delatamos la operación por exceso de confianza.

Aprendizaje: la discreción también se gestiona.

» —Se limpió una lágrima de risa con el dorso de la mano y lo miró, y por debajo de la burla había otra cosa, algo que a Marc no se le escapó—.

Aunque te voy a confesar una cosa, ya que estamos con la verdad.

—Dime.

—Que casi te pillen. —Laura ladeó la cabeza, midiendo sus propias palabras con la precisión de siempre—.

Me ha gustado más de lo que debería. Saber que estabas ahí, delante de tu gente, tan formal, con tu gota de agua, y que una frase mía te podía desmontar entero.

—Bajó la voz—. Eso me ha gustado. Toma nota tú también, que la regla tres va para las dos.

Y Marc tomó nota. Vaya si tomó nota. Porque acababa de entender algo sobre los cuarenta días que el folio mecanografiado no decía en ninguna parte: que el peligro de que los descubrieran no era un defecto del juego.

Era parte del juego. Y que a su mujer, que llevaba diez años siéndolo, todavía era capaz de descubrirle gustos nuevos, incluso a costa de un contrato de fontanería y de medio segundo de terror puro delante de una gota de agua azul.

Esa noche Marc se quitó la vista previa de las notificaciones. Y, por si acaso, también el sonido. Con Laura al mando de la correa invisible, más valía no dar facilidades.