Cuando volviste a mí Capítulo 36 #2
89%

Capítulo 36 #2

—Mis niños —dijo, extendiendo los brazos como si fuéramos a correr a abrazarla—. Cuánto habéis crecido. Lucía, estás preciosa. Gabriel, qué hombre más apuesto. Y Marcos...

—No nos llames así —corté, con voz dura, cortante—. No somos tus niños. No lo fuimos nunca.

Patricia entrecerró los ojos, pero mantuvo la sonrisa.

—Lucía, cariño, sé que estás enfadada. Pero he vuelto para arreglar las cosas. He vuelto para recuperar el tiempo perdido. Para ser vuestra madre de verdad.

—Eres un poco tarde —dijo Gabriel, con una frialdad que heló el aire—. Diecisiete años tarde, para ser exactos.

—Y unos cuantos meses más —añadió Marcos, cruzándose de brazos—. Porque ya tenemos madre. Se llama Noa. Y aunque no nos haya parido, ha estado más años con nosotros que tú en toda tu vida.

La sonrisa de Patricia se resquebrajó un poco. Miró hacia donde estaba Noa, que acababa de entrar en el salón, pálida, agarrada del brazo de papá.

—Ah, sí —dijo Patricia, con un tono venenoso—. La sustituta. Bueno, eso se va a acabar. He vuelto a reclamar mi lugar. En esta familia. En este hotel. En la vida de Álvaro.

—Estás loca —solté, dando un paso hacia ella, sintiendo que la rabia me cegaba—.

Completamente loca. No tienes ningún derecho.

Nos abandonaste. Nos dejaste. ¿Y ahora vienes aquí, a nuestro evento, a nuestra casa, a decir que quieres recuperar el tiempo?

No hay tiempo que recuperar. El tiempo se acabó para ti.

—Lucía... —intentó tocar mi hombro, pero me aparté de un tirón.

—No me toques —grité, y mi voz resonó en el salón, haciendo que varios invitados se giraran—. ¡No nos toques! ¡No eres bienvenida aquí! ¡Lárgate! ¡Lárgate y déjanos en paz!

Gabriel se puso a mi lado, imponente, severo.

—Escucha a mi hermana —dijo, con voz baja pero letal—. Y escúchame a mí. No queremos verte. No te queremos aquí. Si tienes algo de decencia, te irás ahora mismo.

—Y si no la tienes —añadió Marcos, acercándose por el otro lado—, llamaremos a seguridad. Y a la policía. Y a quien haga falta. Pero no vas a arruinar este día. No vas a arruinar nuestra familia otra vez.

Patricia nos miró a los tres, y por un segundo vi algo parecido al dolor en sus ojos. Pero fue solo un segundo. Luego su expresión se volvió dura, fría, calculadora.

—Sois unos ingratos —dijo, con voz tensa—. Después de todo lo que he sufrido. Después de que vuestro padre me apartara de vuestra vida...

—¡Mentira! —exploté—. ¡Tú te fuiste! ¡Tú elegiste a tu amante de Barcelona! ¡Nos elegiste a nosotros!

La gente empezaba a mirar. Los flashes de los fotógrafos empezaron a dispararse, capturando el momento, el escándalo. El hotel se había convertido en un escenario de presión social, de miradas curiosas, de susurros que crecían como la espuma. Estábamos expuestos, vulnerables, y ella lo sabía.

—Voy a hablar con Álvaro —dijo Patricia, enderezando los hombros—. Él me escuchará. Siempre lo hizo.

Se alejó hacia donde estaba papá, que había visto la escena y venía hacia nosotros con paso decidido.

Noa estaba detrás de él, protegida, pero con una expresión de pánico que me partió el corazón.

Adrián observaba desde la barra, con una sonrisa de satisfacción que me dio náuseas.

Todo se estaba descontrolando. El evento, la familia, todo.

Papá interceptó a Patricia antes de que llegara a nosotros.

La agarró del brazo, fuerte, y la apartó hacia un rincón más oscuro, cerca de la salida de emergencia.

No oí lo que le decía, pero vi su gesto: contundente, definitivo.

La vi encogerse, discutir, gesticular. Y luego vi cómo papá sacaba el teléfono y llamaba a seguridad.

En ese momento, en ese preciso instante en que creía que el peor momento había pasado, que Patricia sería expulsada y todo volvería a la normalidad, ocurrió lo impensable.

El sistema de sonido del hotel emitió un chirrido agudo, y luego una voz familiar, grabada, resonó por los altavoces de todo el edificio.

La voz de Patricia. Había hackeado el sistema, o tenía un cómplice, o simplemente había dejado un teléfono conectado.

No importaba cómo. Lo que importaba era lo que decía.

—Álvaro, cariño, sé que estás con esa mujer.

Pero recuerda quién soy yo. Recuerda que soy tu esposa.

Que nunca nos divorciamos legalmente. Y que ese hijo que espera...

ese hijo podría no ser tuyo. Porque ella estuvo con Adrián.

Lo vi, y tú también. Lo tengo grabado. Y si no me dejas entrar en vuestras vidas, si no me das lo que merezco, se lo contaré a todo el mundo.

A la prensa. A tus hijos. A toda Marbella...

La voz se cortó. El silencio que siguió fue absoluto, sepulcral. Cada invitado, cada periodista, cada celebridad, había oído esas palabras. La bomba había estallado.

Miré a Noa. Estaba blanca, con las manos sobre su vientre, con los ojos desorbitados de terror.

Miré a papá, que se había quedado petrificado, con el teléfono en la mano, mirando a Patricia como si fuera un monstruo.

Miré a Adrián, que sonreía ampliamente, levantando su copa en un brindis silencioso.

Y entonces, cuando el caos estaba a punto de desatarse por completo, cuando los flashes empezaron a dispararse contra Noa como metralletas, vi que la puerta principal del hotel se abría de golpe.

Entró una mujer. No era Patricia. Era otra. Más joven, con el pelo oscuro, con un abrigo de cuero negro a pesar del calor. Caminó con paso decidido hacia el centro del salón, donde estábamos todos paralizados, y levantó una mano con un sobre blanco en ella.

—Disculpen —dijo, con voz clara, potente, que cortó el murmullo creciente—.

Soy la abogada de la señora Valverde. Y vengo a entregar una orden de alejamiento contra el señor Adrián Solís, por acoso y amenazas.

Y también —miró directamente a Patricia, que se había quedado inmóvil—, vengo a informar a la señora Salas que existe una demanda por difamación y extorsión, y que, si no abandona estas instalaciones en los próximos cinco minutos, será detenida por la policía que ya está esperando fuera.

El silencio volvió, pero diferente. Cargado de electricidad. De expectativa.

Y en ese momento, cuando la abogada abrió el sobre y mostró los documentos, cuando los flashes empezaron a dispararse de nuevo pero esta vez contra Patricia y Adrián, cuando vi la cara de mi padre desencajarse de alivio y de amor al mirar a Noa...

Supe que esto no había terminado. Que acababa de empezar.

Y que el hotel, lejos de estar en llamas, se había convertido en el escenario de una guerra que íbamos a ganar.

O eso esperaba.