Cuarenta días: Ella decide. Él la sigue. Y todo está a punto de cambiar Capítulo 1
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Cuarenta días: Ella decide. Él la sigue. Y todo está a punto de cambiar

Cuarenta días: Ella decide. Él la sigue. Y todo está a punto de cambiar

Por Hanna Holmgren

© inepub.com

Capítulo 1

El problema de que todo funcione

El café estaba listo a las siete y cuarto, como todas las mañanas, porque Marc lo tenía listo a las siete y cuarto todas las mañanas.

Laura entró en la cocina, cogió la taza que él le había dejado en el sitio exacto donde ella la cogía cada día, y bebió el primer sorbo sin mirarlo.

No hacía falta mirarlo. Después de diez años, mirar era casi redundante.

—Buenos días —dijo Marc.

—Está poco caliente.

No lo estaba. Los dos lo sabían. Era, simplemente, la primera frase del día, y llevaba diez años siendo una variación de la misma primera frase del día: una pega mínima, sin importancia, que servía para recordarles a ambos quién marcaba el tono.

Marc no se defendió. Cogió la taza, la metió diez segundos en el microondas, y se la devolvió. Laura bebió otra vez.

—Mejor —concedió.

Y ese fue, más o menos, el momento más emocionante de la mañana.

El resto se desarrolló con la precisión de un mecanismo suizo.

Marc había dejado la ropa de Laura preparada la noche anterior, porque los martes ella tenía comité de dirección y le gustaba no pensar en qué ponerse.

Laura se vistió sin comentar nada, lo cual era su forma de decir que la elección había sido correcta.

Si hubiera sido incorrecta, lo habría dicho.

El silencio, en casa, era el más alto de los elogios.

Desayunaron. Él le sirvió. Ella le dejó servirse a él solo cuando terminó, con un gesto mínimo de la mano que significaba «ya», y que Marc había aprendido a leer hacía tanto tiempo que ya ni recordaba haberlo aprendido. Era como respirar. Y nadie recuerda el día en que aprendió a respirar.

A las ocho, Marc le acercó el abrigo. A las ocho y dos, Laura le ofreció la mejilla, que era lo que le tocaba a él pedir un beso —«¿me das un beso antes de irte?

», la fórmula de siempre— salvo que esa mañana Laura tenía prisa y se lo dio directamente, saltándose el protocolo, y ni se dio cuenta de que se lo había saltado.

Ese fue el detalle. Ese, y no otro, fue el detalle que a Laura se le quedó clavado durante todo el trayecto hasta la oficina.

Se había saltado el protocolo. Y no había pasado nada.

No había sentido nada. Ni ella al saltárselo, ni —estaba segura— él al recibir el beso sin haberlo pedido.

Diez años atrás, ese beso robado habría significado algo.

Habría sido una transgresión, una decisión, un gesto con peso.

Esa mañana había sido lo que era un semáforo en verde: algo por lo que se pasa sin mirar.

Laura conducía y pensaba, y a Laura pensar mientras conducía nunca le había traído nada bueno para la paz de espíritu de nadie.

El problema —y lo formuló así, con esa palabra, «problema», porque Laura formulaba las cosas como problemas para poder resolverlas— era que todo funcionaba.

La casa funcionaba. La dinámica funcionaba.

Marc funcionaba, admirable, cómoda, previsiblemente.

Ella daba una orden y la orden se cumplía con una fluidez tan perfecta que había dejado de parecer una orden. Se había convertido en logística.

Y Laura no había firmado, diez años atrás, para tener buena logística.

En el comité de dirección de las nueve, mientras el director financiero explicaba por tercera vez un gráfico que se explicaba solo, Laura escribió una palabra en la esquina de su libreta y la subrayó dos veces.

La palabra era «aburrido». Luego, debajo, escribió otra, más pequeña, que no subrayó porque le daba cierto pudor incluso a solas: «¿nosotros? ».

