Capítulo 37 #2
Abracé a Noa contra mi lado, protegiéndola con mi cuerpo, y sonreí a las cámaras.
—La boda será pronto —dije—. Muy pronto. Y sí, vamos a tener un bebé. Y no podría estar más feliz.
—¡Yo voy a ser la madrina! —gritó Lucía de nuevo, haciendo reír a todos.
Estábamos rodeados de gente, de felicitaciones, de flashes. Pero por un segundo, un segundo que duró una eternidad, solo existimos Noa y yo, con nuestros corazones latiendo al unísono, con el futuro brillante ante nosotros.
Fue entonces cuando lo vi.
Adrián había entrado por la puerta lateral, eludiendo a la policía que debía estar buscándolo. Caminaba con paso irregular, despeinado, con la corbata suelta y los ojos inyectados en una locura que me heló la sangre. Y en su mano derecha, oculta parcialmente tras su espalda, brillaba algo metálico.
El tiempo se detuvo. Vi cómo se acercaba, esquivando a los invitados, con la mirada fija en Noa. Vi cómo levantaba el brazo, cómo el metal reflejaba la luz de las lámparas. Vi el arma, pequeña, negra, letal.
—Si no eres mía —gritó Adrián, con voz desquiciada, atrayendo la atención de todos—, ¡tampoco serás suya!
Empujé a Noa hacia atrás, poniéndome delante de ella, usando mi cuerpo como escudo. Gabriel y Marcos reaccionaron al instante, lanzándose sobre él, pero estaban lejos. Demasiado lejos.
Pero la seguridad del hotel, entrenada para estos momentos, fue más rápida.
Dos guardias salieron de entre la multitud, derribando a Adrián en el suelo antes de que pudiera apuntar.
El arma cayó con un ruido sordo sobre la alfombra, deslizándose hasta quedar bajo una mesa.
Adrián forcejeó, gritando, desquiciado, mientras los guardias lo inmovilizaban.
—¡No la mereces! —chilló, mirándome con odio puro—. ¡Nunca sabrás darle lo que de verdad necesita! ¡Nunca! ¡Soy yo quien la entiende! Soy yo quien...
—Llévenselo —ordené, con voz firme a pesar del temblor de mis manos—. Y que la policía se encargue.
Se lo llevaron arrastrando, todavía gritando insultos, todavía clamando que Noa le pertenecía, que yo era un impostor, que no la merecía. Su voz se fue apagando mientras desaparecía por la puerta, dejando tras de sí un silencio de shock.
Me giré hacia Noa. Estaba pálida, temblando, pero entera. A salvo.
—¿Estás bien? —pregunté, acariciando su rostro.
—Sí —susurró, abrazándome fuerte—. Gracias a ti.
—Esto no ha terminado —dijo una voz a mi espalda.
Me giré. Patricia había vuelto. Se había quedado en la entrada, observando todo, y ahora caminaba hacia nosotros con paso lento, con una expresión de triunfo mezclada con desesperación.
—Si la eliges a ella —dijo, señalando a Noa con desprecio—, si te casas con ella, atente a las consecuencias. Tengo recursos. Tengo contactos. Puedo arruinar este hotel. Puedo arruinar tu vida.
—Basta ya —dije, con cansancio profundo—. Deja de amenazarme, Patricia. Estamos legalmente divorciados. Lo sabes perfectamente. Así que déjanos en paz de una vez por todas.
—Nunca —susurró ella, con los ojos brillando de locura—. Nunca os dejaré en paz.
Fue entonces cuando Gabriel se interpuso entre nosotros. Luego Marcos. Y finalmente Lucía, que se colocó delante de mí, frente a su madre biológica, con los brazos abiertos como si fuera un muro infranqueable.
—Tú no eres nuestra madre —dijo Gabriel, con voz baja pero letal—. Lo dejaste de ser hace diecisiete años, cuando elegiste a tu amante de Barcelona y nos abandonaste sin mirar atrás.
—No nos criaste —añadió Marcos, con dureza—. No nos educaste. No estuviste en los momentos importantes. Así que olvídate de nosotros. Porque nosotros olvidamos hace mucho tiempo.
Lucía dio un paso adelante, mirando a Patricia a los ojos sin temor.
—Nunca te quisimos —dijo, y su voz era clara, fuerte, definitiva—. Y no nos arrepentimos de ello. Así que vete. Y no vuelvas. Porque no eres bienvenida en nuestras vidas.
Patricia los miró a los tres, boquiabierta, como si no pudiera creer lo que escuchaba.
—Algún día os arrepentiréis —dijo, con voz quebrada—. Cuando seáis mayores. Cuando entendáis...
—Solo nos arrepentiremos —interrumpió Marcos, con una sonrisa irónica—, si estamos borrachos o al borde de la muerte. Y como no pensamos morirnos pronto, ni emborracharnos hoy, puedes estar segura de que no nos arrepentiremos en la vida.
Patricia miró a sus hijos, luego a mí, luego a Noa. Vio en nuestros rojos una pared de unidad imposible de derribar. Y finalmente, derrotada, se dio la vuelta y se alejó, caminando rápido, casi corriendo, hacia la salida. Esta vez, no se detuvo. Esta vez, desapareció.
El silencio que siguió fue de alivio puro.
Lucía se giró y se lanzó a mis brazos, abrazándome con fuerza.
—Sabía que no creerías nada de lo que decía esa mujer —susurró contra mi pecho—. Sabía que confiarías en Noa.
—Siempre —dije, acariciando su pelo.
Lucía se separó un poco y miró a Noa, sonriendo ampliamente.
—Quiero ser la madrina —dijo—. De la niña. Quiero ser la madrina de mi hermanita.
Noa rio, una risa fresca, liberadora.
—¿Cómo estás tan segura de que será una niña? —preguntó, secándose las lágrimas restantes.
—Porque el universo me debe una hermana —respondió Lucía, con total seriedad—. Estoy harta de tanto hombre en mi vida. Papá, Gabriel, Marcos... todos hombres. Necesito aliadas femeninas. Así que será niña. Punto.
Todos nos reímos. Una risa conjunta, profunda, que limpió el aire de toda la tensión acumulada. Abracé a Noa, besé su frente, y luego miré a mis hijos, a mi familia completa, a mi futuro.
Y pensé, mientras el sol de agosto se ponía sobre el mar visible desde los ventanales del hotel, que a veces el final de una historia es solo el principio de otra mejor.
Que los fantasmas del pasado, por muy fuertes que sean, no pueden competir con el amor verdadero.
Que había esperado quince años para este momento, y que cada segundo de espera había valido la pena.
Porque ahora, finalmente, tenía todo lo que siempre había querido. Y no iba a soltarlo nunca.