Cuarenta días: Ella decide. Él la sigue. Y todo está a punto de cambiar Capítulo 2
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Capítulo 2

Las reglas del juego

Laura tardó tres días en saber qué quería. Para Laura, tres días de indecisión eran una eternidad humillante, y los llevó con el humor de quien tiene una piedra en el zapato y una reunión detrás de otra que le impiden pararse a quitársela.

Marc, mientras tanto, vivió esos tres días en un estado de alerta suave y no desagradable.

Sabía que algo venía. No sabía qué. Y descubrió, con cierta sorpresa, que no saber qué venía le había devuelto al cuerpo una atención que llevaba tiempo dormida: se sorprendió mirando a Laura cuando ella no miraba, tratando de adivinar, estudiándola como se estudia un cielo antes de decidir si coger el paraguas.

Hacía años que no la estudiaba. Daba por hecho que ya se la sabía de memoria.

Pero resultó que no del todo.

La noche del tercer día, Laura llegó a casa con una carpeta. Una carpeta física, de cartón, de las que Marc no le veía usar desde que en la oficina habían digitalizado todo. La dejó sobre la mesa de la cocina con un golpe seco, se sentó, y señaló la silla de enfrente con la barbilla.

—Siéntate.

Marc se sentó.

—Te he preparado una cosa —dijo Laura—. Y antes de que la veas, quiero dejar clara una cosa: esto no es una crisis.

Que no se te ocurra tratarlo como una crisis.

Nadie va a irse de casa, nadie está enfadado, y no hay ningún problema con nosotros.

—Hizo una pausa—. Hay un problema con lo cómodos que estamos. Que no es lo mismo.

—Vale —dijo Marc, que no las tenía todas consigo respecto a que no fuese lo mismo, pero que sabía cuándo no discutir una definición.

Laura abrió la carpeta.

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Dentro había un único folio. Un folio mecanografiado, con el interlineado de Laura, la de los informes ejecutivos, la que era capaz de resumir un trimestre entero en media página porque despreciaba a la gente que necesitaba dos.

Marc lo giró hacia sí y leyó el encabezado, que estaba en negrita y centrado, porque Laura hasta para rediseñar su vida sexual usaba las convenciones de un memorándum corporativo.

Decía: «CUARENTA DÍAS».

—Cuarenta días —repitió Laura, por si el folio no era suficientemente claro, que lo era—.

Cuarenta días en los que vamos a hacer cosas nuevas.

Cosas que no hemos hecho, o que dejamos de hacer, o que hacemos en piloto automático y vamos a volver a hacer prestando atención.

Una cosa cada día, mínimo. Algunas serán una tontería.

Otras no. Algunas saldrán mal. —Se inclinó un poco hacia delante—.

Y esa es la parte que me interesa. Que puedan salir mal.

Porque llevamos diez años sin que nos salga nada mal, y estoy hasta las narices.

Marc leyó el folio entero. Laura había estructurado el proyecto como estructuraba todo: con objetivos, con reglas y con lo que ella llamaba, sin el menor rubor, «criterios de éxito».

—Has hecho un plan de proyecto —dijo Marc, y no pudo evitar del todo que se le escapara una sonrisa—. De esto. Has hecho un plan de proyecto con criterios de éxito.

—¿Y cómo querías que lo hiciera?

—No. Si es muy tú. Es lo más tú que te he visto hacer en años. —Marc levantó las manos antes de que ella se lo tomara a mal—. Lo digo bien. Lo digo muy bien.

Y lo decía bien. Porque debajo de la sonrisa, a Marc se le había acelerado algo.

No era el folio. Era ella. Era esa Laura concentrada, exigente, con un apetito nuevo en la mirada, que había dedicado tres días y un folio mecanografiado a la tarea de no aburrirse de él.

Había, comprendió Marc, cosas peores que ser el objeto de un plan de proyecto de Laura.

La mayoría de los hombres, de hecho, no llegaban nunca a serlo.

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—Regla número uno —leyó Laura en voz alta, aunque estaba escrita y Marc podía leerla solo, pero a Laura le gustaba decir las reglas en voz alta, porque una regla dicha en voz alta pesaba más—.

