Capítulo 38
Noa
El coche de Álvaro se detuvo frente a la casa y yo sentí que el corazón me golpeaba el pecho con una fuerza descomunal.
Aún llevaba puesto el vestido azul marino que había elegido para la cena de aquella noche, aquella noche que había cambiado absolutamente todo.
El anillo en mi mano izquierda brillaba bajo la luz del salpicadero, y no podía dejar de mirarlo con una mezcla de asombro y felicidad absoluta.
—Estamos en casa —murmuró Álvaro, y su voz sonaba diferente, cargada de una intimidad que solo nos pertenecía a nosotros.
Lo miré y encontré sus ojos oscuros fijos en mí, devorándome con una intensidad que hizo que un escalofrío me recorriera la espalda. Estábamos solos. Los niños se habían quedado con sus abuelos esa noche, una decisión que ahora entendía perfectamente. Álvaro lo había planeado todo.
Salimos del coche y él tomó mi mano entre las suyas, entrelazando nuestros dedos con firmeza. Caminamos hacia la entrada en silencio, pero ese silencio no era incómodo; estaba cargado de promesas, de todo lo que íbamos a compartir, de todo lo que por fin podíamos expresar sin restricciones.
Una vez dentro, dejé que mi mirada recorriera el salón familiar, ese espacio donde había pasado tantas horas con los niños y donde había construido una vida junto a ellos, poco a poco. Pero ahora todo se sentía diferente. Ahora era nuestra casa, nuestro hogar, nuestro futuro.
—¿Quieres tomar algo? —preguntó Álvaro, pero su voz sonaba distraída, con la atención puesta completamente en mí.
Negué con la cabeza y me acerqué a él, posando mis manos sobre su pecho, sintiendo los latidos acelerados de su corazón bajo la tela de su camisa.
—Quiero estar contigo —susurré, y vi cómo sus ojos se oscurecían aún más.
Sin decir una palabra, tomó mi mano y me guió hacia las puertas de cristal que daban al jardín.
La noche de agosto era cálida, impregnada del aroma de las buganvillas y el jazmín que Álvaro cultivaba con tanto esmero.
La luna llena iluminaba el espacio con una luz plateada que convertía todo en mágico.
Caminamos entre las plantas hasta llegar al cenador donde solíamos sentarnos a charlar mientras los niños jugaban. Pero esta vez no había niños, no había distracciones, solo nosotros y la realidad de lo que estábamos a punto de compartir.
Álvaro se detuvo y se giró hacia mí, tomando mi rostro entre sus manos con una ternura que me hizo sentir lágrimas en los ojos. Me miró como si fuera lo más precioso del mundo, como si no pudiera creer que estuviera realmente allí, prometida a él, llevando su hijo en mi vientre.
—No puedo creer que seas mía —dijo con voz ronca, y sus pulgares acariciaron mis mejillas con una suavidad infinita.
—Siempre he sido tuya —respondí, y era la verdad pura, aunque hubiera tardado tanto en darnos cuenta.
Se inclinó hacia mí y nuestros labios se encontraron en un beso que comenzó suave, casi reverente, pero que rápidamente se encendió en algo más profundo, más urgente.
Sentí sus manos bajar por mi espalda, apretándome contra su cuerpo, y pude sentirlo duro y necesitado contra mí, lo que provocó que un gemido escapara de mi garganta.
El beso se volvió salvaje, nuestras lenguas danzando con una desesperación que reflejaba quince años de anhelo contenido.
Sus manos recorrieron mi cuerpo con posesividad, memorizando cada curva, cada respuesta mía.
Me sentía arder bajo su tacto, consumida por el fuego que siempre había existido entre nosotros, ese fuego que habíamos intentado negar durante tanto tiempo.
—Te deseo —gruñó contra mi boca, y sus palabras resonaron en lo más profundo de mi ser—. Te deseo como nunca he deseado a nadie, Noa. Eres mi obsesión, mi adicción, mi todo.
Sus manos descendieron hasta mis caderas y me levantó con una facilidad que me dejó sin aliento. Envolví mis piernas alrededor de su cintura, sintiendo su dureza presionando exactamente donde más lo necesitaba, lo que provocó que un jadeo escapara de mis labios.
—Álvaro... —gemí, y el sonido de su nombre en mis labios pareció desatar algo primitivo en él.
Comenzó a caminar hacia la casa sin soltarme, sin dejar de besarme, de mordisquear mi labio inferior con una urgencia que me volvía loca. Cada paso que daba hacía que su cuerpo rozara contra el mío de una manera que me tenía al borde de la locura.
Cruzamos las puertas de cristal y atravesamos el salón con una prisa desesperada. Álvaro subió las escaleras sin detenerse, sin dejar de sostenerme, sin dejar de mirarme con esa intensidad que prometía ruina y salvación a partes iguales.
Al llegar a la habitación me depositó suavemente sobre la cama y se quedó de pie frente a mí, contemplándome con una mezcla de adoración y lujuria que hizo que me sintiera como la mujer más deseada del mundo.
La luz de la luna entraba por las ventanas abiertas, iluminando su figura con un halo plateado que resaltaba cada músculo de su cuerpo.
Se quitó la chaqueta con movimientos deliberados, dejando al descubierto los tirantes de su pantalón sobre su camisa blanca.
Luego se deshizo de la corbata y comenzó a desabrocharse los botones uno a uno, sin dejar de mirarme ni un segundo.
Me incorporé sobre los codos, observando fascinada cómo se revelaba ante mí.
Su pecho musculoso, cubierto de vello oscuro que descendía en una línea tentadora hacia el ombligo y más allá.
Sus abdominales definidos, el resultado de años de natación y cuidado.
