Cuarenta días: Ella decide. Él la sigue. Y todo está a punto de cambiar Capítulo 3
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Capítulo 3

Día uno, y las cosas que salen regular

El despertador de Marc sonó a las seis y media, veinte minutos antes de lo habitual, y Marc, que llevaba media noche esperándolo, lo apagó al primer pitido con la mano ya extendida en la oscuridad.

Laura estaba despierta. Marc lo supo sin verla, por la calidad del silencio: hay un silencio de quien duerme y un silencio de quien está tumbado con los ojos abiertos decidiendo cosas, y llevaban tanto tiempo juntos que Marc distinguía uno de otro como se distingue la lluvia del granizo por el ruido en la ventana.

—Estás despierta —dijo.

—Obviamente. —La voz de Laura en la oscuridad era la misma que a plena luz: seca, sin concesiones al haber dormido—. No te muevas. Quédate como estás. Boca arriba, las manos donde las tienes, y no digas nada hasta que yo te lo diga.

Marc se quedó como estaba. Boca arriba, las manos donde las tenía, sin decir nada. Y esperó.

Y esperó.

Y siguió esperando, porque resultó que la instrucción de Laura no venía acompañada de ninguna segunda instrucción, y lo que Laura había planeado como un ejercicio de tensión y entrega —él, inmóvil, a su merced, esperando su palabra— chocó de frente con un obstáculo que el folio mecanografiado no había previsto: que a las seis y media de la mañana, en la oscuridad y el calor de la cama, un hombre inmóvil al que se le ordena no moverse y no hablar tiene una tendencia estadística abrumadora a hacer una tercera cosa que tampoco se le ha prohibido explícitamente.

Marc se durmió.

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Cuando Laura, tras un silencio que ella había cargado de intención y él de sueño, se giró por fin para dar la orden que iba a poner en marcha el Día Uno, se encontró a su marido profundamente dormido, con una expresión de paz beatífica, respirando por la boca.

El Día Uno del proyecto de los cuarenta días había durado, contando generosamente, cuatro minutos.

—Marc.

Nada.

—Marc.

—¿Mmh? —Marc emergió del sueño con el sobresalto del que sabe que ha hecho algo mal pero todavía no recuerda qué—. Estoy despierto. Estoy despierto. ¿Qué hago?

—Estabas roncando.

—No ronco.

—Roncabas hace treinta segundos con una claridad que quitaba el hipo.

—Laura encendió la luz de la mesita, y a la luz Marc vio que no estaba enfadada; estaba, cosa mucho más rara y mucho más peligrosa, aguantándose la risa—.

Te he dicho que no te movieras y te has dormido. En el minuto uno. En el día uno.

—En mi defensa —dijo Marc, incorporándose sobre un codo—, me has dicho que no me moviera, que no hablara y que esperara. Has diseñado, literalmente, el protocolo para dormir a un bebé. Es lo que se le hace a un bebé para que se duerma. Me has hecho la nana.

Hubo un silencio. Y entonces Laura hizo algo que Marc no le veía hacer suficientemente a menudo, algo que era, en secreto, una de las razones por las que seguía a su lado después de diez años: se rió.

No la risa corta y controlada que usaba en sociedad, sino la otra, la fea, la que se le escapaba por la nariz cuando algo la pillaba de verdad, la que ella odiaba y él adoraba en proporción exactamente inversa.

—La nana —repitió Laura, entre resoplidos—. Te he hecho la nana.

—Con muchísima autoridad, eso sí. La nana más dominante que me han hecho en la vida.

—Cállate.

—Ha sido una nana durísima. Exigente. Una nana que no admite un no.

—Que te calles, Marc. —Pero se estaba riendo, y le dio con la almohada, y durante un minuto entero los dos fueron dos personas de veinte años en el cuerpo de dos personas de cuarenta y muchos, y el Día Uno, que había fracasado como ejercicio de dominación, triunfó rotundamente como otra cosa que ninguno de los dos supo nombrar en ese momento pero que ambos reconocieron: hacía años que no se reían así, en la cama, por una tontería.

