Cuando volviste a mí Capítulo 37
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Capítulo 37

Álvaro

La vi alejarse de mis hijos con una sonrisa que me heló la sangre.

Patricia se deslizó entre los invitados con esa elegancia depredadora que siempre había caracterizado sus movimientos, dejando atrás a Lucía, Gabriel y Marcos, que parecían petrificados, como si hubieran visto un fantasma.

Y en cierto modo, así era. Ella era el fantasma de un pasado que creía enterrado bajo años de silencio y abandono.

Se acercó a mí con pasos lentos, calculados, sosteniendo una copa de champán que giraba entre sus dedos con gesto distraído.

Yo estaba de pie junto a la barra, con el corazón golpeándome las costillas, sintiendo que algo terrible se avecinaba.

Noa estaba a mi derecha, pálida, agarrando mi mano con una fuerza que delataba su miedo.

—Álvaro, cariño —dijo Patricia, deteniéndose frente a nosotros—. Qué bonito todo esto. Qué familia tan... moderna.

—Vete, Patricia —dije, con voz baja pero firme—. No tienes nada que hacer aquí.

—Oh, pero sí tengo —sonrió ella, y en sus ojos vi destellar algo peligroso—. Tengo mucho que decir. Y creo que todos deberían oírlo.

No tenía ni idea de qué quería decir, pero la sonrisa en sus labios me decía que lo que fuera que pasara a continuación, no me iba a gustar.

Y a penas un segundo después, su voz, amplificada por los altavoces estratégicamente colocados por todo el salón, por el jardín, por la terraza, resonó con una claridad cristalina que cortaba el aire.

—Álvaro, cariño, sé que estás con esa mujer.

Pero recuerda quién soy yo. Recuerda que soy tu esposa.

Que nunca nos divorciamos legalmente. Y que ese hijo que espera...

ese hijo podría no ser tuyo. Porque ella estuvo con Adrián.

Lo vi, y tú también. Lo tengo grabado. Y si no me dejas entrar en vuestras vidas, si no me das lo que merezco, se lo contaré a todo el mundo.

A la prensa. A tus hijos. A todo Marbella...

La voz se cortó abruptamente. El silencio que siguió fue absoluto, sepulcral, cargado de electricidad. Podía sentir las miradas de cientos de personas clavándose en mi espalda, podía oír el zumbido de las cámaras fotografiando a Noa, que temblaba incontrolablemente a mi lado.

Miré a Noa. Su rostro se descompuso. La gente empezó a murmurar, los periodistas levantaron sus cámaras, los invitados se giraron hacia nosotros con expresiones de shock.

—¿Cómo lo has hecho? —Pregunté, furioso.

—Adrián ha resultado ser una caja de sorpresas —contestó, con una sonrisa triunfal—. Y me ha dado acceso a todo. A sus grabaciones, a sus fotos, a sus... recuerdos íntimos con tu querida Noa.

Sentí que la rabia me cegaba. Quise lanzarme sobre ella, arrancarle ese aparato de las manos, borrar esas palabras del aire. Pero me contuve. Por Noa. Por mis hijos. Por la dignidad que me quedaba.

—Cómo has podido hacer esto —dije, con voz ronca, apenas reconocible—. Cómo has podido contar tantas mentiras.

—No es mentira —replicó ella, encogiéndose de hombros con teatralidad—. Tú viste al igual que yo que estuvo con otro hombre. Y el niño... bueno, quién sabe. La duda es cruel, Álvaro. Te carcomerá por dentro. Te comerá vivo hasta que la rechaces a ella y vuelvas conmigo. Con tu verdadera familia.

Miré a Noa. Tenía las lágrimas corriendo por sus mejillas, pero también tenía algo más en los ojos: una determinación feroz. Una furia contenida que nunca le había visto.

—Álvaro —susurró ella, agarrando mi mano con fuerza.

La miré a los ojos. Y en ese segundo, en esa fracción de eternidad, supe que no había duda posible. Supe que Patricia estaba manipulando, que estaba usando mi peor miedo —el miedo a no ser suficiente, el miedo a ser el segundo plato— como arma arrojadiza.

—Vete —dije, girándome hacia Patricia, con voz quebrada pero firme—. Vete de aquí. Aléjate de nuestras vidas. No eres bienvenida. No lo has sido en diecisiete años, y no lo serás ahora.

Patricia abrió la boca para responder, pero en ese momento, la puerta principal del hotel se abrió de golpe.

Entró una mujer con traje gris marengo, pelo recogido en un moño severo, y una carpeta de cuero negra bajo el brazo.

Caminaba con paso decidido, ignorando a los invitados, ignorando a los fotógrafos, ignorando el caos que reinaba en el salón.

Se detuvo frente a nosotros, mirando primero a Noa con una expresión de preocupación profesional, y luego a Patricia con frialdad glacial.

—Soy la abogada de la señorita Valverde.

De todo lo que dijo solo me quedé con dos cosas. Orden de alejamiento y difamación y extorsión.

Patricia miró el sobre como si fuera una serpiente. Luego me miró a mí, y vi que su máscara de seguridad se resquebrajaba.

—Esto no cambia nada —dijo, intentando recuperar la compostura—. Y cuando quieras volver conmigo...

—No voy a volver contigo —corté, dando un paso hacia ella, mirándola fijamente a los ojos—. Nunca. Ni hoy, ni mañana, ni en mil años. Pero tampoco voy a seguir simplemente con Noa.

Patricia entrecerró los ojos, confundida.