Cuando se bajó los pantalones y el bóxer, quedó completamente desnudo frente a mí, y tuve que contener el aliento ante la visión de su erección, grande, gruesa y curvada hacia arriba, brillando con la humedad de su deseo.
—Eres perfecta —dijo, y su voz era un ronco susurro que vibró en mi núcleo—. Y eres mía.
Se acercó a la cama y tomó mis tobillos, separando suavemente mis piernas para situarse entre ellas. Sus manos subieron por mis pantorrillas, mis rodillas, mis muslos, llevándose consigo la tela de mi vestido hasta dejar al descubierto mi ropa interior de encaje blanco.
—Precioso —murmuró, y sus dedos rozaron la tela húmeda que cubría mi sexo, haciéndome arquear la espalda.
Con movimientos expertos, me quitó el vestido por la cabeza, dejándome solo en sujetador y bragas. Sus ojos recorrieron mi cuerpo con hambre, deteniéndose en mis pechos, que ya comenzaban a sentirse más sensibles por el embarazo.
—Dios, mírate —susurró, y se inclinó para besar la curva de mi cuello, descendiendo hasta el valle entre mis pechos—. Estás más hermosa que nunca, Noa. El embarazo te sienta de maravilla. Estás radiante.
Sus palabras me envolvieron en una oleada de calor, y cuando desabrochó mi sujetador y tomó mis pechos entre sus manos, gemí con fuerza. Estaban sensibles e hinchados, y su tacto, aunque suave, provocó que una corriente eléctrica recorriera todo mi cuerpo.
—Álvaro, por favor... —supliqué, sin saber exactamente qué pedía, solo sabiendo que necesitaba más, mucho más.
—Por favor, ¿qué, amor? —preguntó con voz provocadora, y sus dedos rozaron mis pezones erectos, haciéndome jadear—. Dime qué necesitas. Quiero oírtelo decir.
—Te necesito —gemí, y mis caderas se movieron instintivamente buscando su contacto—. Te necesito dentro de mí, ahora. Por favor, Álvaro, no me hagas esperar más.
Un gruñido bajo escapó de su garganta y, en un movimiento rápido, me quitó las bragas y se situó entre mis piernas.
Sentí la punta de su miembro presionando contra mi entrada, caliente y dura, y por un momento nos miramos a los ojos, compartiendo la magnitud de lo que estábamos a punto de hacer no solo como amantes, sino también como prometidos, como futuros esposos, como padres de un hijo que crecía en mi vientre.
—Te amo —dijo, y con un movimiento fluido, se hundió en mí hasta el fondo.
Grité su nombre, mis uñas se clavaron en sus hombros mientras mi cuerpo se adaptaba a su tamaño, a su grosor, a la sensación de plenitud absoluta que solo él podía proporcionarme. Nos quedamos inmóviles por un momento, disfrutando de la conexión perfecta, de la sensación de ser uno solo.
—Joder, Noa —gruñó contra mi cuello—. Siempre tan perfecta, tan apretada, tan mía.
Comenzó a moverse con embestidas profundas y controladas, cada una de ellas rozando ese punto dentro de mí que me hacía ver estrellas.
Sus caderas golpeaban contra las mías con una fuerza que delataba su control desvaneciéndose, y yo lo recibía con las piernas envueltas alrededor de su cintura, instándolo a ir más rápido, más fuerte.
—Más —gemí, y mi voz sonó extraña, ronca de deseo—. Dámelo todo, Álvaro. No te contengas.
Algo se rompió en él ante mis palabras. El control que había mantenido se evaporó, y lo que siguió fue una danza de pasión desenfrenada, de movimientos salvajes y precisos que me arrancaban gemidos y gritos que no podía contener.
Cambió de posición, sentándose sobre los talones y llevándome con él, haciéndome sentar sobre su regazo sin dejar de estar dentro de mí. Esta posición me permitía sentirlo más profundamente, si eso era posible, y cuando comencé a moverme sobre él, sus manos se aferraron a mis caderas con fuerza.
—Así, amor —gruñó, y sus ojos oscuros brillaban con una lujuria primitiva—. Cabálgame. Muéstrame cuánto me deseas.
Me agarré a sus hombros y comencé a moverme con una urgencia desesperada, subiendo y bajando sobre su erección, sintiendo cómo cada movimiento me acercaba más al borde del abismo.
Sus manos no permanecían quietas; recorrían mi cuerpo con adoración, subiendo hasta mis pechos, acariciando mis pezones con sus pulgares y descendiendo hasta mi vientre, donde crecía su hijo.
—Mírate —dijo con voz ronca—. Mira lo hermosa que estás, montándome, tomando tu placer. Eres una diosa, Noa. Mi diosa.
Sus palabras me empujaron más allá de cualquier inhibición. Me sentí poderosa, deseada, amada con una intensidad que trascendía lo físico. Continué moviéndome sobre él, cada movimiento mío correspondido por un empuje de sus caderas hacia arriba, golpeando exactamente donde más lo necesitaba.
—Voy a... —Jadeé, sintiendo la tensión acumularse en mi vientre, en mis extremidades, en cada fibra de mi ser.
—Hazlo, mi amor —ordenó, y una de sus manos descendió hasta encontrar mi clítoris, frotándolo con círculos precisos—. Córrete. Quiero verte.
Eso fue todo lo que necesité. El orgasmo me golpeó con la fuerza de un tsunami, arrastrándome en una oleada de placer tan intensa que grité su nombre una y otra vez, con mis uñas dejando marcas en su piel y mi cuerpo temblando incontrolablemente.
Él siguió moviéndose dentro de mí, prolongando mi clímax hasta que pensé que no podría soportarlo más.