Yo propongo. Tú puedes decir que no. Pero el «no» tiene que ser un «no» de verdad, de los que van en serio, no un «no» de vergüenza.

Si dices que no por vergüenza, no cuenta, y lo hacemos igual. ¿Estamos?

—Estamos.

—Regla número dos. Nadie de fuera se entera. Nadie. Ni tu hermano, ni mi amiga Bea, ni por supuesto Nuria, que como se entere no la callamos en la vida. Lo que pasa en estos cuarenta días es nuestro. —Levantó la vista—. Esto no es negociable, así que ni te molestes en poner esa cara.

—No he puesto ninguna cara.

—Has empezado a ponerla.

Marc, que en efecto había empezado a ponerla, la deshizo.

—Regla número tres —siguió Laura, y aquí bajó un poco la voz, no por vergüenza sino por énfasis, que en ella eran cosas muy distintas—.

Al final de cada día, me cuentas. Qué has sentido.

Qué te ha gustado, qué no, qué te ha dado corte.

La verdad. Si me mientes para quedar bien, esto no sirve para nada, y prefiero dejarlo el primer día que hacerlo mal cuarenta.

—Lo miró fijamente—. La verdad me la debes.

Es lo único que de verdad te exijo. Todo lo demás es juego. Eso no.

Y ahí, en esa última frase, Marc reconoció a la mujer de la que llevaba diez años enamorado, la que se escondía debajo de las pegas sobre la temperatura del café: una mujer que mandaba, sí, con dureza, sí, pero cuya exigencia más alta, la única que ponía por encima del juego, era que él fuera de verdad.

Todo lo demás lo hacía por gusto. La honestidad la hacía por amor, aunque esa palabra jamás habría cruzado la mesa de la cocina; se habría muerto de asco antes de decirla.

—¿Y tú? —preguntó Marc.

—¿Yo qué?

—Las reglas son para mí. La carpeta la has hecho tú. El plan es tuyo. Pero en estos cuarenta días, ¿qué te toca a ti?

Laura se quedó callada. Y fue una de esas raras veces —Marc podía contarlas, no llegaban a la docena en diez años— en que la vio realmente pillada, sin la réplica preparada, buscando una respuesta que no estaba en ningún folio porque no se le había ocurrido escribírsela a sí misma.

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—A mí me toca vigilar que lo hagas bien —dijo por fin. Pero lo dijo un pelín demasiado rápido, y los dos lo notaron.

—Ya —dijo Marc.

—Cállate.

—No he dicho nada.

—Lo estabas pensando muy alto.

Marc sonrió y no insistió, porque había aprendido, entre otras muchas cosas, que a Laura se la ganaba dejándole las últimas palabras y quedándose uno con las conclusiones.

Y la conclusión que Marc se quedó, doblando el folio con cuidado por la línea que Laura había marcado, era esta: que el plan de los cuarenta días decía ser sobre él, y que llevaba, escrita en tinta invisible entre las reglas, la firma de que también iba a ser sobre ella.

Puede que sobre todo sobre ella. Aunque hubiera hecho falta un folio mecanografiado para no tener que decirlo.

—¿Cuándo empezamos? —preguntó.

Laura recuperó la carpeta, la cerró, y por primera vez en toda la noche sonrió de verdad, con esa sonrisa que a lo largo de una década había precedido a sus mejores y a sus peores ideas sin previo aviso de cuál tocaba.

—Mañana —dijo—. Día uno. Y te vas a levantar veinte minutos antes, así que ya puedes ir poniendo el despertador.

—¿Veinte minutos antes para qué?

—Para lo que yo te diga. —Se levantó, se llevó la copa al fregadero, y desde allí, sin volverse, añadió—: Buenas noches. Recoge tú.

Y Marc recogió, como recogía siempre, salvo que esa noche recoger la mesa le supo distinto, porque por primera vez en mucho tiempo no sabía qué venía después.

Y resultó que no saber qué venía después, a los cuarenta y tantos, después de diez años, seguía siendo una de las mejores sensaciones que conocía.