Cuando volviste a mí Capítulo 39
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Capítulo 39

Noa

Pero Álvaro no había terminado. Con una fuerza que me dejó sin aliento, me volteó sobre la cama, quedándome boca abajo, y se situó detrás de mí. Sentí sus manos levantar mis caderas y luego su miembro presionando contra mi entrada, todavía húmeda y sensible por mi orgasmo.

—¿Estás bien? —preguntó con voz tensa, y la preocupación por mí brilló incluso a través de su propia necesidad.

—Sí —gemí, volviendo la cara hacia él—. No pares, Álvaro. No pares.

Entró en mí de una sola embestida profunda, y grité contra las sábanas, sintiendo cada centímetro de él llenándome por completo.

Comenzó a moverse con una cadencia salvaje, cada embestida más fuerte que la anterior, sus caderas golpeando contra las mías con un sonido de carne contra carne que resonaba en la habitación.

—Tan buena —gruñó, inclinándose sobre mí para mordisquear mi hombro—. Tan perfecta. Nunca voy a cansarme de esto, Noa. Nunca voy a cansarme de ti.

Sus palabras, mezcladas con los gruñidos de placer que le escapaban de la garganta, me llevaban de nuevo al borde.

Una de sus manos se deslizó por debajo de mi cuerpo hasta encontrar mi clítoris, y sus dedos trabajaron con maestría mientras sus embestidas se volvían erráticas y cada vez más desesperadas.

—Álvaro... —jadeé, sintiendo que me acercaba otra vez.

—Una vez más, amor —suplicó contra mi oreja—. Córrete.

Sus embestidas se volvieron profundas y fuertes, golpeando ese punto perfecto una y otra vez, mientras sus dedos presionaban con insistencia.

Cuando sentí que comenzaba a temblar dentro de mí, que su propio orgasmo se acercaba, me dejé ir por segunda vez, y esta vez él me siguió, enterrándose hasta el fondo y quedándose inmóvil mientras su semilla caliente llenaba mi interior.

Gritamos juntos, nuestros cuerpos unidos en la más íntima de las danzas, temblando y jadeando mientras las olas de placer nos arrastraban.

Él se derrumbó sobre mí, cuidando de no aplastarme con su peso, y durante largos momentos nos quedamos así, conectados, respirando con dificultad, recuperándonos de la intensidad de lo compartido.

Cuando finalmente nos separamos, Álvaro se recostó a mi lado y me atrajo hacia su cuerpo, envolviéndome en sus brazos con una ternura que contrastaba con la pasión salvaje que acabábamos de compartir.

Su mano comenzó a acariciar mi espalda con movimientos lentos y relajantes, y yo apoyé mi cabeza sobre su pecho, escuchando los latidos de su corazón que poco a poco recuperaban su ritmo normal.

Pasaron varios minutos en silencio cómodo, solo el sonido de nuestra respiración llenando la habitación.

Pero entonces, Álvaro se movió. Se incorporó sobre un codo y su mano descendió hasta mi vientre, aún plano, y es que apenas se notaban cambios visibles del embarazo.

Sus dedos rozaron mi piel con una suavidad infinita, casi reverente, y cuando miré su rostro, vi que sus ojos se habían llenado de lágrimas.

—¿Qué pasa? —pregunté con suavidad, tocando su mejilla.

Él negó con la cabeza, con una sonrisa temblorosa curvando sus labios.

—Es que... no puedo creerlo —dijo, y su voz se quebró ligeramente—. Hay una vida creciendo aquí dentro, Noa. Nuestro hijo. Una mezcla perfecta de ti y de mí.

Sus dedos comenzaron a trazar círculos sobre mi vientre con una ternura que me hizo llorar. Se inclinó y depositó un beso suave sobre mi piel, justo donde sabíamos que crecía nuestro bebé.