—¿Qué quieres decir?

—Voy a casarme con ella —dije, y la firmeza de mis palabras resonó en el salón, amplificada por el silencio general—.

No solo voy a seguir con ella, Patricia.

Voy a hacerla mi esposa. Delante de Dios, de la ley, y de todo el mundo.

Porque después de quince años enamorado de esta mujer, después de haberla esperado, después de haberla perdido y vuelto a encontrar, no voy a dejar que la duda, ni tus mentiras, ni tu veneno, nos separen.

Patricia dio un paso atrás, como si la hubiera abofeteado.

—Te arrepentirás —susurró, con voz temblorosa—. Si sigues con ella, si te casas con ella, te arrepentirás. No te hará feliz. Nunca podrá darte lo que yo...

—Tú nunca me diste nada —corté, con dureza—. Solo dolor. Me dejaste, y abandonaste a tus hijos. Así que recoge tus papeles, y vete. Y no vuelvas. Porque si vuelves, te enfrentarás no solo a mí.

La abogada se acercó a Patricia, tomándola suavemente pero firmemente del brazo.

—Señora, por favor. Será mejor que se retire.

Patricia me miró una última vez, con odio y algo más... algo parecido al miedo. Luego se dio la vuelta y se alejó, tambaleándose ligeramente, mientras la abogada la escoltaba hacia la salida.

El silencio en el salón era denso, expectante. Sentía los ojos de todos sobre mí, sobre Noa. Podía oír el latido de mi propio corazón, fuerte, salvaje, lleno de vida.

Me giré hacia Noa.

Estaba allí, quieta, con las lágrimas secándose en sus mejillas, con los ojos brillantes de una emoción que no sabía interpretar.

—Noa —dije, y mi voz se quebró ligeramente al tomar sus manos entre las mías—. Noa, mírame.

Ella levantó la vista. Nuestros ojos se encontraron.

—He pasado catorce años de mi vida mirando hacia atrás —empecé, hablando en voz alta, para que todos la oyeran, para que el mundo entero lo supiera—.

Catorce años preguntándome qué habría pasado si hubiera tenido el valor de decirte lo que sentía entonces.

Catorce años para olvidar que no estabas a mi lado.

Catorce años siendo solo la mitad de un hombre, porque la otra mitad estaba contigo, en Madrid, o donde fuera que estuvieras.

Las lágrimas volvieron a los ojos de Noa, pero esta vez eran diferentes. Eran lágrimas de alivio, de amor, de reconocimiento.

—Y ahora que te he encontrado —continué, arrodillándome frente a ella, ignorando el murmullo de sorpresa de los invitados—, ahora que sé lo que es tenerte, no voy a dejar que te vayas.

No voy a dejar que huyas otra vez. No voy a permitir que el miedo, o la duda, o los fantasmas del pasado nos separen.

Saqué del bolsillo de mi chaqueta la cajita de terciopelo azul que llevaba guardada desde hacía una semana, desde que había decidido que quería pasar el resto de mi vida con ella, desde mucho antes de saber que estaba embarazada.

La abrí. El anillo brilló bajo las luces del salón, un solitario de diamantes sencillo pero perfecto, como ella.

—Noa —dije, con voz firme a pesar de la emoción que me ahogaba—, ¿quieres casarte conmigo?

Quiero que seas mi esposa, la madre de mis hijos, la abuela de sus hijos.

Quiero que envejezcamos juntos, que discutamos sobre qué ver en la tele, que paseemos por la playa cogidos de la mano cuando tengamos ochenta años.

Quiero que seas tú, solo tú, siempre tú. Porque si no eres tú, nunca será nadie.

Noa se mordió el labio, temblando, con las lágrimas corriendo libremente por su rostro. No respondía. El silencio se hizo eterno.

Y entonces, desde el fondo del salón, una voz juvenil, desesperada, emocionada, rompió el hechizo:

—¡Dile que sí, Noa! —gritó Lucía, con las manos en forma de megáfono alrededor de la boca—. ¡Dile que sí, que nosotros ya te hemos adoptado como madre! ¡No te hagas de rogar!

Una carcajada recorrió el salón. Incluso Noa soltó una risa entre lágrimas, cubriéndose la boca con la mano. Yo me reí también, con los ojos húmedos, mirando a mi hija que corría hacia nosotros seguida de Gabriel y Marcos.

—En serio —dijo Gabriel, acercándose, sonriendo ampliamente—. Ya es oficial. Estás en el padrón familiar.

—Venga, Noa —añadió Marcos—. Tienes que decir que sí, joder.

Noa nos miró a todos, a mí arrodillado, a mis hijos rodeándola, a la multitud de invitados que aplaudían ya, emocionados. Luego me miró a mí, y asintió.

—Sí —susurró, y luego más fuerte—: ¡Sí, Álvaro! ¡Sí, me caso contigo!

El salón estalló en aplausos. Saqué el anillo de la cajeta y se lo puse en el dedo, temblando.

Él brillaba en su mano, perfecto, como si siempre hubiera estado ahí, esperando ese momento.

Nos levantamos juntos y me lancé a sus brazos, besándola con una pasión que no me importaba mostrar al mundo entero.

Era mi prometida. Mi futura esposa. La madre de mi hijo.

Cuando nos separamos, los periodistas se acercaron en manada, disparando preguntas como metrallas.

—Señor Reyes, ¿cuándo es la boda?

—¿Es cierto que la señorita está embarazada?

—¿Cómo se siente al haber superado el escándalo?