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—Vale —dijo Laura por fin, recuperando el aliento y, con el aliento, el mando—. El ejercicio ha sido un desastre. Lo reconozco. Fallo de diseño.

—El primero que te reconozco en un proyecto en diez años, para que conste.

—No te acostumbres. —Se sentó del todo, apoyada en el cabecero, y se quedó pensando con esa concentración feroz que a Marc le parecía, aunque jamás se lo diría en esos términos, francamente irresistible—.

El problema es que lo he planteado como algo pasivo.

Tú quieto, y yo esperando. Y lo pasivo, a estas horas, con lo bien que se está en la cama, no funciona.

Necesito que hagas algo. Que te cueste. Que estés despierto porque estás ocupado, no dormido porque no tienes nada que hacer.

—Tomo nota de que mi mujer acaba de descubrir, a las seis y media de la mañana, un principio básico de la gestión de equipos.

—¿Perdona?

—A la gente ociosa se le va la cabeza. Hay que darle tareas. Lo dais vosotros mismos en los cursos de liderazgo. Te lo podría haber dicho yo gratis.

Laura lo miró con la expresión de quien considera seriamente volver a usar la almohada, pero por debajo de la expresión Marc vio que había registrado el argumento, porque Laura siempre registraba los argumentos buenos aunque viniesen envueltos en la insolencia de su marido, que era, casi siempre, como venían.

—Levántate —dijo—. Ya que estás despierto y me has estropeado el ejercicio, vas a hacer el desayuno.

Y no uno cualquiera. El que yo te diga, como yo te lo diga, y no empiezas a comerte lo tuyo hasta que yo haya probado lo mío y te haya dicho que puedes.

Eso sí lo puedo dirigir con los ojos abiertos.

—¿Ves? Eso es delegar con instrucciones claras. Mucho mejor.

—Marc.

—Voy, voy.

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El desayuno salió mejor que el ejercicio del amanecer, lo cual no era decir mucho, pero era decir algo.

Marc preparó lo que Laura fue pidiendo —tostada de una manera concreta, el café de una manera concreta, la fruta cortada de una manera que a Marc le pareció innecesariamente concreta pero que ejecutó sin rechistar porque la gracia estaba precisamente en lo innecesario— y esperó, con la taza en la mano y sin sentarse, a que Laura probara, valorara y concediera.

Laura probó. Valoró. Se tomó su tiempo, más del necesario, porque sabía que Marc estaba de pie esperando y porque hacerle esperar era, ahora sí, con la luz encendida y ambos despiertos, exactamente el tipo de tensión menuda y cotidiana que el ejercicio fallido de la cama había intentado y no logrado.

—Ya puedes —dijo al fin.

Y Marc se sentó, y comió, y la cosa —esa cosa mínima, un desayuno, un «ya puedes» de tres palabras— funcionó. No fue espectacular. No hubo música de fondo. Pero los dos lo notaron, ese pequeño reajuste, ese milímetro de atención que volvía a un gesto que llevaba años haciéndose solo.

Esa noche, cumpliendo la regla número tres, Marc le contó la verdad: que el ejercicio del amanecer le había parecido un desastre entrañable, que lo del desayuno, en cambio, le había gustado más de lo que esperaba por ser tan poca cosa, y que llevaba todo el día pensando, a ratos, en el «ya puedes».

—Lo de esta mañana ha sido ridículo —añadió—. Que quede claro. Me has hecho la nana.

—Lo he anotado como aprendizaje del proyecto —dijo Laura, muy digna—. «Día uno: no diseñar ejercicios que consistan en dejar a un hombre quieto y callado en una cama caliente». Ya está documentado. No volverá a pasar.

—Has escrito eso.

—Palabra por palabra. Tengo un documento.

Marc se rió, apagó la luz, y pensó, ya medio dormido, que treinta y nueve días atrás le habrían parecido una eternidad y ahora, de pronto, le parecían pocos.

Era una sensación extraña, después de diez años, tener ganas de que llegara mañana solo para ver qué se le ocurría a su mujer.

Extraña y buena. La clase de sensación por la que, sospechó, valía la pena un ejercicio ridículo de vez en cuando.