—Hola, pequeño —susurró, y su voz era pura emoción—. Soy tu padre. Todavía no puedo verte, pero ya te amo con todo mi corazón. Te estuve esperando tanto tiempo...

Un sollozo escapó de mi garganta, emocionada por la belleza del momento, por la vulnerabilidad de este hombre fuerte que ahora hablaba con nuestro hijo no nato con una devoción que me rompía el corazón en el mejor de los sentidos.

—Tu madre es la mujer más increíble del mundo —continuó Álvaro y levantó la vista para mirarme a los ojos—. Es valiente, fuerte y hermosa, y tiene el corazón más grande que he conocido. Está dándote la vida, pequeño, y eso la convierte en mi heroína.

No pude contener las lágrimas. Se deslizaron por mis mejillas mientras lo observaba, este hombre que había amado en silencio durante quince años, que ahora estaba prometido a mí, que había hecho el amor conmigo con una pasión que había trascendido lo físico, y que ahora hablaba con nuestro hijo con una ternura que me hacía sentir la mujer más afortunada del mundo.

—Prometo ser el mejor padre que pueda ser —siguió y besó de nuevo mi vientre—. Prometo protegerte, guiarte y amarte incondicionalmente. Y prometo amar a tu madre cada día de mi vida, porque ella es el regalo más grande que jamás haya recibido.

Se quedó en silencio, con la mejilla apoyada contra mi vientre, y yo pasé mis dedos por su cabello, acariciándolo con todo el amor que sentía por él. Pasaron varios minutos así, en una intimidad perfecta, hasta que finalmente se incorporó.

Sus ojos se encontraron con los míos, y vi en ellos todo el amor del mundo. Se inclinó y besó mi vientre por última vez, un beso largo y tierno que sellaba sus promesas. Luego subió por mi cuerpo hasta que su rostro quedó frente al mío.

—Te amo, Noa —dijo, y sus palabras resonaron con una verdad absoluta—. Te amo con cada fibra de mi ser, con cada aliento que tomo, con cada latido de mi corazón. Eres mi pasado, mi presente y mi futuro. Eres mi todo.

Apoyó su frente contra la mía y cerré los ojos, sintiendo la calidez de su piel contra la mía, nuestras respiraciones entrelazándose

—Y yo te amo a ti, Álvaro —susurré, y mis manos acariciaron su rostro, memorizando cada rasgo—. Te amo desde que tenía quince años, aunque no supiera nombrarlo. Te amaré hasta que el último aliento abandone mi cuerpo y más allá, si es posible.

—Mi prometida —murmuró, y sonó como la más hermosa de las oraciones.

—Tu prometida —confirmé, y sonreí contra sus labios.

—Mi futura esposa.

—Siempre.

—La madre de mis hijos.

—De todos ellos —añadí, pensando no solo en el bebé que crecía en mi vientre, sino también en Gabriel, Marcos y Lucía, que ya eran tanto míos como suyos.

Se apartó ligeramente para mirarme a los ojos, y en su mirada vi la promesa de una vida juntos, de despertares compartidos, de noches de pasión y días de ternura, de criar a nuestros hijos juntos, de envejecer uno al lado del otro.

—Bienvenida a casa, amor —dijo finalmente, y sus labios se curvaron en una sonrisa que iluminó toda la habitación.

—Estoy en casa —respondí y, por primera vez en mi vida, supe que era absolutamente cierto.

No estaba solo en una casa, estaba en el lugar donde mi corazón había encontrado su hogar. En los brazos de Álvaro, con nuestro hijo creciendo en mi vientre y tres niños maravillosos esperándonos en el futuro que construiríamos juntos.

Y mientras nos quedábamos allí, abrazados en la oscuridad iluminada por la luna, supe con certeza absoluta que esta era solo la primera de infinitas noches que pasaríamos juntos, explorando el amor que habíamos encontrado después de tantos años de espera.

El final de una historia de quince años de silencio y el comienzo de toda una vida de amor.