Tachó la segunda inmediatamente. Pero ya estaba pensada, y las cosas pensadas por Laura tenían la costumbre desagradable de no dejarse tachar.

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Marc, entretanto, trabajaba desde casa y disfrutaba de la mañana con la conciencia tranquila del que ha dejado el café listo, la ropa lista y a su mujer contenta —o lo que en Laura pasaba por contenta, que era un estado difícil de distinguir del descontento salvo por matices que solo él sabía leer.

Tenía una entrega de diseño para las dos y una videollamada a las once, y entre una cosa y otra el día se presentaba plácido.

Marc apreciaba la placidez. Había gente que confundía su carácter con la sumisión, y Marc les dejaba que lo confundieran, porque explicarlo era agotador y porque en el fondo le divertía que no lo entendieran.

La verdad era más simple y rara: Marc había elegido esto.

Lo elegía cada mañana, incluida esa, cuando metía la taza diez segundos en el microondas para un café que no estaba frío.

No lo hacía porque no supiera que el café no estaba frío.

Lo hacía porque le gustaba el mundo en el que el café de Laura siempre estaba a la temperatura que Laura decía que debía estar.

Ese mundo lo sostenía él, gesto a gesto, y sostenerlo le producía una satisfacción que jamás habría sabido explicarle a Gorka, por ejemplo, aunque Gorka se lo hubiera preguntado, que no lo haría, porque Gorka no preguntaba esas cosas.

Lo que Marc no sabía, mientras maquetaba un folleto para una clínica dental y silbaba por lo bajo, era que a doce kilómetros de allí su mujer había escrito la palabra «aburrido» en una libreta y la había subrayado dos veces.

Si lo hubiera sabido, no habría silbado.

❦

Laura volvió a casa a las siete. Marc había preparado la cena. Cenaron, y la cena estuvo bien, y la conversación estuvo bien, y todo estuvo, en general y sin excepción reseñable, bien.

Fue después de cenar, cuando Marc recogía la mesa —porque recoger la mesa era cosa suya, y lo era desde hacía tanto que ninguno de los dos recordaba haberlo decidido— cuando Laura, sentada aún, con una copa de vino que no se había terminado, dijo la frase que llevaba todo el día fraguándose.

—Marc.

—Dime.

—Esto ya no me vale.

Marc se quedó con un plato en cada mano.

Hizo un repaso rapidísimo y aterrorizado de las últimas veinticuatro horas en busca del error, del plato mal colocado, del tono mal medido, de lo que fuera que hubiera provocado aquello.

No encontró nada. Y el no encontrar nada era, comprendió con un frío repentino, exactamente el problema del que ella estaba hablando.

—¿El qué no te vale? —preguntó, con toda la calma que pudo fabricar.

Laura giró la copa por el tallo, despacio, mirándola a ella y no a él.

—Esto. Lo cómodo. Que sepas lo que voy a decir antes de que lo diga.

Que sepa yo lo que vas a hacer antes de que lo hagas.

—Levantó por fin la vista, y en sus ojos había algo que Marc no le veía desde hacía años: no enfado, no frialdad, sino un apetito—.

Llevamos diez años haciéndolo perfecto. Y perfecto me aburre.

Marc dejó los platos. Muy despacio.

—¿Y qué propones? —dijo.

Y Laura sonrió. Marc conocía esa sonrisa. Esa sonrisa había precedido, a lo largo de una década, algunas de las mejores y algunas de las peores ideas de su vida en común, sin que hubiera nunca forma de saber de antemano cuál de las dos sería.

—Todavía no lo sé del todo —dijo ella—. Pero cuando lo sepa, te vas a enterar el primero.

Aquella noche, por primera vez en mucho tiempo, Marc se fue a la cama sin tener la más remota idea de lo que le esperaba al día siguiente.

Y aunque le habría costado admitirlo, y a pesar de que no dijo nada, y aunque apagó la luz con el mismo gesto de siempre, tardó un buen rato en dormirse.